ACTO PRIMERO
PRÓLOGO
Telón corto en primer término,[39.1] con puerta al foro, y en ésta un tapiz. Recitado por el personaje Crispín.
He aquí el tinglado de la antigua farsa,[39.2] la que alivió en posadas aldeanas el cansancio de los trajinantes, la que embobó en las plazas de humildes lugares a los simples villanos, la que juntó en ciudades populosas a los más variados concursos, como en París sobre el Puente Nuevo,[39.3] cuando Tabarín[39.4] desde su tablado de feria solicitaba la atención de todo transeúnte, desde el espetado doctor que detiene un momento su docta cabalgadura para desarrugar por un instante la frente, siempre cargada de graves pensamientos, al escuchar algún donaire de la alegre farsa, hasta el pícaro hampón, que allí divierte sus ocios horas y horas, engañando al hambre con la risa, y el prelado y la dama de calidad y el gran señor desde sus carrozas, como la moza alegre y el soldado y el mercader y el estudiante. Gente de toda condición, que en ningún otro lugar se hubiera reunido, comunicábase allí su regocijo, que[39.5] muchas veces, más que de la farsa, reía el grave de ver reír al risueño, y el sabio al bobo, y los pobretes de ver reír a los grandes señores, ceñudos de ordinario, y los grandes de ver reír a los pobretes, tranquilizada su conciencia con pensar: ¡también los pobres ríen! Que[40.1] nada prende tan pronto de unas almas en otras como esta simpatía de la risa. Alguna vez, también subió la farsa a palacios de príncipes, altísimos señores, por humorada de sus dueños, y no fue allí menos libre y despreocupada. Fue de todos y para todos. Del pueblo recogió burlas y malicias y dichos sentenciosos, de esa filosofía del pueblo, que siempre sufre, dulcificada por aquella resignación de los humildes de entonces, que no lo esperaban todo de este mundo, y por eso sabían reírse del mundo sin odio y sin amargura. Ilustró después su plebeyo origen con noble ejecutoria: Lope de Rueda, Shakespeare, Molière,[40.2] como enamorados príncipes de cuento de hadas, elevaron a Cenicienta al más alto trono de la Poesía y del Arte. No presume de tan gloriosa estirpe esta farsa, que por curiosidad de su espíritu inquieto os presenta un poeta de ahora. Es una farsa guiñolesca,[40.3] de asunto disparatado, sin realidad alguna. Pronto veréis cómo cuanto en ella sucede no pudo suceder nunca, que sus personajes no son ni semejan hombres y mujeres, sino muñecos o fantoches de cartón y trapo, con groseros hilos, visibles a poca luz y al más corto de vista. Son las mismas grotescas máscaras de aquella comedia del Arte[40.4] italiano[40.5], no tan regocijadas como solían, porque han meditado mucho en tanto tiempo. Bien conoce el autor que tan primitivo espectáculo no es el más digno de un culto auditorio de estos tiempos; así, de vuestra cultura tanto como de vuestra bondad se ampara. El autor sólo pide que aniñéis cuanto sea posible vuestro espíritu. El mundo está ya viejo y chochea; el Arte no se resigna a envejecer, y por parecer niño finge balbuceos... Y he aquí cómo estos viejos polichinelas pretenden hoy divertiros con sus niñerías.[40.6]
Mutación
CUADRO PRIMERO
Plaza de una ciudad. A la derecha, en primer término, fachada de una hostería con puerta practicable y en ella un aldabón. Encima de la puerta un letrero que diga:[41.1] «Hostería.»
Escena Primera
Leandro y Crispín, que salen por la segunda izquierda.
Leandro. Gran ciudad ha de ser ésta, Crispín; en todo se advierte su señoría y riqueza.
Crispín. Dos ciudades hay. ¡Quiera el Cielo que en la mejor hayamos dado![41.2]
Leandro. ¿Dos ciudades dices, Crispín? Ya entiendo, antigua y nueva, una de cada parte del río.
Crispín. ¿Qué importa el río ni la vejez ni la novedad? Digo dos ciudades como en toda ciudad del mundo: una para el que llega con dinero, y otra para el que llega como nosotros.
Leandro. ¡Harto es haber llegado sin tropezar con la Justicia! Y bien quisiera detenerme aquí algún tiempo, que ya me cansa tanto correr tierras.
Crispín. A mí no, que es condición de los naturales, como yo, del libre reino de Picardía[41.3] no hacer asiento en parte alguna, si no es forzado y en galeras, que es duro asiento.[41.4] Pero ya que sobre esta ciudad caímos y es plaza fuerte a lo que se descubre, tracemos como prudentes capitanes nuestro plan de batalla si hemos de conquistarla con provecho.
Leandro. ¡Mal pertrechado ejército venimos!
Crispín. Hombres somos, y con hombres hemos de vernos.
Leandro. Por todo caudal, nuestra persona. No quisiste que nos desprendiéramos de estos vestidos, que,[42.1] malvendiéndolos, hubiéramos podido juntar algún dinero.
Crispín. ¡Antes me desprendiera yo de la piel que de un buen vestido! Que nada importa tanto como parecer, según va el mundo, y el vestido es lo que antes parece.
Leandro. ¿Qué hemos de hacer, Crispín? Que el hambre y el cansancio me tienen abatido, y mal discurro.
Crispín. Aquí no hay sino valerse del ingenio y de la desvergüenza, que sin ella nada vale el ingenio. Lo que he pensado es que tú has de hablar poco y desabrido,[42.2] para darte aires de persona de calidad; de vez en cuando te permito que descargues algún golpe sobre mis costillas; a cuantos te pregunten, responde misterioso; y cuando hables por tu cuenta, sea con gravedad; como si sentenciaras. Eres joven, de buena presencia; hasta ahora sólo supiste malgastar tus cualidades; ya es hora de aprovecharse de ellas. Ponte en mis manos, que nada conviene tanto a un hombre como llevar a su lado quien haga notar sus méritos, que en uno mismo la modestia es necedad y la propia alabanza locura, y con las dos se pierde para el mundo. Somos los hombres[42.3] como mercancía, que valemos más o menos según la habilidad, del mercader que nos presenta. Yo te aseguro que así[42.4] fueras vidrio, a mi cargo corre que pases por diamante. Y ahora llamemos a esta hostería, que lo primero es acampar a vista de la plaza.
Leandro. ¿A la hostería dices? ¿Y cómo pagaremos?
Crispín. Si por tan poco te acobardas, busquemos un hospital o casa de misericordia, o pidamos limosna, si a lo piadoso nos acogemos; y si a lo bravo, volvamos al camino y salteemos al primer viandante; si a la verdad de nuestros recursos nos atenemos, no son otros nuestros recursos.
Leandro. Yo traigo cartas de introducción para personas de valimiento en esta ciudad, que podrán socorrernos.
Crispín. ¡Rompe luego esas cartas, y no pienses en tal bajeza! ¡Presentarnos a nadie como necesitados! ¡Buenas cartas de crédito son ésas! Hoy te recibirán con grandes cortesías, te dirán que su casa y su persona son tuyas, y a la segunda vez que llames a su puerta, ya te dirá el criado que su señor no está en casa ni para en ella; y a otra visita, ni te abrirán la puerta. Mundo es éste de toma y daca; lonja de contratación, casa de cambio, y antes de pedir, ha de ofrecerse.
Leandro. ¿Y qué podré yo ofrecer si nada tengo?
Crispín. ¡En qué poco te estimas! Pues qué, un hombre por sí, ¿nada vale? Un hombre puede ser soldado, y con su valor decidir una victoria; puede ser galán o marido, y con dulce medicina curar a alguna dama de calidad o doncella de buen linaje que se sienta morir de melancolía; puede ser criado de algún señor poderoso que se aficione de él y le eleve hasta su privanza, y tantas cosas más que no he de enumerarte. Para subir, cualquier escalón es bueno.
Leandro. ¿Y si aun ese escalón me falta?
Crispín. Yo te ofrezco mis espaldas para encumbrarte. Tú te verás en alto.
Leandro. ¿Y si los dos damos en tierra?
Crispín. Que ella nos sea[44.1] leve. (Llamando a la hostería con el aldabón.) ¡Ah de la hostería! ¡Hola, digo! ¡Hostelero o demonio! ¿Nadie responde? ¿Qué casa es ésta?
Leandro. ¿Por qué esas voces si apenas llamasteis?[44.2]
Crispín. ¡Porque es ruindad hacer esperar de ese modo! (Vuelve a llamar más fuerte.) ¡Ah de la gente! ¡Ah de la casa! ¡Ah de todos los diablos!
Hostelero. (Dentro.) ¿Quién va? ¿Qué voces y qué modos son éstos? No hará tanto que esperan.
Crispín. ¡Ya fue[44.3] mucho! Y bien nos informaron que es ésta muy ruin posada para gente noble.
Escena II
Dichos, el Hostelero y dos Mozos que salen de la hostería.
Hostelero. (Saliendo.) Poco a poco, que no es posada, sino hospedería, y muy grandes señores han parado en ella.
Crispín. Quisiera yo ver a ésos que llamáis[44.4] grandes señores. Gentecilla de poco más o menos. Bien se advierte en esos mozos que no saben conocer a las personas de calidad, y se[44.5] están ahí como pasmarotes sin atender a nuestro servicio.
Hostelero. ¡Por vida que sois impertinente!
Leandro. Este criado mío siempre ha de extremar su celo. Buena es vuestra posada para el poco tiempo que he de parar en ella. Disponed luego un aposento para mí y otro para este criado, y ahorremos palabras.
Hostelero. Perdonad, señor; si antes hubierais hablado... Siempre los señores han de ser más comedidos que sus criados.
Crispín. Es que este buen señor mío a todo se acomoda; pero yo sé lo que conviene a su servicio, y no he de pasar por cosa mal hecha. Conducidnos ya al aposento.
Hostelero. ¿No traéis bagaje alguno?
Crispín. ¿Pensáis que nuestro bagaje es hatillo de soldado o de estudiante para traerlo a mano, ni que mi señor ha de traer aquí ocho carros, que tras nosotros vienen, ni que aquí ha de parar sino el tiempo preciso que conviene al secreto de los servicios que en esta ciudad le están encomendados?...
Leandro. ¿No callarás? ¿Qué secreto ha de haber contigo? ¡Pues voto a... que si alguien me descubre por tu hablar sin medida...! (Le amenaza y le pega con la espada.)
Crispín. ¡Valedme, que[45.1] me matará! (Corriendo.)
Hostelero. (Interponiéndose entre Leandro y Crispín.) ¡Teneos, señor!
Leandro. Dejad que le castigue, que no hay falta para mí como el hablar sin tino.
Hostelero. ¡No le castiguéis, señor!
Leandro. ¡Dejadme, dejadme, que no aprenderá nunca! (Al ir a pegar a Crispín, éste se esconde detrás del Hostelero, quien recibe los golpes.)
Crispín. (Quejándose.)¡Ay, ay, ay!
Hostelero. ¡Ay, digo yo, que me dio de plano!
Leandro. (A Crispín.) Ve a lo que[45.2] diste lugar; a que este infeliz fuera el golpeado. ¡Pídele perdón!
Hostelero. No es menester. Yo le perdono gustoso. (A los criados.) ¿Qué hacéis ahí parados? Disponed los aposentos donde suele parar el embajador de Mantua y preparad comida para este caballero.
Crispín. Dejad que yo les advierta de todo, que cometerán mil torpezas y pagaré yo luego, que mi señor, como veis, no perdona falta... Soy con vosotros,[46.1] muchachos... Y tened cuenta a quien servís, que la mayor fortuna o la mayor desdicha os entró por las puertas. (Entran los criados y Crispín en la hostería.)
Hostelero. (A Leandro.) ¿Y podéis decirme vuestro nombre, de dónde venís y a qué propósito?...
Leandro. (Al ver salir a Crispín de la hostería.) Mi criado os lo dirá... Y aprended a no importunarme con preguntas... (Entra en la hostería.)
Crispín. ¡Buena la hicisteis![46.2] ¿Atreverse a preguntar a mi señor? Si os importa tenerle una hora siquiera en vuestra casa, no volváis a dirigirle la palabra.
Hostelero. Sabed que hay Ordenanzas[46.3] muy severas que así lo disponen.
Crispín. ¡Veníos[46.4] con Ordenanzas a mi señor! ¡Callad, callad, que no sabéis a quién tenéis en vuestra casa, y si lo supierais no diríais tantas impertinencias!
Hostelero. ¿Pero no he de saber siquiera...?
Crispín. ¡Voto a..., que llamaré a mi señor y él os dirá lo que conviene, si no lo entendisteis! ¡Cuidad de que nada le falte y atendedle con vuestros cinco sentidos, que bien puede pesaros! ¿No sabéis conocer a las personas? ¿No visteis ya quién es mi señor? ¿Qué replicáis? ¡Vamos ya! (Entra en la hostería empujando al Hostelero.)
Escena III
Arlequín y el Capitán, que salen por la segunda izquierda.
Arlequín. Vagando por los campos que rodean esta ciudad, lo mejor de ella sin duda alguna, creo que sin pensarlo hemos venido a dar frente a la hostería. ¡Animal de costumbre es el hombre! ¡Y dura costumbre la de alimentarse cada día!
Capitán. ¡La dulce música de vuestros versos me distrajo de mis pensamientos! ¡Amable privilegio de los poetas!
Arlequín. ¡Que no les impide carecer de todo! Con temor llego a la hostería. ¿Consentirán hoy en fiarnos? ¡Válgame vuestra espada!
Capitán. ¿Mi espada? Mi espada de soldado como vuestro plectro de poeta, nada valen en esta ciudad de mercaderes y de negociantes... ¡Triste condición es la nuestra!
Arlequín. Bien decís. No la sublime poesía, que sólo canta de nobles y elevados asuntos; ya ni sirve poner el ingenio a las plantas de los poderosos para elogiarlos o satirizarlos; alabanzas o diatribas no tienen valor para ellos; ni agradecen las unas ni temen las otras. El propio Aretino[47.1] hubiera muerto de hambre en estos tiempos.
Capitán. ¿Y nosotros, decidme? Porque fuimos vencidos en las últimas guerras, más que por el enemigo poderoso, por esos indignos traficantes que nos gobiernan y nos enviaron a defender sus intereses sin fuerzas y sin entusiasmo, porque nadie combate con fe por lo que no estima; ellos, que no dieron uno de los suyos para soldado ni soltaron moneda sino a buen interés y a mejor cuenta, y apenas temieron verla perdida amenazaron con hacer causa con el enemigo, ahora nos culpan a nosotros y nos maltratan y nos menosprecian y quisieran ahorrarse la mísera soldada con que creen pagarnos, y de muy buena gana nos despedirían si no temieran que un día todos los oprimidos por sus maldades y tiranías se levantaran contra ellos. ¡Pobres de ellos[48.1] si ese día nos acordamos de qué parte están la razón y la justicia!
Arlequín. Si así fuera..., ese día me tendréis a vuestro lado.
Capitán. Con los poetas no hay que contar para nada, que es vuestro espíritu como el ópalo, que a cada luz hace diversos visos. Hoy os apasionáis por lo que nace y mañana por lo que muere; pero más inclinados sois a enamoraros de todo lo ruinoso por melancólico.[48.2] Y como sois por lo regular poco madrugadores, más veces visteis morir el sol que amanecer el día, y más sabéis de sus ocasos que de sus auroras.
Arlequín. No lo diréis por mí, que he visto amanecer muchas veces cuando no tenía donde acostarme. ¿Y cómo queríais que cantara al día, alegre como alondra, si amanecía tan triste para mí? ¿Os decidís a probar fortuna?
Capitán. ¡Qué remedio! Sentémonos, y sea lo que disponga nuestro buen hostelero.
Arlequín. ¡Hola! ¡Eh! ¿Quién sirve? (Llamando en la hostería.)
Escena IV
Dichos; el Hostelero. Después los Mozos, Leandro y Crispín, que salen a su tiempo de la hostería.
Hostelero. ¡Ah, caballeros! ¿Sois vosotros?[48.3] Mucho lo siento, pero hoy no puedo servir a nadie en mi hostería.
Capitán. ¿Y por qué causa, si puede saberse?
Hostelero. ¡Lindo desahogo es el vuestro en preguntarlo! ¿Pensáis que a mí me fía nadie lo que en mi casa se gasta?
Capitán. ¡Ah! ¿Es ése el motivo? ¿Y no somos personas de crédito a quien puede fiarse?
Hostelero. Para mí, no. Y como nunca pensé cobrar, para favor ya fue bastante; conque así, hagan merced[49.1] de no volver por mi casa.
Arlequín. ¿Creéis que todo es dinero en este bajo mundo? ¿Contáis por nada las ponderaciones que de vuestra casa hicimos en todas partes? ¡Hasta un soneto os tengo dedicado,[49.2] y en él celebro vuestras perdices estofadas y vuestros pasteles de liebre!... Y en cuanto al señor Capitán, tened por seguro que él solo sostendrá contra un ejército el buen nombre de vuestra casa. ¿Nada vale esto? ¡Todo ha de ser moneda contante en el mundo!
Hostelero. ¡No estoy para burlas! No he menester[49.3] de vuestros sonetos ni de la espada del señor Capitán, que mejor pudiera emplearla.
Capitán. ¡Voto a..., que sí la emplearé escarmentando a un pícaro! (Amenazándole y pegándole con la espada.)
Hostelero. (Gritando.) ¿Qué es esto? ¿Contra mí? ¡Favor! ¡Justicia!
Arlequín. (Conteniendo al Capitán.) ¡No os perdáis por tan ruin sujeto!
Capitán. He de matarle. (Pegándole.)
Hostelero. ¡Favor! ¡Justicia!
Mozos. (Saliendo de la hostería.) ¡Que matan a nuestro amo!
Hostelero. ¡Socorredme!
Capitán. ¡No dejaré uno!
Hostelero. ¿No vendrá nadie?
Leandro. (Saliendo con Crispín.) ¿Qué alboroto es éste?
Crispín. ¿En lugar donde mi señor se hospeda? ¿No hay sosiego posible en vuestra casa? Yo traeré a la Justicia, que pondrá orden en ello.
Hostelero. ¡Esto ha de ser mi ruina! ¡Con tan gran señor en mi casa!
Arlequín. ¿Quién es él?
Hostelero. ¡No oséis preguntarlo!
Capitán. Perdonad, señor, si turbamos vuestro reposo; pero este ruin hostelero...
Hostelero. No fue mía la culpa, señor, sino de estos desvergonzados...
Capitán. ¿A mí desvergonzado? ¡No miraré nada![50.1]...
Crispín. ¡Alto, señor Capitán, que aquí tenéis quien satisfaga vuestros agravios, si los tenéis de este hombre!
Hostelero. Figuraos que ha[50.2] más de un mes que comen a mi costa sin soltar blanca, y porque me negué hoy a servirles se vuelven contra mí.
Arlequín. Yo no, que todo lo llevo con paciencia.
Capitán. ¿Y es razón que a un soldado no se le haga crédito?
Arlequín. ¿Y es razón que en nada se estime un soneto con estrambote que compuse a sus perdices estofadas y a sus pasteles de liebre?... Todo por fe, que no los probé nunca, sino carnero y potajes.
Crispín. Estos dos nobles señores dicen muy bien, y es indignidad tratar de ese modo a un poeta y a un soldado.
Arlequín. ¡Ah, señor; sois un[50.3] alma grande!
Crispín. Yo, no. Mi señor, aquí presente; que como tan gran señor, nada hay para él en el mundo como un poeta y un soldado.
Leandro. Cierto.
Crispín. Y estad seguros de que mientras él pare en esta ciudad no habéis de carecer de nada, y cuanto gasto hagáis aquí corre de su cuenta.
Leandro. Cierto.
Crispín. ¡Y mírese[51.1] mucho el hostelero en trataros como corresponde!
Hostelero. ¡Señor!
Crispín. Y no seáis tan avaro de vuestras perdices ni de vuestras empanadas de gato, que no es razón que un poeta como el señor Arlequín hable por sueño de cosas tan palpables...
Arlequín. ¿Conocéis mi nombre?
Crispín. Yo, no; pero mi señor, como tan gran señor, conoce a cuantos poetas existen y existieron, siempre que sean dignos de ese nombre.
Leandro. Cierto.
Crispín. Y ninguno tan grande como vos, señor Arlequín; y cada vez que pienso que aquí no se os ha guardado todo el respeto que merecéis...
Hostelero. Perdonad, señor. Yo les serviré como mandáis, y basta que seáis su fiador...
Capitán. Señor, si en algo puedo serviros...
Crispín. ¿Es poco servicio el conoceros? ¡Glorioso Capitán, digno de ser cantado por este solo poeta!...
Arlequín. ¡Señor!
Capitán. ¡Señor!
Arlequín. ¿Y os son conocidos mis versos?
Crispín. ¿Cómo conocidos?[51.2] ¡Olvidados los tengo![51.3] ¿No es vuestro aquel soneto admirable que empieza:
«La dulce mano que acaricia y mata»?
Arlequín. ¿Cómo decís?
Crispín. «La dulce mano que acaricia y mata.»
Arlequín. ¿Ése decís? No, no es mío ese soneto.
Crispín. Pues merece ser vuestro. Y de vos,[52.1] Capitán, ¿quién no conoce las hazañas? ¿No fuisteis el que sólo con veinte hombres asaltó el castillo de las Peñas Rojas en la famosa batalla de los Campos Negros?
Capitán. ¿Sabéis...?
Crispín. ¿Cómo si sabemos?[52.2] ¡Oh! ¡Cuántas veces se lo oí referir a mi señor entusiasmado! Veinte hombres, veinte y vos delante, y desde el castillo... ¡bum! ¡bum! ¡bum!, disparos, y bombardas, y pez hirviente, y demonios encendidos... ¡Y los veinte hombres como un solo hombre y vos delante! Y los de arriba... ¡bum! ¡bum! ¡bum! Y los tambores... ¡ran, rataplán, plan! Y los clarines... ¡tararí, tarí, tarí!... Y vosotros sólo con vuestra espada y vos[52.3] sin espada... ¡ris, ris, ris!, golpe aquí, golpe allí..., una cabeza, un brazo... (Empieza a golpes con la espada, dándole de plano al Hostelero y a los Mozos.)
Mozos. ¡Ay, ay!
Hostelero. ¡Téngase, que se apasiona como si pasara!
Crispín. ¿Cómo si me apasiono? Siempre sentí yo el animus belli.
Capitán. No parece sino que os hallasteis presente.
Crispín. Oírselo referir a mi señor, es como verlo, mejor que verlo. ¡Y a un soldado así, al héroe de las Peñas Rojas en los Campos Negros se le trata de esa manera!... ¡Ah! Gran suerte fue que mi señor se hallase presente, y que negocios de importancia le hayan traído a esta ciudad, donde él hará que se os trate[52.4] con respeto, como merecéis... ¡Un poeta tan alto, un tan gran capitán! (A los Mozos.) ¡Pronto! ¿Qué hacéis ahí como estafermos? Servidles de lo mejor que haya en vuestra casa, y ante todo una botella del mejor vino, que mí señor quiere beber con estos caballeros, y lo tendrá a gloria... ¿Qué hacéis ahí? ¡Pronto!
Hostelero. ¡Voy, voy! ¡No he librado de mala![53.1] (Se va con los Mozos a la hostería.)
Arlequín. ¡Ah, señor! ¿Cómo agradeceros[53.2]...?
Capitán. ¿Cómo pagaros...?
Crispín. ¡Nadie hable aquí de pagar, que es palabra que ofende! Sentaos, sentaos, que para mi señor, que a tantos príncipes y grandes ha sentado a su mesa, será éste el mayor orgullo.
Leandro. Cierto.
Crispín. Mi señor no es de muchas palabras; pero, como veis, esas pocas son otras tantas sentencias llenas de sabiduría.
Arlequín. En todo muestra su grandeza.
Capitán. No sabéis cómo conforta nuestro abatido espíritu hallar un gran señor como vos, que así nos considera.
Crispín. Esto no es nada, que yo sé que mi señor no se contenta con tan poco y será capaz de llevaros consigo y colocaros en tan alto estado...
Leandro. (Aparte a Crispín.) No te alargues en palabras, Crispín...
Crispín. Mi señor no gusta de palabras, pero ya le conoceréis por las obras.
Hostelero. (Saliendo con los Mozos, que traen las viandas y ponen la mesa.) Aquí está el vino... y la comida.
Crispín. ¡Beban, beban y coman y no se priven de nada, que mi señor corre con todo, y si algo os falta, no dudéis en decirlo, que mi señor pondrá orden en ello, que el hostelero es dado a descuidarse!
Hostelero. No por cierto; pero comprenderéis...
Crispín. No digáis palabra, que diréis una impertinencia.
Capitán. ¡A vuestra salud!
Leandro. ¡A la vuestra, señores! ¡Por el más grande poeta y el mejor soldado!
Arlequín. ¡Por el más noble señor!
Capitán. ¡Por el más generoso!
Crispín. Y yo también he de beber, aunque sea atrevimiento. Por este día grande entre todos que juntó al más alto poeta, al más valiente capitán, al más noble señor y al más leal criado... Y permitid que mi señor se despida, que los negocios que le traen a esta ciudad no admiten demora.
Leandro. Cierto.
Crispín. ¿No faltaréis a presentarle vuestros respetos cada día?
Arlequín. Y a cada hora; y he de juntar a todos los músicos y poetas de mi amistad para festejarle con música y canciones.
Capitán. Y yo he de traer a toda mi compañía con antorchas y luminarias.
Leandro. Ofenderéis mi modestia...
Crispín. Y ahora, comed, bebed... ¡Pronto! Servid a estos señores... (Aparte al Capitán.) Entre nosotros..., ¿estaréis sin blanca?
Capitán. ¿Qué hemos de deciros?
Crispín. ¡No digáis más! (Al Hostelero.) ¡Eh! ¡Aquí! Entregaréis a estos caballeros cuarenta o cincuenta escudos por encargo de mi señor y de parte suya... ¡No dejéis de cumplir sus órdenes!
Hostelero. ¡Descuidad! ¿Cuarenta o cincuenta, decís?
Crispín. Poned sesenta... ¡Caballeros, salud!
Capitán. ¡Viva el más grande caballero!
Arlequín. ¡Viva!
Crispín. ¡Decid ¡viva! también vosotros, gente incivil!
Hostelero y Mozos. ¡Viva!
Crispín. ¡Viva el más alto poeta y el mayor soldado!
Todos. ¡Viva!
Leandro. (Aparte a Crispín.) ¿Qué locuras son éstas, Crispín, y cómo saldremos de ellas?
Crispín. Como entramos. Ya lo ves; la poesía y las armas son nuestras... ¡Adelante! ¡Sigamos la conquista del mundo! (Todos se hacen saludos y reverencias, y Leandro y Crispín se van por la segunda izquierda. El Capitán y Arlequín se disponen a comer los asados que les han preparado el Hostelero y los Mozos que los sirven.)
Mutación
CUADRO SEGUNDO
Jardín con fachada de un pabellón, con puerta practicable en primer término izquierda. Es de noche.
Escena Primera
Doña Sirena y Colombina saliendo del pabellón.
Sirena. ¿No hay para[55.1] perder el juicio, Colombina? ¡Que una dama se vea[55.2] en trance tan afrentoso por gente baja y descomedida! ¿Cómo te atreviste a volver a mi presencia con tales razones?
Colombina. ¿Y no habíais de saberlo?
Sirena. ¡Morir me estaría mejor! ¿Y todos te dijeron lo mismo?
Colombina. Uno por uno y como lo oísteis... El sastre, que no os enviará el vestido mientras no le paguéis todo lo adeudado.
Sirena. ¡El insolente! ¡El salteador de caminos! ¡Cuando es él quien me debe todo su crédito en esta ciudad, que hasta emplearlo yo[56.1] en el atavío de mi persona no supo lo que era vestir damas!
Colombina. Y los cocineros y los músicos y los criados todos dijeron lo mismo; que no servirán esta noche en la fiesta si no les pagáis por adelantado.
Sirena. ¡Los sayones! ¡Los foragidos! ¡Cuándo se vio tanta insolencia en gente nacida para servirnos! ¿Es que ya no se paga más que con dinero? ¿Es que ya sólo se estima el dinero en el mundo? ¡Triste de[56.2] la que se ve como yo, sin el amparo de un marido, ni de parientes, ni de allegados masculinos!... Que una mujer sola nada vale en el mundo por noble y virtuosa que sea. ¡Oh, tiempos de perdición! ¡Tiempos del Apocalipsis! ¡El Anticristo debe ser llegado![56.3]
Colombina. Nunca os vi tan apocada. Os desconozco. De mayores apuros supisteis salir adelante.
Sirena. Eran otros tiempos, Colombina. Contaba yo entonces con mi juventud y con mi belleza como poderosos aliados. Príncipes y grandes señores rendíanse a mis plantas.
Colombina. En cambio, no sería[56.4] tanta vuestra experiencia y conocimiento del mundo como ahora. Y en cuanto a vuestra belleza, nunca estuvo tan en su punto, podéis creerlo.
Sirena. ¡Deja lisonjas! ¡Cuándo me vería yo de este modo si fuera la doña Sirena de mis veinte![56.5]
Colombina. ¿Años queréis decir?
Sirena. ¿Pues qué pensaste? ¡Y qué diré de ti, que aun no los cumpliste y no sabes aprovecharlo! ¡Nunca lo creyera[57.1] cuando al verme tan sola de criada te adopté por sobrina! Si en vez de malograr tu juventud enamorándote de ese Arlequín, ese poeta que nada puede ofrecerte sino versos y músicas, supieras emplearte mejor, no nos veríamos en tan triste caso.
Colombina. ¿Qué queréis? Aun soy demasiado joven para resignarme a ser amada y no corresponder. Y si he de adiestrarme en hacer padecer por mi amor, necesito saber antes cómo se padece cuando se ama. Yo sabré desquitarme. Aun no cumplí los veinte años. No me creáis con tan poco juicio que piense en casarme con Arlequín.
Sirena. No me fío de ti, que eres muy caprichosa y siempre te dejaste llevar de la fantasía. Pero pensemos en lo que ahora importa. ¿Qué haremos en tan gran apuro? No tardarán en acudir mis convidados, todos personas de calidad y de importancia, y entre ellas el señor Polichinela con su esposa y su hija, que por muchas razones me importan más que todos. Ya sabes cómo frecuentan esta casa algunos caballeros nobilísimos, pero, como yo, harto deslucidos en su nobleza por falta de dinero. Para cualquiera de ellos, la hija del señor Polichinela, con su riquísima dote y el gran caudal que ha de heredar a la muerte de su padre, puede ser un partido muy ventajoso. Muchos son los que la pretenden. En favor de todos ellos interpongo yo mi buena amistad con el señor Polichinela y su esposa. Cualquiera que sea el favorecido, yo sé que ha de corresponder con largueza a mis buenos oficios, que de todos me hice firmar una obligación para asegurarme. Ya no me quedan otros medios que estas mediaciones para reponer en algo mi patrimonio; si de camino algún rico comerciante o mercader se prendara de ti..., ¿quién sabe?..., aun podía ser esta casa lo que fue en otro tiempo. Pero si esta noche la insolencia de esa gente trasciende, si no puedo ofrecer la fiesta... ¡No quiero pensarlo!..., ¡que será mi ruina!
Colombina. No paséis cuidado. Con qué agasajarlos no ha de faltar. Y en cuanto a músicos y a criados, el señor Arlequín, que por algo es poeta y para algo está enamorado de mí, sabrá improvisarlo todo. Él conoce a muchos truhanes de buen humor que han de prestarse a todo. Ya veréis, no faltará nada, y vuestros convidados dirán que no asistieron en su vida a tan maravillosa fiesta.
Sirena. ¡Ay, Colombina! Si eso fuera, ¡cuánto ganarías en mi afecto! Corre en busca de tu poeta... No hay que perder tiempo.
Colombina. ¿Mi poeta? Del otro lado de estos jardines pasea, de seguro, aguardando una seña mía...
Sirena. No será bien que asista a vuestra entrevista, que yo no debo rebajarme en solicitar tales favores... A tu cargo lo dejo. ¡Que nada falte para la fiesta, y yo sabré recompensar a todos; que esta estrechez angustiosa de ahora no puede durar siempre... o no sería yo doña Sirena!
Colombina. Todo se compondrá. Id descuidada. (Vase doña Sirena por el pabellón.)
Escena II
Colombina, después Crispín, que sale por la segunda derecha.
Colombina. (Dirigiéndose a la segunda derecha y llamando.) ¡Arlequín! ¡Arlequín! (Al ver salir a Crispín.) ¡No es él!
Crispín. No temáis, hermosa Colombina, amada del más soberano ingenio, que por ser raro poeta en todo, no quiso extremar en sus versos las ponderaciones de vuestra belleza. Si de lo vivo a lo pintado fue siempre diferencia, es toda en esta ocasión ventaja de lo vivo, ¡con ser tal[59.1] la pintura!
Colombina. Y vos, ¿sois también poeta, o sólo cortesano y lisonjero?
Crispín. Soy el mejor amigo de vuestro enamorado Arlequín, aunque sólo de hoy le conozco, pero tales pruebas tuvo de mi amistad en tan corto tiempo. Mi mayor deseo fue el de saludaros, y el señor Arlequín no anduviera[59.2] tan discreto en complacerme a no fiar tanto[59.3] de mi amistad, que sin ella, fuera ponerme a riesgo de amaros sólo con haberme puesto en ocasión de veros.
Colombina. El señor Arlequín fiaba tanto en el amor que le tengo como en la amistad que le tenéis. No pongáis todo el mérito de vuestra parte, que es tan necia presunción perdonar la vida a los hombres como el corazón a las mujeres.
Crispín. Ahora advierto que no sois tan peligrosa al que os ve como al que llega a escucharos.
Colombina. Permitid; pero antes de la fiesta preparada para esta noche he de hablar con el señor Arlequín, y...
Crispín. No es preciso. A eso vine, enviado de su parte y de parte de mi señor, que os besa las manos.
Colombina. ¿Y quién es vuestro señor, si puede saberse?
Crispín. El más noble caballero, el más poderoso... Permitid que por ahora calle su nombre; pronto habéis de conocerle. Mi señor desea saludar a doña Sirena y asistir a su fiesta esta noche.
Colombina. ¡La fiesta! ¿No sabéis...?
Crispín. Lo sé. Mi deber es averiguarlo todo. Sé que hubo inconvenientes que pudieron estorbarla; pero no habrá ninguno, todo está prevenido.
Colombina. ¿Cómo sabéis...?
Crispín. Yo os aseguro que no faltará nada. Suntuoso agasajo, luminarias y fuegos de artificio, músicos y cantores. Será la más lucida fiesta del mundo...
Colombina. ¿Sois algún encantador por ventura?
Crispín. Ya me iréis conociendo.[60.1] Sólo os diré que por algo juntó hoy el destino a gente de tan buen entendimiento, incapaz de malograrlo con vanos escrúpulos. Mi señor sabe que esta noche asistirá a la fiesta el señor Polichinela, con su hija única, la hermosa Silvia, el mejor partido de esta ciudad. Mi señor ha de enamorarla, mi señor ha de casarse con ella y mi señor sabrá pagar como corresponde los buenos oficios de doña Sirena y los vuestros también si os prestáis a favorecerle.
Colombina. No andáis con rodeos. Debiera ofenderme vuestro atrevimiento.
Crispín. El tiempo apremia y no me dio lugar a ser comedido.
Colombina. Si ha de juzgarse del amo por el criado...
Crispín. No temáis. A mi amo le hallaréis el más cortés y atento caballero. Mi desvergüenza le permite a él mostrarse vergonzoso. Duras necesidades de la vida pueden obligar al más noble caballero a empleos de rufián, como a la más noble dama a bajos oficios, y esta mezcla de ruindad y nobleza en un mismo sujeto desluce con el mundo. Habilidad es mostrar separado en dos sujetos lo que suele andar junto en uno solo. Mi señor y yo, con ser[61.1] uno mismo, somos cada uno una parte del otro. ¡Si así fuera siempre![61.2] Todos llevamos en nosotros un gran señor de altivos pensamientos, capaz de todo lo grande y de todo lo bello... Y a su lado, el servidor humilde, el de las ruines obras, el que ha de emplearse en las bajas acciones a que obliga la vida... Todo el arte está en separarlos de tal modo, que cuando caemos en alguna bajeza podamos decir siempre: no fue mía, no fui yo, fue mi criado. En la mayor miseria de nuestra vida siempre hay algo en nosotros que quiere sentirse superior a nosotros mismos. Nos despreciaríamos demasiado si no creyésemos valer más que nuestra vida... Ya sabéis quién es mi señor: el de los altivos pensamientos, el de los bellos sueños. Ya sabéis quién soy yo: el de los ruines empleos, el que siempre, muy bajo, rastrea y socava entre toda mentira y toda indignidad y toda miseria. Sólo hay algo en mí que me redime y me eleva a mis propios ojos. Esta lealtad de mi servidumbre, esta lealtad que se humilla y se arrastra para que otro pueda volar y pueda ser siempre el señor de los altivos pensamientos, el de los bellos sueños. (Se oye música dentro.)
Colombina. ¿Qué música es ésa?
Crispín. La que mi señor trae a la fiesta, con todos sus pajes y todos sus criados y toda una corte de poetas y cantores presididos por el señor Arlequín, y toda una legión de soldados con el Capitán al frente escoltándole con antorchas...
Colombina. ¿Quién es vuestro señor, que tanto puede? Corro a prevenir a mi señora...
Crispín. No es preciso. Ella acude.
Escena III
Dichos y Doña Sirena, que sale por el pabellón.
Sirena. ¿Qué es esto? ¿Quién previno esa música? ¿Qué tropel de gente llega a nuestra puerta?
Colombina. No preguntéis nada. Sabed que hoy llegó a esta ciudad un gran señor, y es él quien os ofrece la fiesta esta noche. Su criado os informará de todo. Yo aun no sabré deciros si hablé con un gran loco o con un gran bribón. De cualquier modo, os aseguro que él es un hombre extraordinario...
Sirena. ¿Luego no fue Arlequín...?
Colombina. No preguntéis... Todo es como cosa de magia...
Crispín. Doña Sirena, mi señor os pide licencia para besaros las manos. Tan alta señora y tan noble señor no han de entender en intrigas impropias de su condición. Por eso, antes que él llegue a saludaros yo he de decirlo todo. Yo sé de vuestra historia mil notables sucesos que, referidos,[62.1] me asegurarían toda vuestra confianza... Pero fuera impertinencia puntualizarlos. Mi amo os asegura aquí (Entregándola un papel) con su firma la obligación que ha de cumpliros si de vuestra parte sabéis cumplir lo que aquí os propone.
Sirena. ¿Qué papel y qué obligación es ésta?... (Leyendo el papel para sí.) ¡Cómo! ¿Cien mil escudos de presente y otros tantos a la muerte del señor Polichinela si llega a casarse con su hija? ¿Qué insolencia es ésta? ¿A una dama? ¿Sabéis con quién habláis? ¿Sabéis qué casa es ésta?
Crispín. Doña Sirena..., ¡excusad la indignación! No hay nadie presente que pueda importaros. Guardad ese papel junto con otros..., y no se hable más del asunto. Mi señor no os propone nada indecoroso ni vos consentiríais en ello... Cuanto aquí suceda será obra de la casualidad y del amor. Fui yo, el criado, el único que tramó estas cosas indignas. Vos sois siempre la noble dama, mi amo el noble señor, que al encontraros esta noche en la fiesta, hablaréis de mil cosas galantes y delicadas, mientras vuestros convidados pasean y conversan a vuestro alrededor, con admiraciones a la hermosura de las damas, al arte de sus galas, a la esplendidez del agasajo, a la dulzura de la música y a la gracia de los bailarines... ¿Y quién se atreverá a decir que no es esto todo? ¿No es así la vida, una fiesta en que la música sirve para disimular palabras y las palabras para disimular pensamientos? Que la música suene incesante, que la conversación se anime con alegres risas, que la cena esté bien servida..., es todo lo que importa a los convidados. Y ved aquí a mi señor que llega a saludaros con toda gentileza.
Escena IV
Dichos, Leandro, Arlequín y el Capitán, que salen por la segunda derecha.
Leandro. Doña Sirena, bésoos las manos.
Sirena. Caballero...
Leandro. Mi criado os habrá dicho en mi nombre cuanto yo pudiera deciros.
Crispín. Mi señor, como persona grave, es de pocas palabras. Su admiración es muda.
Arlequín. Pero sabe admirar sabiamente.
Capitán. El verdadero mérito.
Arlequín. El verdadero valor.
Capitán. El arte incomparable de la poesía.
Arlequín. La noble ciencia militar.
Capitán. En todo muestra su grandeza.
Arlequín. Es el más noble caballero del mundo.
Capitán. Mi espada siempre estará a su servicio.
Arlequín. He de consagrar a su gloria mi mejor poema.
Crispín. Basta, basta, que ofenderéis su natural modestia. Vedle cómo quisiera ocultarse y desaparecer. Es una violeta.
Sirena. No necesita hablar quien de este modo hace hablar a todos en su alabanza. (Después de un saludo y reverencia se van todos por la primera derecha. A Colombina.) ¿Qué piensas de todo esto, Colombina?
Colombina. Que el caballero tiene muy gentil figura y el criado muy gentil desvergüenza.
Sirena. Todo puede aprovecharse. O yo no sé nada del mundo ni de los hombres, o la fortuna se entró[64.1] hoy por mis puertas.
Colombina. Pues segura es entonces la fortuna; porque del mundo sabéis algo, y de los hombres, ¡no se diga!
Sirena. Risela y Laura, que son las primeras en llegar...
Colombina. ¿Cuándo fueron ellas las últimas en llegar a una fiesta? Os dejo en su compañía, que yo no quiero perder de vista a nuestro caballero... (Vase por la primera derecha.)
Escena V
Doña Sirena, Laura y Risela, que salen por la segunda derecha.
Sirena. ¡Amigas! Ya comenzaba a dolerme de vuestra ausencia.
Laura. ¿Pues es tan tarde?
Sirena. Siempre lo es para veros.
Risela. Otras dos fiestas dejamos por no faltar a vuestra casa.
Laura. Por más que alguien nos dijo que no sería esta noche por hallaros algo indispuesta.
Sirena. Sólo por dejar mal a los maldicientes, aun muriendo la hubiera tenido.
Risela. Y nosotras nos hubiéramos muerto y no hubiéramos dejado de asistir a ella.
Laura. ¿No sabéis la novedad?
Risela. No se habla de otra cosa.
Laura. Dicen que ha llegado un personaje misterioso. Unos dicen que es embajador secreto de Venecia o de Francia.
Risela. Otros dicen que viene a buscar esposa para el Gran Turco.
Laura. Aseguran que es lindo como un Adonis.
Risela. Si nos fuera posible conocerle... Debisteis invitarle a vuestra fiesta.
Sirena. No fue preciso, amigas, que él mismo envió un embajador a pedir licencia para ser recibido. Y en mi casa está y le veréis muy pronto.
Laura. ¿Qué decís? Ved si anduvimos[65.1] acertadas en dejarlo todo por asistir a vuestra casa.
Risela. ¡Cuántas nos envidiarán esta noche!
Laura. Todos rabian por conocerle.
Sirena. Pues yo nada hice por lograrlo. Bastó que él supiera que yo tenía fiesta en mi casa.
Risela. Siempre fue lo mismo con vos. No llega persona importante a la ciudad que luego no os ofrezca sus respetos.
Laura. Ya se me tarda en verle[66.1]... Llevadnos a su presencia por vuestra vida.
Risela. Sí, sí, llevadnos.
Sirena. Permitid, que llega el señor Polichinela con su familia... Pero id sin mí; no os será difícil hallarle.
Risela. Sí, sí; vamos, Laura.
Laura. Vamos, Risela. Antes de que aumente la confusión y no nos sea posible acercarnos. (Vanse por la primera derecha.)
Escena VI
Doña Sirena, Polichinela, la Señora de Polichinela y Silvia, que salen por la segunda derecha.
Sirena. ¡Oh, señor Polichinela! Ya temí que no vendríais.[66.2] Hasta ahora no comenzó para mí la fiesta.
Polichinela. No fue culpa mía la tardanza. Fue de mi mujer, que entre cuarenta vestidos no supo nunca cuál ponerse.
Señora de Polichinela. Si por él fuera, me presentaría de cualquier modo... Ved cómo vengo de sofocada[66.3] por apresurarme.
Sirena. Venís hermosa como nunca.
Polichinela. Pues aún no trae la mitad de sus joyas. No podría con tanto peso.
Sirena. ¿Y quién mejor puede ufanarse con que[66.4] su esposa ostente el fruto de una riqueza adquirida con vuestro trabajo?
Señora de Polichinela. Pero ¿no es hora ya de disfrutar de ella, como yo le digo, y de tener más nobles aspiraciones? Figuraos que ahora quiere casar a nuestra hija con un negociante.
Sirena. ¡Oh, señor Polichinela! Vuestra hija merece mucho más que un negociante. No hay que pensar en eso. No debéis sacrificar su corazón por ningún interés. ¿Qué dices tú, Silvia?
Polichinela. Ella preferirá algún barbilindo, que, muy a pesar mío, es muy dada a novelas y poesía.
Silvia. Yo haré siempre lo que mi padre ordene, sí a mi madre no le contraría y a mí no me disgusta.
Sirena. Eso es hablar con juicio.
Señora de Polichinela. Tu padre piensa que sólo el dinero vale y se estima en el mundo.
Polichinela. Yo pienso que sin dinero no hay cosa que valga ni se estime en el mundo; que es el precio de todo.
Sirena. ¡No habléis así! ¿Y las virtudes, y el saber, y la nobleza?
Polichinela. Todo tiene su precio, ¿quién lo duda? Nadie mejor que yo lo sabe, que compré mucho de todo eso, y no muy caro.
Sirena. ¡Oh, señor Polichinela! Es humorada vuestra. Bien sabéis que el dinero no es todo, y que si vuestra hija se enamorara de algún noble caballero, no sería bien contrariarla. Yo sé que tenéis un sensible corazón de padre.
Polichinela. Eso sí. Por mi hija sería yo capaz de todo.
Sirena. ¿Hasta de arruinaros?
Polichinela. Eso no sería una prueba de cariño. Antes sería capaz de robar, de asesinar..., de todo.
Sirena. Ya sé que siempre sabríais rehacer vuestra fortuna. Pero la fiesta se anima. Ven conmigo, Silvia. Para danzar téngote destinado un caballero, que habéis[68.1] de ser la más lucida pareja... (Se dirigen todos a la primera derecha. Al ir a salir el señor Polichinela, Crispín, que entra por la segunda derecha, le detiene.)
Escena VII
Crispín y Polichinela
Crispín. ¡Señor Polichinela! Con licencia.
Polichinela. ¿Quién me llama? ¿Qué me queréis?
Crispín. ¿No recordáis de mí? No es extraño. El tiempo todo lo borra, y cuando es algo enojoso lo borrado, no deja ni siquiera el borrón como recuerdo, sino que se apresura a pintar sobre él con alegres colores, esos alegres colores con que ocultáis al mundo vuestras jorobas.[68.2] Señor Polichinela, cuando yo os conocí, apenas las cubrían unos descoloridos andrajos.
Polichinela. ¿Y quién eres tú y dónde pudiste conocerme?
Crispín. Yo era un mozuelo, tú eras ya todo un hombre. Pero ¿has olvidado ya tantas gloriosas hazañas por esos mares,[68.3] tantas victorias ganadas al turco, a que no poco contribuimos con nuestro heroico esfuerzo, unidos los dos al mismo noble remo en la misma gloriosa nave?
Polichinela. ¡Imprudente! ¡Calla o...!
Crispín. O harás conmigo como con tu primer amo en Nápoles y con tu primera mujer en Bolonia, y con aquel mercader judío en Venecia...
Polichinela. ¡Calla! ¿Quién eres tú, que tanto sabes y tanto hablas?
Crispín. Soy... lo que fuiste. Y quien llegará a ser lo que eres..., como tú llegaste. No con tanta violencia como tú, porque los tiempos son otros y ya sólo asesinan los locos y los enamorados y cuatro pobretes que aun asaltan a mano armada al transeúnte por calles obscuras o caminos solitarios. ¡Carne de horca, despreciable!
Polichinela. ¿Y qué quieres de mí? Dinero, ¿no es eso? Ya nos veremos más despacio. No es éste el lugar...
Crispín. No tiembles por tu dinero. Sólo deseo ser tu amigo, tu aliado, como en aquellos tiempos.
Polichinela. ¿Qué puedo hacer por ti?
Crispín. No, ahora soy yo quien va a servirte, quien quiere obligarte con una advertencia... (Haciéndole que mire[69.1] a la primera derecha.) ¿Ves allí a tu hija cómo danza con un joven caballero y cómo sonríe ruborosa al oír sus galanterías? Ese caballero es mi amo.
Polichinela. ¿Tu amo? Será entonces un aventurero, un hombre de fortuna, un bandido como...
Crispín. ¿Como nosotros... vas a decir? No; es más peligroso que nosotros, porque, como ves, su figura es bella, y hay en su mirada un misterio de encanto y en su voz una dulzura que llega al corazón y le conmueve como si contara una historia triste. ¿No es esto bastante para enamorar a cualquier mujer? No dirás que no te he advertido. Corre y separa a tu hija de ese hombre, y no la permitas que baile con él ni que vuelva a escucharle en su vida.
Polichinela. ¿Y dices que es tu amo y así le sirves?
Crispín. ¿Lo extrañas? ¿Te olvidas ya de cuando fuiste criado? Yo aun no pienso asesinarle.
Polichinela. Dices bien; un amo es siempre odioso. Y en servirme a mí, ¿qué interés es el tuyo?
Crispín. Llegar a buen puerto, como llegamos tantas veces remando juntos. Entonces tú me decías alguna vez: Tú que eres fuerte rema por mí... En esta galera de ahora eres tú más fuerte que yo; rema por mí, por el fiel amigo de entonces, que la vida es muy pesada galera y yo llevo remado[70.1] mucho. (Vase por la segunda derecha.)
Escena VIII
El Señor Polichinela, Doña Sirena, la Señora de Polichinela, Risela y Laura, que salen por la primera derecha.
Laura. Sólo doña Sirena sabe ofrecer fiestas semejantes.
Risela. Y la de esta noche excedió a todas.
Sirena. La presencia de tan singular caballero fue un nuevo atractivo.
Polichinela. ¿Y Silvia? ¿Dónde quedó Silvia? ¿Cómo dejaste a nuestra hija?
Sirena. Callad, señor Polichinela, que vuestra hija se halla en excelente compañía, y en mi casa siempre estará segura.
Risela. No hubo atenciones más que para ella.
Laura. Para ella es todo el agrado.
Risela. Y todos los suspiros.
Polichinela. ¿De quién? ¿De ese caballero misterioso? Pues no me contenta. Y ahora mismo...
Sirena. ¡Pero señor Polichinela...!
Polichinela. ¡Dejadme, dejadme! Yo sé lo que me hago.[71.1] (Vase por la primera derecha.)
Sirena. ¿Qué le ocurre? ¿Qué destemplanza es ésta?
Señora de Polichinela. ¿Veis qué hombre? ¡Capaz será de una grosería con el caballero! ¡Que ha de casar a su hija con algún mercader u hombre de baja estofa! ¡Que ha de hacerla desgraciada para toda la vida!
Sirena. ¡Eso no!..., que sois su madre, y algo ha de valer vuestra autoridad...
Señora de Polichinela. ¡Ved! Sin duda dijo alguna impertinencia, y el caballero ya deja la mano de Silvia, y se retira cabizbajo.
Laura. Y el señor Polichinela parece reprender a vuestra hija...
Sirena. ¡Vamos, vamos! Que no puede consentirse tanta tiranía.
Risela. Ahora vemos, señora Polichinela, que con todas vuestras riquezas no sois menos desgraciada.
Señora de Polichinela. No lo sabéis, que algunas veces llegó hasta golpearme.
Laura. ¿Qué decís? ¿Y fuisteis mujer para consentirlo?
Señora de Polichinela. Luego cree componerlo con traerme algún regalo.
Sirena. ¡Menos mal! Que hay maridos que no lo componen con nada. (Vanse todas por la primera derecha.)
Escena IX
Leandro y Crispín, que salen por la segunda derecha.
Crispín. ¿Qué tristeza, qué abatimiento es ése? ¡Con mayor alegría pensé hallarte!
Leandro. Hasta ahora no me vi perdido; hasta ahora no me importó menos perderme.[72.1] Huyamos, Crispín; huyamos de esta ciudad antes de que nadie pueda descubrirnos y vengan a saber lo que somos.
Crispín. Si huyéramos, es cuando todos lo sabrían y cuando muchos corrieran hasta detenernos y hacernos volver a nuestro pesar, que no parece bien ausentarnos con tanta descortesía, sin despedirnos de gente tan atenta.
Leandro. No te burles, Crispín, que estoy desesperado.
Crispín. ¡Así eres! Cuando nuestras esperanzas llevan mejor camino.
Leandro. ¿Qué puedo esperar? Quisiste que fingiera un amor, y mal sabré fingirlo.
Crispín. ¿Por qué?
Leandro. Porque amo, amo con toda verdad y con toda mi alma.
Crispín. ¿A Silvia? ¿Y de eso te lamentas?
Leandro. ¡Nunca pensé que pudiera amarse de este modo! ¡Nunca pensé que yo pudiera amar! En mi vida errante por todos los caminos, no fui siquiera el que siempre pasa, sino el que siempre huye, enemiga la tierra, enemigos los hombres, enemiga la luz del sol. La fruta del camino, hurtada, no ofrecida, dejó acaso en mis labios algún sabor de amores, y alguna vez, después de muchos días azarosos, en el descanso de una noche, la serenidad del cielo me hizo soñar con algo que fuera[72.2] en mi vida como aquel cielo de la noche que traía a mi alma el reposo de su serenidad. Y así esta noche en el encanto de la fiesta... me pareció que era un descanso en mi vida... y soñaba... ¡He soñado! Pero mañana será otra vez la huida azarosa, será la Justicia que nos persigue... y no quiero que me halle aquí, donde está ella, donde ella pueda avergonzarse de haberme visto.
Crispín. Yo creí ver que eras acogido con agrado... Y no fui yo solo en advertirlo. Doña Sirena y nuestros buenos amigos el Capitán y el Poeta le hicieron de ti los mayores elogios. A su excelente madre, la señora Polichinela, que sólo sueña emparentar con un noble, le pareciste el yerno de sus ilusiones. En cuanto al señor Polichinela...
Leandro. Sospecha de nosotros..., nos conoce...
Crispín. Sí; al señor Polichinela no es fácil engañarle como a un hombre vulgar. A un zorro viejo como él hay que engañarle con lealtad. Por eso me pareció el mejor medio prevenirle de todo.
Leandro. ¿Cómo?
Crispín. Sí; él me conoce de antiguo... Al decirle que tú eres mi amo supuso, con razón, que el amo sería digno del criado. Y yo, por corresponder a su confianza, le advertí que de ningún modo consintiera que hablaras con su hija.
Leandro. ¿Eso hiciste? ¿Y qué puedo esperar?
Crispín. ¡Necio eres! Que el señor Polichinela ponga todo su empeño en que no vuelvas a ver a su hija.
Leandro. ¡No lo entiendo!
Crispín. Y que de este modo sea nuestro mejor aliado, porque bastará que él se oponga, para que su mujer le lleve la contraria y su hija se enamore de ti más locamente. Tú no sabes lo que es una joven, hija de un padre rico, criada en el mayor regalo, cuando ve por primera vez en su vida que algo se opone a su voluntad. Estoy seguro de que esta misma noche, antes de terminar la fiesta, consigue burlar la vigilancia de su padre para hablar todavía contigo.
Leandro. ¿Pero no ves que nada me importa del señor Polichinela ni del mundo entero? Que es a ella, sólo a ella, a quien yo no quiero parecer indigno y despreciable..., a quien yo no quiero mentir.
Crispín. ¡Bah! ¡Deja locuras! No es posible retroceder. Piensa en la suerte que nos espera si vacilamos en seguir adelante. ¿Que te has enamorado? Ese amor verdadero nos servirá mejor que si fuera fingido. Tal vez de otro modo hubieras querido ir demasiado de prisa; y si la osadía y la insolencia convienen para todo, sólo en amor sienta bien a los hombres algo de timidez. La timidez del hombre hace ser más atrevidas a las mujeres. Y si lo dudas, aquí tienes a la inocente Silvia, que llega con el mayor sigilo y sólo espera para acercarse a ti que[74.1] yo me retire o me esconda.
Leandro. ¿Silvia dices?
Crispín. ¡Chito! ¡Que pudiera espantarse! Y cuando esté a tu lado, mucha discreción..., pocas palabras, pocas... Adora, contempla, admira, y deja que hable por ti el encanto de esta noche azul, propicia a los amores, y esa música que apaga sus sones entre la arboleda y llega como triste de la alegría de la fiesta.
Leandro. No te burles, Crispín; no te burles de este amor que será mi muerte.
Crispín. ¿Por qué he de burlarme? Yo sé bien que no conviene siempre rastrear. Alguna vez hay que volar por el cielo para mejor dominar la tierra. Vuela tú ahora; yo sigo[75.1] arrastrándome. ¡El mundo será nuestro! (Vase por la segunda izquierda.)
Escena Última
Leandro y Silvia, que sale por la primera derecha. Al final, Crispín
Leandro. ¡Silvia!
Silvia. ¿Sois vos? Perdonad; no creí hallaros aquí.
Leandro. Huí de la fiesta. Su alegría me entristece.
Silvia. ¿También a vos?
Leandro. ¿También decís? ¡También os entristece la alegría!...
Silvia. Mi padre se ha enojado conmigo. ¡Nunca me habló de ese modo! Y con vos también estuvo desatento. ¿Le perdonáis?
Leandro. Sí; lo perdono todo. Pero no le enojéis por mi causa. Volved a la fiesta, que han de buscaros; y si os hallaran aquí a mi lado...
Silvia. Tenéis razón. Pero volved vos también. ¿Por qué habéis de estar triste?
Leandro. No; yo saldré sin que nadie lo advierta... Debo ir muy lejos.
Silvia. ¿Qué decís? ¿No os trajeron asuntos de importancia a esta ciudad? ¿No debíais permanecer aquí mucho tiempo?
Leandro. ¡No, no! ¡Ni un día más! ¡Ni un día más!
Silvia. Entonces... ¿Me habéis mentido?
Leandor. ¡Mentir! No... No digáis que he mentido... No; ésta es la única verdad de mi vida... ¡Este sueño que no debe tener despertar! (Se oye a lo lejos la música de una canción hasta que cae el telón.)
Silvia. Es Arlequín que canta... ¿Qué os sucede? ¿Lloráis? ¿Es la música la que os hace llorar? ¿Por qué no decirme[76.1] vuestra tristeza?
Leandro. ¿Mi tristeza? Ya la dice esa canción. Escuchadla.
Silvia. Desde aquí sólo la música se percibe; las palabras se pierden. ¿No la sabéis? Es una canción al silencio de la noche, y se llama El reino de las almas. ¿No la sabéis?
Leandro. Decidla.
Silvia.
La noche amorosa, sobre los amantes
tiende de su cielo el dosel nupcial.
La noche ha prendido sus claros diamantes
en el terciopelo de un cielo estival.
El jardín en sombra no tiene colores,
y es en el misterio de su obscuridad
susurro el follaje, aroma las flores
y amor... un deseo dulce de llorar.
La voz que suspira, y la voz que canta
y la voz que dice palabras de amor,
impiedad parecen en la noche santa
como una blasfemia entre una oración.
¡Alma del silencio, que yo reverencio,
tiene tu silencio la inefable voz
de los que murieron amando en silencio;
de los que callaron muriendo de amor;
de los que en la vida por amarnos mucho
tal vez no supieron su amor expresar!
¿No es la voz acaso que en la noche escucho
y cuando amor dice, dice eternidad?
¡Madre de mi alma! ¿No es luz de tus ojos
la luz de esa estrella
que como una lágrima de amor infinito
en la noche tiembla?
¡Dile a la que hoy amo que yo no amé nunca
más que a ti en la tierra,
y desde que has muerto sólo me ha besado
la luz de esa estrella!
Leandro.
¡Madre de mi alma! Yo no he amado nunca
más que a ti en la tierra,
y desde que has muerto sólo me ha besado
la luz de esa estrella.
(Quedan en silencio, abrazados y mirándose.)
Crispín. (Que aparece por la segunda izquierda. Aparte.)
¡Noche, poesía, locuras de amante!...
¡Todo ha de servirnos en esta ocasión!
¡El triunfo es seguro! ¡Valor y adelante!
¿Quién podrá vencernos si es nuestro el amor?
(Silvia y Leandro, abrazados, se dirigen muy despacio a la primera derecha. Crispín los sigue sin ser visto por ellos. El telón va bajando muy despacio.)