ACTO ÚNICO

Gabinete

Escena I

González, Manuel y un Criado

Criado. No insista usted: le digo que el señor no está,[19.1] que no volverá en todo el día.

González. Le digo a usted que para mí sí;[19.2] le digo a usted que estoy en el secreto.

Criado. Usted quiere comprometerme.

González. Le digo a usted que no... Pásele usted esta tarjeta.

Criado. Pero, caballero...

González. O a su señora, es lo mismo...; yo he de verle, sea como sea.

Criado. Pero...

González. Nada,[19.3] que he de verle.

Criado. Caballero..., usted puede hacer lo que guste;[19.4] pero le aseguro a usted...

González. No asegure usted nada. Es que habrá usted recibido esa orden..., sí...; lo sé todo..., lo que ocurre en casos semejantes...; por eso sé lo que debo hacer, lo de siempre, no hacerle a usted caso; ya lo ve usted...

Criado. Como usted quiera. (Entra Manuel.)

González. ¿Lo ve usted?

Criado. Yo he cumplido con la orden del señor; pero el señor[20.1]...

Manuel. Bien está... (Sale el Criado.)

González. Comprenda usted que yo necesitaba verle.

Manuel. Comprenda usted que yo no quiero ver a nadie...; a los amigos como usted mucho menos; sé lo que va usted a decirme... Es inútil, todo inútil; mi resolución es irrevocable... El presidente le ha dicho a usted lo que había..., ha leído usted los periódicos...; no tengo que decirle más.

González. Pero...

Manuel. Es inútil, todo inútil... Nadie dirá que yo he provocado el conflicto. Desde mi entrada en el Ministerio, usted sabe a costa de cuántos sacrificios, mi permanencia en él ha sido para mí una serie de abdicaciones; he podido aceptarlas mientras sólo se trataba de mis convicciones particulares, hasta de mis afectos; pero ahora, no; ahora se trata de mis compromisos con la opinión, con el país...; pretender esta nueva abdicación, es tanto como renegar de toda mi historia política; de mi significación en el partido; de mi personalidad; de mi conciencia..., y a eso no puedo llegar, porque sería tanto como negarme a mí mismo.

González. Pero, querido amigo, piense usted la situación, el conflicto...

Manuel. No es culpa mía... Se desoyeron mis advertencias; se desdeñaron mis concesiones... Yo no soy un hombre de partido...; para mí, antes que los hombres están las ideas.

González. Por eso mismo debe usted transigir con las personas, sin perjuicio de seguir con sus ideas.

Manuel. Es inútil. Mi resolución es irrevocable.

Escena II

Dichos y Hernández

Hernández. ¡Ah!, ya sabía yo que estaba usted en casa... El criado se empeñaba en negarme la entrada, querido González...

González. Amigo Hernández... ¿Viene usted como yo... a convencer a nuestro ilustre amigo?...

Hernández. A nuestro querido amigo... Pero usted le habrá convencido ya... Eso no puede ser...; ¡provocar una crisis en las actuales circunstancias..., una crisis... por una tontería!... Comprendo si hubiera usted tenido algún disgusto personal...; pero usted sabe que sólo cuenta usted con[21.1] verdaderos amigos en el Gobierno y en la mayoría.

Manuel. Pero amigos que no piensan como yo en asuntos tan importantes como los que yo defiendo.

Hernández. Pero ése no es motivo; a usted personalmente no se le niega nada.

Manuel. Se me niega el cumplimiento de mis compromisos ante la opinión, ante el país.

González. Pero, ¿a qué[21.2] llama usted opinión? ¿A los periódicos? ¡Si se abstuviera usted de leerlos!...

Manuel. Mi padre tuvo la debilidad de mandarme al colegio y yo la de aprender a leer..., y la mala costumbre de leerlo todo. La actitud del avestruz ocultando la cabeza debajo del ala, para no ver el peligro, no es la actitud más propia de un hombre de gobierno...

González. Pero, querido amigo, yo le creí a usted de más carácter.

Manuel. Hoy llaman ustedes carácter a no tener ninguno, a pasar por[21.3] todo.

Hernández. No, querido amigo; a sobreponerse a todo, que no es lo mismo..., a mostrarse superior a las circunstancias...

Manuel. No se cansen ustedes, mi resolución es irrevocable.

González. Pero, querido amigo... Reflexione usted... Compromete usted gravemente la situación, da usted armas a las oposiciones...

Manuel. Al contrario, facilito una solución a mis compañeros.

Hernández. Usted sabe que la provisión de su cartera en estos momentos mostraría más claramente las escisiones del partido.

Manuel. Eso es lo que pretendo...; demarcar los campos, aclarar la situación, despejar incógnitas.

González. Pero usted sabe el peligro de despejar incógnitas. Además, se expone usted a quedarse solo.

Manuel. Me basto.[22.1]

Hernández. Mire usted que[22.2] se llegará al límite de las concesiones...

Manuel. A ese límite he llegado yo hace mucho tiempo.

Hernández. Que puede encontrarse una fórmula todavía..., una fórmula aceptable.

Manuel. La que yo he propuesto.

González. Ésa no es posible.

Manuel. No hay otra.

Hernández. Concédanos usted un plazo... Entre todos hallaremos una fórmula.

Manuel. No.

González. Un día...

Manuel. No.

González. Una hora...; hablaremos con el jefe, con el jefe de las oposiciones... Volveremos con su contestación... Pero ceda usted en algo...

Manuel. Nunca. He llegado al límite de las concesiones.

Hernández. ¿Nos promete usted no hacer saber[23.1] a nadie su resolución hasta después de hablar nuevamente con nosotros?

Manuel. Nada conseguirán ustedes. Y será inútil que vuelvan ustedes si no se acepta por entero mi última proposición de arreglo.

González. ¿Por entero?... Un paso más, querido amigo...

Manuel. Yo no sé andar más que avanzando. Un paso más sería una concesión menos.

Hernández. Avance usted hacia la avenencia... Los demás avanzarán en el mismo sentido, y aquí no ha pasado nada... Entretanto..., una hora de espera..., una hora..., usted reflexione; entretanto..., nosotros trabajaremos...

Manuel. Creo que no conseguirán ustedes nada... De mí han conseguido ustedes cuanto podía concederles: atención, gratitud por sus buenos deseos.

González. Usted sabe que somos de los leales...

Hernández. De los que le seguiremos a usted siempre que usted nos acompañe. Hasta ahora.

González. Querido amigo... (Salen.)

Manuel. No estoy para nadie..., bajo ningún pretexto vuelvan a recibir a nadie... He salido en el automóvil... Estoy en el campo... No se sabe dónde estoy... A nadie, sea quien sea...

Escena III

Manuel y Emilia

Emilia. ¿Me concede audiencia el señor ministro?[24.1]

Manuel. Entra, entra...

Emilia. ¿No has leído todavía los periódicos?

Manuel. ¿Por qué?

Emilia. Porque todos los días te ponen de mal humor... ¡Si hicieras lo que yo!... Yo no los leo nunca...

Manuel. Debías presidir el Ministerio.

Emilia. Si acaso,[24.2] las noticias de sociedad, los teatros... y los anuncios.

Manuel. Sí; ahora pueden leerse los anuncios...

Emilia. Para saber lo que pasa me basta con mirarte a la cara... Hoy es un buen día...

Manuel. Sí, no ocurre nada...

Emilia. ¡Cuánto me alegro!... Por supuesto, nunca ocurre nada... ¿Cuándo ha estado todo como ahora?... Eso es lo que molesta... Hasta los cambios han bajado...

Manuel. Ya sabes más que yo... Y dices que no lees los periódicos...

Emilia. No; lo sé por mi modisto... Me ha enviado un encargo de París, y al pagarle... Le he pagado yo... ¿Qué dices?... No dirás que pido créditos extraordinarios[24.3]... Yo, yo..., sí, señor; de los presupuestos ordinarios...

Manuel. Así me gusta.

Emilia. ¡Oh, soy una gran ministra de Hacienda!... No tendrás queja de mí... ¡Sostener mis gastos de representación sin acudir al capítulo de imprevistos!... Y tú no sabes lo que eso cuesta... Me llaman elegante y distinguida en todos los periódicos..., los ministeriales y los de oposición.

Manuel. Los cronistas de salones son siempre ministeriales. El gobierno de las mujeres es muy tiránico y no consiente la menor oposición.

Emilia. O muy liberal y no las motiva... ¡Qué poco galante!

Manuel. Y sepamos, ¿qué maravilla es ésa que ha llegado de París?

Emilia. ¡Oh! Ya verás... Es un poema..., un sueño... ¡Un vestido ideal! Una obra de arte... Los hombres no saben apreciar esas delicadezas... Si acaso, el conjunto...; pero los detalles...

Manuel. Es que uno de los detalles suele ser la factura.

Emilia. ¿La factura? Un vestido así siempre es barato..., y a mí me hacen precios excepcionales. Este traje no sería para otra menos de los tres mil, y a mí me han puesto dos mil novecientos cuarenta y cinco..., todo comprendido...: Aduanas, envío...

Manuel. Sí, es una ganga.

Emilia. Una verdadera creación...;[25.1] y el caso es que no tiene nada..., es el chic,[25.2] nada... Lo ves en la mano y dices: esto no vale nada..., cualquiera puede hacerlo; pero luego lo ves puesto... y... ya verás..., ya verás...

Manuel. ¿Y cuándo voy a verlo?...

Emilia. ¡Qué pregunta! Pasado mañana, en Palacio, en la comida en honor del príncipe turco.

Manuel. Persa...

Emilia. Es lo mismo... Esta vez no tendrás nada que decir del escote...

Manuel. No, no diré nada...; entre otras cosas..., porque esa comida...

Emilia. ¡Qué!... ¿Se ha suspendido? ¿No viene el príncipe?

Manuel. Sí, el príncipe, sí... Además, si no viene ése, vendrá otro... Pero es que para ese día ya no seré ministro.

Emilia. ¡Eh!... ¿Hay crisis? ¿Cómo es posible?... ¡Si no me ha dicho nada[26.1] la peinadora!...

Manuel. La peinadora no lo sabrá todavía...

Emilia. ¡Si peina a la de González y a la de Hernández!...

Manuel. Es crisis parcial..., dimito yo sólo...

Emilia. ¿Tú sólo? ¿Y qué has podido hacer para ser tú sólo el que dimite?

Manuel. No voy a explicártelo ahora... Me sobran razones...

Emilia. ¡Ah, pero es por tu gusto!

Manuel. ¡Claro está!... ¿Creías que me habían echado?

Emilia. Es que de otro modo no lo comprendo...

Manuel. No estoy conforme con la marcha del Gobierno...; mis ideas son antes que todo...

Emilia. Pero yo creí que tus ideas eran las del Gobierno...

Manuel. Eso creía yo hasta ayer por la tarde.

Emilia. ¡Ah, fue ayer por la tarde!... ¡Y no me dijiste nada!...

Manuel. Quise tomarme[26.2] toda la noche para reflexionar.

Emilia. ¡Ah, por eso estuviste tan desvelado!... ¿Y te aceptan la dimisión?

Manuel. Que la acepten o no la acepten[27.1]...

Emilia. ¡Ah!, ¿pero no la has presentado todavía?

Manuel. Sí, particularmente..., por carta... Oficial no es todavía... Esperan convencerme; trabajan para ello...

Emilia. ¿Y te convencerán?...

Manuel. Eso sí que no... Mi resolución es irrevocable. He llegado al límite de las concesiones...

Emilia. ¿No te dieron aquella credencial que pediste?

Manuel. Sí..., eso sí...; se desviven por complacerme...

Emilia. ¿Entonces...?

Manuel. Pero no es eso..., no se trata de credenciales... Se trata de mis compromisos ante la opinión..., el país... ¿Qué voy a decirte? Puedes comprender que tendré mis razones...

Emilia. No lo sé...; pero salir tú sólo... La verdad, es muy desairado... Van a decir que no tienes razón...

Manuel. Ellos sí lo dirán...

Emilia. Ya ves..., y ellos se quedan... Es una triste gracia... y es dar gusto a tus enemigos...

Manuel. Mis enemigos tendrán que reconocer mi sinceridad.

Emilia. ¡De modo que te importa más quedar bien con tus enemigos que con tus amigos!...

Manuel. Mira, Emilia, no he querido ver nunca en ti a un amigo político, mucho menos a un contrincante...

Emilia. Creo que nunca..., pero sí[27.2] una mujer que te aconseja siempre lo mejor...; eso debes haberlo visto en mí siempre. No dirás que yo intervengo nunca en tus asuntos. Nunca te he molestado con recomendaciones..., y tú sabes si me las piden... He preferido quedar mal con muchos amigos por no molestarte lo más mínimo... Desde que eres ministro, ¿qué te he pedido? Que recomendaras al novio de mi doncella para Orden público y a una hermana de mi peinadora para que la contrataran en un cinematógrafo de un diputado[28.1]... Lo que no podrás decir es que yo he abusado nunca de mi posición. A otras hubiera yo querido ver en mi caso... Ahí tienes a la de tu compañero Ruiz Gómez, que no le da almuerzo ni comida tranquila a su marido..., y cuando él no hace lo que ella quiere, se va de Ministerio en Ministerio, poniéndole en evidencia...

Manuel. ¡Si no fuera más que de Ministerio en Ministerio!

Emilia. Ella le pide a todo el mundo[28.2]. Y su marido tan contento.

Manuel. No lo creas...; en Consejo se incomoda mucho...

Emilia. Pero no dimite... ¿Oyes? No hace más que sonar el timbre... Amigos que vendrán a convencerte; gente que vendrá a saber...

Manuel. He dicho que no recibo a nadie...

Emilia. ¿Pero tan serio es el motivo?

Manuel. Muy serio.

Emilia. ¿Y no puede haber, por lo menos, un aplazamiento?

Manuel. ¿Para qué? Lo que ha de ser[28.3]... Pero tú decías siempre que estabas deseando verme libre de preocupaciones..., de disgustos...

Emilia. Sí..., sí..., y lo digo...; pero precisamente...

Manuel. Precisamente qué...

Emilia. ¡Que para una vez que estaba yo contenta de ser ministra!...

Manuel. Si tú no eres vanidosa... ¡No parece sino que tú necesitas que yo sea ministro para lucir..., para... ¡Ah, vamos!...; ese vestido de París..., el capricho de lucirlo pasado mañana...

Emilia. ¿Qué quieres? ¡Estaba tan ilusionada!...

Manuel. ¡Que no tendrás ocasión![29.1]... En cualquier baile...

Emilia. No es de baile[29.2]... es de comida...; ése es su chic, que no sirve más que para comida, y para comida en Palacio.

Manuel. ¡Y en honor de un príncipe persa!... ¡Tanto quieres puntualizar!... ¡No sé qué especialidad puede tener un vestido para no servir más que en ocasión determinada!

Emilia. ¡Qué quieres!...; éste es así..., y mi capricho es lucirlo en esta ocasión... ¿Por qué tú tenías tanto afán en ser ministro en este Gobierno más que en otros? Recuerda...

Manuel. Sí, salgo por amor propio...

Emilia. Por chafar a Hernández...; tú me lo dijiste... Pues figúrate que yo también quiero chafar a alguien..., a alguien que yo sé que se ha burlado de mí; mujer de alguno de tus compañeros de Ministerio...

Manuel. ¿Quién hace caso?

Emilia. Sí, sí, me lo han dicho...; me consta: ha dicho que soy cursi... ¡Como soy la única joven del Ministerio!...

Manuel. Y la más guapa, también puedes decirlo...

Emilia. Eso lo dices tú..., y me gusta oírlo... Pero eso lo puede ser cualquiera...; elegante, ya es más difícil...

Manuel. También lo eres..., como debes serlo...

Emilia. Si..., ¡pero si vieras!... Yo comprendo que algunas veces no he estado acertada en la toilette..., pecaba por exceso...; pero ahora este vestido es de un supremo chic...; como que he sostenido correspondencia diaria con el modisto durante veinte días..., y muestras van y vienen, y figurines y descripciones..., y yo sin decidirme, y él ideando creaciones... «Sueño con usted», me dice en una de sus cartas...

Manuel. ¡Caracoles!

Emilia. «Piense usted en mí siempre», le digo yo en todas las mías...

Manuel. ¡Pues sabes que cualquiera que leyese la correspondencia...!

Emilia. Mira, voy a ponerme el vestido..., para ti... Quiero que lo veas antes que nadie, que lo admires...

Manuel. No, no...; ya tendré ocasión...

Emilia. Pasado mañana...

Manuel. Sí, hay función en el Real y quieres ponértelo...

Emilia. Para el Real... es demasiado; llamaría la atención...

Manuel. ¡Pues si no es eso lo que te propones...!

Emilia. ¿Llamar la atención? ¡De ningún modo! El verdadero chic es ése... No llamar la atención y que todo el mundo se fije...

Manuel. No me explico[30.1] cómo puede ser eso; pero, en fin, la toilette tiene sus secretos...

Emilia. Como la política... Y hoy va a tener uno...

Manuel. ¿Uno? ¿Cuál?

Emilia. El desistir de tu dimisión.

Manuel. Sí..., por un vestido... ¡Tendría que ver![31.1]

Emilia. Por el vestido no, por mí... ¿No valgo yo ese sacrificio..., que no lo[31.2] es..., porque tú serás el primero en alegrarte como todos tus amigos?

Manuel. Mis amigos sí..., ¡y cómo se reirían!

Emilia. ¡Sí que[31.3] ellos no habrán hecho cosas más graves por cosas de menor importancia!

Manuel. ¿De menos importancia que el capricho de lucir el vestido?

Emilia. El de lucir ellos alguna banda o algún discurso preparado. Todo, satisfacción de la vanidad...; pero a los hombres os parece[31.4] que vuestras vanidades son más trascendentales... Después de todo, ¿por qué te empeñas en dimitir? Por vanidad.

Manuel. ¡Dignidad!

Emilia. ¡Vanidad! Porque dijiste una cosa y no quieres decir otra...; la vanidad de sostener tu carácter..., y por ella comprometes a tus amigos, expones pones al Gobierno a una crisis desagradable..., de mal efecto...; pasarás por[31.5] orgulloso, por testarudo..., por no saber amoldarte a las circunstancias... Ese defecto lo has tenido siempre...; te lo dicen los periódicos todos los días...

Manuel. ¿No quedamos en que no los leías?

Emilia. Alguna vez...; y cuando esa vez da la casualidad..., es que te lo dirán todos los días... «La terquedad del señor ministro..., su inflexibilidad... El señor ministro confunde la tozudez con el carácter...» Tienen mucha razón, y eso que no te ven en casa...

Manuel. ¡Emilia! Me desagrada oírte...

Emilia. La verdad desagrada siempre... Pero no me dirás que tú solo vas a tener más razón que todo el Ministerio... Y aunque la tuvieras...; entre personas educadas se cede...; ellos cederán otras veces... Vas a ponerte en ridículo... Te habrá aconsejado tu amigote Pepe..., porque tú eres así...: mucho carácter, y luego te dejas llevar de cualquiera, del que te aconseja con peor intención... Porque Pepe[32.1] lo que está deseando es que dejes de ser ministro; te tiene mucha envidia.

Manuel. ¿Pero qué tiene que ver Pepe, ni qué me aconseja?...

Emilia. No digas[32.2]..., siempre, para todo... Hasta cuando pusimos el comedor y tu despacho... tuvo que ser como él dijo..., una cursilería..., el comedor modernista, que parece un café de provincia, y tu despacho, en cambio, que parece una funeraria... Como lo de llevarte a su sastre, que no sabe vestirte... La otra noche me fijé en el baile de la Embajada: nadie lleva el chaleco de frac en forma de corazón, como el que te han hecho..., ni las vueltas de raso..., y esos chalecos de fantasía que llevas son ridículos, y ya verás cómo la toman[32.3] contigo en las caricaturas...

Manuel. ¡Emilia! ¡Emilia! Que mis nervios están en tensión y ya no respondo.

Emilia. No te faltaba más que yo pagase tus disgustos políticos. Como la política me ha dado tantas satisfacciones...: sacrificios, molestias... Por ti he perdido las relaciones con mis mejores amigas..., y en cambio tengo que tratar a mucha gente que me desagrada..., a quien yo no distingo..., que no debía de tratar..., y así en todo..., siempre sacrificada... El verano pasado sin tomar las aguas por no dejarte solo en Madrid, porque tú no podías salir con las dichosas Cortes..., y estas Navidades sin poder ir a ver a mamá con los dichosos proyectos, y para una satisfacción que podía una tener una vez..., para un capricho que tiene una..., como si fuera un crimen..., ya es una... una intrigante, ya exige una demasiado, ya compromete una su carrera política, su dignidad..., ¡qué sé yo!... No te faltaba más que decir que yo te pongo en ridículo, como la de Ruiz Gómez a su marido...; pero me lo dirás..., me lo dirás...

Manuel. ¡Emilia, Emilia!...

Emilia. No, si ahora soy quien desea que presentes la dimisión... ahora mismo, ahora mismo...; pero no vuelvas a hablarme de política ni de carteras... Nos iremos a vivir a un pueblo, donde siquiera tenga[33.1] tranquilidad..., lo único que yo he deseado siempre..., una casita en un pueblo con sus gallinas y sus palomas..., eso, eso..., y nada de este infierno, de estas intrigas... Todo antes que verte así..., todo antes de que quieras pagar conmigo porque los demás te disgustan...

Manuel. Esto es peor que veinte discursos de oposición... Me voy al Congreso..., al Senado..., todo es preferible... El gabán... El sombrero...

Emilia. ¿Pero no llevas la dimisión?

Manuel. No, no dimito... Sin el Ministerio no tendría pretexto para estar tanto tiempo fuera de casa..., y cualquiera te aguantaba[33.2] en un año... Irás a la comida, lucirás el vestido. No será la primera vez que una falda haya decidido una crisis... ¿Estás contenta?

Emilia. Sí, pero no te enfades... ¡Cuando veas el vestido, lo comprenderás todo!...

Manuel. Sí, pero al día siguiente sí que no debes leer más que la crónica de sociedad, porque ¡lo que van a decir de mí los periódicos!

Emilia. Los de oposición. Si hubieras dimitido lo dirían los ministeriales... ¡Siempre han de decir!

Manuel. ¡Y aun piden las mujeres que os concedan[34.1] el derecho a votar, como si no gobernarais el mundo!...

Emilia. Yo no, no pido semejante cosa... Si se presenta la proposición puedes votar en contra.

LOS INTERESES CREADOS

COMEDIA DE POLICHINELAS EN DOS ACTOS, TRES CUADROS Y UN PRÓLOGO

Estrenada en el Teatro Lara el día 9 de diciembre de 1907

A DON RAFAEL GASSET

SU AFECTÍSIMO
JACINTO BENAVENTE

REPARTO

PersonajesActores
DOÑA SIRENASra. Valverde
SILVIASrta. Suárez
LA SEÑORA DE POLICHINELA » Alba
COLOMBINA » Pardo
LAURA » Toscano
RISELASra. Beltrán
LEANDROSrta. Domus
CRISPÍNSr. Puga
EL DOCTOR » Rubio
POLICHINELA » Mora
ARLEQUÍN » Barraycoa
EL CAPITÁN » R. de la Mata
PANTALÓN » Simó-Raso
EL HOSTELERO » Pacheco
EL SECRETARIO » Romea
MOZO 1.º DE LA HOSTERÍA » Suárez (A.)
ÍDEM 2.º » Enríquez
ALGUACILILLO 1.º » De Diego
ÍDEM 2.º » Suárez (A.)

La acción pasa en un país imaginario, a principios del siglo XVII