III

Cuatro días pasados del entierro de la doncella de Cecilia, que falleció, según dictamen del forense, por haber ingerido equivocada una de las medicinas que para uso externo le recetó James Grey, Luciano Avril, después de la comida, mientras su esposa y el doctor jugaban a las damas en el comedor, escribía en su gabinete nuevamente a Fontanar:

«Tu silencio me agobia, queridísimo Enrique. Yo te esperaba aquí en seguida, y veo que ni siquiera me haces el honor de una respuesta a mi carta. ¿O es que temes encontrarte en Avila con un infeliz loco?»¡Ah, ese sí que es el más intenso de mis terrores! El miedo a enloquecer me exaspera y tiemblo por mi juicio; porque a veces me parece que mi razón es una llama vacilante condenada a apagarse al menor soplo, dejando todo negro en mi cabeza.

»No creas que estoy loco todavía. Buena prueba de que aún permanezco cuerdo es que me apercibo de cuanto pasa a mi alrededor, y no he dejado de amar a Cecilia, que sería prueba evidente de mi falta de razón.

»La sigo queriendo con amor absorbente y frenético, que me hace delirar en sus brazos. Su vista me causa extraños desfallecimientos y junto a ella no puedo respirar. Cada beso de sus labios me enfurece más y cada caricia de sus manos me torna más febril. Mi vida ahora es un éxtasis sexual, como si me hubieran dado a beber el filtro del deseo insaciable.

»Ayer deploré ante el doctor nuestra desgracia por carecer de hijos, y él contestó que el fuego destruye, pero no crea, recomendándome un poco de cordura conyugal, con ese tono de voz suyo tan acariciante y que obra sobre mis nervios exaltados el efecto de una lluvia benéfica...

»Me horrorizo acordándome de que te he escrito renglones poco favorables para él. ¡Cuán injustos eran! ¡Imposible hallar un amigo más sincero y cariñoso, más atento a devolverme la dulce paz perdida y a velar por que conserve la poca que me resta! Nadie con más dulzura que él me haría reflexionar sobre la sinrazón de esta obsesión maldita. El toma la MUERTE a broma y me cuenta en tono humorístico historias macabras para familiarizarme con la FRIA; pero su regocijo, lejos de distraerme, agudiza mi sufrimiento.

»Porque, triste es reconocerlo: mi mal no retrocede, sino aumenta. Ya no es sólo el viento, que parece quejarse con sus ayes lastimeros o las sombras nocturnas, lo que me inquieta. Ahora es también el vuelo de los pájaros, el maullido de un gato, los cortinajes de una puerta, los esqueletos de los árboles, las veletas de la torre de una iglesia lejana lo que me sobrecoge y me llena de pavor.

»Si yo me atreviese, ahora mismo abandonaría este castillo tan fúnebre, en que aún parece vagar el perfume de la criada muerta, y marcharía por el campo sin temor a hundirme en la nieve, huyendo del reloj, que marca las doce en punto y está dejando escapar sus sones, que repercuten en mi corazón como los de una campana funeral.

»Tengo miedo, Enrique, mucho miedo, y en este instante carezco hasta de fuerzas para mirar más allá de la mesa donde se confunden las sombras movibles. Siento alrededor de mi frente algo semejante al roce finísimo de unas alas, y el corazón me late furiosamente, como si una mano invisible pretendiera atenazarlo con sus dedos. Un sudor frío me invade todo el cuerpo y te dará una idea de lo mucho que tiemblo la indecisión con que mi mano traza estos renglones.

»Todo está en silencio; pero se me antoja que este silencio está lleno de murmullos, y que fuera, en el pasillo, resuenan unos pasos cautelosos. Pasos de alguien que avanza con sigilo como si temiera alarmarme, ¿sabes, Enrique? Y no me atrevo a volver la cabeza, porque sé que me he dejado la puerta entreabierta y temo ver un rostro desconocido y horroroso atisbándome implacable.

»¡Oh, Dios mío: me parece que eso se acerca, se acerca! Un penetrante olor a muerte ha corrompido la estancia y he oído chirriar la puerta...

»¡Piedad, Dios mío, ELLA está aquí!..»

Luciano Avril dejó escapar la pluma de la mano, y lívido, espantado, se levantó, haciendo esfuerzos sobrehumanos, con ánimo de cerrar la puerta.

Dotados sus sentidos de una extraordinaria delicadeza, debido a su enfermedad nerviosa, el desdichado novelista percibía los más ligeros ruidos y sufrió una convulsiva contracción al oír el tenue roce de unos pies desnudos que se deslizaban por el pasillo con dirección a su alcoba. Luciano Avril sintió un gran frío en el cerebro, donde sus ideas se arremolinaron como las hojas muertas de una tempestad, al oír claramente aquellos pasos vacilantes que hacían crujir la madera del piso y, evidentemente, se encaminaban hacia la puerta.

¿Se engañaban sus sentidos? ¿Sería una alucinación más de las innumerables padecidas? Inmóvil y sin respirar apenas, el joven escritor, apoyado en la mesa, aguardaba la horrible aparición como un condenado espera la cuchilla de la guillotina; pero cuando los pasos se aproximaron más y él comprendió que alguien, inexorable, iba a penetrar en la estancia, se lanzó hacia la puerta tratando de cerrarla con llave. Pero le detuvo con enérgico ademán un brazo verde y frío, que le hizo retirarse con horror.

El cadáver de la doncella muerta se presentaba, con la cabeza inclinada y los brazos caídos como un fantoche a quien hubieran aflojado los hilos. Sólo tenían movimiento sus pies—verdes como los brazos y la cara—que asomaban desnudos bajo la negra falda y que se detenían frente a él para que contemplase la mirada insultadora de unas pupilas negras con reflejos de acero y sonrisa diabólica; la de una boca sin labios que semejaba una cortadura bajo la afilada nariz, entre dos grandes arrugas en forma de paréntesis.

Anonadado por la impresión de un supremo espanto, Luciano Avril experimentó una violenta conmoción cerebral, cayendo al suelo como una masa, con las pupilas dilatadas y la boca abierta, para agitarse en convulsivos espasmos. Al fin llegaba la MUERTE, disfrazada con las ropas de la criada difunta, y toda verde como ella de manos y de rostro.

Durante un cuarto de hora, la extraña aparición permaneció inmóvil frente al joven escritor, observando su agonía: lividez cadavérica, sudor viscoso en todo el cuerpo, pulso apenas sensible y latidos intermitentes, cada vez más pausados, en el corazón, alternando irregularmente con una respiración anhelante. El acto reflejo había sido tan violento, que había provocado una paralización casi total de la circulación; el corazón y las arterias se habían vaciado por completo, y las venas se resistían a contener la sangre en ellas agolpada; de aquí el enfriamiento muscular y la postración mental. Nada de convulsiones; nada de estertor. La vida de Luciano se escapaba dulce e irremediablemente ante el mudo fantasma, que parecía recrearse en la contemplación de su obra monstruosa.

Diez minutos transcurrieron todavía, durante los cuales la extraña aparición continuó inmóvil, espiando con ávida mirada los últimos esfuerzos de un alma que se resistía a abandonar el cuerpo. Pasado un cuarto de hora, el cadáver verduzco habló para decir a la mujer del novelista, que penetró en la alcoba, pálida y nerviosa:

—¡Luciano Avril ha muerto! Y todo ha sucedido como yo esperaba.

Luego, mientras se despintaba el rostro y las manos con un paño mojado en agua, James Grey añadió:

—Cuando por una serie de excitaciones diversas se haya provocado el aniquilamiento del sistema nervioso de un individuo, podrá matársele con más seguridad que con un puñal, proporcionándole una emoción violenta...