XXIV
La política toca a las puertas del hogar.
Al magnánimo i heroico don Jerónimo Valdés le sucedió provisoriamente en el mando de la isla don Javier de Ulloa, que se hallaba en la Habana de Comandante Jeneral de Marina hasta la llegada del Teniente Jeneral don Leopoldo O'Donell. Este hombre en el que se despertó una avaricia febril, comerciaba ya ostencible ya clandestinamente con la trata (comercio de negros) de los esclavos cubanos i con el contrabando de negros africanos, cuya inmigracion aumentó tan considerablemente, que los buques mercantes llegaban a las costas de la isla colmados de esa mercaderia de carne i libertad humana, cotizada a una onza por cabeza, i que a su vez colmaba de oro las arcas voraces de O'Donell.
El gobierno inglés pidió la ejecucion del tratado de 1817 i, con ella, la abolicion de la trata. El gobierno español dió una lei de pura forma, de aparente abolicion, ocultando entre los aparatos de la intriga individual, la accion oficial. I cuando en Cuba se supo que el parlamento inglés discutia un proyecto de lei contra la trata, cuando el Consul inglés Trumbull hizo sérias reclamaciones en el mismo sentido, centuplicóse la actividad comercial de O'Donell que envió centenares de buques a las costas del África para la importacion de ese negro i nefando comercio.
Los blancos ardian con el temor de que la sabrosa presa se les arrebatara de las garras. Los negros ardian de despecho i de indignacion por desacirse de ellas. La atmósfera política estaba inflamable, i el suelo movedizo. Una chispa encendería la hoguera. El sordo rumor de la rebelion, como el rumor de un cataclismo, aterrorizaba a los españoles i ensoberbecia a los esclavos. El blanco i el negro se miraban de reojo. El hombre libre miraba con miedo i de soslayo las cadenas del esclavo. Ya en este, ya en aquel Injenio se amotinaban los negros tumultuosamente. Los esclavos se fugaban de la casa de sus amos, los asesinaban a veces i se manumitian de hecho. Habia en los campos una verdadera inundacion negrera. La inundacion se desbordaba. La crónica del crímen se escribia con sangre. Pero la mano de hierro de la autoridad metropolitana tambien se empapaba en sangre. Este negro rebelde era colgado de los piés en una viga; aquel negro prófugo desollado a azotes en la plaza pública; este otro fusilado por un jesto o por una mirada. El negro habria envidiado aun la condicion del perro. En la noche se desataban las cadenas del perro; las del esclavo nó.
La hoguera del incendio alumbra en alta noche la oscuridad de la campiña ¿qué sucede? es la choza de un negro que ha sido entregada a las llamas, a las llamas en cuyo torno se alzan los clamores que se oyen desde lejos, de la madre i de los hijos, mientras el padre pide en su dolor que lo ultimen para evitar con su muerte el suplicio que le tortura el cuerpo, en su dolor por el recuerdo de sus pequeños hijos que le tortura el alma. ¡Desolacion i muerte por donde quiera!
Los negros entretanto se asilaron en los bosques de Trinidad, como nubes de tempestad, para ir a despertar al Jenio de la Libertad que dormia a su sombra.
O'Donell sin embargo contemplaba risueño la sedicion que se fermentaba i que estaba próxima a estallar. Ella le daria ocasion de saciar su sed de pantera desplegando el terror i el terror le captaria el aprecio del gobierno peninsular i justificaria su inícuo enriquecimiento, a costa de las arcas fiscales i de la libertad humana. Revolvia el rio para pezcar i lo revolvia en sangre.
Bajo la bóveda estrellada del cielo i a la sombra de las ceibas i las palmeras dió la negrera su primer grito de independencia. (1844). Era el grito de un pueblo atribulado que llegó hasta el cielo.