XXVI

Fácil es comprender la ansiosa impaciencia con que Arturo esperaba el 30 de julio. Verse ese dia en los brazos de Berta; reclinar sobre su pecho la frente de esa mujer; ser el primero i el último que estamparia en sus vírjenes labios el ósculo ardiente de su amor; confundir el calor de sus manos entrelazadas, de sus miradas confundidas i de sus dos corazones convertidos en uno, ¡era la mas risueña esperanza colmando la felicidad!

Ayudaba personalmente a los tapiceros a arreglar la alcoba nupcial. Cada dia le agregaba un nuevo adorno. Mármoles, espejos, tapices de brocado i terciopelo, cortinas de seda, adornos bronceados, brillaban por todas partes, i en el centro un tálamo de nogal dorado, cubierto como por una nube encarnada de rojas colgaduras. ¡Cuánto sonreian sus ojos i palpitaba su corazon al contemplarlo! ¡Cuántas imájenes doradas cruzaban acariciando su imajinacion enardecida con el calor de la esperanza! Si la felicidad que se realiza es mas dulce, la felicidad que se espera es mas seductora. La primera, tiene la sombra de la realidad; la segunda, la sonrosada luz de la imajinacion.