XXVIII
Dos dias despues (25 de julio) las sombras de la noche comenzaban a abrazar la naturaleza. El rayo del sol, el ala de la alondra, el bullicio de las calles, empezaban a decir adios.
Manfredo i Arturo habian salido a hacer ciertas compras en el comercio. Berta lloraba en torno de un ataud, junto a un cadáver querido, al de un músico tierno. ¡Llanto lejítimo! ¡le amaba tanto! Sus dulces armonias la arrullaban a todas horas, su canto embriagaba su corazon.
El muerto era aquel canario que la visitó el dia de su natalicio, i el ataud, una jaula: esa jaula, ya vacia, que pendia desde entonces frente a su lecho. ¡Cuán silencioso estaba su aposento, antes lleno de la melodía del canto, del rumor de las alas, del ruido de las pisadas de ese naranjado pajarillo! ¡Cuán vacia estaba el alma i la memoria de Berta, sin su dulce compañero! Ya no se ocultará en los pliegues de las colgaduras de su lecho; ya no revoloteará cantando; ya no se posará en su hombro; ¡ya no regalará su sueño i la despertará por las mañanas con sus tiernas serenatas! ¡Aun los canarios saben querer! ¿Quién no comprende sus delicadas caricias cuando busca con el pico la boca de su dueño i ajita las temblorosas alas sobre su seno?
Berta al contemplar entristecida la jaula vacia, sentia tambien vacio el corazon.
Ese ensueño rosado de la naturaleza, nublada de afliccion, dejó su aposento como la luz deja el dia i dirijióse a la puerta con la mirada tan perdida que parecia haberla dejado junto a su jaula querida.
¡Tambien su enlutado pensamiento velaba enjaulado al lado de ese cántico con alas, de ese cántico para siempre apagado i de esas alas plegadas para siempre!....
De pié sobre el dintel, cruzó melancólicamente los brazos sobre el pecho e inclinó su dorada cabeza sobre el marco de la puerta.