ACTO TERCERO
El acto tercero de la segunda parte de la tragedia es una de las más espléndidas creaciones del ingenio de Goethe; es la prueba mejor de su vasta cultura literaria y del exquisito gusto que lo elevó sobre los demás poetas alemanes en todo lo que sea pureza, elegancia y exactitud de la forma. El episodio de Helena, comenzado ya en las escenas precedentes, y envuelto hasta ahora en el nebuloso trascendentalismo que flota ligeramente sobre todo el poema dramático, brilla en este acto con límpida luz, y se desenvuelve como parte esencialísima de la composición.
Terminada la Noche clásica de Santa Valpurgis, el autor toma de nuevo el hilo del drama, anudándolo a las fantasías de aquella noche, de tal manera, que no aparece claro dónde termina el ensueño y dónde prosigue la tragedia, ni por qué, con atrevidísimo vuelo a través de los siglos, el poeta nos lleva otra vez a Esparta y nos introduce en el palacio de Menelao. Bien podemos decir que Goethe en esta escena es un continuador de Homero, y con él compite por la precisión y el esplendor de las imágenes, por la suprema belleza del estilo, y por el sabor completamente helénico, que no desentona de los diversos estilos que se entrelazan y armónicamente se confunden en otros pasajes de la obra.
Helena regresa a la mansión conyugal después de las afortunadas vicisitudes de aquella terrible guerra; pero un presentimiento misterioso, una inquietud incesante la molesta y no la engaña. La aguarda a la puerta de la casa una horrorosa fórcide y le impide la entrada a ella y a sus doncellas con violentas amenazas, anunciándole la venganza terrible del engañado esposo. Para librarse de ella, Helena se dispone a buscar un nuevo Paris que la defienda; y con ello el autor se propuso, además de satisfacer el insaciable deseo de Fausto, maniático perseguidor de la belleza antigua, dar también una pincelada satírica a la pintura de las mujeres del temple de Helena.
Despliéganse otra vez todas las pompas y la riqueza de la nueva poesía. El terror de la muerte augurada por la fórcide a Helena y al coro atemorizado, les mueve a buscar refugio en el castillo encantado de Fausto, castillo enriquecido con todas las magnificencias que una fantasía inflamada como la de Goethe, era capaz de imaginar. Las licenciosas servidoras de Helena, encantadas por el seductor espectáculo, olvidan los peligros corridos, y a la vista de los mancebos gallardos que preparan el trono real, piensan en nuevos placeres. El enamorado Fausto se presenta rodeado de todos los esplendores y las galas de que pudiera alardear el señor más poderoso de la Edad Media. Pone a los pies de la reina todos sus homenajes, y se le ofrece amante fervoroso, obediente siervo y vasallo leal. En vano el incauto Menelao trata de renovar la sangrienta contienda por la cual fue Troya destruida; las falanges sobrenaturales que acatan las órdenes de Fausto, desbaratan súbitamente el ejército enemigo. Nada se opone a los amorosos transportes del nuevo Paris; y la gentil pareja, sumida en los dulces misterios del amor, goza una vida de sin igual deleite.
El poeta finge que de las nupcias de Helena y Fausto nace Euforión, simbolismo de la poesía moderna. Es muchacho e inexperto aún; pero animoso, procaz y turbulento. Sus padres temen por él a cada paso, dudosos de que sus juveniles fuerzas le sostengan en los atrevidos vuelos a que se aventura. Las amonestaciones del padre, las tiernas súplicas de la madre, no lo detienen, y lanzándose al espacio desconocido, resplandece con una luz que parece inmortal; pero pronto se pierde y se disipa, como un cometa desvanecido en el cielo. Un canto fúnebre del coro es la afectuosa y triste elegía a la memoria del joven prematuramente perdido, en quien Goethe parece haber querido representar la noble figura de lord Byron.
Muerto Euforión, la dolorida Helena abraza por última vez a Fausto y se desvanece también. Sus vestiduras, transformadas en nieblas, envuelven a Fausto y lo remontan a la serena región del espacio. Destruido así el hechizo, la vieja fórcide se quita la máscara: era Mefistófeles.