CÁRCEL


FAUSTO, con un manojo de llaves y una luz, ante una puertecilla de hierro

Fausto

Horror ha largo tiempo no sentido

siento otra vez. Me asaltan y me rinden

los males todos que lamenta y llora

la pobre Humanidad. Aquí ella vive;

tras ese húmedo muro está encerrada:

¡y una ilusión querida fue su crimen!

Voy a encontrarla, y azorado tiemblo;

voy a verla, y mi pie duda y resiste.

¡Valor! Puede matarla mi tardanza.

¡No más dudar! Su salvación lo exige.

(Toma la llave.)

(Cantan dentro del calabozo.)

Mi madre, ramera,

me dio muerte fiera;

mi padre, el perdido,

mi carne ha comido;

lo poquito que quedó

mi hermanita lo enterró.

Abriose la fosa;

salió un pajarito de pluma vistosa.

¡Tiende, pajarito,

tiende pronto el vuelo!

¡Vuela, pajarito, piérdete en el cielo!

Fausto, abriendo

¡Cuán ajena a pensar que oye su amante

el son siniestro de los hierros viles

estará la infeliz!

(Entra.)

Margarita, ocultándose en la cama

¡Vienen! ¡Ya vienen!

¡Funesta muerte!

Fausto, en voz baja.

Calla y serás libre.

Vengo a salvarte.

Margarita

Si eres ser humano,

duélete de mi suerte.

Fausto

No así grites;

que el dormido guardián despertar puede.

(Toma las cadenas para quitárselas.)

Margarita, de rodillas

¿Quién te dio este poder? ¿Por mí viniste,

verdugo, y ahora suena medianoche?

Vete; deja que viva y que respire

hasta el amanecer. ¿Piensas acaso

que mucho ha de tardar la hora terrible?

(Levantándose.)

¡Aún soy joven, muy joven, y ya muero!

¡Y bella fui también! Ese el origen

fue de mi mal. Entonces a mi lado

él estaba; ¡ahora lejos! De la virgen

rota está la guirnalda, y esparcidas

las flores todas. ¡Ay! ¿Por qué me oprime

tu diestra airada, y hacia ti me arrastras?

Suelta, suelta... ¡Perdón! Mal no te hice;

jamás te he visto. ¿Inútiles y vanos

mis clamores serán?

Fausto

¿A quién no aflige

tanto dolor?

Margarita

En tu poder me tienes:

deja, al menos, que el pecho al infelice

niño le dé. Toda la noche, toda

lo estreché en mi regazo. Para herirme,

para culparme –¡oh cielos!–, lo robaron

de mis amantes brazos, ¡y ahora dicen

que lo maté! ¡Mis dichas concluyeron!

Con malignas canciones me persiguen.

¡Infames! Así acaba vieja historia;

pero ¿es justo, gran Dios, que me la apliquen?

Fausto, echándose a sus pies

Tu amante está a tus plantas, y la puerta

de esta horrorosa cárcel viene a abrirte.

Margarita, arrodillándose también

¡De rodillas caigamos, de rodillas

para invocar a Dios! Allí, en el linde

de la puerta, las llamas infernales

arden, y en medio lúgubre sonríe

Satanás.

Fausto, gritando

¡Margarita! ¡Margarita!

Margarita, atenta

La voz era esa del amante: ¡ay triste!

(Yérguese y caen las cadenas.)

¿Dónde está? Me llamaba. ¿Habéis oído?

¡Libre estoy! ¡Libre estoy! Nadie me impide

volar ansiosa a sus amantes brazos

y en ellos reposar. Me llama: erguirse

veo su sombra entre las rojas llamas,

y en el fragor diabólico distingue

mi oído, entre infernales carcajadas,

de su querida voz el dulce timbre.

Fausto

Sí, yo soy.

Margarita

¿Eres tú? ¡Dios soberano!

¿Eres tú? (Asiéndolo.) No me engañes. Ven, repite

esa dulce palabra. ¿Qué se hicieron

los tormentos, la cárcel, la terrible

cadena?... ¡Es él! ¡Es él! A libertarme

viene, y ya libre estoy. ¡Libre, sí, libre!

Mira; aquesa es la calle en que nos vimos

por vez primera; aquellos los jardines

donde con Marta te aguardaba ansiosa...

Fausto, arrastrándola

¡Oh, ven, conmigo ven!

Margarita, acariciándolo

¡Son tan felices

las horas a tu lado!

Fausto

Es peligrosa

la menor detención.

Margarita

¿Y por qué, dime,

ya no me besas? En tan breve ausencia,

¿cómo tan dulces hábitos perdiste?

¿Y por qué tiemblo y gimo, al abrazarte,

yo que dichosa, en éxtasis sublime,

sentí, al calor de tu pupila ardiente,

el cielo todo a mi deleite abrirse,

cuando, sin miedo a sofocarme en ellos,

me estrechaban tus brazos varoniles?

Di: ¿por qué callas? Bésame, o te beso.

(Abrazándole y besándole.)

¡Ah! Tu labio está frío, está insensible...

¿Qué fue –¡oh Dios!– de tu amor? ¿Quién me lo roba?

(Apártase de él y vuelve la cabeza.)

Fausto

¡Oh, ven, ven por piedad! Constante y firme

es mi pasión. Sosiégate, bien mío,

oye mis ruegos, y mis pasos sigue.

Margarita, volviéndose a él

¿Y eres él? ¿Eres él? ¿Estás seguro?

Fausto

Sí, yo soy: ven conmigo.

Margarita

¿Y tú viniste

a libertarme, abriéndome los brazos?

¿Podrá ser que de mí no te horrorices?

¿No te han dicho, no sabes a quién salvas?

Fausto

Ya las nocturnas sombras, más sutiles,

se aclaran. ¡Pronto, ven!

Margarita

Maté a mi madre;

ahogué al hijo mío. ¿Lo entendiste?

¡Al hijo nuestro! ¡A entrambos nos fue dado!

¡A ti también! Mas, ¿eres tú? Imposible

paréceme. ¡Tu mano! ¡A ver tu mano!

¡Cielo! ¿Es su diestra, o la ilusión lo finge?

Es ella, sí; ¿por qué está humedecida?

¡Enjúgala, por Dios; sangre la tiñe!

¡Insensato! ¿Qué has hecho? Envaina el hierro.

¡Envaina el hierro, por piedad!

Fausto

Lo que hice

hecho está ya. ¿Por qué mentarlo? ¿Quieres

matarme?

Margarita

No, no mueras: ¡vive, vive!

Yo te diré las tumbas que en la tierra

desde mañana tus cuidados piden.

Será el lugar mejor para mi madre;

la de mi hermano mísero ha de abrirse

al lado suyo, y apartada un tanto,

no muy lejos, la mía, ¡sola y triste!

¡No, no sola! ¡A mi pecho el tierno infante!

¡Él, él no más, mi sepultura humilde

quisiera compartir! Al lado tuyo

yacer por siempre, fue de mis abriles

lisonjera ilusión, que me han robado.

Si me dirijo a ti, fuerza invisible

mi pie detiene, y si a tus brazos llego,

me rechazan también y me despiden;

despídenme –¡gran Dios!– ¡cuando aún tus ojos,

las usadas ternezas me repiten!

Fausto

Si sabes que soy yo, sígueme.

Margarita

¿Adónde?

Fausto

A salvarte.

Margarita

La tumba –¿no la viste?– está

allí fuera, y en constante acecho

la Muerte. Vamos, sí; quiero seguirte

no más hasta ese lecho de reposo,

¡de eterna paz!... Tú marcharás, Enrique.

¡Oh, si pudiera acompañarte!

Fausto

Puedes;

la cárcel está abierta.

Margarita

¿Y de qué sirve

la fuga? ¡Nada espero! Tras nosotros

vendrán. ¿Quieres que mísera mendigue

de puerta en puerta el pan; que errante y sola

vaya, cuando me acosan y persiguen

mis propios pensamientos, y que al cabo

me alcancen mis verdugos inflexibles?

Fausto

Contigo quedo, pues.

Margarita

¡No! ¡Corre, salva

al hijo tuyo! ¡Pronto! Marcha, sigue

aquel arroyo, el puentecillo pasa,

entra en el bosque lóbrego, y dirige

el paso hacia la izquierda... Allí, en la balsa,

¡allí está!... Mira, mira: ya va a hundirse;

¡y aún se remueve el pobrecito! ¡Vuela!

Fausto

¡Vuelve en ti! Un solo paso, y estás libre.

Margarita

¡Si hubiéramos traspuesto la montaña!

Allí mi madre, que los años rinden,

está sentada en una piedra –¡Oh cielos!,

¡soplo glacial me acosa y me persigue!–

Sentada está mi madre en una piedra,

y mueve la cabeza, ya insensible.

Ni oye, ni ve. ¡Durmió, la pobre, tanto,

que no despierta ya! ¡Días felices

aquellos –¡ay!– en que su grave sueño

dulce fue a nuestro amor!

Fausto

Pues que resistes

mis instancias y ruegos, a la fuerza

tendrás que obedecerme y que seguirme.

Margarita

¡Aparta! ¡No me toques! No con esas

duras manos me agarres y lastimes.

¿No hice bastante por tu amor?

Fausto

¡Bien mío!

¡Dulce amada! ¿No ves que el cielo tiñe

el alba?

Margarita

El día nace: ¡el postrer día!

El que alumbrar debiera los festines

de nuestra unión. No digas nunca a nadie

que a Margarita amaste y conociste.

¡Ay, mi corona!... ¡Terminó ya todo!

Aún te veré: mas no en el baile. A miles

vienen las gentes; mas con tal silencio,

que nada se oye. Estrechos los confines

son de la plaza y las cercanas calles

para tal multitud. La hora terrible

da la campana, y el bastón se rompe.

Ya me agarrotan, y en sus brazos viles

el verdugo al patíbulo me arrastra.

Ya pende sobre todas las cervices

la cuchilla fatal, contra mí alzada;

y es el mundo una tumba muda y triste.

Fausto

¿Por qué, por qué nací?

Mefistófeles, apareciendo a la puerta

¡Salid al punto,

o nos perdemos! ¡Miedos mujeriles,

dudas, ayes; y mientras, mis caballos

piafando están, y el alba ya sonríe!

Margarita

¿Qué funesta visión surgió del suelo?

¡Es él! ¡Es él! ¡Es él! ¿Qué buscas, dime,

en el santo lugar? ¡A mí me buscas!

Fausto

¡Has de vivir!

Margarita

¡Mi espíritu recibe,

Eterno Juez!

Mefistófeles, a Fausto

Os dejo en la estacada,

si al punto no venís.

Margarita

Esta infelice

es tuya, ¡oh Padre! ¡Sálvala! Y vosotros,

ángeles, celestiales adalides,

vuestras divinas huestes desplegando

en mi redor, guardadme y conducidme.

¡Enrique! Horror me das.

Mefistófeles

¡Está juzgada!

Voz de arriba

¡Salvada!

Mefistófeles, a Fausto

¡Tú, conmigo!

(Desaparece con Fausto.)

Voz interior, que se va apagando

¡Enrique! ¡Enrique!

BREVE RESEÑA

DE LA SEGUNDA PARTE DE LA TRAGEDIA