«LA LOCURA DE AMOR.»

Necio fuera, señora, en tal momento,

rebuscando un concepto pretencioso

digno de honrar sujeto tan glorioso,

esforzar el indócil pensamiento.

Permitid que, de tal martirio exento,

vuele desatinado y caprichoso

para expresar cuán grande, cuán hermoso

es el placer que al escucharos siento.

El ánimo os persigue embebecido,

altérase el aliento acompasado

y el corazon redobla su latido;

una lágrima ensancha el pecho ahogado,

surge, tiembla en el párpado encendido

y cae... ¡Al alma se la habeis robado!


ILUSION.

Columpiarse veíala en mis sueños

al blando soplo de la dulce brisa,

y llegaba su voz hasta mi oido

clara y distinta.

Veíala en las nubes de la tarde

dibujarse cual vaga fantasía,

aspiraba su aliento en los aromas

que el viento me traia.

Sentia su contacto léjos de ella,

y al sentirlo, mi sér se estremecia,

y cerraba los ojos para verla

más clara y más distinta.

Conversaba con ella, en inefable

dulce coloquio, como en otros dias;

mirábala llorar de amor, y loco

sus lágrimas bebia.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Creia verla, entrándome en su alma,

pura como mi amor, pura y bendita;

creia que me amaba y que era buena...

¡Y era mentira!


REALIDAD.

Triste, marchita y harapienta y sola,

ocultando su faz

con extraño rubor, casi á mi lado

hoy la he visto pasar.

Al mirarla, mi sangre ha detenido

su curso natural;

he sentido la angustia de la muerte...

No he podida llorar.

¡Ella pobre, marchita, sola y triste!

¡Oh! ¡Cuánto sufrirá!

¡Ella, que ayer en régias bacanales

consumia su afan!

El vicio y la impureza la han manchado

arrugando su faz...

¡Dios mio! Al verla así, ¿cómo no puedo

áun dejarla de amar?


RESIGNACION.

Cúmplase mi destino; yo no quiero

luchar ya más contra la adversa suerte;

el negro porvenir tranquilo espero,

puestas mis esperanzas en la muerte.

Siento que ya mis fuerzas agotadas,

que mi mente, serena en otros dias,

las unas por mis penas enervadas,

la otra presa de horribles fantasías,

ya nada oponen al terrible embate

de ignota maldicion, que me persigue.

Ya no espero vencer en el combate:

¿qué fuerza habrá que á combatir me obligue?

Si es que merezco tal rigor, lo acato;

quede vengado el crímen cometido:

si es injusto placer de un Dios ingrato,

goce en mi mal; ni compasion le pido.

Yo volveré mis ojos anublados

por un dolor mayor que mi arrogancia,

no á los cielos sin nubes y azulados

donde un Dios me mostraron en la infancia;

yo de mi alma llevaré el desvío

viendo á los hombres de pesares llenos,

y buscaré, para consuelo mio,

remedio no á mi mal, á los ajenos.

Mi adios he dado sollozando y triste

del amor á los goces inefables;

ya la mujer que idolatré no existe

sino en mis pensamientos implacables.

Ellos me la retratan bella y pura

como la flor al despuntar la aurora...

—¡Sarcasmo horrendo! ¡Bárbara impostura!

¿Dónde estará la pobre pecadora?

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Gloria, poder, serena paz del alma,

tambien con su pureza habeis huido,

y del mártir y el héroe la palma

por siempre con vosotras he perdido.

Ya ni gloria, ni amor, ni bien espero;

y á tanto de mi suerte el odio alcanza,

á tanto llega su castigo fiero...

¡que me deja vivir sin esperanza!

Tal vez pensó la mano misteriosa

que así á un suplicio eterno me condena,

que al ver perdida mi ilusion hermosa,

al verme entre las sombras de la pena,

en justo desagravio del martirio

que en un infierno convirtió mi vida,

ciego, iracundo, presa del delirio

fuese á buscar el arma del suicida...

¡Ah! nunca; suya fué la atroz sentencia

que, dócil al capricho de mi suerte,

me libró, sin pedirlo á la existencia,

y ella no más ordenará mi muerte.

Ella hará que este sér su afan soporte

cercana viendo la entreabierta tumba,

ni tan valiente que su vida corte,

ni tan cobarde que al dolor sucumba.

Como en la oscuridad busca el que ciega

alivio de su bárbara fortuna,

yo buscaré la paz que se me niega

de mi propio dolor en la amargura.

Veré pasar en juvenil cortejo

tantos dichosos que envidiar debiera,

y hallaré en su alegría algun reflejo

del tiempo en que tambien dichoso era...

¿Envidiarlos?... ¿Por qué? ¡Yo me divierto

ahogando en sus murmullos mi agonía...

¡Si aunque ellos la perdieran, sé de cierto

que para mí su dicha no sería!


¡SE VAN!

¡Se van! ¡Qué triste me quedo!

Apenas vencerme puedo,

que, oprimido el corazon,

infunde al alma afliccion

con los fantasmas del miedo.

¡Se van! A mi pobre nido

silencioso y escondido,

no podrá prestar amor

el dulce y tibio calor

de su aliento bendecido.

Va á faltarle la armonía

de sus gritos de alegría,

de su voz, timbre de plata

que la inocencia retrata

y que inunda el alma mía.

¡Te has roto, dulce cadena!

¡Ay! En la noche serena

le faltará á mi contento

el murmullo de su aliento

que arrulla y duerme mi pena.

¡Se van! Cual la golondrina

que el frio invierno adivina,

y guiando sus hijuelos

breve y fugaz, por los cielos

buscando la luz camina...

Mas luégo vuelve ligera

cruzando la azul esfera,

de amor su sér todo henchido,

á buscar el mismo nido

al volver la primavera.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Sí; cuando de gozo henchido

oiga el canto bendecido

de vuestra voz hechicera,

será tambien primavera

para nuestro pobre nido.


Á LA MUERTE.

¿Temes, acaso, que al sentir tu mano,

tiemble asombrado el ánimo cobarde,

y se estremezca el alma recelosa?

Te engañas. ¡Temor vano!

¿Crees que te hablo en arrogante alarde,

que la mente medrosa

desmiente con terror? ¿Piensas acaso,

que sabiendo que Dios únicamente

puede cortar de la existencia el hilo,

me rio de tu saña? ¿O que sintiendo

robusto el cuerpo, el ánimo tranquilo,

desprecio tu impotencia?

¿O que á grave dolencia

rendido, busco en tí el alivio ansiado?

Mas... ¡ah! Tal vez sospechas

que abatido, sin fé, desesperado,

sin calor en el alma, y ya deshechas

mis ilusiones de ventura y gloria,

busca en tí el alma herida que padece

la sola realidad que el mundo ofrece.

Te engañas: ni en mi pecho tiembla el miedo,

ni confiado en Dios te reto osado;

y si el cuerpo abatido,

por males y dolores combatido,

la dulce paz de tu retiro anhela,

el alma nó, que con distinta suerte,

busca el cuerpo reposo, el alma vida,

y reposo no más hay en la muerte.

La frïaldad con que el sepulcro hiela

no puede codiciarla quien ansioso

busca luz y calor, lucha y victoria.

Si el corazon medroso

teme hallar la verdad, porque al hallarla

tal vez encuentre el mal, necio sería

si en tí buscara alivios y consuelo,

pues harto sé por desventura mia,

que tú hieres la paz y la alegría

y eres sorda á la voz del hondo duelo.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

No: te busco y te temo.

Te busco, como busca el peregrino

un lecho hospitalario

donde reposa un dia

para seguir al otro su camino.

Te busco, porque eres

el «más allá» que loca el alma ansía

cuando, al morir el dia,

miro ocultarse el sol detrás del monte,

ó cómo se confunden

el mar y el cielo allá en el horizonte.

Te temo porque ignoro lo que ocultas,

mi mente no lo alcanza,

y temo al encontrarme entre tus brazos,

rotos por tí los mundanales lazos,

perder en ellos mi última esperanza.

Temo que con mi cuerpo dolorido

muera tambien mi idea;

temo que el alma sea un sér fingido,

que sólo polvo, como el cuerpo, sea.


RECUERDOS.

Suelto el cabello en desatados rizos,

que en caprichosas ondas

sobre tu espalda mórbida se tienden,

velando y no cubriendo sus hechizos;

entornados los ojos, que se encienden

absorbiendo el placer con sus miradas,

tus hermosas mejillas sonrosadas

por el calor intenso

de la pasion ardiente;

entreabierto el labio sonriente,

y en lánguido abandono reclinada,

altiva recordando

con la mente inflamada,

los pasados momentos de ventura,

la idea de otros mil acariciando

que guarda para tí lo venidero...

¡Qué hermosa estás así! ¡Qué feliz eres!

¡Cuántos tesoros guardas codiciosa!

¡Qué ignorados placeres

promete tu mirada cariñosa!

¡Oh! pero... escucha y dí: ¿ya no te acuerdas

de aquella niña hermosa é inocente,

encanto de mi loca fantasía?

¿Acaso no recuerdas

su tibia y pura frente?...

Toca la tuya... ¿No es aquella?... ¿Abrasa,

y no es ya trasparente como aquella?...

Mas ¿qué importa si es bella?

¡Sigue escuchando, sigue!...

¿No recuerdas sus ojos apagados,

grandes, suaves, serenos...

—No me mires...—Los tuyos, entornados,

de brillo y pasion llenos,

son más hermosos... pero ya han perdido

la tranquila mirada que lucia

en la niña inocente que amé un dia.

¿Has dado ya al olvido

aquellos labios rojos y brillantes,

frescos y húmedos siempre,

como la rosa que mojó el rocío?...

¿Por qué tocas los tuyos, amor mio?

¿Están secos? ¿Qué importa?... ¿Queman tánto?...

No te aflijas por eso.

Es el calor de la pasion ardiente,

que les dá nuevo encanto...

¡Qué! ¿no recuerdas que me has dado un beso?

Mas deja que te cuente

cuánta locura me forjé de niño;

deja que haga volver á mi memoria

el delirio sin fin de aquel cariño.

Deja que te retrate

mis ensueños de gloria,

deja que su recuerdo me arrebate.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Mira: tanto llegué á quererla un dia,

tan loco y ciego estaba,

que donde quiera que su pié ponia,

su dulce huella con afan besaba.

Absorbía el aroma de su aliento;

sueño constante de mis sueños era;

su hermosa imágen en mi sér vivia,

y al sentir su contacto,

de temor y placer me estremecia.

Y guardo en mi memoria mil cantares

que yo la oía, ó que escuché con ella;

recuerdo con anhelo los lugares

donde la ví una vez; y hasta las flores

que su mano cuidaba, me han dejado

recuerdo de su aroma y sus colores.

Todo me la recuerda: el mar, la tarde,

la luna con su luz vaga y dudosa;

la primavera tibia y perfumada;

la brisa juguetona y misteriosa;

la noche oscura, el abrasado estío;

el murmullo fugaz de la enramada;

hasta de Dios la idea poderosa,

funde con ella el pensamiento mio.

¡Oh! ¿por qué ha de pasar así la vida?

¡Cuánto, amor mio, diera,

porque aquel tiempo y mi niñez volviera!

Yo imaginaba... ¡loco desvarío!

que acaso un tiempo fuera tan dichoso

que junto á mí la viera

unida en santo lazo, y me forjaba

verla en mi hogar, partiendo mi destino,

que mi nombre sus labios bendecian,

que «hija mia» mi madre la llamaba,

y que «madre» mis hijos la decian...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¿Lloras? Tu corazon he destrozado...

—¡Si tú supieras lo que yo he llorado!...


¡YA NO!

Ya pasaron los dias,

ya pasaron las horas de ventura

en que al mirarme, amante sonreias

con infantil ternura.

Ya ha borrado la mano del olvido

mi nombre de tu mente,

ya no busca tu oido

el tierno halago de mi voz ardiente.

¡Ya no piensas en mí! Ya cuando al cielo

vuelves los claros ojos,

pides calma á tu duelo,

no paciencia á mi queja y mis enojos.

Ya cuando pinta el éter la mañana

con brillantes albores,

no corres presurosa á la ventana,

porque yo no la adorno con mis flores.

Ya al esquivar el celo con presteza

de importuno testigo,

no vuelves la cabeza

á ver si yo te sigo.

De otros sitios respiras el ambiente

que yo no he respirado...

Ya no temes jamás entre la gente

que pase yo á tu lado.

Los goces que soñé en mis desvaríos

puede decirme otro hombre que son suyos...

¡Tú tienes hijos ¡ay! y no son mios!...

—¡Yo los tengo tambien, y no son tuyos!


¡IMPOSIBLE!

Niégame el sueño su apacible olvido,

y el solo pensamiento de mi mente,

el eco solo que mi oido siente,

es de tu dulce nombre eco querido.

Si al fin de la velada, ya rendido,

busco el descanso, mi cerebro ardiente

forja sueños de dicha sonriente,

y siempre va tu nombre á ellos unido.

Mas ¿cómo en él no pensaré despierto?

¿Cómo sin él soñar cuando dormito,

ávido el pecho á la ilusion abierto?

¿Cómo no recordar su eco bendito,

que hace santo mi loco desacierto,

si aquí, en mi corazon, lo llevo escrito?


Á MI BUEN AMIGO