OTOÑO.
Horas de duda, aborrecidas horas,
apartaos de mí, que ya no os temo
sino en recuerdo, como á mal pasado.
Fiebres abrasadoras
que tántas, tántas veces me han postrado,
en vano el eco mi memoria hiere,
del angustioso grito
que hacíais resonar dentro del pecho
despedazando el corazon marchito.
«Ha muerto tu poder, pobre demente;
»ya no podrás crear; tu alma gastada
»sólo el instinto ó la avaricia siente:
»no te conmueve nada;
»ni la sonrisa de la vírgen bella,
»ni del amor la asoladora llama,
»ni el mar, ni el cielo, ni la fé, ni el mundo,
»nada deja en tí huella,
»y duermes con el sueño más profundo.»
Así hacías llegar hasta mi oido
la voz del desaliento envenenado,
eco perpétuo en la conciencia mia;
y yo triste, temblando, dolorido,
escuchaba ese grito desgarrado,
que el alma en mil pedazos me partia.
Yo recordaba el tiempo venturoso
en que todo en mi sér hallaba un eco,
que avaro el corazon guardaba ansioso.
Y al mirarlo ya léjos, engañado,
la vida de mi mente desechaba,
y recostando la arrugada frente
en mi mano convulsa, que abrasaba,
maldecia el presente
y, cobarde, lloraba...
¡Como si el árbol que de hermosas flores
la Primavera plácida engalana,
las conservára en el ardiente Estío!
El sol marchita y borra sus colores
dando al tiempo tributo,
y tras la flor galana
hincha su piel el sazonado fruto.
Pasó la juventud, y, al tiempo que ella,
sus puras emociones,
flores que ya perdieron su perfume;
santas é inexplicables emociones
que, como la tristeza
que mi vida consume,
ni explicar puede el labio su grandeza,
ni comprender su encanto el pensamiento.
Pasó la juventud; llegó el momento
en que el suspiro ardiente
del jóven entusiasta,
eterna aspiracion á un imposible,
se trueque en viril canto
en que lo hermoso de la forma sea,
no la belleza plástica insensible:
cuerpo que encierre el alma de una idea!
Y es porque cada edad tiene marcada
una mision distinta y la huye en vano:
el jóven sueña, el hombre fuerte piensa,
y recuerda el anciano.
Verdad que en la mitad de nuestra vida
la ilusion vagarosa ya se aleja
entre las sombras del ayer perdida;
verdad que ya mi mente no refleja
la plácida frescura
de los años felices; mas ¿acaso,
al ocultarse el astro luminoso
de mi pasada juventud cercana
donde áun despide claridad liviana,
murió el fuego sagrado,
la actividad eterna y sobrehumana
que Dios me dió al nacer? ¿No hay en la tierra
nada capaz de enaltecer mi canto?
La patria amada, la nefanda guerra,
la dulce libertad, la ciencia ignota,
de Dios el pensamiento sacrosanto,
del despotismo inícuo la derrota,
la virtud, el valor, la santa idea
de ley y de justicia,
el arte, hijo de Dios, ¿son ménos grandes
que los sueños que el jóven acaricia?
Horas de duda, aborrecidas horas,
apartaos de mí, que ya no os temo
sino en recuerdo, como á mal pasado.
Ya sé que el árbol que de hermosas flores
la Primavera plácida engalana,
no las conserva en el ardiente Estío;
que el sol marchita y borra sus colores,
dando al tiempo tributo,
y, tras la flor lozana,
germina y crece el sazonado fruto.
¡MÁS!
Señor, yo que de bienes en la cuna
pude largos tesoros merecerte,
tal vez para que así fuera más fuerte
el golpe de perder tanta fortuna;
no te pido, con súplica importuna,
ni paz del alma, ni tranquila muerte,
ni que el rigor endulces de mi suerte,
ni de este pobre mundo dicha alguna.
Sólo te pido, ahogando mis lamentos,
por la misma crueldad con que condenas
un débil sér á bárbaros tormentos,
que en mí arrojes dolor á manos llenas,
porque nunca me falten pensamientos
para cantar tus obras y mis penas.