ÚLTIMO ASILO.
Dime, negra tristeza,
¿no me quieres dejar? ¡Qué desvarío!
¿Cómo apartarte intento
del pensamiento mio,
si contigo nació mi pensamiento?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Oh! ¡Qué amarga es la vida!
¡Luchar! Siempre luchar, y nunca llega
el dia embriagador de la victoria.
lucha de muerte, desigual y ciega
en que el pobre habitante de este suelo,
héroe predestinado á la derrota,
cuando su fuerza en el combate agota,
pide favor al cielo contra el cielo.
¡Vida! ¡Horrible quimera!
¡Placer! ¿Dónde encontrarle,
si en medio del placer no se le espera?
El descanso es ansiado
tan sólo cuando el cuerpo está cansado;
agua ansía el sediento;
tener hambre es forzoso,
para que sea ansiado el alimento;
sentirse débil para ansiar la ayuda;
ciego para anhelar el sol hermoso...
y para tener fé, sentir la duda.
¡Placer!... Mentido ensueño,
rayo que presta luz sólo un instante
y deja en pos de sí terrible huella;
que con tenaz empeño,
sigue al amor el pesaroso hastío,
la sórdida avaricia á la riqueza,
á la amistad el desengaño frio,
la ambicion al poder, y la tristeza
á la expansiva risa del contento.
Mas nó; mi pensamiento
juzga por el presente
y se deja llevar de la amargura...
Recordaré el pasado, que en mi mente
dejó tántos recuerdos de ventura.
Niñez, amor, ensueños encantados,
que murieron cual flores con el dia,
vanos fantasmas de placer mentido,
dejando sus recuerdos amargados
por el dolor de haberlos ya perdido.
Y la razon, en tanto, aprisionada,
luchando con la fiebre abrasadora
de la ardiente ilusion, pugnaba en vano
por disipar la nube embriagadora,
cuya letal atmósfera aspiraba
y en él toda mi sangre envenenaba
adormeciendo al corazon valiente...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¿Dónde hallar la verdad?... Tal vez oculta
la tiene el porvenir... ¿Y qué me ofrece?
¡Confusa mezcla de placer y espanto,
que al sondear el alma se estremece!
Promesa y amenaza,
placer que oculta el llanto,
duda cruel, que el alma despedaza.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Sentir el frágil cuerpo deshacerse
al peso de la edad agobiadora,
y caminar con paso vacilante,
mústios los ojos y el cabello cano;
y, buscando un apoyo, á cada instante
¡triste tender la temblorosa mano!
Y cuando destruido y fatigoso
el cuerpo vuelva hácia la madre tierra,
ávido de reposo,
¿qué quedará de mí? ¿Tras de la tumba,
no habrá ya nada más? ¡Oh! sí: tras ella
está la eternidad, dulce consuelo,
que al grito del dolor mis labios sella.
¡Oh muerte! ¡Cuánto tardas! Yo te anhelo,
y te espero temblando de alegría.
No más dolor, más quejas ni más duelo.
¿Quién como yo? ¡La eternidad es mia!