CAPÍTULO VII

En que se reprueba la opinión de Lactancio, que dijo no haber Antípodas.

Pero ya que se sabe que hay tierra á la parte del sur ó polo Antártico, resta ver si hay en ella hombres que la habiten, que fué en tiempos pasados una cuestión muy reñida. Lactancio Firmiano[45], y San Agustín[46] hacen gran donaire de los que afirman haber Antípodas, que quiere decir hombres que traen sus pies contrarios á los nuestros. Mas aunque en tenerlo por cosa de burla convienen estos dos Autores; pero en las razones y motivos de su opinión van por muy diferentes caminos, como en los ingenios eran bien diferentes. Lactancio vase con el vulgo, pareciéndole cosa de risa decir que el Cielo está en torno por todas partes, y la tierra está en medio, rodeada de él como una pelota; y así escribe de esta manera: ¿Qué camino lleva lo que algunos quieren decir, que hay Antípodas, que ponen sus pisadas contrarias á las nuestras? ¿Por ventura hay hombre tan tonto que crea haber gentes que andan los pies arriba y la cabeza abajo? ¿y que las cosas que acá están asentadas, estén allá trastornadas colgando? ¿y que los árboles y los panes crecen allá hacia abajo? ¿y que las lluvias y la nieve y el granizo suben á la tierra hacia arriba? y después de otras palabras añade Lactancio aquestas: El imaginar al Cielo redondo fué causa de inventar estos hombres Antípodas colgados del aire. Y así, no tengo más que decir de tales Filósofos, sino que en errando una vez, porfían en sus disparates, defendiendo los unos con los otros. Hasta aquí son palabras de Lactancio. Mas por más que él diga, nosotros que habitamos al presente en la parte del Mundo, que responde en contrario de la Asia, y somos sus Antictonos, como los Cosmógrafos hablan, ni nos vemos andar colgando, ni que andemos las cabezas abajo y los pies arriba. Cierto es cosa maravillosa considerar, que al entendimiento humano por una parte no le sea posible percibir y alcanzar la verdad, sin usar de imaginaciones, y por otra tampoco le sea posible dejar de errar, si del todo se va tras la imaginación. No podemos entender que el Cielo es redondo, como lo es, y que la tierra está en medio, sino imaginándolo. Mas si á esta misma imaginación no la corrije y reforma la razón, sino que se deja el entendimiento llevar de ella, forzoso hemos de ser engañados y errar. Por donde sacarémos con manifiesta experiencia, que hay en nuestras almas cierta lumbre del Cielo, con la cual vemos y juzgamos aun las mismas imágenes y formas interiores, que se nos ofrecen para entender: y con la dicha lumbre interior aprobamos ó desechamos lo que ellas nos están diciendo. De aquí se vé claro, como el ánima racional es sobre toda naturaleza corporal; y como la fuerza y vigor eterno de la verdad, preside en el más alto lugar del hombre; y vese, cómo muestra y declara bien que ésta su luz tan pura, es participada de aquella suma y primera luz; y quien ésto no lo sabe ó lo duda, podemos bien decir, que no sabe ó duda si es hombre. Así que si á nuestra imaginación preguntamos, qué le parece de la redondéz del Cielo, cierto no nos dirá otra cosa sino lo que dijo á Lactancio. Es á saber, que si es el Cielo redondo, el Sol y las estrellas habrán de caerse cuando se trasponen, y levantarse cuando van al medio día; y que la tierra está colgada en el aire; y que los hombres que moran de la otra parte de la tierra, han de andar pies arriba y cabeza abajo; y que las lluvias allí no caen de lo alto antes suben de abajo; y las demás monstruosidades, que aun decirlas, provoca á risa. Mas si se consulta la fuerza de la razón, hará poco caso de todas estas pinturas vanas, y no escuchará á la imaginación más que á una vieja loca: y con aquella su entereza y gravedad, responderá, que es engaño grande fabricar en nuestra imaginación á todo el mundo á manera de una casa, en la cual está debajo de su cimiento la tierra, y encima de su techo está el Cielo: y dirá también, que como en los animales siempre la cabeza es lo más alto y supremo del animal, aunque no todos los animales tengan la cabeza de una misma manera, sino unos puesta hácia arriba, como los hombres, otros atravesada, como los ganados, otros en medio, como el pulpo y la araña, así también el Cielo donde quiera que esté, está arriba, y la tierra ni mas ni menos, donde quiera que esté, está debajo. Porque siendo así, que nuestra imaginación está asida á tiempo y lugar, y el mismo tiempo y lugar no lo percibe universalmente, sino particularizado, de ahí le viene que cuando la levantan á considerar cosas que exceden y sobrepujan tiempo y lugar conocido, luego se cae: y si la razon no la sustenta y levanta, no puede un punto tenerse en pie: y así veremos, que nuestra imaginación, cuando se trata de la creacion del mundo, anda á buscar tiempo antes de criarse el mundo, y para fabricarse el mundo, también señala lugar, y no acaba de ver que se pudiese de otra suerte el mundo hacer; siendo verdad, que la razon claramente nos muestra, que ni hubo tiempo antes de haber movimiento, cuya medida es el tiempo, ni hubo lugar alguno antes del mismo universo, que encierra todo lugar. Por tanto el Filósofo excelente Aristóteles, clara y brevemente satisface[47] al argumento que hacen contra el lugar de la tierra, tomado del modo nuestro de imaginar, diciendo con gran verdad, que en el mundo el mismo lugar es en medio y abajo, y cuanto más en medio está una cosa, tanto más abajo, la cual respuesta alegando Lactancio Firmiano, sin reprobarla con alguna razon, pasa con decir, que no se puede detener en reprobarla por la priesa que lleva á otras cosas.

NOTAS:

[45] Lactant. lib. 7. de divin. institut. cap. 23.

[46] August. lib. 16. de Civit. cap. 9.

[47] Aristótel. 1. de cœlo. cap. 3.