XI

655 Y mientras que tomo un trago pa refrescar el garguero, y mientras tiempla el muchacho y prepara su estrumento, les contaré de qué modo tuvo lugar el encuentro. Me acerqué a algunas estancias por saber algo de cierto, creyendo que en tantos años esto se hubiera compuesto; pero cuanto saqué en limpio jué que estábamos lo mesmo. Ansí, me dejaba andar haciéndome el chancho rengo, porque no me convenía revolver el avispero; pues no inorarán ustedes que en cuentas con el gobierno tarde o temprano lo llaman al pobre a hacer el arreglo. Pero al fin tuve la suerte de hallar un amigo viejo que de todo me informó, y por él supe al momento que el Juez que me perseguía hacía tiempo que era muerto: por culpa suya he pasado diez años de sufrimiento y no son pocos diez años para quien ya llega a viejo. Y los he pasado ansí, si en mi cuenta no me yerro: tres años en la frontera, dos como gaucho matrero, y cinco allá entre los indios hacen los diez como yo cuento. Me dijo, a más, ese amigo que anduviera sin recelo, que todo estaba tranquilo, que no perseguía el gobierno, que ya naides se acordaba de la muerte del moreno, aunque si yo lo maté mucha culpa tuvo el negro. Estuve un poco imprudente, puede ser, yo lo confieso, pero el me precipitó, porque me cortó primero, y a más me cortó la cara, que es un asunto muy serio. Me asiguró el mesmo amigo que ya no había ni el recuerdo de aquel que en la pulpería lo dejé mostrando el sebo. El de engreido, me buscó: yo ninguna culpa tengo; el mismo vino a peliarme, y tal vez me hubiera muerto si le tengo más confianza o soy un poco más lerdo. Fue suya toda la culpa porque ocasionó el suceso. Que ya no hablaban tampoco, me lo dijo muy de cierto, de cuando con la partida llegué a tener el encuentro. Esa vez me defendí como estaba en mi derecho, porque fueron a prenderme de noche y en campo abierto: se me acercaron con armas, y, sin darme voz de preso, me amenazaron a gritos de un modo que daba miedo, que iban a arreglar mis cuentas, tratándome de matrero: y no era el jefe el que hablaba sino un cualquiera de entre ellos, y ése, me parece a mí no es modo de hacer arreglos, ni con el que es inocente, ni con el culpable menos. -Con semejantes noticias yo me puse muy contento y me presenté ande quiera como otros pueden hacerlo. De mis hijos he encontrado sólo a dos hasta el momento, y de ese encuentro feliz le doy las gracias al Cielo. A todos cuantos hablaba les preguntaba por ellos, mas no me da ninguno razón de su paradero. Casualmente, el otro día llegó a mi conocimiento de una carrera muy grande entre varios estancieros, y juí como uno de tantos, aunque no llevaba un medio. No faltaban, ya se entiende, en aquel gauchaje inmenso, muchos que ya conocían la historia de Martín Fierro; y allí estaban los muchachos cuidando unos parejeros. Cuando me oyeron nombrar se vinieron al momento, diciéndome quiénes eran aunque no me conocieron, porque venía muy aindiao y me encontraban muy viejo. La junción de los abrazos de los llantos y los besos se deja pa las mujeres, como que entienden el juego. Pero el hombre, que compriende que todos hacen lo mesmo, en público canta y baila, abraza y llora en secreto. Lo único que me han contado es que mi mujer a muerto; que en procuras de un muchacho se jue la infeliz al pueblo, donde infinitas miserias habrá sufrido, por cierto; que, por fin, a un hospital jué a parar medio muriendo, y en ese abismo de males falleció al muy poco tiempo. Les juro que de esa pérdida jamás he de hallar consuelo, muchas lágrimas me cuesta dende que supe el suceso. Mas dejemos cosas tristes aunque alegrías no tengo; me parece que el muchacho ha templao y está dispuesto vamos a ver qué tal lo hace y a juzgar su desempeño. Ustedes no lo conocen yo tengo confianza en ellos, no porque lleven mi sangre -eso juera de lo menos-, sino porque dende chicos han vivido padeciendo. Los dos son aficionados; les gusta jugar con juego, vamos a verlos correr: son cojos… hijos de rengo.

EL HIJO MAYOR DE MARTÍN FIERRO

XII

LA PENITENCIARIA

656 aunque el gajo se parece al árbol de donde sale, solía decirlo mi madre, y en su razón estoy fijo: "Jamás puede hablar el hijo con la autoridad del padre".

657 Recordarán que quedamos sin tener donde abrigarnos, ni ramada ande ganarnos, ni rincón ande meternos, ni camisa que ponernos. Ni poncho con que taparnos.

658 Dichoso aquel que no sabe lo que es vivir sin amparo; yo con verdá les declaro, aunque es por demás sabido, dende chiquito he vivido en el mayor desmparo.

659 No le mermam el rigor los mesmos que le socorren; tal vez porque no se borren los decretos del destino, de todas parten lo corren como ternero dañino.

660 Y vive como los bichos buscando alguna rendija; el güerfano es sabandija que no encuentra compasión, y el que anda sin dirección es guitarra sin clavija.

661 Sentiré que cuanto digo a algún oyente le cuadre. Ni casa tenía, ni madre, ni parentela, ni hermanos; y todos limpian sus manos en el que vive sin padre.

662 Lo cruza éste de un lazazo lo abomba aquél de un moquete, otro le busca el cachete, y, entre tanto soportar, suele a veces no encontrar ni quien le arroje un zoquete.

663 Si lo recogen, lo tratan con la mayor rigidez; piensan que es mucho tal vez, cuando ya muestra el pellejo, si le dan un trapo viejo pa cubrir su desnudez.

664 Me crié, pues, como les digo, desnudo a veces y hambriento; me ganaba mi sustento, y ansí los años pasaban; al ser hombre me esperaban otra clase de tormentos.

665 Pido a todos que no olviden lo que les voy a decir; en la escuela del sufrir he tomado mis leciones, y hecho muchas reflesiones dende que empece a vivir.

666 Si alguna falta cometo la motiva mi inorancia; no vengo con arrogancia y les diré, en conclusión, que trabajando de pión me encontraba en una estancia.

667 El que manda siempre puede hacerle al pobre un calvario; a un vecino propietario un boyero le mataron, y aunque a mí me lo achacaron salió cierto en el sumario.

668 Piensen los hombres honrados en la vergüenza y la pena de que tendría el alma llena al verme, ya tan temprano, igual a los que sus manos con el crimen envenenan.

669 Declararon otros dos sobre el caso del dijunto, mas no se aclaró el asunto, y el Juez, por darlas de listo, "Amarrados como un Cristo", nos dijo, "irán todos juntos".

670 "A la justicia ordinaria voy a mandar a los tres." Tenia razón aquel Juez, y cuantos ansí amenacen; ordinaria… es como la hacen: lo he conocido después.

671 Nos remitió, como digo, a esa justicia ordinaria, y juimos con la sumaria a esa cárcel de malevos que, por un bautismo nuevo, le llaman penicentiaria.

672 El porqué tiene ese nombre naides me lo dijo a mí, mas yo me lo esplico ansí: le diran penitenciaria por la penitencia diaria, que se sufre estando allí.

673 Criollo que cai en desgracia tiene que sufrir un poco; naides lo ampara tampoco si no cuenta con recursos. El gringo es de más discurso: cuando mata, se hace el loco.

674 No sé el tiempo que corrió en aquella sepoltura; si de ajuera no lo apuran, el asunto va con pausa; tienen la presa sigura y dejan dormir la causa.

675 Inora el preso a que lado se inclinará la balanza, pero es tanta la tardanza que yo les digo por mí: el hombre que dentre allí deje ajuera la esperanza.

676 Sin perfecionar las leyes perfecionan el rigor; sospecho que el inventor habrá sido algún maldito: por grande que sea un delito, aquella pena es mayor.

677 Eso es para quebrantar el corazón mas altivo; los llaveros son pasivos, pero más secos y duros tal vez que los mesmos muros en que uno gime cautivo.

678 No es en grillo ni en cadenas en lo que usté penará, sino en una soledá y un silencio tan projundo, que parece que en el mundo es el único que está.

679 El más altivo varón y de cormillo gastao allí se verá agobiao y su corazón marchito, al encontrarse encerrao a solas con su delito.

680 En esa cárcel no hay toros, allí todos son corderos; no puede el más altanero, al verse entre aquellas rejas, sino amujar las orejas y sufrir callao su encierro.

681 Y digo a cuantos inoran el rigor de aquellas penas, yo, que sufrí las cadenas del destino y su inclemencia: que aprovechen la esperencia del mal en cabeza ajena.

682 ¡Ay! Madres, las que dirigen al hijo de sus entrañas, no piensen que las engaña, ni que les habla un falsario lo que es el ser presidiario no lo sabe la campaña.

683 Hijas, esposas, hermanas, cuantas quieren a un varón, díganles que esa prisión es un infierno temido, donde no se oye más ruido que el latir del corazón.

684 Alla el día no tiene sol, la noche no tiene estrellas; sin que le valgan querellas encerrao lo purifican, y sus lágrimas salpican en las paredes aquellas.

685 En soledá tan terrible de su pecho oye el latido; lo sé, porque lo he sufrido, y, creameló el aulitorio, tal vez en el purgatorio las almas hagan más ruido.

686 Cuentan esas horas eternas para más atormentarse; su lágrima al redamarse calcula, en sus afliciones, contando sus pulsaciones, lo que dilata en secarse.

687 Allí se amansa el más bravo, allí se duebla el más juerte; el silencio es de tal suerte que, cuando llegue a venir, hasta se le han de sentir las pisadas a la muerte.

688 Adentro mesmo del hombre se hace una revolución: metido en esa prisión, de tanto no mirar nada, le nace y queda grabada la idea de la perfección.

689 En mi madre, en mis hermanos, en todos pensaba yo; al hombre que alli dentró de memoria más ingrata, fielmente se le retrata todo cuanto ajuera vió.

690 Aquel que ha vivido libre de cruzar por donde quiera, se aflige y se desespera de encontrarse allí cautivo: es un tormento muy vivo que abate la alma más fiera.

691 En esa estrecha prisión, sin poderme conformar, no cesaba de esclamar: ¡qué diera yo por tener un caballo en que montar y una pampa en que correr!

692 En un lamento constante se encuentra siempre embretao; el castigo han inventao de encerrarlo en las tinieblas, y alli esta como amarrao a un Fierro que no se duebla.

693 No hay un pensamiento triste que al preso no lo atormente; baja un dolor permanente agacha al fin la cabeza, porque siempre es la tristeza hermana de un mal presente.

694 Vierten lágrimas sus ojos, pero su pena no alivia; en esa constante lidia sin un momento de calma, contempla con los del alma felicidades que envidia.

695 Ningún consuelo penetra detrás de aquellas murallas; el varón de mas agallas, aunque más duro que un perno, metido en aquel infierno sufre, gime, llora y calla.

696 De juror el corazón se le quiere reventar, pero no hay sino aguantar aunque sosiego no alcance. ¡Dichoso, en tan duro trance, aquel que sabe rezar!

697 ¡Dirige a Dios su plegaria el que sabe una oración! En esa tribulación gime olvidado del mundo, y el dolor es más projundo cuando no halla compasión. 698 En tan crueles pesadumbres, en tan duro padecer, empezaba a encanecer después de muy pocos meses; alli lamenté mil veces no haber aprendido a leer.

699 Viene primero el juror, después la melancolia; en mi angustia no tenía otro alivio ni consuelo, sino regar aquel suelo con lágrimas noche y día.

700 ¡A visitar otros presos sus familias solían ir! Naides me visitó a mí mientras estuve encerrado. ¡Quien iba a costiarse allí a ver a un desamparado!

701 ¡Bendito sea el carcelero que tiene buen corazón! Yo sé que esta bendición pocos pueden alcanzarla, pues si tienen compasión su deber es ocultarla.

702 Jamás mi lengua podrá espresar cuanto he sufrido; en ese encierro metido, llaves, paredes, cerrojos se graban tanto en los ojos que uno los ve hasta dormido.

* * * * *

703 El mate no se permite; no le permiten hablar; no le permiten cantar para aliviar su dolor, y hasta el terrible rigor de no dejarlo fumar.

704 La justicia es muy severa; suele rayar en crueldá: sufre el pobre que allí está calenturas y delirios, pues no esiste pior martirio que esa eterna soledá.

705 Conversamos con las rejas por solo el gusto de hablar, pero nos mandan callar y es preciso conformarnos; pues no se debe irritar a quien puede castigarnos.

706 Sin poder decir palabra sufre en silencio sus males, y uno en condiciones tales, se convierte en animal, privao del don principal que Dios hizo a los mortales.

707 Yo no alcanzo a comprender por que motivo será que el preso privado está de los dones más preciosos que el justo Dios bondadoso otorgó a la humanidá.

708 Pues que de todos los bienes, en mi inorancia lo infiero, que le dió al hombre altanero su Divina Majestá, la palabra es el primero, el segundo es la amistá.

709 Y es muy severa la ley que, por un crimen o un vicio, somete al hombre a un suplicio el más tremendo y atroz, privado de un beneficio que ha recebido de Dios.

710 La soledá causa espanto; el silencio causa horror; ese continuo terror es el tormento más duro, y en un presidio siguro está demás tal rigor.

711 Inora uno si de allí saldrá pa la sepoltura; el que se halla en desventura busca a su lao otro ser, pues siempre es güeno tener companeros de amargura.

712 Otro más sabio podrá encontrar razón mejor; yo no soy rebuscador, y ésta me sirve de luz: se los dieron al Señor al clavarlo en una cruz.

713 Y en las projundas tinieblas en que mi razón esiste, mi corazón se resiste a ese tormento sin nombre, pues el honbre alegra al hombre y el hablar consuela al triste.

* * * * *

714 Grábenlo como en la piedra cuanto he dicho en este canto, y, aunque yo he sufrido tanto, debo confesarlo aquí: el hombre que manda allí es poco menos que un Santo.

715 Y son güenos los demás (a su ejemplo se manejan), pero por eso no dejan las cosas de ser tremendas; piensen todos y compriendan el sentido de mis quejas.

716 Y guarden en su memoria con toda puntualidá lo que con tal claridá les acabo de decir: mucho tendran que sufrir si no creen en mi verdá.

717 Y si atienden mis palabras no habrá calabozos llenos; manejense como güenos; no olviden esto jamás; aqui no hay razón de más; mas bien las puse de menos.

718 Y con esto me despido (todos han de perdonar): ninguna debe olvidar la historia de un desgraciado. Quien ha vivido encerrado poco tiene que contar.

EL HIJO SEGUNDO DE MARTÍN FIERRO

XIII

719 Lo que les voy adecir ninguno lo ponga en duda: y aunque la cosa es peluda, hare la resolución; es ladino el corazón, pero la lengua no ayuda.

720 El rigor de las desdichas hemos soportado diez años, pelegrinando entre estraños, sin tener donde vivir, y obligados a sufrir una máquina de daños.

721 El que vive de ese modo de todos es tributario; falta la cabeza primario y los hijos que él sustenta se dispersan como cuentas cuando se corta el rasario.

722 Yo anduve ansí como todos, hasta que al fin de sus días supo mi suerte una tía y me recogió a su lado; allí viví sosegado y de nada carecía.

723 No tenía cuidado alguno ni que trabajar tampoco, y como muchacho loco lo pasaba de holgazán; con razón dice el refrán que lo güeno dura poco.

724 En mí todo su cuidado y su cariño ponía; como a un hijo me quería con cariño verdadero, y me nombró de heredero de los bienes que tenía.

725 El Juez vino sin tardanza cuanto falleció la vieja. "De los bienes que te deja", me dijo, "Yo he de cuidar: es un rodeo regular y dos majadas de ovejas".

726 Era hombre de mucha labia, con mas leyes que un dotor, me dijo: "Vos sos menor, y por los años que tienes no podés manejar bienes; voy a nombrarte un tutor."

727 Tomó un recuento de todo, porque entendía su papel, y después que aquel pastel lo tuvo bien amasao, puso al frente un encargao, y a mí me llevó con él.

728 Muy pronto estuvo mi poncho lo mismo que cernidor; el chiripá estaba pior, y aunque para el frio soy guapo ya no me quedaba un trapo ni pa el frío, ni pa el calor.

729 En tan triste desabrigo tras de un mes, iba otro mes; guardaba silencio el Juez, la miseria me invadía, me acordaba de mi tía al verme en tal desnudez.

730 No se decir con fijeza el tiempo que pasé allí; y despues de andar ansí como moro sin señor, pasé a poder del tutor que debia cuidar de mí.