III.—La maledicencia.

Mientras se limitan á vegetar, agobiados como cariátides bajo el peso de sus atributos, los hombres mediocres escapan á la reprobación y á la alabanza. Circunscritos á su órbita, son tan respetables como los demás objetos que nos rodean. No hay culpa en nacer sin dotes excepcionales; no puede exigírseles que trepen las cuestas riscosas por donde ascienden los preclaros ingenios. Merecen la indulgencia de los espíritus privilegiados, que tampoco la rehusan á los imbéciles inofensivos. Éstos últimos, con ser más indigentes, podrían justificarse ante un optimismo risueño: zurdos en todo, rompen el tedio y hacen parecer la vida menos larga, divirtiendo á los ingeniosos y ayudándolos á andar el camino. Son buenos compañeros y desopilan el bazo durante la marcha; habría que agradecerles los servicios que prestan sin sospecharlo. Los mediocres, lo mismo que los imbéciles, son acreedores á esa amable tolerancia mientras se mantienen á la capa. Cuando renuncian á imponer sus rutinas son admirables ejemplares del rebaño humano, siempre dispuestos á ofrecer su lana á los pastores.

Desgraciadamente, suelen olvidar su inferior jerarquía y pretenden tocar la zampoña, con la irrisoria pretensión de que otros marquen el paso á compás de sus desafinamientos. Tórnanse entonces peligrosos y nocivos. Detestan á los que no pueden igualar, como si les ofendieran con superarles. Sin alas para elevarse hasta ellos, deciden rebajarlos; la exigüidad del propio valimiento les induce á roer el mérito ajeno. Clavan sus dientes en toda reputación que les humilla, sin sospechar que nunca es más vil la conducta humana; basta ese rasgo para distinguir al doméstico del digno, al ignorante del sabio, al hipócrita del virtuoso, al villano del gentil hombre. Los lacayos pueden hozar en la fama; los hombres excelentes no saben envenenar la vida ajena.

Ninguna escena alegórica posee más honda elocuencia: La calumnia invita á meditar con doloroso recogimiento; en toda la Galería de los Oficios parecen resonar las palabras que Sandro Botticelli—no lo dudemos—quiso poner en labios de la Verdad, para consuelo de la víctima: en su encono está la medida de tu mérito...

La Inocencia yace, en el centro del cuadro, acoquinada bajo el infame gesto de la Calumnia. La Envidia la precede; el Engaño y la Hipocresía la acompañan. Todas las pasiones viles y traidoras suman su esfuerzo implacable para el triunfo del mal. El Arrepentimiento mira de través hacia el opuesto extremo, donde está, como siempre, sola y desnuda, la Verdad; contrastando con el salvaje ademán de sus enemigas, ella levanta su índice al cielo en una tranquila apelación á la justicia divina. Y mientras la víctima junta sus manos y las tiende hacia ella, en una súplica infinita y conmovedora, el juez Midas presta sus vastas orejas á la Ignorancia y la Sospecha.

En esta apasionada reconstrucción de un cuadro de Apeles, descrito por Luciano, parece adquirir dramáticas firmezas el suave pincel que desborda dulzuras en la «Virgen del Granado» y el «San Sebastián,» invita al remordimiento con «La Abandonada,» santifica la vida y el amor en la «Alegoría de la Primavera» y el «Nacimiento de Venus.»

Los mediocres, más inclinados á la hipocresía que al odio, prefieren la maledicencia sorda á la calumnia violenta. Sabiendo que ésta es criminal y arriesgada, optan por la primera, cuya infamia es subrepticia y sutil. La una es audaz; la otra cobarde. El calumniador desafía el castigo, se expone; el maldiciente lo esquiva. El uno se aparta de la mediocridad, es antisocial, es delincuente; el otro se encubre en la complicidad de sus iguales, manteniéndose en la penumbra.

Los maldicientes florecen doquiera: en los cenáculos, en los clubs, en las academias, en las familias, en las profesiones, acosando á todos los que perfilan alguna originalidad. Hablan á media voz, con recato, constantes en su afán de taladrar la dicha ajena, sembrando á puñados la semilla de todas las yerbas venenosas. La maledicencia es una serpiente que se insinúa en la conversación de los envilecidos: sus vértebras son nombres propios, articuladas por los verbos más equívocos del diccionario para arrastrar un cuerpo cuyas escamas son calificativos pavorosos.

Vierten la infamia en todas las copas transparentes, con la serenidad de Borgias; las manos que la manejan parecen de prestidigitadores, diestras en la manera y amables en la forma. Una sonrisa, un levantar de espaldas, un fruncir la frente como suscribiendo á la posibilidad del mal, bastan para macular la probidad de un hombre ó el honor de una mujer. El maldiciente, cobarde entre todos los envenenadores, está seguro de la impunidad: por eso es despreciable. No afirma, pero insinúa; llega hasta desmentir imputaciones que nadie hace, contando con la irresponsabilidad de hacerlas en esa forma. Miente con espontaneidad, como respira. Sabe seleccionar lo que converge á la detracción. Dice distraídamente todo el mal de que no está seguro y calla con prudencia todo el bien que sabe. No respeta las virtudes íntimas ni los secretos del hogar, nada; inyecta la gota de ponzoña que asoma como una erupción en sus labios irritados, hasta que de toda la boca, hecha una pústula, el interlocutor espera ver salir, en vez de lengua, un estilete.

Sin cobardía, no hay maledicencia. El que puede gritar cara á cara una injuria, el que denuncia á voces un vicio ajeno, el que acepta los riesgos de sus decires, no es un maldiciente. Para serlo es menester temblar ante la idea del castigo posible y cubrirse con las máscaras menos sospechosas. Los peores son los que maldicen elogiando: templan su aplauso con arremangadas reservas, más graves que las peores imputaciones. Tal bajeza en el pensar es una insidiosa manera de practicar el mal, de efectuarlo potencialmente, sin el valor de la acción rectilínea.

Si estos basiliscos parlantes poseen algún barniz de cultura, pretenden encubrir su infamia con el pabellón de la espiritualidad. Vana esperanza; están condenados á perseguir la gracia y tropezar con la perfidia. Su burla no es sonrisa, es mueca. El ejercicio puede tornarles fácil la malignidad zumbona, pero ella no se confunde con la ironía sagaz y justa. La ironía es la perfección de la gracia, una convergencia de intención y de sonrisa, aguda en la oportunidad y justa en la medida; es un cronómetro, no anda mucho, sino con precisión. Eso ignora el mediocre. Le es más fácil ridiculizar una sublime acción que imitarla. En las sobremesas subalternas su dicacidad urticante puede confundirse con la gracia, mientras le ampara la complicidad maldiciente; pero fáltale el aticismo sano del que todo perdona en fuerza de comprenderlo todo y esa inteligencia cristalina que permite descifrar la verdad en la entraña misma de las cosas que el vaivén mundano somete á nuestra experiencia. Esos ofidios tienen malignidades perversas por su misma falta de hidalguía; disfrazan de mesurada condolencia el encono de su inferioridad humillada. Se alimentan de diminutas perfidias; suponen que, á fuer de pequeñas, no se advertirá que son infames. Por eso los calumniadores minúsculos son más terribles, como las fuerzas moleculares que nadie ve y carcomen los metales más nobles. Ciertos asesinos llegan á sentir un pánico indefinible cuando ven vaciarse á borbotones las venas de una herida; el maldiciente lo ignora al sembrar sus añagazas de esterquilinio. No lo necesita; sabe que tiene á su espalda un innumerable jabardillo de cómplices, regocijados cada vez que un espíritu omiso los acomuna contra una estrella.

El mediocre parlante es peor por su moral que por su estilo; su lengua centuplícase en copiosidades acicaladas y las palabras ruedan sin la traba de la ulterioridad. El escritor mediocre, en cambio, es peor por su estilo que por su moral. Acosa tímidamente á los que envidia; en sus collonadas se nota la temperancia del miedo, como si le urticaran los peligros de la responsabilidad. Abunda entre los malos escritores, aunque no todos los mediocres consiguen serlo; muchos se limitan á ser terriblemente aburridos, acosándonos con volúmenes que podrían terminar en el primer párrafo. Sus páginas están embalumadas de lugares comunes, como los ejercicios de las guías políglotas. Describen dando tropiezos contra la realidad; son objetivos que operan y no retortas que destilan; se desesperan pensando que la calcomanía no figura entre las bellas artes. Si acometen la literatura, diríase que Vasco de Gama emprende el descubrimiento de todos los lugares comunes, sin vislumbrar el cabo de una buena esperanza; si chapalean la ciencia, su andar es de mula montañesa, deteniéndose á rumiar el pienso pastado medio siglo antes por sus predecesores. Esos fieles de la rapsodia y de la paráfrasis practican una pudibunda modestia, que es la mentira convencional de los mediocres; se admiran entre sí, con solidaridad de logia, execrando cualquier soplo de ciclón ó revoloteo de águila. Palidecen ante el orgullo desdeñoso de los hombres cuyos ideales no sufren inflexiones; fingen no comprender esa virtud de santos y de sabios, supremo desprecio de todas las mentiras veneradas por la mediocridad.

El escritor mediocre, tímido y prudente, resulta inofensivo. Solamente la envidia puede encelarle; entonces prefiere hacerse crítico. La maledicencia oral tiene, en cambio, eficacias inmediatas, pavorosas. Está en todas partes y agrede en cualquier momento. Cuando se reúnen espíritus pazguatos, para turnarse en decires sin interés para quien los dice y quien los escucha, el terreno es propicio para que el más alevoso comience á maldecir de algún ilustre, rebajándolo hasta su propio nivel. La eficacia de la difamación arraiga en la complacencia tácita de quienes la escuchan, en la cobardía colectiva de cuantos pueden escucharla sin indignarse. Moriría si ellos no le hicieran una atmósfera vital. Ése es su secreto. Semejante á la moneda falsa: es circulada sin escrúpulos por muchos que no tendrían el valor de acuñarla.

Las lenguas más acibaradas son las de aquéllos que tienen menos autoridad moral, como enseña Molière desde la primera escena del Tartufo:

«Ceux de qui la conduite offre le plus á rire.
Sont toujours sur autrui les premiers á médire.»

Diríase que empañan la reputación ajena para disminuir el contraste con la propia. Eso no excluye que existan casquivanos cuya culpa es inconsciente; maldicen por ociosidad ó por diversión, sin sospechar dónde conduce el camino en que se aventuran. Al contar una falta ajena ponen cierto amor propio en ser interesantes, aumentándola, adornándola, pasando insensiblemente de la verdad á la mentira, de la torpeza á la infamia, de la maledicencia á la calumnia. ¿Para qué evocar las palabras memorables de la comedia de Beaumarchais?