1.—Independencia de la Moralidad

Los principios éticos fundamentales en el pensamiento de Emerson, además de influir poderosamente sobre las iglesias norteamericanas, determinando su atenuación dogmática e intensificando su ética social, reaparecen más puros en el movimiento de que vamos a ocuparnos: las sociedades de cultura moral, independientes de las iglesias tradicionales.

"America shall introduce a pure religion", había pronosticado Emerson. En su sentir, pura, significaba depurada de todo contenido sobrenatural, ajena a todo preceptismo teológico, adaptable a toda verdad conquistada por la ciencia, encaminada a exaltar en el hombre la autoeducación, la confianza en el propio esfuerzo, el culto del deber social.

En la evolución de las iglesias no-conformistas estas ideas fermentaban desde principios del siglo XIX, sin atreverse a romper decididamente sus ataduras tradicionales. Channing había proclamado ya, sin ambajes, que el ideal de los unitarios era anteponer la comunidad de los sentimientos éticos a la identidad de las creencias individuales, al mismo tiempo que reiteraba la absoluta supremacía de la razón como autoridad cardinal en materia religiosa. Humanizando el concepto del amor a Dios, sostenía que era exactamente equiparable con el amor a la virtud y a la justicia; de ello deducía, legítimamente, que el cristianismo debía consistir en la práctica de la virtud y en el anhelo de la justicia, antes que en la adhesión escueta a un credo cuyos principios pudiera fijar la teología dogmática.

Con Emerson y los trascendentalistas esas tendencias se acentuaron a punto de que su actitud pareció de franca hostilidad a todas las iglesias cristianas; y aunque no negaban que dentro del cristianismo, y sólo dentro de él, debían operarse las evoluciones que reputaban necesarias, Alcott se vió tratado como un reformador peligroso, Teodoro Parker fué sindicado como ateo, y el mismo Emerson despertó desconfianzas entre los que adherían al tradicionalismo.

Su propaganda, empero, hallaba eco en todos los hombres emancipados. Al fin los "unitarios radicales" declararon (1866) que la completa libertad de pensar era el derecho y el deber de cada hombre, dando un sentido más amplio y liberal a las afirmaciones de Channing sobre la innecesaria conformidad de creencias, siempre que se conservara la unidad de aspiraciones morales. Y de esta extrema izquierda, cada día más encarrilada en la heterodoxia, nació, en 1867, la primera asociación de cultura moral que se propuso realizar sus fines fuera de toda comunidad cristiana.

A un mismo tiempo dos importantes núcleos de cuáqueros y de judíos, acentuaron sus respectivas disidencias en dirección análoga. Los "amigos progresistas" identificaron su religión con el bienestar físico, moral y espiritual de la humanidad, pidiendo el concurso de todos los que anhelaran mejorar y embellecer la vida del hombre, sin diferencias de dogma; los "judíos liberales", cada vez más adaptados al ambiente americano, siguieron las mismas huellas que los unitarios radicales.

Digamos, desde ya, que el valor práctico de estas asociaciones éticas ha dependido de las oportunidades que ellas han ofrecido a los hombres de temperamento místico que ya no creían en los dogmas de las iglesias establecidas. William James, en sus excelentes conferencias de Edimburgo sobre la experiencia religiosa, insistió constantemente sobre la distinción necesaria entre la religiosidad personal y las religiones organizadas en iglesias; e hizo notar, con su habitual sagacidad de psicólogo, que la religiosidad es primaria e independiente del contenido secundario y dogmático de las teologías. Por eso debemos ver las sociedades éticas como un sustitutivo de las iglesias, y el culto de la moralidad como un equivalente del culto de otras divinidades; conocer la inexactitud de las tradiciones dogmáticas no implica para los temperamentos místicos librarse de su instintiva religiosidad, que es el producto de una acumulada herencia secular. Muchos hombres, aún variando sus ideas sobre la divinidad, no consiguen prescindir de esa contextura sentimental que los induce a buscar la emoción de lo divino.

Ya que tales temperamentos existen ¿no es posible encauzar su misticismo hacia una acción moral intensa, benéfica para la sociedad? ¿Pueden los ideales morales sustituir a los dogmas religiosos? ¿La evolución de la sociedad hacia esos ideales podrá efectuarse dentro de las iglesias contemporáneas?

¿Son un exponente de esa evolución las sociedades de cultura moral? ¿Su instrumento más eficaz será la educación moral impartida en la escuela pública? Sin ofreceros una respuesta a esas interesantes preguntas, pues no soy profeta, os diré lo que he visto o leído, muy satisfecho si en alguno de entre vosotros despertara una curiosidad simpática por estos hechos.