2.—La Crítica de las Costumbres
Uno de sus primeros discursos—que, en cierto modo, resulta una auto-presentación—se titula El Hombre Reformador; en él dominan el interés por los problemas sociales y la simpatía por los hombres que trabajan. Parécenos este ensayo el de mayor contenido sansimoniano, el que preludia más claramente a la agitación Trascendentalista. "Debemos revisar,—dice,—toda nuestra estructura social, el Estado, la escuela, la religión, el matrimonio, el comercio, la ciencia, y examinar sus fundamentos en nuestra propia naturaleza; nosotros no debemos limitarnos a constatar que el mundo ha sido adaptado a los primeros hombres, sino preocuparnos de que se adapte a nosotros, desprendiéndonos de toda práctica que no tenga sus razones en nuestro propio espíritu. ¿Para qué ha nacido el hombre si no es para ser un Reformador, un Rehacedor de lo que antes hizo el hombre, para renunciar a la mentira, para restaurar la verdad y el bien, imitando la gran Naturaleza que a todas nos abraza sin descansar un instante sobre el pasado envejecido, rehaciéndose a toda hora, dándonos cada mañana una nueva jornada y una pulsación de vida nueva? Renuncie a todo lo que ya no tiene por verdadero, remonte sus actos a su idea primera, nada haga donde no comprenda que el Universo mismo le da razón". No puede ser más firme y radical su pensamiento de poner bases nuevas a todo el orden social, negando su adhesión a las rutinas tradicionales.
La conferencia Sobre el tiempo presente es una de sus primeras palabras decisivas. "Los dos partidos omnipotentes de la historia—dice—el partido del Pasado y el partido del Porvenir, dividen hoy la humanidad, como antes. He aquí la innumerable multitud de los que aceptan el Gobierno y la Iglesia de sus predecesores sin apoyarse en otro argumento que el de la posesión... Esa clase, por numerosa que sea, reposando sobre el instinto y no sobre la inteligencia, esa clase se confunde con las fuerzas brutas de la naturaleza; y aunque es respetable bajo ese aspecto, sus miembros carecen de interés para nosotros. El que despierta nuestro interés es el disidente, el teorizador, el hombre de aspiraciones, el que deja esa antigua región para embarcarse sobre un mar de aventuras". Y Emerson se embarca, sin vacilaciones, como vamos a verlo.
Sus biógrafos—admiradores literarios o compatriotas prudentes—parecen haberse convenido para ocultar este aspecto, para mí simpático, de su personalidad viril. El Emerson anciano y venerable, el que conoció Sarmiento, me parece digno del mayor respeto, pero lo encuentro convencional, aburrido; el buen Emerson, de treinta, de cuarenta años, el autor de Nature, el director de The Dial, el animador de los Trascendentales, es el único Emerson legítimo. Comprendo que para convertirle en genio nacional, grato a todos los partidos, era menester despojarle de todo lo que podría desagradar a los que siempre le miraron como un enemigo; pero así ya no es Emerson, no es el Emerson apóstol y creador, sino un Emerson de escaparate patriótico o de museo histórico, con todas las canas y los afeites con que la humanidad rutinaria acostumbra engalanar a sus ídolos.
Léase el ensayo "El Conservador" que, además de su honda psicología, contiene algunas páginas literarias excelentes. Es decisivo desde la primera línea: "Los dos partidos que dividen el Estado, el partido conservador y el partido innovador, son muy antiguos y se han disputado la posesión del mundo desde que éste existe. La querella es el tema de la historia de los pueblos. El partido conservador ha instituído las venerables jerarquías y monarquías del viejo mundo. La lucha de los patricios y de los plebeyos, de las metrópolis y de las colonias, de las antiguas costumbres y de las concesiones a los hechos nuevos, de los ricos y de los pobres, reaparece en todos los países y en todos los tiempos. La guerra no hace estragos solamente en los campos de batalla, en las asambleas políticas y en los sínodos eclesiásticos; ella arde a toda hora y divide el corazón de cada hombre, solicitándolo en opuestas direcciones. Sin embargo, el viejo mundo sigue girando, se alternan los vencedores y el combate continúa renovándose como la vez primera, bajo nombres distintos y con apasionados conductores. Un antagonismo igualmente irreductible debe, naturalmente, estar arraigado en la constitución humana con una profundidad correspondiente a su fuerza. Es la oposición del Pasado y del Porvenir, del Recuerdo y de la Esperanza, del Asentimiento y de la Razón. Es el antagonismo original, la manifestación de dos polos en todos los detalles de la naturaleza". Planteado así el problema, lo analiza magistralmente; me parece, entre los ensayos emersonianos, uno de los más claros por su concepto y de los más atrayentes por su estilo. No sigamos leyéndolo, pues no sabríamos dejarlo hasta el final.
Las premisas que engendran la necesidad de intensificar la educación moral son, para Emerson, puramente prácticas y experimentales. La observación del medio en que vive le lleva a comprobar una visible disparidad entre el progreso material y el progreso moral, induciéndole a analizar sus causas antes de aconsejar los remedios. Ante el espectáculo de la civilización moderna que pone al servicio de una parte creciente de la humanidad una serie de admirables inventos y descubrimientos, afirma su fe en el progreso y saluda con palabras jubilosas la disminución progresiva del sufrimiento material en el mundo. Pero esa comprobación, lejos de satisfacerle plenamente, le induce a preguntarse si el progreso moral de la humanidad ha corrido parejo con sus adelantos técnicos, si el hombre civilizado contemporáneo es más bueno que el de hace dos o cincuenta siglos, si el coeficiente medio de moralidad social se ha elevado sobre el de nuestros antepasados.
Su respuesta es negativa. Veinte siglos de cristianismo no han aumentado la bondad individual de los hombres ni han aproximado las sociedades al ideal de fraternidad predicado por Cristo.
Las iglesias cristianas, la anglicana lo mismo que la católica, la calvinista lo mismo que las metodistas, le parecen ya insuficientes para el progreso de la moralidad; en ellas el culto impera, mas la fe en la virtud ha disminuído; la superstición ciega resiste a las creencias iluminadas por la razón y los dogmas siguen domesticando voluntades que los obedecen pero no los aman. El fervor en las formas, en el ceremonial, en la liturgia, ha reemplazado a la sencilla piedad primitiva, convirtiéndose cada iglesia en un partido político que aspira a dominar la sociedad temporal, dividiendo a la humanidad en fracciones que se odian en vez de reunirla en una sola y misma comunión universal, toda de amor y de solidaridad.
Las costumbres sociales tienden a complicar inútilmente la vida, apartando al hombre de la Naturaleza, que es la fuente única de su felicidad. Lo superfluo y lo frívolo, disfrazados a menudo con el nombre de refinamientos, aumentan de hora en hora la cantidad de sacrificios estériles, tan indispensables para parecer como inútiles para intensificar el ser. El hombre, acicatado por pasiones ambiciosas y egoístas, da menos de sí a la comunidad y no encuentra en ella la cooperación moral que le estimularía a emprender grandes cosas, bellas y desinteresadas.
El mundo particular de los políticos profesionales le inspira terror. ¿Cómo es posible que el interés de camarillas, exentas de moral y de ideales progresivos, pueda ser sobrepuesto al interés de toda la nación, de toda la sociedad? ¿Y es admisible que ciertos hombres, no siendo los más ilustrados ni los más morales, tengan el derecho de administrar los frutos de la inteligencia y del trabajo de todos, como si la sociedad tuviera que seguir pagando un impuesto feudal a esas gavillas de bandoleros que han abandonado los caminos y las montañas para refugiarse en las ciudades? ¿Y no prueba una incapacidad moral del mayor número, esa misma posibilidad de que unos pocos pícaros puedan sobreponer su actividad maléfica a la necesidad social de encaminarnos hacia la solidaridad, por el estudio y por el trabajo?
En el ensayo La Política (incluído en la Segunda Serie), aun reconociendo que la democracia es preferible para las naciones nuevas, se pronuncia contra todos los regímenes políticos, en masa. "Aunque nuestras instituciones corresponden al espíritu de la época, no están exentas de los defectos que han desacreditado a otras formas de gobierno. Todo Estado está corrompido. Los justos no deben obedecer muy estrictamente a la ley. ¿Qué sátira contra los gobiernos puede igualar la severidad de la censura implicada en la palabra política, que desde hace siglos significa engaño, dando a entender que el Estado es una engañaduría?". Este pasaje, y muchos otros similares, nos permite comprender la tierna acogida que siempre tuvieron los ensayos de Emerson entre los anarquistas, lo que no se explicaría si atendiéramos el tono místico de sus palabras, sin penetrar su pensamiento, que es, con frecuencia, profundamente herético y revolucionario.
Su "idealismo trascendental" es una rebelión romántica antes que una actitud filosófica, con más de estética que de metafísica. La divinidad se esfuma en un ideal abstracto, sin personalidad sobrehumana; es, apenas, una condición inmanente de la naturaleza, una arquitectura moral del universo, que induce a descubrir en las imperfecciones reales la posibilidad misma de futuras perfecciones. Y, en otro sentido, propiamente ético, quiere ser lo contrario del "utilitarismo", en la acepción vulgar del término, que da idea de algo bajo y pequeño: de oportunismo acomodaticio, sucia hipocresía, cien formas larvadas de la domesticidad y de la avaricia.
No nos engañen, empero, las palabras. Esa noción denigrante del utilitarismo no tiene relación alguna con las escuelas morales llamadas utilitarias, interpretaciones teóricas que tienden a poner en la utilidad personal o social los motores íntimos de la experiencia moral. En este buen sentido, Emerson era utilitario y despreciaba toda conducta que no fuese útil al mejoramiento del hombre y de la sociedad. Iba más lejos. Creía que la primera preocupación del hombre debía ser redimirse de la miseria, que sólo enseña a mentir y a adular; libertarse económicamente por el trabajo, bastándose a sí mismo, sin esperar favores ni beneficios del Estado, parecíale la base misma de la moralidad individual; y en la incapacidad de bastarse con su propio trabajo veía la causa de la degeneración moral, como esos animales que por vivir parasitariamente de un huésped acaban por perder los órganos más nobles de su autonomía personal.
La independencia económica sería inútil, sin embargo, para seres que no tuviesen capacidad para pensar y actuar con independencia moral. Por eso, la cultura debería primar sobre la riqueza, que sólo puede ser su instrumento y nunca un fin en sí misma; pintorescamente afirma que "el valor de un dólar aumenta con la ilustración y la virtud del que lo usa: un dólar, en la universidad, vale más que un dólar en la prisión". Y le fastidia que la prosperidad creciente de los valores materiales no se acompañe todavía de un crecimiento de los valores morales.
Las consecuencias de esa falta de progreso ético en la sociedad, son visibles todavía en los diversos órdenes de la actividad social. Los hombres perdida su fe en las fuerzas morales que se arraigaban en supersticiones absurdas, han entibiado su confianza en el valor del mérito propio y de la dignidad personal, tornándose escépticos y pesimistas. El abajamiento moral del conjunto trae como consecuencia la contaminación de los individuos; la sanción social tórnase tolerante; todos se acostumbran a consentir la inmoralidad de cada uno; la austeridad llega a mirarse como una simpleza o una tontería. Infiere de ello, Emerson, que el signo más típico del descenso moral de un pueblo es la ausencia de grandes caracteres, de personalidades vigorosas, de hombres que irradian un pensamiento iluminador o sustentan con heroísmo cívico grandes ideales de enaltecimiento humano. En esa tranquilidad de estanque, las fuerzas de progreso social se entorpecen o paralizan; ningún estímulo reciben de la sociedad los que piensan, los que renuevan, los que crean, los que empujan el conjunto hacia un porvenir mejor.
En sus premisas críticas, la actitud y el lenguaje de Emerson coinciden con los de todos los moralistas. Bastaría recordar que el único escritor argentino a quien podemos clasificar con ese nombre, Agustín Álvarez, ha partido del examen de una situación análoga, aunque contemplada en los países hispano-americanos, en sus libros South América, Manual de Patología Política y ¿Adónde vamos?, antes de señalar los remedios y formular su credo, en Educación Moral y La Creación del Mundo Moral. Ya que mencionamos a Agustín Álvarez, creemos oportuno decir que casi todos sus críticos y apologistas han coincidido en señalar cierta concordancia entre sus ideas y las de Emerson; muchos le consideran como un verdadero y puro emersoniano.