6.—El Culto Religioso de la Moralidad
Acostumbrados a concebir la independencia moral como un apartamiento de la religiosidad, y no dentro de ella,—como efecto de la religión dogmática en que hemos sido educados—nos causa cierta impresión de extrañeza la conservación de la exterioridad ceremonial, y aun del nombre de iglesias, en sociedades cuya concepción naturalista de la divinidad no conseguimos distinguir del ateísmo.
Acaso una comparación con algo que conocemos definidamente, nos permita entender mejor el sentido global del eticismo inglés. Poniendo en el hombre la divinidad, y mirando su perfeccionamiento moral como el advenimiento de la divinidad misma en cada hombre, el eticismo se presentaría como una doctrina del superhombre moral, predestinado a surgir del hombre religioso contemporáneo, y satisfaciendo las tendencias místicas del temperamento individual.
Recordad que William James, después de estudiar las Fases del sentimiento religioso, llega a la conclusión de que en la hipótesis de la divinidad los hombres han sintetizado su sentimiento de admiración por lo que creen primordial, unánime y verdadero en sí mismo. La religiosidad sólo puede definirla como "la reacción total frente a la vida"; de allí su pregunta: ¿por qué, entonces, no decir que cualquier reacción total frente a la vida es una religión? Dejo a vosotros la respuesta, muy cómoda para los ateos que no quieren pasar por tales; yo os confieso que la pregunta de James me parece muy hábil, pero sospecho que es peligroso seguir embrollando a la humanidad con sabias hipocresías. Si la religiosidad es un sentimiento individual, las religiones sólo comienzan a existir cuando los individuos se organizan para cultivar o difundir creencias comunes, uniformando su conducta para ciertas prácticas. Al decir, pues, que el eticismo puede asumir un aspecto religioso, nos referimos, sin ambigüedad, a la organización en verdaderas comunidades regidas por prácticas rituales, y no a las simples reacciones de los individuos frente a la vida.
En algunas de las Iglesias Éticas se ha producido, con el tiempo, un fervor místico que parece contrastar con el espíritu antidogmático y de libre crítica que figura en sus programas. Ahondando el examen, sin embargo, se percibe que la aparente contradicción sólo es un resultado de nuestros hábitos mentales, que nos impiden separar dos cosas que acostumbramos ver unidas; el sentimiento místico y las creencias dogmáticas. Los eticistas no sólo respetan el primero al repudiar las segundas, sino que tratan de utilizar en beneficio de la moralidad el misticismo que actualmente está desviado por dogmas contrarios a su espontánea expansión: ofrece un campo de experiencia más vasto a una inclinación natural de la personalidad humana.
Por otra parte, atendiendo solamente a su eficacia sobre cada uno de sus creyentes, es indudable que las iglesias de todos los tiempos, además de satisfacer los sentimientos místicos, han satisfecho muchos sentimientos estéticos. Que el objeto del culto sea un Dios sobrenatural o la Moralidad humana, debe reconocerse que el ceremonial de una iglesia es un elemento efectivo de exaltación del culto mismo. Los jesuítas, profundos psicólogos, han comprendido siempre que la riqueza ornamental de sus iglesias es el mejor imán para atraer a las masas místicas; el número de creyentes que puede mirar esa mise en scène como una falta de respeto a la Divinidad, es muy pequeño. Por esa misma razón comprendemos que, en cierta medida, los eticistas hánse visto en la necesidad de no extremar su primitivo deseo de formas sencillas y severas; actualmente dan la impresión de iglesias cristianas, donde se ha convertido a Dios en la Moral y se ha reemplazado el paraíso por la naturaleza, sin que todo esto disminuya la exterioridad del culto.
"Nosotros tenemos un Dios; nosotros tenemos altares. Nuestro Dios: el Ideal Moral, la potencia del bien en la humanidad, o, mejor, todas las fuerzas del bien actuantes en el mundo. Nuestro Dios está diseminado en toda la humanidad.
"En todas partes, donde un ser trata de hacer el bien y se esfuerza por perfeccionarse moralmente, allí está Dios, allí Dios deviene. El no vive sino en nosotros y por nosotros, y todos nosotros somos divinos en alguna medida.
"Nuestro Dios no es todopoderoso, no es sobrenatural, no es exterior a la humanidad.
"No es la fuerza de un Dios lo que lo hace divino a nuestros ojos; un Dios todopoderoso nos horroriza. Nunca adoraremos la fuerza; sólo adoraremos y sólo queremos servir la justicia y la bondad, aunque ellas fueran tan débiles como un niño en su cuna. Pero nuestra religión no excluye la contemplación conmovida de las fuerzas del universo, la admiración de la regularidad de las leyes naturales. Por otra parte, nuestra moralidad no es una mezquina preocupación personal. Aspiramos a poner cada vez más, la fuerza al servicio del derecho. Nuestra misión es traer el triunfo de la inteligencia sobre el instinto, de la moralidad responsable sobre la fuerza irresponsable. Así la moralidad deja de ser un asunto privado y deviene cósmica. Ella podrá ser, acaso, algún día, el instrumento mediante el cual nuestro amor desinteresado guiará al universo".
Convengamos, francamente, en que no se puede pedir un lenguaje más impregnado de misticismo, de religiosidad. El sentimiento de lo divino, la emoción de lo trascendental emana de páginas escritas para sugerir que la perfección moral no requiere la cooperación de entidades sobrenaturales ni de principios anteriores a la experiencia humana. Para los que no tenemos un temperamento místico, siempre resultará un poco desconcertante este misticismo naturalista.
"Se cree muy frecuentemente que los dioses son, necesariamente y por definición, espíritus sobrenaturales. Las más fuertes razones morales y de sentido común nos impiden creer en un Dios sobrenatural; tal clase de divinidad nos repugnaría. Si, a pesar de eso, somos felices de tener en nuestra comunidad a cristianos siempre que nos ayuden y nos amen, es porque entendemos que ellos no hacen sino interpretar mal una realidad que nosotros adoramos como ellos. Rechazando, no la existencia—pues esa cuestión no nos concierne,—sino la pretendida potencia redentora de seres sobrenaturales, renunciamos a la posibilidad de ser asistidos por ninguna divinidad sobrenatural, o por ningún ser humano después de su muerte, y particularmente por Jesús de Nazareth, reconociendo sin embargo la asistencia que ha podido prestarnos antes de su muerte y el valor imperecedero de sus consejos y de su conducta, que siguen asistiendo a la humanidad con el valor del ejemplo. Para un eticista que comienza por afirmar la autonomía de la moralidad y pone en segundo término todo lo demás, todo lo que disminuye la responsabilidad humana es condenable. Desde el momento en que imploráis el auxilio de un Creador personal, os sustraéis a vuestra responsabilidad propia y renegáis la fuente inmanente de redención. Aun si existe un Creador, no debemos humillar nuestra humanidad ni vivir postrados ante él. La moralidad que no es puramente humana, deja de ser moralidad".
Todos los escritos de los eticistas ingleses convergen a afirmar lo que era un axioma para Emerson: la noción de realidades sobrenaturales (salvo que se llame "sobrenatural" a la perfección moral suprema) no es necesaria, para el desenvolvimiento de las fuerzas morales, y debe rechazarse la opinión de los que, sabiendo que aquéllas son ilusorias, persisten en creerlas de utilidad práctica. El motivo supremo de la conducta debe ser el respeto del ideal moral; cuando se lo medita con respetuosa simpatía, se convierte en fuente de inspiraciones tan fecundas como las que hasta ahora han emanado de entidades sobrehumanas. Los ideales no se proyectan sobre la pantalla del cielo, no flotan vagamente en el universo: viven en los hombres y entre los hombres, reconociendo a éstos el valor de su personalidad y comprendiendo que debe manifestarse en la familia, en la ciudad, en la nación, en el mundo. Un nuevo concepto del respeto propio nace en los eticistas al afirmar que todo ser se diviniza cuando en él despierta la conciencia de la ley moral; blasfemar del hombre, como hacen los pesimistas y los escépticos, es blasfemar de Dios, que sólo se manifiesta en el hombre. Sea cual fuere la interpretación que el hombre se forma de la divinidad, sea cual fuere su teología o su filosofía, es la experiencia moral lo único que lo torna divino; de allí que en el culto del ideal moral pueda asentarse la única religión incompatible con dogmas ni sectas, de allí que sus miembros no crean que será ésa "la religión de los incrédulos", sino la forma de creencia más pura a que pueden llegar los verdaderos creyentes. En uno de los himnos que suelen cantar los eticistas leemos estas palabras de Swinburne: "Los dioses rechazan, trampean, negocian, venden, calculan, economizan ...", y Stanton Coit completa el pensamiento: "el hombre no rechazará a nadie, no perderá uno solo de todos los hombres para dignificarlo; a todos los enaltecerá con sus cuidados y con su amor".
Insisto en mencionar algunos pasajes y fórmulas que parecen inconciliables; mi objeto no es apologético, sino puramente informativo. Es útil ver cómo toda nueva corriente de ideas, todo nuevo ensayo de prácticas, aparece imperfecto y poblado de disonancias. Contra el deseo de emanciparse del pasado, sigue el pasado ejercitando alguna influencia; en toda renovación, de costumbres o de ideas, la experiencia secular de nuestros abuelos reaparece, reclama su sitio, no se resigna a ceder ni a morir, presentándonos el cuadro inquieto del hábito luchando contra la experiencia nueva, de la herencia resistiendo a la variación.
Concebido el movimiento eticista como una emancipación moral de toda tutela dogmática, vemos que el hábito de seculares prácticas religiosas se infiltra en él y tiende a convertirlo en una religión, sin contenido sobrenatural, ciertamente, pero religión al fin, si la consideramos como conjunto de prácticas y como actitud sentimental hacia algo que se considera Divino.
Sin embargo, en mayor o menor proporción, lo nuevo altera siempre lo viejo, la variación modifica siempre la herencia: y en ello está la evolución que engendra perfeccionamientos. Las sociedades éticas se hacen más religiosas cada vez, pero su religiosidad es muy distinta que en las precedentes religiones; no representa una verdadera regresión al tipo de que se apartaron al comenzar. Para aumentar su eficacia los eticistas han adoptado, por temperamento o deliberadamente, las costumbres exteriores que el sentimiento místico reclama como necesarias, sin renunciar por ello a la heterodoxia intrínseca de su doctrina.
"La religión—dice Stanton Coit—convertida a un espíritu social y democrático, enseñará el respeto de sí mismo como la primera virtud religiosa, fundará su plan de redención sobre ese respeto. Desde el punto de vista de un idealismo humanista, la religión sobrenatural ha cometido hacia el altísimo un sacrilegio casi inexplicable: todo lo que parecía emanar del hombre, y era bello y adorable, puro y santo, lo ha atribuído a una fuente sobrehumana y sobrenatural, mientras atribuía a la naturaleza humana todo lo que era bajo y sórdido. Para glorificar una divinidad trascendente, los sacerdotes y los teólogos arrancaban del corazón de los hombres hasta el último rastro del respeto de sí mismos. No solamente las acciones exteriores, sino la misma devoción interior era mirada como lodo. Empujando los hombres al desprecio de sí mismos, forzándolos a envilecerse hasta la agonía, se les inducía a prosternarse conscientes de su extrema bajeza, a los pies de un Ser que no era ni hombre ni naturaleza, pero que tenía sujeto al hombre, en cuerpo y espíritu, entre sus tentáculos infatigables... Esta doctrina es católica, anglicana, presbiteriana, bautista, wesleyana... Todos, todos traicionaban a la naturaleza superior del hombre, mentían a la creencia misma de su personalidad, al testimonio de su inteligencia y de su conciencia moral. ¿Es necesario sorprenderse de que, así, el pueblo cayera bajo la dominación de los sacerdotes y de los príncipes, aliados?... Hasta hoy se ha creído que un hombre que se respeta y obra por respeto propio, carece de religión y de piedad; hasta hoy, apenas un hombre sobre cien mil se atreve a identificar ese respeto con el de Dios, osa erguir dignamente la cabeza con la conciencia de su valor humano, osa atribuir el mal que lleva en sí al error y a la ignorancia, y no a una siniestra predestinación sobrenatural... Hoy, por fin, y sólo hoy, se predice la doctrina de la inmanencia del hombre y se comprende que ella significa la identidad de la suprema fuerza redentora del universo con la enaltecida personalidad de todo hombre o mujer."