7.—Insuficiencia de los Dogmas Racionales
Los sistemas éticos racionales que se han apartado del dogmatismo religioso, afirmando la posibilidad de una moral independiente, no han conseguido la menor difusión social, reclutándose sus partidarios entre una minoría ilustrada, restringida muchas veces al círculo exiguo de los aficionados a las lecturas filosóficas.
Esas deserciones esencialmente cualitativas, carecen de medida cuantitativa en la sociedad. ¿Por qué? En mi entender, por su carácter negativo; son fuerzas disolventes del pasado teológico, pero nada han construido para el porvenir; cual más, cual menos, son esencialmente individuales, cuando no individualistas.
Las morales religiosas tenían en sus dogmas afirmativos una fuerza de cohesión social; y aunque nunca pusieron sus fundamentos en la sociedad, sino en lo sobrenatural, desempeñaban una función socializadora de la obligación, imponiendo normas de conducta apropiadas para facilitar la convivencia humana dentro de un régimen social dado.
Las morales individuales, poniendo en la conciencia moral del hombre la medida de la obligación y de la sanción, carecen de valor social. Se concibe, y es la evidencia misma, que determinados individuos puedan vivir virtuosamente, santamente, sin necesidad de los dogmas morales que ofrecen las religiones; pero cuesta concebir que todos los hombres sean capaces de dirigir su conducta hacia el bien sin recibir impulso alguno superior a su propia razón personal. Bastaría recordar el daño que han causado tres moralistas individualistas del siglo XIX entre sus contados adeptos. Stendhal, con su diletantismo moral, Schopenhauer con su escepticismo pesimista, y Nietzsche, con su individualismo superhombrista, han hecho estragos morales entre jóvenes literatos que se tenían por genios y se creían autorizados a prescindir de toda obligación moral, ya porque fuera elegante hacerlo así, ya porque era absurdo respetar como valores reales a valores ilusorios, ya porque sólo los esclavos debían sujetarse al dogmatismo social.
Tenemos que reconocerlo, todos los esfuerzos de los filósofos para construir una moral teórica racional han carecido de función eficaz, han sido actitudes individuales, prácticamente negativas; y en la sociedad no se pueden destruir creencias fundadas en seculares sentimientos y en intereses reales, sin sustituir lo destruido con otras creencias que puedan satisfacer los sentimientos e intereses que aquéllas sustentaban. Una moral de gabinete no puede reemplazar a una creencia social; podemos admirar la Ética de Spinoza o la Crítica de la Razón Práctica de Kant como prodigiosos poemas de lógica racional, sin creerlos susceptibles de dar nueva orientación a la moralidad de los hombres, ni de satisfacer su sentimiento místico. Los filósofos han elaborado hipótesis éticas para filósofos; sólo la humanidad—por su incesante experiencia social—puede elaborar éticas efectivas para la humanidad. Para entendernos: toda ética efectiva es un resultado natural de la experiencia.
En la época inicial de Emerson—ya que estas digresiones deben servirnos para comprenderlo—el conflicto se planteaba todavía entre las dos concepciones clásicas de la moral: la religiosa, ínsita en las teologías dogmáticas, y la individualista, elaborada por filósofos independientes.