II.—EVOLUCIÓN DE LA LUCHA POR LA VIDA ENTRE LOS HOMBRES

El principio de la lucha por la vida, y la consiguiente selección de los mejor adaptados, domina soberano en la evolución del mundo biológico; las justas atenuaciones que está sufriendo ese concepto por los estudios de la escuela neo-lamarckista, no conmueven, en lo fundamental, el sólido esqueleto de la doctrina de Darwin.

Pero en la evolución del mundo social, las condiciones de la lucha por la vida son modificadas por el incremento de un factor propio de la especie humana; la capacidad de producir medios de subsistencia determina la formación de un ambiente artificial (económico) dentro del ambiente natural (cósmico) y modifica sensiblemente las condiciones de lucha por la vida entre los hombres.

Esta idea, clara y definida, es, sin embargo, combatida por exagerados discípulos de Darwin; la culpa no es del genial naturalista de Schrewbury, sino de los que complican en esto su nombre. Pocas doctrinas han logrado imponerse tan rápidamente como las darwinistas; pero pocas han sido objeto de más torcidas interpretaciones por parte de sus enemigos, y aun de algunos de sus partidarios.

Las aplicaciones que de ellas pretende hacer la escuela sociológica llamada "darwinismo social", son exageradas; se olvida que el fenómeno biológico entra en la determinación del fenómeno social, pero no lo constituye por completo, pues éste es más complejo. Sus partidarios constituyen la extrema izquierda del organicismo. Algunos sociólogos—Novicow, Lilienfeld y otros—han llegado a convencerse de la identidad absoluta entre los agregados orgánicos y los agregados sociales, entre organismo y sociedad; han excedido a Spencer, no concediendo siquiera que las sociedades sean superorganismos.

Consecuentes con sus premisas, los sociólogos representantes de esa tendencia sostienen que la lucha por la vida es la ley superior de la evolución en los agregados sociales, en la misma forma que en la evolución de los agregados orgánicos. El progreso de la especie vendría a ser un resultado del conflicto permanente en que viven los individuos entre sí, los individuos y los agregados sociales, los agregados entre sí.

Ese criterio, tomado en su expresión absoluta, no es verdadero, no corresponde a la realidad, tal como la observamos. Estudiando la evolución de los grupos sociales, se ve que frente al principio de antagonismo, encarnado aisladamente en la conocida máxima de Hobbes, aparece y se desarrolla progresivamente otro principio compensador, el principio de la solidaridad social, fundado en la utilidad de la asociación para la lucha por la vida.

En ninguna mente que ha llegado a comprender el hecho natural de la evolución de las especies, cabe la idea de suponer que la asociación y la solidaridad aparecen inesperadamente en la evolución de la especie humana, como si un fiat misterioso interviniera para modificar su curso; ellas tienen sus manifestaciones rudimentarias en el reino vegetal, se definen claramente en las especies animales llegadas a cierta etapa evolutiva, y, por fin, asumen importancia mayor en la evolución humana, influyendo sobre las condiciones de desenvolvimiento de la lucha por la vida, su principio antagonista.

Sin desconocer, pues, que la lucha por la vida preside la evolución biológica, sabemos que ella se atenúa y modifica toda vez que las especies animales adquieren la aptitud para vivir en sociedad; este fenómeno, representado en la esfera psicológica por el desarrollo del sentimiento de solidaridad social, determina una superioridad de la especie en que se produce. Houssay ha demostrado el hecho en la Revue Philosophique; aun negando que Ésa sea la causa determinante de la prosperidad de una especie, es fuerza reconocer que ambos hechos son paralelos y están íntimamente ligados. Una especie animal puede considerarse tanto más "civilizada" cuanto más complejas son las industrias que practica; esa intensificación de la actividad de la especie es la prerrogativa de los animales capaces de asociarse constituyendo una "sociedad", que Espinas define: la cooperación permanente que se prestan, para una misma acción, individuos separados. En la imposibilidad de extendernos sobre este punto, bástenos recordar, otra vez, los excelentes estudios de De Lanessan; ellos demuestran el desarrollo creciente, en la vida biológica, del principio de la asociación, fundado en la cooperación y la solidaridad, frente al principio de la lucha, fundado en el antagonismo. El hecho es claro para quien observe el conjunto general de los fenómenos, sin descender a sutilezas que aparentemente pueden contrariar, sin anularlas nunca, el valor de las leyes generales.

Si eso ocurre en otras especies, en la humana la asociación para lucha, con su correspondiente solidaridad social, alcanza un desarrollo aun más importante, modificando las manifestaciones de la lucha por la vida. Este principio, predominante en la evolución de muchas otras especies, atenúase gradualmente en la evolución de las sociedades humanas. Los datos de la biología pierden parte de su valor cuando son aplicados a los fenómenos sociales; y aun cuando se aceptara considerar a la sociedad como un organismo—por comodidad más bien que por rigurosa analogía—deberían evitarse algunos errores difundidos por los partidarios del "darwinismo social".

"Los discípulos del gran naturalista inglés,—dice Colajanni,—falseando o exagerando sus enseñanzas, no vacilaron en transportar la ley de lucha por la vida del terreno biológico al de la sociología; pero conviene agregar que la adulteración de los principios del maestro no se debe a los naturalistas, sino más bien a historiadores, economistas, filósofos y moralistas, que, si no deben calificarse de incompetentes, pueden, por lo menos, considerarse sospechosos. De esas extravagancias ultradarwinistas dan ejemplo los epígonos, que llegan hasta afirmar, con Hellwald, que todas las representaciones psicológicas del mundo y de la vida son igualmente exactas y justas, teniendo razón todo el mundo, pues todos luchan por la vida. Semejantes exageraciones, mezcladas por algunos con sofismas de Hegel, sobre la glorificación de la guerra y de la fuerza brutal, dan al moderno "darwinismo social" un carácter de sectarismo científico, que le ha valido críticas muy severas, especialmente de Tarde.

Se impone señalar frente al principio de la lucha por la vida, el desarrollo de ese otro que aparece ya en las especies animales más prósperas. Rudimentario en las primeras etapas de la asociación humana, por la escasez de los medios de subsistencia naturales y el insuficiente desarrollo de la producción artificial, tiende a adquirir cada vez mayor importancia y se acrecienta en las formas superiores de civilización.

Las doctrinas organicistas de Spencer y Schaffle no contradicen, en rigor, las nociones expuestas; si hay aparente contradicción entre ellas, basta un examen despreocupado para llegar a establecer su concordancia real. El error está en los discípulos, según esa ley fatal que lleva siempre a los secuaces más lejos de donde quieren los maestros; así encontramos a Lilienfeld, Worms[12], Ammond, Novicow y otros, empeñados en exageraciones insostenibles, que han dado más vigor a la tendencia contraria, representada por espíritus como Loria, Tarde, Krauz, Stein, Asturaro, Krusinsky, Colajanni, Ardigó, Vanni, Ferri, De Greef, Groppali y muchos más.

Por otra parte, no es nueva la doctrina que niega a la lucha por la vida el primado en la evolución de las sociedades humanas. El mismo Russell Wallace—el más darwinista de los darwinistas,—al estudiar la selección natural, reconocía que "al pasar el dintel de la humanidad, la ley de lucha por la existencia debe ceder el cetro a alguna otra ley superior"; esta opinión es recordada a menudo por los adversarios del darwinismo social. Si la solidaridad en la asociación para la lucha es el primer requisito de la prosperidad de una especie, es natural que la encontremos sumamente desarrollada en la especie más próspera, más evolucionada de toda la escala zoológica: el hombre. Todo lo que se sabe de prehistoria y etnografía autoriza a pensar que el hombre jamás vivió aislado de sus semejantes, o luchando permanentemente contra ellos; Robinson Crusoé es un símbolo novelesco del individualismo à outrance, pero no representa una forma posible de existencia humana. La autonomía absoluta, solamente posible en las condiciones de vida del personaje creado por Daniel de Föe, sobre ser un absurdo, sería la más insufrible de las desdichas para el hombre sano. En la soledad de su prisión, Silvio Pellico pudo establecer buena amistad con las arañas, pero le alentaba la esperanza de volver algún día a la sociedad de sus semejantes.

Sea como fuere, el estado normal del hombre es la vida en sociedad.

La organización de los primeros agregados sociales ha sido una espontánea adaptación colectiva a las condiciones del medio. Escaseando los medios de subsistencia, el agregado social los produjo artificialmente; ese aumento de capacidad productiva fomentó la asociación para la lucha, imponiendo las primeras divisiones del trabajo social y la escisión de la sociedad en clases. La lucha, atenuada gradualmente, ha persistido; se encuentra subordinada a la insuficiente capacidad productiva del hombre, que no permite la satisfacción ilimitada de las necesidades individuales.

Las condiciones actuales de lucha por la vida entre los hombres no son eternas. Todo induce a creer que la asociación de los individuos para luchar contra la naturaleza, haciéndola más productiva, es condición esencial para el incremento de los agregados humanos y tiende a aumentar la solidaridad entre los individuos del grupo, entre los grupos de la raza y entre las razas de la humanidad.

Este principio es tan natural como el otro. Nace de la conveniencia de asociar las fuerzas individuales para intensificar el trabajo social; es la tendencia a obtener un máximum de bienestar con el menor esfuerzo posible; y éste, en nuestro entender, es el objetivo supremo de todas las voliciones humanas.

A esta manera de pensar conduce la ley de evolución según la menor resistencia, ley que es universal. Preferimos este criterio al que subordina la atenuación de la lucha por la vida a causas morales metafísicas, como ser el crecimiento progresivo del "altruísmo", concebido como vaga antítesis del "individualismo" no obstante ser su forma más elevada y perfecta.

Podemos, en definitiva, afirmar: en las sociedades humanas se atenúa progresivamente la lucha por la vida, al mismo tiempo que se intensifican los resultados de la asociación para la lucha contra la naturaleza.

He aquí representadas en un sencillo cuadro gráfico las ideas que acabamos de exponer. (Diagrama 1.)

1.º. La estática social, en cada momento de la evolución de los agregados humanos, es la resultante de la combinación del antagonismo social (inherente a la lucha por la vida), y la solidaridad social (inherente a la asociación para la lucha).

2.º. La dinámica social, en el movimiento de la evolución, está representada por un desarrollo creciente de la asociación para la lucha, equilibrado por una atenuación progresiva de la lucha por la vida.