III.—HOMOCROMÍA: PERMANENTE, VARIABLE Y VOLUNTARIA

Lamarck, primero, y más tarde Darwin, observaron y comentaron los fenómenos de homocromía, sintetizables en este hecho general: los animales están disimulados a la vista de sus enemigos, o de sus presas por la semejanza entre su color propio y la coloración del medio en que viven. Los ejemplos son numerosísimos.

El color de los animales no es un resultado caprichoso del fiat creador, como suponían los divagadores metafísicos, ni un objeto de deleite para la vista humana, como podrían creer los poetas poco ilustrados. El color es un carácter útil en la lucha por la vida. Ciertos colores vistosos y llamativos son el resultado de la selección sexual, y otros colores adaptados al ambiente son resultado de la selección natural; ambos son ventajosos en la lucha por la vida y determinan la conservación de los mejores individuos de las especies más adaptadas a las condiciones del medio.

Wallace, cuyo capítulo sobre el mimetismo es clásico en la materia, se detiene sobre un hecho general e importante. Los colores, más o menos fijos y uniformes en las especies salvajes, son sumamente variables en los animales adaptados a la domesticidad: caballos, perros, gatos, pichones, vacas, etc. La diferencia es debida a que éstos son protegidos por el hombre en la lucha por la vida, mientras que los salvajes fían principalmente en la protección natural de su color.

Se ha observado que, en general, la coloración blanca es el tono predominante en los animales que viven en las zonas polares; el amarillo y el terroso es el color propio de los habitantes del desierto; el verde domina en las selvas tropicales perpetuamente frondosas. Los animales nocturnos son de colores obscuros.

Entre los animales blancos de las regiones árticas los hay cuyo color es permanente, siendo en otros transitorio. Entre los primeros recordemos el oso polar, la liebre polar de América, el halcón de Groenlandia; el carácter permanente de su color coincide con el hecho de vivir todo el año entre las nieves. Es notable que en regiones no polares, en los Alpes, la liebre, que vive a grandes alturas sobre el nivel del mar, siempre nevadas, es también de color blanco. La coloración homocroma permite a los carnívoros acercarse a sus presas sin ser vistos y a los herbívoros pasar desapercibidos a sus enemigos. Además, parece que el color responde, en parte, al objeto de impedir la irradiación y conservar mejor el calor animal durante el invierno.

En las extensas regiones áridas y desiertas de la superficie terrestre, la armonía de color entre el medio y los animales es igualmente notable. El puma americano, el león, el camello, todos los antílopes del desierto, los pájaros del Sahara, el pato salvaje de Egipto, el gato montés, etc., etc., tienen un color amarillo terroso, perfectamente adaptado al color del medio en que viven. Es lógico que, en un medio desprovisto de plantas o piedras para la ocultación, hayan podido sobrevivir más fácilmente, sin emigrar o morir, las especies mejor disimuladas para la ofensa o la defensa.

En las regiones tropicales, donde las ramas siempre son frondosas, encuéntranse especies enteras cuyo color predominante es el verde; por ejemplo: los loros. En cambio, en las regiones más templadas, donde las hojas son caducas y el invierno desnuda los árboles de sus adornos naturales, los pájaros poseen colores que imitan el de la corteza de los árboles, de las hojas secas, de los tallos desnudos, etc., entre los cuales están obligados a pasar el invierno.

En los animales pelágicos, que viven en los océanos, el hecho es fácil de comprobar; muchos de ellos son transparentes como el agua en que viven. Entre los moluscos y crustáceos hay numerosas especies en análogas condiciones, siendo singularísima la identidad de aspecto entre muchas conchas o caparazones, y las piedras o toscas a que están adheridas; es uno de los géneros más difundidos de mimetismo y el primero que llama la atención de los visitadores de un acuario. Hechos semejantes se observan en los peces. Los animales marinos de mayores dimensiones, que flotan en la superficie, están hermosamente coloreados de azul intenso o azul gris en el dorso, armonizándose con el color del mar, mientras su vientre es blanco; esto hace que, vistos por debajo, se confundan con la espuma de las olas o con las nubes.

Fuera de las adaptaciones generales de coloración, existen otras especiales, que llegan a caracterizarse por semejanzas de dibujo. Muchos animales rayados o manchados viven en sitios donde se proyectan sombras de hojas (manchas) y de tallos (rayas), teniendo en su color especial un medio de disimulación utilísimo en la lucha por la vida. En el clásico tratado de Wallace sobre "El Darwinismo" puede leerse un análisis detenido de esta cuestión singularísima.

Es de observación vulgar que los huevos de muchísimos animales—ovíparos, por supuesto—suelen adaptarse muy bien al color del medio donde se les deposita, siendo difícil descubrirlos; por eso los hombres de campo comparan frecuentemente las cosas difíciles de ver con los huevos de ciertos pájaros. Obsérvase también con frecuencia que los huevos de algunas especies presentan caracteres morfológicos que los hacen confundir con los pertenecientes a otras especies, hecho común cuando el animal no construye nido propio, obteniendo de esa manera la incubación necesaria para que la especie no se extinga. El hecho es harto conocido y está consagrado en refranes populares.

Todos los fenómenos de homocromía pueden tener su origen en una de las dos causas enunciadas. O en la selección natural sobrevivieron solamente los animales mejor adaptados al color de un ambiente determinado, o los animales emigraron voluntariamente a un medio donde estuvieran mejor disimulados para luchar por la vida en condiciones favorables. Lo primero no implica que no intervengan otras causas en la conservación de la especie; lo segundo no excluye que, en ciertos casos, la homocromía sea el producto de una reacción adaptativa del animal a su medio.

Entrando a considerar la significación psicológica de estos hechos, es evidente que en la hipótesis migratoria la disimulación es un acto voluntario, que con el tiempo puede fijarse en la especie bajo forma de instinto, pasando de consciente a automático. En la hipótesis selectiva la disimulación es involuntaria, actuando la selección natural sobre variaciones favorables adquiridas al azar, sin que esto excluya necesariamente la adquisición de esas variaciones por la influencia del medio.

En los hechos hasta aquí examinados, la homocromía es un carácter estable, permanente. En otros la adaptación es transitoria; ciertos animales, como el zorro y la liebre árticos, sólo viven entre las nieves durante una parte del año y sólo entonces tienen el color blanco que los protege. Es difícil establecer la participación que tienen la temperatura, la alimentación, la acción del color ambiente, etc., en esos cambios actuales; pero cabe suponer que esas influencias, lamarckianas por decir así, han sido en su origen más importantes que las selectivas, que diríamos darwinistas.

La acción del color ambiente sobre el color de los animales cuenta en su favor con numerosas observaciones, confirmadas por experimentos de resultado indiscutido. Wood mostró ciertas crisálidas de una misma especie que tenían diversos colores, análogos a los de las superficies en que habían sido depositadas. Las experiencias célebres de Poulton demostraron la posibilidad de modificar el color de ciertas crisálidas, haciendo evolucionar sus larvas en cilindros de vidrio cubiertos de papeles de diversos colores. Por excepcionales que sean estos hechos, coincidentes con otras observaciones y experimentos de Shaw y de Pouchet, ellos demuestran que existen organismos capaces de reaccionar a una excitación luminosa exterior y de adaptársele en alguna medida, imitando directamente el color del medio.

Conocemos otros hechos que, para ciertos casos, harían pensar que esa imitación del color ambiente ha podido en su origen ser voluntaria, fijándose luego por el hábito y convirtiéndose hereditariamente en instinto de la especie. Existen, en efecto, animales que modifican voluntariamente su propio color para adaptarse al medio, en cuyos casos es visible el valor psicológico que tiene esa disimulación activa como medio de lucha por la vida. No se trata, como en los anteriores, de una acción directa del medio que el animal recibe pasivamente, sino de una reacción activa y brusca del animal mismo.

El ejemplo clásico del género es el del camaleón, cuyo color, amarillo verdoso en la juventud y gris térreo en la vejez, se armoniza más o menos rápidamente con el medio que lo rodea, sin que ello importe atribuirle la propiedad de recorrer toda la gama del iris; más terroso si está entre las ramas del árbol, y más verdoso si entre el follaje, puede en momentos de excitación mostrar manchas rosadas o violáceas sobre el tono claro de los flancos y del vientre. No es un caso único en la historia natural. Hay un pececillo que posee propiedades semejantes; si nada en aguas claras su color es amarillo, pero se cubre de manchas o rayas negruzcas cuando quiere ocultarse entre plantas acuáticas de color obscuro, lo que también se observa cuando se le irrita. Muchos peces chatos, algunos crustáceos, las ranas en cierto grado, poseen la aptitud de modificar con rapidez la intensidad o el tono de su color habitual, adaptándolo a su medio.

La explicación más admitida de estas variaciones de coloración lleva a considerarlas como fenómenos reflejos, en que las excitaciones visuales determinan cambios de posición de una o más capas de células pigmentadas, los "cromatoblastos", que se encuentran en el tegumento y contienen sustancias colorantes. La expansión o contracción de esas células estaría, según Pouchet, bajo la dependencia del sistema nervioso, y su resultado general sería armonizar el tono del color del animal con el del fondo. Para probar que no se trata de una acción del medio, Pouchet repitió sus experiencias en animales privados de sus ojos, no produciéndose el cambio de color; la sección del trigémino suprimió la reacción en la zona de inervación propia de ese nervio.

Todos estos hechos han llevado a considerar que la homocromía movible es una reacción individual, una función activa de los animales en que se la observa. Es posible que sea refleja y no voluntaria, es decir, instintiva; pero todos los instintos se consideran actualmente como antiguos actos voluntarios, que por el uso en el curso de muchas generaciones se han convertido en automatismos reflejos útiles a la especie.