X.—CONCLUSIONES
El carácter humano, como instrumento de adaptación de la conducta al medio, es una expresión sintética de la personalidad. El estudio de la psicología de los simuladores se refiere a una modalidad sintética del carácter, caracterizada por el predominio de la simulación.
En la composición del carácter intervienen diversos elementos de la personalidad; el predominio de algunos produce tipos que pueden clasificarse como sensitivos, intelectuales y volitivos. Sobre esos tipos las cualidades predominantes constituyen los diversos "caracteres humanos".
Los "hombres de carácter" luchan intensamente por la vida y están diferenciados de la masa compuesta por los "sin carácter". La mayor intensidad en la lucha por la vida implica una intensificación de los medios de lucha.
Todos los hombres son simuladores, en mayor o menor grado, siendo ello indispensable para la adaptación de la conducta a las condiciones del medio. Pero la simulación es la nota dominante en el "simulador característico", en quien la simulación es el medio preferido en la lucha por la vida.
Existen dos grupos de simuladores: los congénitos y los adquiridos. En los primeros predomina el temperamento individual; en los segundos la influencia del medio social. En otros casos la tendencia a simular surge sobre fondo patológico.
Por la combinación de su carácter fundamental con otros secundarios, los simuladores pueden clasificarse en tres grupos y seis tipos principales. Los simuladores mesológicos ("astutos" y "serviles"); los simuladores por temperamento ("fisgones" y "refractarios"); los simuladores patológicos ("psicópatas" y "sugestionados").
Los simuladores mesológicos, determinados por el ambiente, exageran una forma normal de lucha por la vida; los astutos y los serviles son harto numerosos.—Los simuladores por temperamento y los patológicos constituyen una minoría; la simulación no es, para éstos, un medio de adaptación a las condiciones de la lucha por la vida, sino el exponente de una modalidad psíquica especial.
NOTAS:
[4] Carlos Alfredo Becú en su estudio sobre "La moral de la Lucha por la Vida", observa que imitar y simular son condiciones de éxito en la lucha por la mejor adaptación a la vida social.
"Si fuera necesario desarrollar aún más esos principios de ética social, llegaríamos a preconizar, no sólo la necesidad de evitar las divergencias, sino la obligación moral positiva de identificarnos, en absoluto, con el medio social. En otras palabras, abdicar de nuestra personalidad, pues su acción podría obstaculizar nuestro triunfo en la lucha. Es lo que se llama habilidad en la vida, englobando en esta palabra un grupo de procedimientos encaminados a templarnos al unísono de nuestros conciudadanos. Es, en resumen, erigir en principio de moral social la supresión de nuestras individualidades, ahogadas en la necesidad de imitar a los demás o simular sus caracteres. Es este un principio darwiniano, cuya excelencia, considerándolo como la mejor templada de las armas para la lucha por la vida, puede ser demostrada también con argumentos darwinianos. Es, en efecto, la reproducción dentro de las sociedades humanas, de una curiosa forma de adaptación al medio estudiada en ciertos insectos por Alfred Russell Wallace, el co-creador de la doctrina de Darwin, naufragado luego en un pantano espiritualista. Llamóle mimicry, que se traduce mimetismo, y consiste en una adaptación tan perfecta del animal al medio, que no sólo ha conseguido organizar su fisiología para la vida en cierto ambiente, sino que ha copiado con pasmosa fidelidad, su forma, tamaño, coloración, etc. De esta manera, el insecto, que vive entre hojas verdes o ramitas secas, consigue parecerse tanto a una hoja o a una ramita, que pasa desapercibido entre ellas, y se libra así de sus enemigos; es, como vemos, un excelente medio de luchar por la vida. Un ejemplo criollo de mimetismo es el mamboretá, lindo bichito vinculado a ciertas agradables reminiscencias infantiles. Es una verdadera hoja de gramilla tierna, y se necesita toda la perspicacia de un muchacho travieso para descubrirlo, cuando, estirando sus patas largas y delgadísimas, se desliza entre las matas de pasto."
Un hombre-mamboretá es el ejemplar más perfecto de la especie, en cuanto a sus aptitudes para la lucha por la vida; a esta conclusión nos lleva una ordenada lógica, partiendo de la doctrina darwiniana. Es, como vemos, un concepto radicalmente distinto del usual en los malos comentadores del pensador inglés, y especialmente, de quienes han intentado edificar sociologías rengas sobre sus principios biológicos.
Sería acaso inútil confirmar con ejemplos la teoría anterior. Basta recordar que la imitación es, según Tarde, la más enérgica de las fuerzas sociales; y esta simple mención del sociólogo francés, me evita la ingrata labor de diluir pensamientos ajenos para confirmar lo propio. Y si de la imitación pasamos al verdadero mimetismo, considerado como medio de lucha por la existencia, los ejemplos no serán menos frecuentes. Son repeticiones de ideas o doctrinas, declaraciones, frases e interjecciones, o bien, en una situación más evidente, copias de insignias, prendas de indumentaria. Recuérdese la importancia de sacar cruces y otros emblemas durante ciertas persecuciones religiosas, o chalecos colorados bajo el gobierno de don Juan Manuel de Rozas. Estos últimos casos de mimetismo, en nada se diferencian del estudiado por Wallace.
"Pero sin recurrir a ejemplos que pueden considerarse excepcionales, bastará un examen imparcial y sensato, aunque somero, para convencernos de que la organización social contemporánea impone ese mimetismo como norma de moral colectiva, y como condición para vivir en sociedad. Recuérdese lo dicho anteriormente sobre la habilidad en la vida.
"La imitación y la simulación representan, pues, en la sociedad, la forma usual de la adaptación; y a este último concepto se reduce, como hemos visto, la idea darwiniana de la lucha por la vida". (Archivos de Psiquiatría y Criminología, Buenos Aires, Septiembre, 1903.)—(Nota de la 3.ª edición).
[5] "La organización del carácter, su desarrollo y su fijación, producen ciertas formas psicológicas completamente análogas a los fenómenos del mimetismo estudiados por los naturalistas. El carácter asume, en ellas, apariencias engañadoras que disimulan su verdadera naturaleza, y la confusión así determinada tórnase, en principio, en beneficio del individuo o de la sociedad, no de ambos. El hombre suele tener interés en disimular su carácter. Simula entonces voluntaria y conscientemente, o por el contrario, instintivamente, cualidades o defectos que en realidad no posee o posee débilmente.
"Algunas de estas simulaciones se observan corrientemente. Las más voluntarias, y por eso mismo accidentales, no constituyen un sistema constante. Sábese, de ha tiempo, que a los perezosos gusta asumir actitudes provocativas, para ocultar su escasa bravura y evitar que los demás procuren comprobarla. Esto es ya semi-voluntario y semi-instintivo, pudiendo manifestarse continuamente o producirse por casualidad...".
"La simulación preséntase bajo dos formas principales, simétricamente opuestas. En la primera, mediante una fuerte inhibición, compénsase una tendencia exuberante que podría ser peligrosa, dejando ver solamente los rasgos opuestos a la tendencia que se desea ocultar. En la segunda, en cambio, simúlase activamente una tendencia que en realidad no existe. Hay, principalmente, disimulación en la primera forma, y simulación en la segunda; en esto no hay nada absoluto. La disimulación simula la cualidad opuesta a la que se oculta y la simulación disimula la cualidad opuesta a aquélla cuyos síntomas se ponen en evidencia". F. Paulhan, "La simulation dans le caractère", en Revue Philosophique, Diciembre 1902 y Mayo 1903. (Nota de la 3.ª ed.).
[6] Merecen especial mención dos artículos de Paulhan, aparecidos en la "Revue Philosophique". En el primero estudia la disimulación de los sentimientos afectivos (el falso impasible), en el segundo la simulación de los mismos (el falso sensible); en ambos casos el simulador procede movido por un propósito netamente utilitario, procurando adaptarse al sentimiento social del medio en que vive. Ambos estudios son de una concepción y una claridad casi perfectas.—(Nota de la 3.ª edición).
[7] Ramos Mejía ha estudiado particularmente Los Simuladores del talento, en un interesante libro de proyecciones políticas.
"Estos hombres mediocres e inútiles que son la expresión humana de aquella animalidad defensiva, tienen en su espíritu, como los paralíticos y los mudos en su cerebro, suplencias de extraordinaria aplicación, el don de espera del batracio oportunista, las transmutaciones de la forma, el uso del color, las actitudes, las complicadas comedias de todo lo que hiere el sentido alerta de sus enemigos. Todo ello no les sirve para agredir, sin embargo, porque la iniciativa es propiedad del talento como la fecundidad de la vida; pero se defienden con armas cuyo uso y mecanismo ignora aquél, porque es inocente y sin malicia frecuentemente...".
"Ciertas aptitudes dispersas que por una educación progresiva han llegado a un desarrollo considerable, establecen por el uso la corrección falaz de un funcionamiento complicado, alcanzando a constituir verdaderos aparatos mentales, que invitados al movimiento por cualquier remoto peligro, entran en acción con la regularidad de un mecanismo registrador. Tales aparatos están generalmente constituidos por grandes o pequeñas disposiciones para la simulación: aptitudes y actitudes, ambas combinadas, porque en el fondo no hay otra cosa que histrionismo desvergonzado".
"Tienen en el espíritu todos los elementos de la ilusión y un dispositivo teatral por medio del cual, combinando simples manchas, dan en el lienzo la sensación completa de cosas que a la distancia resultan acabadas; con la escoba sugieren la sensación de un hombre, con un diario una bandera, con el bastón un cetro y si el público tiene cierta disposición, que las precauciones y el interés de otros han suscitado, resultan: estigma de la gloria las erupciones, cicatrices los traumatismos y rastro de la vigilia estudiosa las ojeras libertinas de la mala noche...".
"En la esgrima de estas aptitudes de protección, el defensivo suele tener golpes de éxito que le equiparan al genio; porque llegar a la cumbre sin talento, ilustración, virtudes domésticas elementales, siquiera, es, sin duda, poseer un género singular de superioridad. ¿No lo tiene, acaso, el que por medio del silencio recamado con la falsa pedrería de los gestos, de los monosílabos y exclamaciones, mantiene por largo tiempo la sensación de su misteriosa existencia? Hay un arte, casi estoy por decir que es una ciencia, que enseña a vislumbrar los provechos del silencio y revela el secreto de sus usos, educando la perseverancia y el dominio tan útil sobre la fisonomía y los nervios. Poseerlo es una de las características más humanas de la protección. ¡Cuántas cosas no teje detrás de él la imaginación popular! Pero ¡ay! de él, el día en que el defensivo, a fuerza de tironeársela, pierde en un instante de desequilibrio la preciosa virginidad de la lengua, entregándose a un verdadero libertinaje verbal que le arranca violentamente de aquel olimpo prestigioso de la sombra...".
"No es menos defensiva, en muchos casos, la misma oratoria, cuando como ese silencio fructífero, se emplea para ocultar pobrezas mentales vergonzantes. Ese orador verboso, pero estéril, de todos tan conocido, es el tipo del defensivo superior, mezcla curiosa de tintorero astigmate, por la abundancia de colores chillones que maneja; de pirotécnico, por el ruido inútil que produce; de cómico, por el gesto abusivo, la pose sugerente, el ademán de atleta y de augur confundidos fraternalmente, con que sugiere la sensación de plenitud, en el vacío. Nadie, como él, más feliz, cuando despliega sus abundantes trapos de serpentina, dominando la atención de la simplicidad de espíritu, con aquella verbosidad venturosa que pone láminas a su inútil facundia. Es el espíritu más consumado de prestidigitación psicológica, el mentiroso emotivo por excelencia. Su charla no es jamás vehículo de ideas, o si a las veces existe alguna, lo que parece bien raro, es sólo en un estado tal de dilución, que no sería posible pescarla en aquel mar de papelillos multicolores. Algunos, más alados que otros, suelen en ocasiones suspenderse un poco más arriba de la tierra, porque con la maravillosa inflexión de la voz y algunas otras raras cualidades puramente externas, o encantan el oído o sorprenden la sensibilidad tocándola con mansedumbre. Por ese medio acaban por dominar el corrillo, desterrar el aburrimiento de la expectativa y conquistar el prestigio de la atención en los cerebros dóciles al engaño. Su habilidad protectiva, está principalmente en detenerse cuando ya asoma dentro de su incoercible verborragia la vaga silueta de aquel delicioso macaneador, cuyo espíritu, tan ingenuamente expansivo, vela siempre experto dentro del alma del orador. Hay que reconocer, con todo, que tiene la facultad de hacerse oir siempre en los más graves problemas, por la audacia en el abordaje, la felicidad envidiable en la cita y aquella rara habilidad con que pone al servicio de todas las inteligencias la chispeante vulgarización de las arduas cuestiones".
"Deben tener, y la tienen sin duda, una función prevista todos estos defensivos inferiores que en ocasiones flotan tan arriba, subsisten y se mantienen por raras virtudes de organización animal hasta por encima del talento excelso y de los verdaderos méritos. En tan complicada dinámica, ¿no habrá alguna ley de equilibrio que reclame su menudo concurso como en las trascendentales de la vida la tiene el gusano y el molusco, que transforman la naturaleza de los terrenos y alteran el curso de los ríos por simple acumulación? Ya que no pueden sacar de sí mismos la fuerza que necesitan, se injertan otra alma, suerte de autoplastia moral que les permite usar una postiza y hacer alarde de la abundancia falaz que transitoriamente los redime de su inferioridad...".
La tesis de este libro es paradojal; es necesario poseer talento verdadero para efectuar con éxito semejante simulación del talento.—Los Simuladores del talento, Buenos Aires, 1904. (Nota de la 3.ª ed.).
[8] Como complemento lógico de su paradojal estudio sobre los simuladores del talento, examina Ramos Mejía a los disimuladores del talento; esta disimulación es un hecho posible, aunque no frecuente.
"Así como hay quien simule el talento para vivir y triunfar en la lucha por la vida, así hay también quien, con el mismo fin, lo disimula; de manera que, frente al grupo numeroso de los simuladores está el de los disimuladores.
"La disimulación es una función tan defensiva como la otra que le hace pendant. Difieren ambas en que aquélla tiene un carácter de mayor pasividad y es menos dramática en sus procedimientos. Y, sin embargo, es más fácil disimular que simular, porque el disimulo, que no tiene el poder sugerente de la mímica y del ruido, se presta más fácilmente al análisis y al examen de la curiosidad que a menudo fracasa frente a la deslumbrante movilidad de ésta. La impenetrable quietud del disimulador ofrece un procedimiento menos rico de recursos y de engaños que la inquieta variabilidad del simulador.
"El reducido despliegue de sus aptitudes defensivas, se limita generalmente a achicarse, a reducir la superficie de agresión para ofrecer menos flancos al ataque y pasar más fácilmente desapercibido. Posee un dominio genial sobre las funciones de relación, la fisonomía y la emotividad, de manera que ningún agente de perturbación sensitiva pueda tomar de sorpresa a la más inquieta fibra muscular o al más humilde de los cilindros nerviosos que conduce impresión o movimiento. La oclusión completa de todos los canales de exteriorización, para que todas las funciones circulatorias de la sensación se hagan debajo de la superficie tegumentaria, constituye algunas de las tantas ruedas del aparato destinado a imitar la muerte y el silencio, la indiferencia y la insensibilidad más completa, a los fines de ocultación provechosa" Loc. cit.—(Nota de la 3.ª edición).
[9] Dos psiquiatras italianos, Penta y Del Greco, partiendo de la observación de los simuladores patológicos, y especialmente de los simuladores de la locura, se inclinan a ver en la simulación un carácter psicológico inferior, un estigma degenerativo. Todo lo expuesto en el presente volumen demuestra que es una de tantas formas de adaptación a las condiciones de la lucha por la vida, una manifestación de la astucia y del fraude, más evolucionada que la brutalidad y la violencia, como instrumento de lucha y de adaptación.—(Nota de la 3.ª edición).