I

Lector, cualquiera que tú seas, con tal que procedas de uno de ésos que llamamos centros civilizados, me atrevo á asegurar que estás cansado de codearte con los personajes de mi cuento.

Así y todo, pudiera suceder que no bastase el rótulo antecedente para que desde luego sepas de qué gente se trata; pues aunque ciertas cosas son en el fondo idénticas en todas partes, varían en el nombre y en algunos accidentes exteriores, según las exigencias de la localidad en que existen.

Teniendo esto en cuenta, voy á presentarte esos chicos definidos por sí mismos.

—«Yo soy un hombre muy tolerante: dejo á todo el mundo vivir á su gusto; respeto los de cada uno; no tengo pretensiones de ninguna clase; me amoldo á todos los caracteres; hago al prójimo el bien que puedo, y me consagro al desempeño de mis obligaciones».

Esta definición ya es algo; pero como quiera que la inmodestia es un detalle bastante común en la humanidad, pudiera aquélla, por demasiado genérica, no precisar bien el asunto á que me dirijo.

Declaro, aun á riesgo de perder la fama de buen muchacho, si es que, por desgracia, la tengo entre algunos de los que me leen, que soy un tanto aprensivo y malicioso en cuanto se trata de gentes que alardean de virtuosas.

Esta suspicacia que, de escarmentado, á más de montañés, poseo, es la causa de que los llamados por ahí «buenos muchachos» hayan sido repetidas veces, para mí, objeto de un detenido estudio. Por consiguiente, me encuentro en aptitud de ser, en datos y definiciones, tan pródigo como sea necesario hasta que aparezca con todos sus pelos y señales lo que tratamos de definir.

Pero como no ha de ser interminable esta tarea, he de reducir la infinita procesión de ejemplares que veo desfilar ante mis ojos, á tres grandes modelos, en cada uno de los cuales se hallan reunidas las condiciones típicas que andan repartidas entre todos sus congéneres.

Primer modelo.—Buen muchacho que ya cumplió los cuarenta años.—Señas particulares, indefectibles: es gordo, colorado, nada garboso, muy escotado de cuello y de chaleco, recio de barba y escaso de pelo. Habla mucho y se escucha.

Segundo modelo.—Buen muchacho que no ha cumplido los treinta y cinco.—Señas particulares: enjuto, macilento, cargado de entrecejo y de espaldas, vestido de obscuro, muy abrochado, largo de faldones y pasado de moda. Este ejemplar tiene, necesariamente, á la vista y como si fuera marca de ganadería, una señal indeleble: verbigracia, un lobanillo junto á la oreja, un lunar blanco en el pelo, una verruga entre cejas y la nuez muy prominente, ó toda la cara hecha una criba de marcas de viruelas. Habla bastante y con timbre desagradable, casi siempre en estilo sentencioso, y á menudo con humos de gracioso.

Tercer modelo.—Buen muchacho que raya en los veinticinco.—Señas infalibles: rollizo, frescote como un flamenco, y miope. Rompe mucha ropa, y procura llevarla muy desahogada; es hombre de poco pelo y de no mucha barba; habla más que una cotorra, muy recio y con los términos más escogidos del diccionario.—Detalle peculiarísimo: antes de adquirir en público el título de «buen muchacho», ha gozado, durante seis años, entre las diversas tribus de su familia, la opinión de hombre precoz.

En vista de todos estos datos, podemos sentar la siguiente regla general:

La edad de los «buenos muchachos» varía entre veinticinco y cincuenta años.

Como detalles comunes á los tres modelos, pueden apuntarse los siguientes:

Son mesurados en el andar; saludan muchísimo, descubriendo toda la cabeza; en sus paseos buscan la compañía de los señores mayores, y en tales casos, miran con aire de lástima á los jóvenes que á su lado pasan, si van muy alegres ó muy elegantes; usan á todas horas sombrero de copa, y se calzan con mucho desahogo; temen de lumbre los tacones altos, y por eso los gastan anchos y muy bajos; sacan chanclos y paraguas al menor asomo de nube en el horizonte, y en cuanto estornudan tres veces seguidas, guardan cama por dos días y se lo cuentan después á todo el mundo; no fuman, ó fuman muy poco, pero chupan caramelos de limón y saben dónde se venden un vinillo especial de pasto y garbanzos de buen cocer; conservan con gran esmero las amistades tradicionales de familia, y al hacer las visitas de pascuas ó cumpleaños, llaman á la visitada «mi señora doña Fulana»; la preguntan minuciosamente por todo el catálogo de sus achaques físicos, y siempre tienen algún remedio casero que recomendarla; se dedican á negocios lucrativos, mejor dicho, están asociados, y en segunda fila, á personas que saben manejarlos bien; y, por último, se perecen por echar un párrafo en público y familiarmente con las primeras autoridades de la población, y se rechupan por formar parte de cualquiera corporación oficial ú oficiosa, con tal que ella transcienda á influyente y á respetable.

Hasta aquí, algo de lo que el menos curioso debe haber visto en esos personajes; desde aquí, lo que todo el mundo puede ver en los mismos si se toma la molestia de levantar los pliegues de la capa con que la señora fama parece haberse empeñado en protegerlos contra críticas y murmuraciones.