III

Si tratáramos ahora de llamar las cosas por su verdadero nombre, deduciríamos de todo lo expuesto, dentro de la más inflexible lógica, que el «buen muchacho» no es otra cosa que un quidam soberbio, entremetido, fisgón é ignorante. Escandalízase de los hombres que, sin remilgos ni estudiadas protestas de humildad, se muestran en lo que valen, y él, con la previa advertencia de que no vale nada, se atreve á meterse en todas partes para imponer su razón á los demás. Á nadie concede competencia para nada, al paso que él, confesándose el último de los hombres, se porta como si la tuviera para todo; no halla en la pluma ni en los labios de su vecino una cuestión que le parezca bastante digna de ocupar la atención pública, y al día siguiente pretende él absorberla entera sacando á plaza pequeñeces y vulgaridades de portería. Ofende á su moralidad un pecado oculto, y él, para enmendarlo, le descubre, le comenta y le propaga; no juega, no jura, no malgasta; pero, con la mejor intención, se conduele á gritos de Juan y de Pedro, que juran, no ahorran y, según sus noticias, juegan. En suma, sus labios jamás se abren para elogiar; siempre para maldecir.

Por lo demás, el ser «buen muchacho» es un gran negocio, máxime cuando el teatro representa una población lo suficientemente pequeña para que todos nos codeemos y nos conozcamos.

El vecino de enfrente, persona que tiene el don de discurrir con alguna claridad más que la multitud, es víctima de una adversidad cualquiera, acarreada por una serie de sucesos inevitables.—Me alegro—dice el rumrum:—ese hombre lo tenía bien merecido; es una mala cabeza, un fatuo, un pretencioso.

Sucédele eso mismo á un «buen muchacho», y dice la Fama:—¡Pícara suerte, que nunca quiere proteger á los buenos!

Acúsasele por alguien de una acción poco edificante, y dice la misma señora:—¡Calumnia!... Fulano no puede ser reo de semejante delito; yo abono su conducta, porque... es un excelente muchacho.

Al primero se le enreda, al pasar, un botón en los flecos del chal de una modista, y doña Opinión, la mala, le marca con el dedo como á un desenfrenado corruptor de la pública moralidad.

Enrédasele al otro la honra entera entre los hechizos de la mujer de su vecino; asoma el escándalo la oreja, y exclama doña Opinión, la buena:—«¡Atrás! que es un buen muchacho incapaz de cometer tan feo delito». Si el escándalo pugna, y forcejea y vence al cabo, la mujer es la serpiente que le ha seducido: todo menos lastimar en lo más mínimo la cándida sensibilidad de su amante.

Hay vacante un puesto que exige á quien ha de ocuparle mucho tacto y mayor experiencia, y, sin saber cómo, empieza á sonar el nombre de un buen muchacho; crece el ruido, fórmase la atmósfera, provéese la plaza en un hombre nulo ó sin merecimientos, y apenas la justicia severa se dispone á condenar la elección, grita el rumor atronador de la Fama:—Me alegro, porque el elegido es... «un buen muchacho».

Trátase de una heredera rica que se halla en estado de merecer, y al punto dice aquella señora:—«¡Qué buena pareja haría esa chica con... Fulano, que es un gran muchacho!». Y los ecos van repitiendo la ocurrencia, y se la llevan á la aludida, y se echa ésta á cavilar, y comienzan las embajadas oficiosas de los aficionados á la diplomacia casamentera, y aceptan la mediación las partes beligerantes, y...—«es cosa hecha»—exclama un día con aire de triunfo la gente.—Y añade:—«y me alegro, no solamente por el novio, que es un buen muchacho, sino por lo que van á reconcomerse los otros».

...«Los otros», lector, son los desheredados de la fama de «buenos muchachos», que tal vez no conocen á la novia, y que, de seguro, no han cruzado una palabra con ninguno de los que forman la opinión que tan cordialmente antipática se les presenta.

Cuando un padre sencillo reprende á su hijo por una falta propia de la edad, vuelve los ojos con envidia á un «buen muchacho»; si éstos no van al teatro más que dos veces por semana, no se puede ser hombre de bien yendo tres; cuanto en costumbres es un pecado, deja de serlo desde el momento en que le comete un «buen muchacho»; las mamás los miran con un memorial en cada ojo; las autoridades los saludan como á las mejores garantías del orden... hasta los agentes de policía los acatan y reverencian, porque ven en ellos otros tantos futuros concejales...

Júzguese ahora del riesgo que yo corro al estrellarme contra tanta popularidad... y eso que todavía no he dicho que un «buen muchacho» es necesariamente tonto de remache.

Y dirá aquí el lector cándido:—¿Cómo puede un tonto adquirir tal fama de discreto?

Y pregunto yo á mi vez á ese lector:—¿Han sido nunca otra cosa los ídolos del vulgo de levita?

Por de pronto, apuesto una credencial de «buen muchacho» á que si yo tomo de la mano á un hombre, de los muchos que conozco, que se pasan la vida luchando brazo á brazo con la adversa fortuna, sin reparar siquiera que á su lado cruzan otros más felices con menores esfuerzos; á uno de esos hombres verdaderamente discretos, verdaderamente generosos, verdaderamente honrados; apuesto, repito, la credencial consabida á que si le tomo de la mano y le saco al público mercado, no encuentro quien le fíe dos pesetas sobre su legítimo título de buen muchacho, título que se le ha usurpado para ennoblecer á tanto y tanto zascandil como se pavonea con él por esas calles de Dios.

Por tanto, lector amigo, y para concluir, voy á pedirte un favor: mientras no se adopte en el mundo civilizado la costumbre de dar á las cosas y á las personas el nombre que legítimamente les pertenece, si por chiripa llegara yo á caerte en gracia (lo que no es de esperar) y desearas darme por ello un calificativo honroso, llámame... cualquier perrería; pero ¡por Dios te lo ruego! no me llames nunca buen muchacho.

1867.