II

No vaya á creerse que el tío Jeromo, porque tiene un hijo estudiante, es hombre rico tomada la palabra en absoluto; el marido de la tía Simona tiene, para labrador, un pasar, como él dice. Pero en la familia hay una capellanía que ningún varón ha querido, y el tío Jeromo sacrificó de buena gana algunas haciendas para ayudar á costear la carrera á su hijo mayor y asegurarle la pitanza, ordenándole á título de aquélla, cuyas rentas, por sí solas, no alcanzaban á tanto. Eso sí, y bien claro se lo solfeó á su hijo:—«Si llegas á gastar los cuartos que me valieron las tierras sin cantar misa, Dios te la depare buena, porque, lo que es yo, te abro en canal.»

Contribuyó mucho á que el chico entrara en el Seminario, el consejo del mayorazgo de la Casona. Este sujeto había estudiado un poco de latín en sus mocedades, y era tan pedante, que sólo por tener alguno con quien lucir su sapiencia, insistió con tío Jeromo un día y otro día hasta que logró decidirle á que su hijo aprendiera latinidades. Y tan obcecado es el mayorazgo en su saber, y tal es su pedantería que, ingresado ya el primogénito del tío Jeromo en el Seminario, varias veces ha querido renunciar á las vacaciones por no hallarse cara á cara con el vecino, que le asedia con latinajos arrevesaos, como dice el estudiante.

Huyendo, pues, de encontrarle en alguna calleja ó sentado en el banco del portal de su padre, como suele estar todos los días, el seminarista ha salido tarde de su celda con el objeto de entrar de noche en el pueblo; y esto es lo que explica su tardanza, que ya va metiendo en cuidado á la tía Simona.

Pero lo que ésta no sabía, ni sospechar pudo el mismo estudiante, fué que, habiéndose éste sentido con sed y decidido á echar medio en sangría en la taberna del lugar, que halló al paso, huyendo de la máxima de su padre de que «el agua cría ranas», lo primero con que tropezó, antes que con el tabernero, fué el mayorazgo, el cual, al guiparle, le enjaretó un «amice, ¿quo modo vales?» que quitó al estudiante hasta la sed.

—¡Cóncholes con el hombre!—murmuró el interpelado, recogiendo otra vez el lío de ropa ó sea el balandrán y dos camisas sucias, que había puesto sobre un banco al entrar en la taberna.

¿Unde venis? ¿Quórsum tendis?

—¡Jeringa, digo yo!; que traigo andadas cuatro leguas á pie, y no estoy pa solfeos de esa clase. Queden ustedes con Dios.

—Aguárdate hombre. ¡Que siempre has de ser arisco!

—Y usté preguntón. Y es que el mejor día le echo una zurriascá de latín que no se la sacude en todo el año…. Porque yo también…. Pues si le entro á teología, veremos ónde usté se me queda.

Parce miqui, incipiens sa-cerdo.

—Cuidado con la lengua, le digo, que aunque parece que no entiendo, ya sé traducir…. ¡Y si se me hincha la paciencia!…

—Eres un pobre hombre y no tienes nada del virum fortem…. No corras tanto, ¡caramba! ¡Tras de que deseo acompañarte hasta tu casa!…

De poco sirvió al mayorazgo esta reprensión. El seminarista apretó el paso, renegando de su mala estrella; dejó á medio camino al importuno, y no paró hasta la cocina de su padre, donde se presenta con el humor más perro del mundo.

—¡Cóncholes, qué hombre!—exclama por todo saludo al hallarse entre la familia.

—Pero ¿qué te pasa?—dice el tío Jeromo.

—¡Qué me ha de pasar? Ese fantasioso de mayorazgo…, ¡siempre con su latín!

—¿Y qué cuidao te da á ti? ¿No has estudiao tres años ya? ¿Por qué no le contestas?

—Porque no soy tan jaque como él…. Y luego él ha estudiado por otro arte. El mío no trae todas esas andróminas que él sabe…. ¡Cóncholes!, como quisiera entrarme á piscología … ¡sé más de ello!

—¿Y cuándo cantas misa?—añade la tía Simona cayéndosele la baba y mientras contemplan de hito en hito al estudiante sus dos hermanos.—Mira que el lugar está perdío…. El señor cura es tan viejo….

—Y que no sabe una palabra, madre. ¡Si fuéramos nusotros! ¡Cóncholes, cuánto aprendemos! Verán que sermones echo los días señalados….