II
In illo tempore, es decir, los mismos doce años ha, pasé yo una temporada en la lindísima villa de Comillas. Camillas, lector, en la costa, á seis leguas al Noroeste de Santander, tendida sobre el lento declive de un cerro, arrullada por un lado por el inquieto mar de Cantabria, y protegida por los demás por una suave cordillera de pintorescas colinas, era una población verdaderamente deliciosa, no por sus condiciones topográficas solamente, pues bajo este aspecto hoy es mucho más bella que entonces, sino por las especialísimas que concurrían en el carácter de su pequeña sociedad.
Empecemos por decir que sin una sola vía de verdadera comunicación con el resto del mundo, y á cinco leguas de distancia de la carretera nacional, era punto menos que inaccesible al trato de la moderna civilización.
Este aislamiento perpetuo, tratándose de familias enlazadas entre sí, como aquéllas, por vínculos de parentesco ó de una amistad íntima, había impreso en su vida el carácter de unidad y de sencillez, verdaderamente patriarcales, que seducía á los pocos forasteros que hasta allí llegaban. La clase acomodada, muy numerosa en proporción de la pequeñez de todo el vecindario, era lo suficiente ilustrada para hacer agradabilísimo su trato, sin el refinamiento que hoy distingue á la culta sociedad, con grave deterioro de los puros y santos afectos; y aunque los hijos de estas familias salían á las universidades y viajaban, llevando siempre consigo tan bello recuerdo de la madre patria, cuando á ella tornaban deponían de buen grado los resabios adquiridos en el mundo, y volvían á ser sencillos comillanos. De este modo, aquella sociedad era siempre apacible, cariñosa y hospitalaria.
Por mi parte, unido por estrechos lazos de parentesco á muchas de sus familias, creo tener en esta sola circunstancia motivo sobrado para evocar con satisfacción estos recuerdos. Para pagar con ellos las horas de verdadero placer que aquel pueblo me ha proporcionado no serían bastante.
Una noche oí decir á una venerable mujer que ya pasaba de los sesenta años, que su mayor satisfacción sería ver un coche.
Otra señora, tan anciana como ella, le respondió:
—Dios te libre de esas tentaciones. Yo quise una vez salir á ver un poco el mundo; y, con intención de no parar hasta Santander, llegué á Torrelavega. Era día de mercado, y estaba la villa, ¡madre de Dios!, que daba miedo. ¡Cuánta gente! ¡Qué ir y venir bestias, carros y diligencias! Te aseguro que aquello me espantó; díjeme: «esto no es para mí…»; y volvíme á casa dando gracias á Dios por la paz que quiso concedernos en este bendito rincón.
Para dar una idea del color verdaderamente local de la población comillana, bastan estos dos ejemplos.
La clase del pueblo, compuesta casi en su totalidad de marineros y pescadoras, era morigerada y nobilísima en sus instintos. Para ella el mundo era Comillas y su mar; y el mejor placer, después de una misa solemne con «el órgano nuevo», oir los relatos de algún licenciado de barco de Rey.
Los mayores títulos de gloria de los comillanos eran haber dado la villa tres Arzobispos[22], muchos notabilísimos marinos y varios capitalistas riquísimos que, aunque residentes en Filipinas, Cádiz y otros países tan apartados, demostraban á cada paso, con limosnas y presentes de todos géneros, su amor al pueblo de su naturaleza; y sobre todo, haberse construído el magnífico templo que se levanta en la plaza, que, acaso, en su género, es el mejor de la provincia, á expensas de los mismos comillanos.
Un proverbio popularísimo entre ellos acabará de dar á conocer hasta qué punto vivían dentro de sí mismos y en sus elementos naturales, y lo lejos que estaban de pensar en que pudieran contagiarse algún día del carácter moderno. Este proverbio era el siguiente:
«Comillas será Comillas por siempre jamás, amén».
He dicho era, porque supongo que en la actualidad no se atreverá á repetirle, con fe á lo menos, ningún hijo de aquel pueblo. Veamos en qué me fundo para creerlo así.
Seis años hace volví á Comillas. Una cómoda y ancha carretera había sustituido á la escabrosa y angostísima senda antigua: y en lugar de cabalgar sobre el peludo y escueto jamelgo que antes conducía por ella al viajero, tomé un mullido asiento en una de las diligencias que se han establecido entre Torrelavega y la villa de los tres Arzobispos.
Á medida que á ella me aproximaba, iba desconociendo más y más el terreno, hallándole descarnado en muchos sitios, revuelto en otros, poblado de trabajadores y cruzado por zanjas, trainwais y túneles á cada instante. Buscando con mis ojos la primera casa del pueblo, que antes se destacaba sola, como un centinela avanzado de él, tuve que detener la mirada bastante más atrás, en un edificio del moderno estilo industrial, que arrojaba á borbotones por una alta chimenea el humo espeso del carbón de piedra. Era uno de los hornos de calcinación del mineral de calamina que á la sazón se extraía (y sigue extrayéndose) de las entrañas de los cerros inmediatos.
Más adelante, caras barbudas con el sello francés más puro; otras medio ocultas bajo la boina vasca, y otras indígenas, pero todas veladas por el polvillo amarillento de la calamina, pasaban rápidas por delante de las ventanillas del coche, que al cabo penetró en la primera calle de la población. Aquí, como en la carretera, mil objetos que llamaban mi atención por lo inesperados. En el portal en que en otros tiempos se sentaba á tejer sus redes un pescador, alisaba el mango de su azadón un fornido vizcaíno; en el balcón en que antes vi á la familia de un pobre labrador desgranar las panojas de la última cosecha, fumaba en larga pipa un belga, calzado con altas botas de cuero; y en lugar del cobertor tradicional y las madejas de estopa, colgaban de la soga de la solana las bridas de un caballo y ancho gabán impermeable; á la puerta de una taberna estropeaba el castellano el tabernero para convencer á un alemán «cerrado», de que lo que le había vendido por gin no era, como parecía, rescoldo; en la plaza, donde paró el carruaje, circulaban entre la boina de los vascos y el gorro verde y colorado de los marineros de la población, la leve pamela de la Fuente Castellana, y entre la camiseta de bayeta verde y la blusa azul de los obreros, el brillante gabán de seda sobre el esbelto talle de las hijas del Manzanares y del Sena. Hablábase en un grupo el vascuence, en otro el francés, aquí el alemán y allá el inglés; y para colmo de mi sorpresa, el sombrío palacio de los Trasierra, sobre el punto más elevado de la población, y en otro tiempo cerrado y misterioso, como si dormitara entre los recuerdos de su época, había abierto anchas puertas á la moderna luz y engalanado sus fachadas; y no descansaba como antes sobre escombros y zarzales, sino sobre ameno y florido campo; cultivado por diestro jardinero.
En los pocos días que pasé en Comillas busqué en vano lo que tan placentera me había hecho en otro tiempo mi residencia en la misma villa. Todo se hallaba transformado allí. El pequeño puerto, casi inaccesible antes á las lanchas pescadoras, se había reformado, penetrando ya en él buques de muchas toneladas y sobre el muelle en que únicamente se pesaba el pescado fresco en modesta romana, crujían las grúas y se revolvían con dificultad carros, básculas y trabajadores. Una cómoda carretera facilitaba la subida desde este punto á la población, y desmontes, murallas y demarcaciones, anunciaban nuevos proyectos de considerables reformas.
Lo mismo que el de la villa, el carácter de su sociedad era nuevo para mí. Touristas madrileños, hombres políticos y altas jerarquías militares, damas modeladas en el más genuino troquel del mundo moderno, invadían los salones en que ya se cantaban dúos y cavatinas, y se bailaban lanceros y cuadrillas, y se amaba y se coqueteaba según la flamante escuela.
El Comillas clásico no existía ya: lo que yo estaba viendo era un pueblo industrial como otro cualquiera, favorecido, durante el verano, por una escogida sociedad de forasteros que habían impuesto á la clase indígena acomodada sus costumbres, como la industria había reducido á sus exigencias los hábitos patriarcales de la masa popular.
Un francés encontró en una ocasión un pedrusco de calamina sobre aquellos terrenos; indagó con cuidado, dió con un filón poderoso, formóse una sociedad explotadora…, y he aquí la causa de tan repentina como radical transformación.
Y júzguese, en vista de lo que antecede, si podrá decirse hoy de buena fe, como ayer se decía, por algún comillano del antiguo régimen, que por casualidad pareciese, desorientado entre el actual movimiento de su pueblo,
«Comillas será Comillas por siempre jamás, amén».
FOOTNOTES:
[Footnote 22: Hoy, con la reciente elevación del señor don Saturnino Fernández de Castro á la Silla episcopal de León, son cuatro los prelados hijos de Comillas. (Nota del A. en 1876.)]