III

Cuando la lancha llegó al costado del vapor, la multitud que se había quedado en la rampa del Muelle, no distinguiendo más que un pequeño bulto negro en la superficie del agua, se fué retirando poco á poco y reduciendo á un solo grupo, formado por las familias de los marineros ausentes. Este grupo unido, compacto, como si en semejante cohesión hallase cada uno más pequeña su desgracia, comenzó á andar tristemente, consolando los hombres á las mujeres y éstas á los niños.

Sobre las figuras de aquel triste cuadro se destacaban los hombros y la cabeza de Tremontorio, que, como no tenía familia propia, adoptaba por suyas á todas las demás. Hombre corrido por los mares y desgraciado en levas, pues le habían cogido dos, como dije al principio, era el refugio á que acudían aquellas pobres gentes para saber algo de la suerte que esperaba á los objetos de su cariño.

—Y diga, tío Tremontorio, ¿es verdá que los castigan mucho, que los pegan á bordo?—preguntaba, entre sollozos, una pobre mujer.

—¡Quita d'ay!…; pataratas y na más que pataratas…. ¡Qué los tienen de pegar, tiña? ¡Pus no faltaba más! Eso era en un prencipio…. Yo no acancé ya el chicote; conque feúrate…. Además, el tu marido es hombre que sabe cumplir con su obligación, y lo pasará bien…. Lo que es á bordo, como no salga nostramo[6] con malas entrañas, no hay cuidao. Ahora, si es de esos atravesaos que dan al diablo que hacer, y le toma á uno sobre ojo, ¡válgame Dios!, lo mejor que se le antoja es mandarle á uno á fregar la perilla del mastelero de mesana, ó á tomar un riso á la gavia más alta, sin necesidad, en una noche de borrasca…. Pero, ¡quiá!, ya no se ve de esto…. Ahora da gusto servir en barco de rey.

—¿Y aónde los echarán ahora?

—Pues, por de pronto, van al Ferrol. Estarán en el departamento unos días; dempués á éste en la freata, al otro en el bergantín, al de más allá en el vapor, me los van embarcando á toos poco á poco. Unos se quedarán en da que guardacostas por los mares de acá, y se refiere tó ello á ná, á barloventear, como quien dice, de este puerto al otro, y á correr un chubasco de vez en cuando; pero como nos conocen estas aguas, no hay cuidao por ello. Otros irán á la otra banda, al apostaero. Allí la cosa tiene de too: poco trabajo, buena ginebra, buen tabaco y buen café; pero hay que sudar el quilo á cada paso…. Dispués, hoy que la cólera, mañana que el gómito negro…. ¡Tiña, y qué intención más mala tienen estos incomenientes con el probe marinero!… Al que acanzan con el bichero, hasta que le matan no le dejan. Si á usté le encajan en Manila, hasta el pan se conjura contra uno; el cuerpo no es más que una remanga en aquella tierra: lo mismo da llenarle, que no llenarle, que hace más agua que un casco viejo; y en cuanto se desembarca, no le queda una gota adrento. Un mes en aquellos mares, deja al hombre que no le conoce la madre que le parió…; ¡tiña, más amarillo y más relambío se pone!… Guerras no hay ahora que le obliguen á uno á soltar un par de andanas á cada instante…; y como nusotros, en la Ferrolana, vimos cuantos mares Dios crió y cuanto mundo se pué ver, ¿á qué ha de ir naide ya por onde nosotros fuimos? ¡Tiña, no lo quiera Dios…; que hoy se asa usté vivo, mañana se aterece de frío, aquí calenturas, más allá sarna…; ¡hombre, qué climen más endino!…; ¡y qué gente, me valga Dios!; más colores tiene que una julia.—Tocante á las campañas de hoy, no hay que tener cuidao…. Conque…, ánimo, ¡tiña!, que de menos nos hizo Dios…. Y aquí estoy yo que no me he muerto, y ha hecho la suerte conmigo cuanto puede hacer un tiburón detrás de un bote…. Y no digo más.

El bueno de Tremontorio siguió largo rato consolando, á su manera, á aquellas pobres mujeres, hasta que el grupo, compacto siempre y cada vez más numeroso con la turba de chiquillos que se le iban agregando á su paso, cambió de rumbo al llegar al Consulado, y se internó en la población; y yo, que maquinalmente le había seguido escuchando á Tremontorio desde la Punta del Muelle hasta aquel sitio, perdíle en él de vista y continué hacia la Ribera, vivamente impresionado con las escenas de que había sido testigo aquella tarde.

Cuál sería la base de todas mis meditaciones, se adivina fácilmente; qué remedio fué el primero que se me ocurriera para evitar males tan considerables como el que deploraba entonces, no debo decirlo aquí por dos razones: la primera, porque, en mi buen deseo, puedo equivocarme; y la segunda, porque, aunque acierte, no se ha de hacer caso alguno de mi teoría en las altas regiones donde se elabora la felicidad de los nietos del Cid. Pobre pintor de costumbres, aténgome á mi oficio: copiarlas como Dios me da á entender y hasta grabarlas en mi corazón.

Por eso, mientras expongo este bosquejo á la consideración de los hombres que pueden, dado que se dignasen echar sobre él una mirada, puesta mi esperanza en Dios, que es la mayor esperanza de los desgraciados, me limito á exclamar, desde el fondo de mi corazón, con mi tierno amigo Bustillo:

«¡Ay, Señor! Pues la ley en su rigor los afectos no concilia, haz que los hombres se hermanen, porque al luchar no profanen el amor de la familia.»

FOOTNOTES:

[Footnote 6: El contramaestre.]