III

Uno de los pastores, jefe á la vez de los demás, penetró en el ancho círculo que formaban los asistentes; paróse enfrente del alcalde; arrojó al suelo un saco casi vacío que llevaba al hombro; descubrióse; cargó el cuerpo sobre el garrote; balanceóse un poco en esta postura; esparrancóse; escupió tres veces; pasó una manga de su camisa por debajo de las narices, y después de obtener el permiso del alcalde, habló de esta manera:

—Pos … salto y digo: ahí está la cabaña, como se habrá visto. En la cabaña hay de too, como en la viña del Señor; porque musotros, á la res que es de mal pacer y de peor engordar, no podemos mejorarla, á no hincharla con una paja. Esto es claro como el sol del megodía. Pos digo yo ahora: hay que tener en cuenta que el verano ha sío fatal; hoy que la ventisca, mañana que el aguacero, el pasto se ha reblandecío, y pué ecirse que el ganao no se ha visto limpio de despeño. De salú, bastante bien: sólo han fenecío una vaca de tío Pedro Meñique y una novilla de la viuda del Cevil. La una murió de un empanderao, y la otra de un mal, á manera de perlesía. Dióseles lo que manda el aquel, vamos al decir, del hombre que lo entiende; pero no les acanzó.

El pastor, al decir esto, metió en el saco la mano y sacó de él dos cuernos de diferente forma y tamaño.

—Aquí están las gamas—dijo, levantando en alto los dos retorcidos apéndices.

El alcalde llamó á los dueños de las reses muertas, para que se presentasen á reconocer los restos que el pastor exponía á la consideración del concejo, para cumplir con un requisito exigido por éste.

Pedro Meñique y la viuda del Cevil reconocieron, contristados, las astas de las reses que respectivamente les habían pertenecido, y de cuya muerte ya tenían noticias, aunque vagas, antes de la llegada de la cabaña.

En seguida preguntó el alcalde si había algún vecino que tuviera que hacer daque cargo á los pastores.

—¡Pido la palabra!—dijo, saliendo á primera fila, un hombre muy entrado en años, cano de greña, enjuto y ahumado de carnes y ronquillo de voz.

—Hable Garabiel Pernías—díjole el alcalde.

—He pedío la palabra al auto de que he visto que la vaca mía que fué bien trisná al puerto, vuelve en los puros huesos y con un ojal en salva sea la parte, que mete miedo; y como el hombre no gana su probeza tumbao panza arriba, y yo sudo los güétagos pa ver de conservar la que tengo, quiero que se me satisfaga, como es justo, al respetive de la vaca.

—Tocante á la vaca—replicó el pastor,—tocante á la vaca, tío Garabiel, usté sabe mejor que yo que la vaca es una cabra condená que no se pué hacer vida de ella. Los cinco sentíos del alma le pone uno encima, y con too y con eso no se la pué meter por vereda. Si usté la chifla pa golvela, malo; si usté la vocea, pior; si se la apedrea, ¡me valga el Señor!, no la alcanza un galgo…. Pus évate que voy, amigo de Dios: hace ocho días, trepa la condená por un pedregal arriba á pacer unos matorrales que estaban entre un cajigaluco; salgo detrás de ella, hace la feguración de echarse cancia el desfiladero que estaba por la banda de atrás, atájola yo corriendo, asústase más la endina, échase de prisa por onde había subido, rueda como una pelota, y rásgase el pellejo contra la punta del peñasco. ¡Ésta es, tío Garabiel, la pura verdá; y si otra me queda en el cuerpo, que con ella reviente!

—¡Sastifecho!—dijo con solemnidad Garabiel Pernías, retirándose á la segunda fila.

Otro de los que formaban en ella salió en seguida á la primera, y endilgó al pastor estos cargos.

—Yo mandé al puerto una vaca geda de siete meses, y pa el efeuto de destetarla, dejé la cría en casa. La vaca iba gorda, la vaca es lechera, ¡horror de lechera!; la vaca viene hecha un telar, y la vaca no está seca, porque á la vaca acabo yo de ordeñarla en el prao. Yo soy claro como el agua, y no tengo algún aquel en decir que aquí se han corrío voces de que en Mercadal se ha vendío este verano mucha manteca de la cabaña nuestra. Diga el pastor, si á mano viene, de ónde ha salío esa manteca, y por qué no viene seca la mi vaca.

El pastor se rascó la cabeza, escupió por entre los incisivos, y después de pasear su vista por los circunstantes, replicó en estos términos:

—Ya sé yo que más de cuatro, que pué que no estén muy lejos de aquí, por el aquel de hacer mal y porque hay lenguas que atarazás entre dos cantos debieran estar, han corrío por el pueblo lo de la manteca; pero, ¡premita Dios que me trague la tierra aquí mesmo de repente si en el puerto se ha hecho medio cuarterón de manteca, ni se ha bajao á Mercadal más que por el efeuto de comprar dos libras de bacalao y siete maquileros de harina! Pos évate que voy á lo de que la vaca no está seca. Yo puedo hacer güeno con toa la cabaña, si quiere hablar, que el bello de la vaca del señor alcalde mamaba toas las noches á la vaca de usté, y que de esto no tuvimos más auto que de la hora de la muerte, que en santa gloria nos coja, hasta la semana pasá. Yo, bien lo sabe Dios, me comí la feura al conocerlo; pero el hombre, es la verdá, no acanza los imposibles…, y si ha hubío falta, perdonar, que lo que es la voluntá no ha podío ser mejor; y cinco años que llevo en la cabaña cantan bien claro si sé cumplir con mi deber.

—Sastifecho—contestó el interpelante con la misma formalidad que
Garabiel Pernías.

—Señor alcalde—gritó una mujer amortajada entre una saya de estameña negra que le cubría el busto, y otra de bayeta amarilla ceñida á la cintura,—yo quisiera que….

—Usté se calla la boca mientras que yo no la pregunte, porque aquí no tienen voz las mujeres.

—Es que, canijo, yo tamién soy hija de Dios; y si se me murió el marido no fué por culpa mía.

—¿Y qué se le ofrece á usté?

—Pus se me ofrece que cuando fué al puerto la mi novilla se me feura que tenía el pelo colorao, y ahora le trae que tira algo á burreño…; tamién era más juerte de voz….

—Vaya usté mucho con Dios, ¡trapacera!—la interrumpió el alcalde, echando chispas por los ojos.—¡Le paece á usté la sinfonía con que se nos viene?… ¡Taday, simplona!

—Yo pregunto lo que es de mi aquel, ¡ea!

—¡Taday, chapucera!

—¡Juera con ella, que se vaiga á cuidar la puchera!—añadieron por todas partes voces que nada tenían de suaves para la pobre mujer, que en vano gritaba para que se reconociese su supuesto derecho de hablar en aquel concejo.

Salióse, al cabo, del círculo, llorando de coraje, y continuóse todavía un buen rato interpelando al pastor y exponiéndole quejas, muchas de ellas tan impertinentes como las de la desairada mujer; pero como estaban en su derecho los señores hombres al exponerlas, se atendían y ventilaban con el más acalorado empeño.

Agotado el capítulo de cargos, el alcalde preguntó al pastor si no tenía algo que manifestar al concejo respecto al puerto, á la cabaña, á los demás pastores, etc.

—Aticuenta que ná—respondió el interpelado.—Los pastos han sío güenos por la mayor parte: no muy alta la herba, pero finuca y nutría. Dos veces se presentó el lobo á la vera de la cabaña; pero los perros, que saben su obligación, no le dejaron ganas de ripitir: al segundo viaje le atenazaron el rabo, y por un tris no se queda Navarro con él entre los dientes. El toro se escapó una tarde del Sel, porque le provocó el de la cabaña de Vioño; trabáronse de palabras, y el nuestro le arrimó una jaretá de media vara en el cuadril esquierdo, y le hizo golverse en un periquete á la su cabaña. Un pastor de Cóo nos apandó una cría de dos meses, la de la Cordera de tío Celipe Cuartajo: vímosle, juímonos encima, negó, arriméle un garrotazo, cayó á tierra pidiendo miselicordia, y soltó el jato. No ha habío multa denguna ni por el aquel de dir ni por el aquel de venir, porque no se ha saltao una mala cerradura, ni tan siquiera se ha movío una res de la cabaña en too el camino. La vaca de tío Miguel Cerojo tuvo un lubieso en salva sea la parte, pero curó bien; y en la cabaña de Viérnoles, que estaba á la vera de la nuestra, hubo solengua y fenecieron siete cabezas. Nel, mi compañero, pensó que se le había pegao el mal; pero too ello resultó ser una atracá de arenques con leche: rompió á las tres horas, y no tuvo otro aquel. Y con too y con esto no digo más, y acá estamos toos, gracias á Dios, güenos y gordos; perdonar las faltas, porque pecaores semos, y en la gloria nos veamos.

—Amén—contestó el concejo.

Acto continuo se procedió al remate del toro y de los perros; es decir, al de su manutención hasta el día de San Antonio del año siguiente. Adjudicáronse los animalitos á los vecinos que ofrecieron mantenerlos por menos dinero, y se disolvió la asamblea.

Una hora después cada vecino recogía en el prado las reses de su pertenencia, y se encaminaba con ellas á su casa, contemplándolas de paso con tanto deleite como (acépteseme la comparación que voy á hacer, en gracia de que es la pura verdad), como el que puede sentir un padre delante del hijo predilecto que vuelve de la Universidad á pasar con él las vacaciones.

1868.