IV

Con el breve monólogo de don Silvestre al encontrar el nombre de su amigo en la Gaceta, tienen los lectores lo suficiente para saber quién era y de dónde venía el personaje de Madrid; me dispenso, en obsequio á la brevedad, aunque hollando la costumbre, el relato de su historia desde que le perdió de vista el solariego hasta que le volvió á encontrar. Supóngase, y esto baste, que muerto su padre, en cuanto llegó á Madrid, y solo en el mundo, se dedicó á gacetillero, á repartidor de prospectos…, á padre de la patria, á cualquiera cosa; pues por todos estos escalones y otros mil idénticos, hemos visto subir á otros muchos hasta la altura en que habitaba oficialmente el amigote de don Silvestre.

Tampoco detallaré los efectos que en el mayorazgo causaron la bata persa de su amigo y las tapicerías de la habitación en que le recibió. Conocido el tipo, es muy fácil la deducción de estas menudencias.

He aquí el discurso que le dirigió el de la bata, pasadas las primeras formalidades del saludo y del abrazo:

«Amigo mío: estás en tu casa, elige la habitación que más te agrade y establécete en ella con toda libertad. Yo almuerzo solo, á la una y como á las ocho de la noche. Tendría mucho gusto en que me acompañaras á la mesa; pero si estas horas no te acomodan, puedes escoger otras para ti. Un carruaje estará siempre á tus órdenes, y mis criados lo son tuyos á la vez. La índole de mis ocupaciones no me permite acompañarte á ver las curiosidades de la corte; pero este caballero, que es mi secretario particular (y señaló á un elegante joven que escribía á su lado, y que saludó cortésmente), tendrá mucho gusto en sustituirme, y estoy seguro de que ganarás en el cambio. Ni la casa, ni el carruaje, ni toda la obstentación que te ofrezco, te asombren ni te acobarden; soy el mismo Fulano de la villa…, el que te debe dos reales y medio y unos tirantes de goma. Corre, pues, investiga y goza á tus anchas, que luego que te canses hablaremos de tu pleito y de mis planes, y entonces te rogaré que me dispenses lo que pueda haber de egoísmo en lo que ahora estás contemplando como un fenómeno de cariñoso agasajo, poco común en la historia de los hombres de mi talla.»

Don Silvestre era llanote y sencillo; oyó estas palabras con los oídos del corazón, y todas las proposiciones del personaje fueron aceptadas, menos la de sentarse á la mesa á distintas horas que él, pues de esta suerte hubiera creído ofender la generosidad y delicadeza de su amigo. Quedó pues, instalado en la casa el mayorazgo, revolviéndose en ella con el mismo desembarazo que si en ella hubiese nacido. Los extremos se tocan. La falta de aprensión de don Silvestre le prestaba la desenvoltura que á veces no dan las preocupaciones del gran mundo.

Su primera salida quiso hacerla á pie: había ido á la corte para enterarse de todo, y lo conseguiría mejor así que encerrado en un carruaje. Afeitóse bien su barba de ocho días; vistióse una camisa, cuyos cuellos, aunque doblados por arriba un par de dedos, le cubrían la mitad de las orejas; cepilló y se puso su chaquetón pardo y su sombrero de copa negro-verdoso; empuñó su bastón de acebo chamuscado; aseguróse bien de que no falseaban las correas de sus zapatos de becerro, y dijo al elegante secretario de su amigo, como si toda la vida le hubiese tenido á su servicio:—Vamos andando.

Algo disgustaba al elegante ir convertido en cicerone de un ente tan grotesco; pero la intimidad con que le trataba el personaje cortesano le hizo ver en el de la aldea un mandarín inculto, una potencia electoral, un reyezuelo de provincia. Su momentáneo desagrado se trocó bien pronto en solicitud deferente y hasta respetuosa.

Nada de particular halló don Silvestre por las calles, fuera del ruido de los carruajes y del incesante movimiento de la gente. Teníale el estrépito ensordecido, y tan atolondrado, que tropezaba con todos los transeuntes, y rompió siete cristales de otros tantos escaparates por huir de los coches, pensando que le atropellaban. El secretario estaba en ascuas, y lo estuvo más cuando notó que los cuellos del solariego y su cara avinatada llamaban la atención de muchas personas. El mayorazgo, afortunadamente, no lo conocía, pues descansaba en la persuasión de que «en Madrid todo pasa».

Al retirarse, al anochecer, y bajo una temperatura africana, don Silvestre se achicharraba, y quiso refrescar. Entraron en un café. El secretario pidió un sorbete; su acompañado, ignorando lo que aquello sería, pidió otro. Sirviéronles los sorbetes. El de Madrid descogolló el suyo de un bocado, con la mayor limpieza imaginable; el aldeano, que desde que vió llegar los refrescos vacilaba en el modo de acometerlos, imitó á su compañero, ¡en mal hora para el desdichado! Lo mismo fué hincar sus dientes en el gélido amasijo, que revolverse en el café el ruido de un huracán. La inesperada impresión del frío del sorbete produjo en don Silvestre los efectos más estrepitosos.

Del primer resoplido, al morder el helado, fué éste con la copa hasta la mesa inmediata; y como el que ha tragado polvos de salbadera, Seturas escupía, se sonaba las narices y gritaba pidiendo agua, empeñado el iluso en que aquello abrasaba; y, por último, comenzó á estornudar … ¡pero de qué modo!: cada estornudo era un cañonazo bajo los relucientes techos del café, acompañando á cada explosión una lluvia menuda que fué la delicia de los inmediatos parroquianos, durante las quince ó veinte veces que las mucosas de don Silvestre le dijeron «agua va». El estrépito duró un par de minutos.—Cuando las detonaciones se hicieron más débiles y más tardías, como las de una tormenta que se va alejando, la atención pública, hasta entonces en suspenso, comenzó á agitarse, cruzándose entre los parroquianos sonrisas, carcajadas y epigramas, que, afortunadamente, no comprendió el que era objeto de ellos; antes al contrario, pensando sólo en el fatal efecto del sorbete, y durándole aún la sed, comenzó á sacudir garrotazos sobre la mesa y á llamar con toda la fuerza de sus pulmones.

Un mozo se presentó, no poco alarmado con el estrépito.

—¿Qué demonios se puede tomar aquí para quitar la sed, que no se parezca á esa melecina condenada que me has dado?—le preguntó el mayorazgo, señalando el estrellado sorbete.

—Lo que usted pida, señor—contestó el otro, luchando por contener la risa.

—Pues tráete … media de tinto.

—¡De tinto! ¿Cómo?

—¿Cómo? En sangría.

—No le entiendo á usted—dijo el mozo, trocando su sonrisa en expresión de sorpresa.

—Pues la cosa es bien sencilla—añadió el mayorazgo:—¿no hay aquí agua?; ¿no hay azúcara?; ¿no hay rioja?… ¿Pues qué taberna de los demonios es ésta?

Algo como carcajada estalló entre los concurrentes del café; y en seguida comenzaron los epigramas y los apóstrofes más cáusticos. Hubo para los cuellos del mayorazgo, hubo para su colmena, para su cara, para su garrote, y hubo … que contener á don Silvestre, que, embravecido como un toro con aquellas banderillas que tan inhumanamente ponía á su inofensivo desparpajo cerril la intransigente civilización, quiso acometer á garrotazos á aquella turba de enclenques, famélicos, petardistas, vagabundos y tahures que poblaban el salón, disfrazados de personas decentes.

En medio del aturdimiento consiguiente á la escena en que acababa de ser actor, don Silvestre, al marcharse, en lugar de salir por donde entró, se fué hacia la sala de los billares: su acompañante, que temía otro escándalo, le llamó; pero ya era tarde. Una vez en ella se olvidó de lo pasado ante el aspecto de las bolas de marfil, cuyos choques le admiraron como á un niño; y más que las bolas, la locuacidad de un joven de rizadas patillas, gafas y pelo escarolado, que al paso que jugaba carambolas con otro aficionado, era el deleite de los cien curiosos que rodeaban la mesa, sentados sobre duras banquetas, con una profusión de chistes y una procacidad tan verde y desaliñada, que en un cuartel de blanquillos no le hubiera valido menos de un mes de cepo ó una carrera de baquetas.

Don Silvestre no se extrañaba tanto de la desvergüenza del elegante jugador como del eco que en la concurrencia hallaban sus torpezas; parecíale insoportable la impudencia del uno, pero mucho más imperdonable la aquiescencia de los otros.

Y como desconocía el verdadero valor de aquellas baladronadas, tomábalas muy á pechos, y hasta resuelto estuvo á interpelar muy seriamente al de las patillas, cuando le ocurrió preguntar á su acompañante, aún preocupado con el lance del sorbete, qué clase de hombre era aquél que tan bien manejaba la lengua.

—El redactor principal del N …—le contestó el secretario,—director de una sociedad filantrópica, caballero de Carlos III, por una oda dedicada al rey; socio honorario de todos los clubs revolucionarios de París, por una elegía á Marat….

—¡Redactor del N!…—exclamó admirado el interpelante.—¿Entonces hay en Madrid dos periódicos de ese nombre!

—No, señor don Silvestre.

—¡Jesús me valga! ¿Con que es decir que aquel periódico que yo leía en mi lugar con tanta fe, está escrito por este hombre; y aquellos artículos en que tanto se clamaba por el orden, por la moralidad, por el bien de los pueblos, eran dictados por un anarquista cínico y desmoralizado? ¿Conque esas palabras de humanidad, filantropía, compañerismo, religión, hogar, derechos, lejos de ser una verdad en semejantes periódicos, son una burla sacrílega, un insulto á Dios y á los hombres, una explotación innoble de la pública buena fe?

El secretario se encogió de hombros por toda contestación, como diciendo: «este mozo ha estado en el limbo, cuando á su edad ignora lo que aquí saben los chicos de la escuela»; pero don Silvestre, que no entendía de mímica, no supo traducir aquella expresión; y careciendo de otra respuesta, por no romperse el alma (son sus palabras) con el periodista, rogó á su acompañante que se fueran á la calle.

No deseaba éste otra cosa.—Media hora después, limpiándose el sudor con su pañuelo de percal aplomado, hacía don Silvestre en casa de su amigote un resumen exacto de los acontecimientos de su primera salida por las calles de la corte.