IV
Amaneció un día con el viento al Sur, casi en calma: el cielo, sonrosado con algunas nubes aturbonadas; la bahía, como un espejo; la mar, como un lago; la temperatura, á placer; el campo, verde y fragante; las flores, meciéndose sobre los tallos; los árboles, entreabriendo sus hinchadas yemas y asomando por ellas las tiernas esmaltadas hojas, que se estremecían y se desplegaban al sentir por primera vez el calor de los rayos del sol vivificante; la sonora voz de las campanas de todos los templos, llenando de armonías el espacio; y el movimiento y la circulación, interrumpidos por la solemnidad de los días anteriores, restableciéndose bulliciosos en todas las arterias de la población.
—¡Hermoso día!—exclamaban las gentes de tierra, encaminándose á continuar los suspendidos negocios, ó frotándose las manos á la puerta del almacén, ó contemplando la naturaleza desde las entreabiertas vidrieras del gabinete. Y el fervoroso cristiano que volvía del templo, lleno su corazón de místicos regocijos; y el célibe egoísta que, empuñando el roten, se desperezaba á la puerta de su casa, dispuesto á emprender el higiénico paseo extramuros; y el labrador afanoso que arreaba la yunta y dirigía el arado para abrir el primer surco en su heredad; y el bracero menesteroso … cada cual, á su manera, saludaba con himnos del corazón aquel inolvidable Sábado de Gloria de 1878.
Así llegó el sol á la mitad de su carrera, y el afán de los hombres al descanso del mediodía. Entonces se alzaron súbitamente remolinos de polvo en las calles de la ciudad; azotó la cara de los transeuntes una ráfaga de viento húmedo y frío; oyóse el chasquido de algunas vidrieras sacudidas contra la pared; cubrió los cerros del Oeste un velo achubascado; nublóse repentinamente el sol; tomó la bahía un color verdoso con fajas blanquecinas y rizadas, y comenzó á estrellarse contra las fachadas traseras de la población una lluvia gruesa y fría.
—Un galernazo—dijo la gente con mucho sosiego.—Después del Sur, era de esperar.
Y el que tenía qué, se puso á comer; y el que había comido ya, se tendió á dormir la siesta ó á chupar el clásico cigarro delante de una taza de café.
Según la gente de tierra, no había ocurrido hasta entonces cosa que no fuera en Santander muy natural y corriente; y en verdad que no era para dejar pálido á nadie la rotura de algunos vidrios, unos cuantos paraguas vueltos del revés, tal cual sombrero arrancado de su correspondiente cabeza, y alguna que otra falda encaramada más arriba de lo acostumbrado.
Y, sin embargo, uno de aquellos instantes, pasados casi inadvertidamente para la gente de la ciudad, había producido, á la vista de ella, como quien dice, el desastre más espantoso que registran los cántabros anales.
Noticias de él fueron los alaridos que comenzaron á oírse luego por las calles, entre la gente marinera; madres clamando por sus hijos; esposas por sus maridos; hijos por sus padres; hermanas por sus hermanos. Aquello era una desolación, y sus clamores atravesaban el alma como un puñal. Corrían los desventurados pálidos los rostros y los ojos sin lágrimas, porque para los grandes dolores no existe el consuelo de ellas, buscando en los ojos de los demás una respuesta que nadie podía darles, y el contristado espectador se agregaba á ellos y los seguía como si el mismo infortunio le empujara. El rumbo de tan tristes cortejos era el Muelle, donde había ya una muchedumbre con los ojos clavados en la boca del puerto. El temporal había cesado casi por completo en tierra, y de la mar sólo se veía una parte de su furia, estrellándose espumosa y rugiente sobre las tristes Quebrantas. Conocíase una parte del desastre: lo que de él habían presenciado los pescadores de tres lanchas, únicas que hasta aquella hora habían logrado volver al puerto. Citábanse nombres y se pintaban escenas de horror y de heroísmo. Las lanchas habían llegado medio anegadas; sus tripulantes, con la palidez de la muerte en el semblante, mudos y consternados, con las ropas ceñidas al cuerpo, empapadas en agua; muchos de ellos, con el hercúleo torso desnudo. No les aterraba solamente la idea del peligro en que se habían hallado, pues de otros no menores habían salido con sereno espíritu, sino el cuadro de muerte y desolación que habían contemplado sus ojos entre la furia de la galerna.
Hablábase mucho en los apretados corrillos; oíanse los lamentos de los que ya nada esperaban y de los que temían, y no faltaba quien, para desvanecer tristes presentimientos, hiciera risueños cálculos; pero siempre flotaba sobre el llanto y las conversaciones, como respuesta á una pregunta que no se cesaba de hacer, esta frase:
¡Todas están allá!
¡Todas! ¡Nunca esta palabra tuvo sonido tan triste y pavoroso! Todas; es decir, todas las lanchas de altura estaban en la mar, y sólo tres habían vuelto al puerto.
Corriendo aquellos minutos, que parecían siglos, vióse otra, y luego la quinta, rebasando del promontorio de San Martín. Cada una de ellas fué saludada con un rumor que no puede pintarse con palabras ni con sonidos.
Cerca ya del anochecer, y después de dos horas de esperar en vano los que en el puerto lloraban, y cuando la vista más sutil no había podido distinguir desde los puntos más elevados de la costa ninguna lancha en la mar, y había tiempo sobrado para tener noticias de las que pudieran haberse refugiado en boquetes ó ensenadas, faltaban siete.
Preguntóse por ellas á todos los puertos y fondeaderos del litoral; pero aquellas preguntas se cruzaban en el camino con otras análogas que los preguntados hacían á Santander, y sólo sirvieron para dar á conocer en su horrible extensión el desastre de aquel día memorable. Desde Fuenterrabía á Cabo Mayor, había hundido el azote de la galerna en los abismos del mar, TRESCIENTOS OCHO hombres en brevísimos instantes. En este espantoso cúmulo de víctimas, tocábanle SESENTA al gremio santanderino. ¡Jamás la muerte acechó á los hombres con mayor astucia, ni los hirió con más implacable saña!
Aunque la caridad, virtud de los cielos, amparó entonces, como siempre, por igual á todos los desvalidos, cada corazón sintió lo que estaba más patente en su memoria, y la mía la ocupó toda Tremontorio.
Preguntando por él, supe que también había salido á la mar aquel día, y que era de los pocos que se habían salvado de la catástrofe, casi milagrosamente; pero que, con lo terrible del trance, los golpes y la frialdad del agua, á sus muchos años, habíase puesto á punto de morir.
No me satisfice con estas noticias, y quise verle, y lo conseguí.
Le hallé tendido en un pobre lecho, pálido, cadavérico; pero muy tranquilo y en reposo. Cuidábale otro marinero, que á su lado estaba de pie y con los brazos cruzados sobre el pecho. No me era extraño este personaje; y, en efecto, después de contemplarle unos instantes, conocí en él al Tuerto. Pero, ¡qué viejo, qué encanecido, qué anguloso y encorvado le hallé!
Como mi presencia no podía chocar allí en aquellos días en que la caridad no cesaba de llamar á las puertas de los náufragos, logré que el viejo pescador me recibiera mucho mejor de lo que yo esperaba de su rudeza habitual.
—Y ¿cómo se encuentra usted ahora?—llegué á preguntarle.
—Con el Práctico á bordo[18] desde ayer—me respondió con su voz de siempre, aunque más premiosa.
—Será por exceso de precaución—díjele, comprendiendo su náutica alegoría y deseando darle alientos.
—¡Qué precaución ni qué … tiña!—me replicó muy fosco!—Soy ya casco viejo, vengo desarbolao, el puerto es obscuro y la barra angosta…; ¿para cuándo es el práctico, si no es para ahora mesmo?
—Tiene usted razón—le dije, viéndole tan sereno.—En estos trances se prueba el temple del espíritu.—Ya veo que el de usted no necesita remolque.
—No, gracias á Dios, que me da más de lo que merezco. Ochenta años; no haber hecho mal á nadie en una vida tan larga; haber corrido tantos temporales, y venir á morir en mi cama, como buen cristiano y al lado de un amigo, ¿no fuera cubicia y desvergüenza pedir más, retiña?
Lo admirable de estas palabras está en que eran ingenuas, como todas las que salieron de la misma boca durante tantos años.
Seguimos hablando por el estilo, cuidando yo de encomendar la menor parte de la tarea al enfermo para no fatigarle, y conduje la conversación al extremo que deseaba.
Y pregúntele, después de encauzada á mi gusto:
—Pero, ¿no hay algún síntoma, algún anuncio de esos temporales?
—¡Anuncio!…—exclamó Tremontorio mirándome, con una sonrisa más amarga que el agua de las olas.—¡Anuncio, retiña!… ¡Pues si hubiera anuncio de eso!… Está usté en su lancha como la hoja en el árbol, ni quieto ni andando; la tierra á la vista, la mar como una taza de caldo; un si es ó no es de turbonada al horizonte…. ¡Retiña!, na, porque así se puede estar un mes entero…. Este carís no es pa que naide pique las amarras…. Pues, de súpito, le da á usté en la cara un poco de brisa; oserva usté el Noroeste, y ve usté venir, echando millas, á modo de una jumera, encima de una mancha parda que va cubriendo la mar, con un rute rute, que no paece sino que el agua se despeña por las costas abajo. Al verlo y al oirlo, la sangre se cuaja en el cuerpo, y los pelos se ponen de punta; arma usté los remos, isa una miaja de trapo pa ver de correr por delante; y, ¡tiña!, antes que se dé la primer estropá, ya está aquello encima.
—¿Á qué llama usté aquello?
—¿Aquello?… Aquello, señor, yo no sé qué sea, si no es la ira de Dios que pasa; aquello es la última; la de abrir la escotilla de las culpas y encomendarse á la Virgen Santísima; la de dejar la tierra para sinfinito y clamar por los suyos los que tienen en ella las alas del corazón.
—Bien; pero, ¿qué sucede allí en esos momentos terribles?
—Y ¿lo sabe anguno, por si acaso?… ¡Retiña!; faltan ojos y tiempo pa mirarlo…. Está usté en un jirvor de espuma, que zarandea la lancha como si fuera cascara de nuez; ese jirvor se levanta, se levanta…, y vuelve á bajar; y al bajar, cae sobre usté; y al caer, usté no sabe si caen peñas ó qué cae, porque quebranta y ajoga al mesmo tiempo; y al abrir usté los ojos, ¡tiña!, ni hombre, ni lancha, ni remo, ni costa, ni cielo, ni ná. ¡Allí no hay más que estruendo y golpes, y espuma y desamparo!…; ¡ni voz para clamar á Dios, porque en aquella tremolina no se oye uno á sí mesmo! Un trastazo le echa á pique, y otro le saca á flote; la cabeza se atontece, y el que mejor sabe anadar, trata de olvidarlo pa acabar cuanto antes.
—Pues á usted de algo le ha servido el saber nadar, puesto que logró salvarse donde tantos otros perecieron.
Miróme el hombre con torvo ceño, y díjome con profundísima convicción:
—¡Ni pizca, tiña!
—¿Cómo salió usted á tierra, si no?
—Porque Dios quiso, y ciego será quien no lo vea.
Metióme en mayor curiosidad esta respuesta, y rogué al valiente pescador que me contara el suceso. Resistióse á complacerme, con bruscas evasivas, y entonces tomó parte en la conversación el Tuerto, y me dijo:
—Verá usté lo que pasó, señor, porque juntos nos salvamos los dos. Llevónos la galerna, en un decir Jesús, á dos cables de San Pedro del Mar; y cuando contábamos que no pararíamos hasta embarrancar en la arena, un maretazo, como yo no he visto otro, nos puso la lancha quilla arriba. Al salir yo á flote, de todos mis catorce compañeros no quedaba más que éste, á unas seis brazas de mí. Á los demás—añadió el Tuerto con voz trémula y muy conmovido,—no he vuelto á verlos hasta la hora presente. Como la lancha había quedado entre dos aguas, tuve la suerte de agarrarme á ella; pero ese infeliz se vió sin otro amparo que sus remos naturales, y no era poco, porque, á saber anadar, no hay merluza que le meta mano. En esto, la mar nos fué atracando el uno al otro; y ya estábamos al habla, cuando la suerte le puso un remo delante. Agarróse á él y descansó una miaja. Pero notaba yo que no se valía más que de un brazo para agarrarse, y no sacaba el otro hacia el remo, ni le movía para ayudarse.—«¡Anade y atráquese—le gritaba yo,—hasta que llegue á darle una mano, que dispués ya podrá agarrarse á la lancha!.—¡Qué más quisiera yo que poder anadar, retiña!—me respondió.—Pues ¿por qué no puede?—Porque me jalan mucho los calzones. Paece que tengo toa la mar metida en ellos; y á más á más, se me ha saltao el botón de la cintura.—¡Arríelos, puño!—¡Tiña, que no puedo!—¿Por qué?—Porque esta mañana se me rompió la cinta del escapulario, y le guardé en la faldriquera.—¿Y qué?—Que si arrío los calzones, se va á pique con ellos la Virgen del Carmen[19].—¿Y qué que se vaya, hombre, si no es más que la estampa de ella?—Pero está bendita, ¡retiña!; y si ella se va á fondo, ¿quién me sacará de aquí, animal!» Hay que tener en cuenta, señor, que la mar era un infierno, y tan pronto nos sorbía como nos soltaba. Á cada palabra un maretazo nos tapaba el resuello, ó nos cubría con más de diez brazas; y al salir á flote, no hallaba uno quien le respondiera, ó asomaba por onde menos era de esperar. Dios quiso que no nos separáramos cosa mayor en aquel tiempo, que fué mucho menos del que yo empleo en contarlo; porque la sola vista de otro ser humano le anima á uno á bregar en tales casos. ¡No sabe usté la agonía que se pasaba en el instante en que al salir á flote se veía uno solo! Volviendo al caso, digo que al hablar este compañero las últimas palabras que yo he repetido, vínose encima de mí sin saber cómo, y agarróse á la lancha. Al mismo tiempo se alzó á barlovento una mar como no ha visto igual hombre nacido: pensé que aquél era el fin, no de nuestras vidas, sino del mundo entero; desplomósenos encima, y para mi cuenta, entonces, allí fenecimos, porque ni más vi, ni más oí, ni más sentido me quedó que una chispa de él para acabar una promesa que estaba haciendo á la Virgen del Mar (y cumplí al otro día, como era justo). Pero, á lo que paece, aquel desplome de agua nos echó á tierra con la rompiente, porque allí nos alcontramos los dos al volver del atontamiento, cerca de unos baos de la lancha y con astillas de ella entre las manos. Vino gente, nos recogió, nos dió abrigo, y aquí nos trajo: al señor, en el estado en que usté le ve, ó poco menos; y á mí, como si nada hubiera pasado, que de algo vale el no ser viejo y haber sorbido mucha desgracia. Lo cierto es, señor, que si el estar los dos vivos no es un milagro de Dios, no he visto cosa que más se le asemeje.
—¿De modo que usted—dije al Tuerto con la intención de saber algo de su vida desde que volvió del servicio,—ha dejado su casa por venir á cuidar á su amigo?
—Mi casa es ésta—respondió secamente el Tuerto.
—¿No tiene usted familia?
—Me queda un hijo, que anda navegando en un vapor; todo lo demás está ya en el otro mundo…, no contando al señor, que ha sido un padre para mis hijos y para mí.
Muy poco más duró nuestra conversación. Al despedirme, tendí la mano á aquéllos heroicos y honrados marineros, y dije al moribundo Alcides del Cabildo de Abajo:
—Hasta la vista, amigo.
—Y ¿por qué no, tiña!—me respondió, dando á mis palabras mayor alcance del que yo les había dado.—Mareantes sernos todos de la mar de acá, y en rumbo vamos del mesmo puerto. Si el diablo no nos le cierra, yo mañana y usté otro día, en él hemos de fondear.
—Quiéralo Dios así—repuse desde lo íntimo de mi corazón, pensando en las virtudes de aquel hombre admirable.
FOOTNOTES:
[Footnote 18: Recibido el Viático.]
[Footnote 19: Hecho y dicho rigorosamente históricos.]