XI
LAS LUNAS DEL JOSCO
Al día siguiente de estos sucesos, domingo por la tarde, y á punto de anochecer, iba Quilino á todo andar hacia casa de don Elías. Llevaba la cara medio tapada con el moquero, sujeto allí con las dos manos; el hongo con siemprevivas y plumas de pavo real, muy tirado sobre los ojos; la blusa azul con trencillas encarnadas, y los pantalones amarillos con cuadros verdes, muy manchados de polvo por el lado derecho, de arriba abajo. Al desembocar en la brañuca que viene á formar una plazoleta delante de la casa de los Médicos, se halló casi frente á frente con don Elías, que asomaba por otra de las callejas que convergen allí. Indicóle por señas que tenía que hablarle, y el médico se detuvo, con el bastón entre las manos cruzadas atrás, la cabeza algo gacha y los ojos, llenos de curiosidad, clavados en Quilino, á quien no conoció hasta que le hubo mirado y remirado muy de cerca; porque es de advertir que Quilino ni apartaba el moquero de la cara, ni levantaba las alas del sombrero: no hacía más que indicar con la mano izquierda y una mirada tristona y suplicante, que deseaba tratar de su negocio arriba, en casa del médico.
—Pero ¿qué mil demonios te pasa, hombre?—le preguntó por de pronto don Elías, cuya curiosidad necesitaba de ordinario mucho menos que aquel aparato misterioso, para desbordarse y no dejarle instante de sosiego.
—¡Arriba, arriba!—continuaba dictándole Quilino con la mano y con los ojos.
—Pues vamos arriba,—concluyó el médico entendiéndole.
Entraron los dos en la casa; subieron á la salita; desalojáronla de mala gana las cuatro hijas del médico, que estaban riñendo en ella; cerró don Elías todas las puertas; y como ya no se veía allí cosa mayor, encendió con una cerilla el cabo de vela que sacó del cuarto de la médica, y se fué derecho á Quilino que aguardaba de pie en medio del despacho y en la misma postura de manos, de moquero y de hongo que había tenido abajo.
—Á ver qué es lo que te ocurre,—le dijo al acercarse á él.
Y Quilino quieto y mudo, y cada vez más encogido y tembloroso. Chocándole ya esto á don Elías, le arrimó la luz á la cara con una mano, y con la otra le apartó un poco el pañuelo que le tapaba la boca. Quilino lanzó entonces un quejido, y el médico vió que tenía los carrillos muy inflados y que había sangre entre los labios comprimidos. Se alarmó don Elías y corrió á buscar una palangana y agua fresca. Volvió al minuto con una de zinc roñoso y un jarro, y halló á Quilino descuajaringado en una silla.
—¡Echa aquí lo que sea!—le dijo con imperio, poniéndole la palangana debajo de la barbilla.
Pero Quilino miraba al médico con ojos de espanto, y no le obedecía.
—¡Échalo te digo!—insistió don Elías.
Y Quilino cada vez más angustiado y más rebelde.
Entonces el médico posó el jarro en el suelo, y con la mano libre empujó por el cogote á Quilino, que aún se resistía, diciéndole al mismo tiempo:
—¡Te digo que lo eches... aunque resulte la asadura!
Con este zarandeo le vino un golpe de tos al paciente... ¡y allá va eso! Un tercio de la palangana llenó. El infeliz Quilino cerró los ojos por no verlo, y comenzó á palidecer. Don Elías no estaba mucho más sereno.
—¿Es del arca, por si acaso?—le preguntó alarmado.
Quilino dijo que no con la cabeza, y al mismo tiempo señalaba con la mano al carrillo derecho.
El médico entonces le dió el jarro con agua y le dijo que se enjuagara bien. Hízolo Quilino á duras penas, porque estaba pálido y temblón como hoja de otoño que se cae del árbol; y en seguida, dejando don Elías la palangana y tomando la palmatoria, arrimó la luz á la boca de Quilino y díjole:
—Ábrela bien... ¡Más, si puedes!... Baja un poco la lengua. ¡Ajajá!... Ya veo el manantial... ¿Tenías cabales las muelas de esta quijada?
Quilino contestó que sí con los ojos.
—Pues no te faltan más que dos á la hora presente.
—¿No hay dá que hueso cascao tamién?—preguntó Quilino con voz enfermiza, después que el médico sacó los dedos de la boca.
—Abre otra vez, y lo veremos.
Palpó y miró el médico bien despacio, y no halló señales de lo que temía Quilino; pero sí dos hondas heridas en el carrillo.
—Pero ¿cómo fué eso, hombre?—le preguntó mientras se limpiaba los dedos con el pañuelo.
—Pos de una sola guantá,—respondió Quilino, más tranquilizado y después de escupir el último buche de agua sanguinolenta.
—¿Á mano limpia?
—Á mano limpia.
—¡Vaya una mano de órdago!... Y ¿de quién es ella, si puede saberse?
—Del Josco.
—Claro: de uno así tenía que ser... Y ¿cuándo, dónde y por qué fué ello, hombre de Dios?
—Es largo de contar eso, señor don Elías.
—Entonces, cállalo, y perdona la curiosidad.
—No hay que perdonar ni pa qué callarlo, porque las maldaes ¡recongrio! deben de conocerse por los hombres de bien.
—Corriente. Pero antes de empezar, toma otro par de buches de agua, mientras yo te traigo un vasito de vino para que te confortes por adentro... ¡Ah! y por si me olvido de decírtelo después: cuando vayas á casa, te enjuagas unas cuantas veces del mismo modo, y mejor si mezclas el agua con un poco de vinagre... y cosa concluida.
Salió don Elías muy diligente en busca del vino, porque eternidades le parecían ya los minutos que tardara en oir el relato prometido; enjuagóse el contundido mozo; y para salir de una duda que le estaba preocupando mucho, metió los dedos en la palangana y los paseó vuelta y media por el fondo. En seguida dió con lo que buscaba. Las dos muelas estaban allí.
—¡Las dos, recongrio! ¡Enteras y verdaeras!... ¡Lo mesmo te he de sacar yo á tí los hígados el día que te coja á mi gusto! ¡Lo mesmo, recongrio!
Con esta jaculatoria entre dientes y las dos muelas en la mano, le halló don Elías al volver á la sala con un cortadillo de vino tinto sobre un plato de loza muy cuarteada...
—Échate esto al coleto, poco á poco—le dijo.—Pero, calla... ¡esas son tus muelas! ¿Dónde las tenías, hombre?
—Estaban aquí,—respondió Quilino señalando á la palangana.
—Con sus raíces enteras, limpias y campantes; ¡como no las arranco yo mismo con la llave inglesa!... ¡Y cuidado que la una es de las de tres patas!... ¡de las más negras de arrancar!... ¡Vaya un empuje de brazo!
Después de hablar así, y viendo que Quilino se guardaba los huesos en el bolsillo repicoteado de la blusa, arrojó el contenido de la jofaina por el balcón.
—Éstas se las ha de tragar él angún día, ¡recongrio!—decía Quilino mientras guardaba las muelas y de modo que le oyera don Elías.
Oyólo, en efecto; y al mismo tiempo que vertía agua limpia en la jofaina para esclarecerla, lavándose de paso los dedos en ella, anotó lo dicho por Quilino de este modo:
—Bien está ese propósito en un hombre de tan buenas agallas como tú; pero, por de pronto, ten mucho cuidado con no darle antes motivos á él para que vuelva por las que te dejó en la boca esta tarde.
—¿Á mí?—respondió Quilino contoneándose en la silla, después de beberse lo poco que quedaba en el vaso.—¿Á mí arrancarme él otra muela más, ni medio diente tan siquiera!... ¡No me conoce usté, don Elías!...
El cual acabó su tarea en dos voleos; sentóse junto á Quilino en seguida, y le dijo:
—Cuenta ahora todo lo que tienes que contarme.
Quilino comenzó por echarse el hongo hacia atrás; luégo encendió un cigarro; después se palpó el carrillo derecho, que se le iba hinchando bastante, y por último habló así:
—Yo tenía cuentas pendientes con el Josco... porque quizaes sepa usté que Pilara me tiene, de meses acá, á resultas de lo que él hable, y nunca acaba de hablar.
—Estoy enterado, ¡perfectamente enterado de eso!—dijo el médico con el mismo aplomo que si fuera cierto lo que afirmaba.—Adelante.
—Pos güeno—prosiguió Quilino palpándose la hinchazón, que no le dejaba pronunciar las palabras con la soltura de costumbre:—hubiendo esas cuentas entre los dos, yo he tratao de ajustalas muchas veces... ¡Recongrio! ¿quién se atreve á sosteneme á mí que no está muy puesto en razón esto que yo quiero?... Y queriéndolo así, yo he tratao del caso las miles de veces con Pilara; y Pilara en sus trece: que vente mañana y que güélvete otro día... Yo tengo mi porqué, anque no sea mucho; el Josco, ni tanto siquiera... ¡Recongrio! con esto solo estoy en derecho de llamame á la parte en casos como ese... ¿Qué hay que decir en contra?... Quisiera yo oirlo... ¡Quisiera yo oirlo, recongrio!
—No hay que acalorarse, Quilino, no hay que acalorarse—interrumpió el médico con gran formalidad.—La razón es tuya, no se puede negar. ¿Y la familia? ¿Sabe algo de ello? ¿Te recibe bien?...
—¡Recongrio! ¡Pos podía no!... Vamos al punto. Estando así las cosas, la otra tarde, en la ré, tuvimos unas palabras yo y el Josco; y no hubo allí una trigedia, porque mos desapartaron... Esto me enconó la sangre; y por la noche juime en cá Pilara pa dejar de una vez pa siempre aclarao el sí ú el no; y ¡recongrio! malas penas entro en el portal onde estaba toa la gente de la casa, cuando cata al Josco como llovío de las nubes y sin querer pasar más aentro de las goteras, y cata á Pilara, que andaba roncerona conmigo, arrimándose á él hecha unas mieles... ¡Recongrio! ¡esto era una somostá pa mí! Por tal la consideré, y juime pa casa por no ver aquello. Pero yo estaba en razón quisiendo saber si el Josco había hablao ú no había hablao aquella noche. ¿No es esto la pura verdá, recongrio?
Don Elías respondió afirmativamente con un gesto.
—Pos pa sabelo—continuó Quilino,—me abajé al otro día, muy de mañanuca, á Las Pozas. No pasé del Portillo, porque allí consideré, pensándolo mejor, que quien tenía la obligación de aclarame el caso, era Pilara... Güelta pa el barrio de la Iglesia. Me planto en la juenti aonde ella suele dir á aquellas horas; y espera que espera, Pilara no venía. Aborrecíme; y pensando que ya me echarían de menos en casa, á casa me golví. Dende aquel punto y hora, el diablo paece que me la enculta, porque no he podío dar con ella... hasta esta tarde en el corro; y no era cosa de ajustar esa clase de cuentas allí. Pero la bailé tres veces, y ¡recongrio! pior que pior; porque si dende lejos me alampaba por ella, acercuca, acercuca y viendo retemblale las gorduras, es cosa de... ¡Recongrio, qué grandona es y qué maja!
—¡Buena mozona está de veras!—dijo aquí el médico, y no por complacer á Quilino solamente.
—Le digo á usté, don Elías, que es pa perdese un hombre, ¡pa perdese, congrio!—exclamó hecho una pólvora Quilino;—y eso es lo que me ha pasao á mí... ¡Y luégo le dicen á uno que si va por esto ú por lo otro, y no por el puro personal de ella! ¿De qué será la sangre de esas gentes, recongrio? ¿De qué pensarán que es la mía?... Pos á lo que voy: estando en esto, ahí viene el Josco, que de pascuas en San Juan se le ve una vez en el corro de este barrio; y viniendo el Josco, bien portao de ropa, porque la tiene pa esos casos; pero más jarisco y resecón que lo jué nunca, ¡sacabó el mundo pa Pilara, que ya no tuvo ojos pa mirar si no era al jabalín de Las Pozas! ¡Y Quilino, señor don Elías; Quilino, ¡recongrio! rumiando venenos y amargores, y amarrando las iras pa no abrir en canal á aquel hombre y perdese con él pa sinfinito! ¡Recongrio, qué ratos pasé! Dempués bailó el Josco con ella... cosa que en los jamases había hecho... ¡en los jamases, congrio! Esto acabó de cegame. Quise echale ajuera en una güelta á lo alto, cosa curriente en toas partes... ¡y no se salió, recongrio! ¡no se salió ni por esas! Híceme el tonto al agravio, por no perdeme allí y á medio pueblo conmigo... y hartéme de bailar con las otras mozas.
—Bien hecho, Quilino, bien hecho. ¡Eso es ser prudente de veras!
—¡Si yo soy así, don Elías!... ¡Le digo á usté que soy así, anque paezca mentira con estas agallas que tengo, recongrio! Pos, señor, que sacabó el corro; y acabándose el corro y viendo yo que Pedro Juan iba á tomar ruta á Las Pozas, atajéle el camino por un arrodeo; y en el callejo del Hisuco, híceme el alcontraizo con él. «¿Se va pa casa, eh?» díjele yo. «¿Y cai con eso?» me arrespondió parándose de plonto. «Pos ná, hombre,» díjele yo otra vez, «hablar por hablar como entre güenos amigos.» Así escomencemos, don Elías; y hablando, hablando, el hombre jué templándose; y al ver yo que la cosa estaba en punto, díjele: «Pos yo tenía que decite dos palabras respetive á esto y á lo otro.» Y se lo estipulé finamente; sin faltale, vamos... ¡sin faltale ni en tanto así, recongrio! El hombre se quedó algo cortao en primeramente; dempués golvió á decime: «¿Y cai con eso?» Y yo arrespondí: «Pos tal y cual,» ¡siempre finamente, recongrio, y sin faltale en cosa anguna! Al último me dijo: «Que la haiga hablao ú que no, no es cuenta tuya.» «¡Hombre!» le dije yo otra vez; «que mira esto, que considera lo otro... que por aquí, que por allá,» y él que: «Déjame en paz,» y «que arriba y que abajo.» Y por este orden jué tomando auge la cosa. «Te digo por tu bien,» me dijo en remate, «que sigas tu camino en paz.» «Pos ahora es cuando hay que apretar,» díjeme yo, pensando que el hombre se encogía... Sí que arreparé que se le abajaba la color y le temblaba mucho un carrillo por arrimao á la ojalera; pero tomé el caso á favor mío; arrastróme esta fortaleza y esta entraña que tengo, y pensando aturdile, le llamé cobardón y sinvergüenza, echando al mesmo tiempo centellas por los ojos... ¡Recongrio!...
—¡Valentía fué de veras la tuya, Quilino!—exclamó el médico.
—¡Valentía?...—respondió Quilino creciéndose medio palmo.—Le digo á usté que á mí no se me conoce hasta la presente, ¡recongrio!
—¿Y qué respondió él á esa provocación tuya?
—Lo que no hubiera respondío á estar yo más sobre mí de lo que estaba. Porque yo, señor don Elías, no me alcordé en aquellos momentos de que el Josco es hombre de lunas, y que en aquel estonces podía muy bien estar con ella; y á los valientes así, el valiente que se les cuadre debe cogerlos siempre la delantera... Si yo doy en el ite, don Elías; si yo doy en el ite, ¡recongrio! detrás de las palabras va la mano, y tiene que dir la josticia á levantale esta noche en el callejo. Pero no jué así por un olvido mío, y se me adelantó él á mí, como era de esperar.
—Bien; pero ¿de qué modo se adelantó?
—Pos... con la guantá de que hablé endenantes.
—¿Sin prevenirte con una mala palabra?
—¡Ni una, recongrio! Y esa es la traición que ha de pagame sin tardar mucho.
—Y tú ¿qué hiciste?
—¿Qué había de hacer, recongrio? ¿Dióme él tiempo pa ná? ¡Si aquello jué un rayo que vino sobre mí! Sentí el golpe; resonóme aentro como si me hubieran espatarrao la cabeza con un mazo de encambar; dí cosa de tres güeltas alreguedor; y cuando vine en conocimiento, me ví solo en el callejo y sangrando por la boca. Como no sabía de qué era ni lo que podía salir por allí, apretando mucho las quijás y cerrando bien los labios, víneme de una correndera á que me reconociera usté... Pero ¡recongrio! si cuando golví en mis cabales me alcuentro cara á cara con el traidor, me pierdo, señor don Elías, ¡me pierdo, recongrio, por éstas que son cruces!...
—Pues mira, Quilino—díjole el médico, y creo que sin poner en duda las valentonadas del mozalbete,—más vale que no te encontraras con él. Es hombre el Josco de mucho puño y malas moscas; y una buena dentadura, como la que á tí te queda, no tiene precio.
—¿Y cree usté—le preguntó Quilino señalando al carrillo, que seguía hinchándose,—que esto no pasará á cosas mayores?
—Lo creo, como creo también que Pilara está muy enamorada de Pedro Juan; y lo creo porque lo sé, ¿entiendes? porque lo sé; y habiendo esto por medio, no debes tú empeñarte más en ese imposible en que estás enredado.
—¡No empeñame más!... ¡Recongrio! Primero que yo eche pie atrás sin que esto sea con su cuenta y razón, acaba medio Robleces entre mis manos... ¡Si le güelvo á decir á usté que á Quilino no se le conoce aquí entoavía, recongrio!
—¡Bah!... todo eso es pólvora de los pocos años—dijo don Elías levantándose y llevando en seguida á Quilino hacia la puerta de la sala, donde le añadió al oído y con mucho misterio estas palabras:—Mira, hombre: si quieres consolarte del fracaso de tu negocio con Pilara, yo te citaré otro de mucho más bulto. ¿Conoces á Marcones el de Lumiacos?
—¿El estudiante que ha dao en venir á Robleces toas las tardes?
—Ese mismo.
—Sí que le conozco.
—Pues ese pedantón sin vergüenza ha ahorcado los libros que estudiaba, y anda ahora á caza del gato del Berrugo, casándose con su hija, Pero ¡morruda castaña le van á dar!... Porque Inés no le traga ni á palos. Me lo ha confesado ella misma. ¡Eso es lo que se llama una calabacera de órdago! Puedes correrlo por ahí si te da la gana.
Con esto despidió á Quilino, enterándole antes de lo que debía hacer en el caso de que se le enconaran las heridas del carrillo; y en seguida llamó á sus hijas á la sala para contarlas, á su modo, quiero decir, aumentándole en más de la mitad, el suceso de Quilino con todos sus precedentes y consecuencias. Estas comidillas suplían en aquella casa por la mejor de las cenas; y cabalmente la de aquella noche fué de las más frugales de todo el año.