XV
EL PLEITO DEL PROFESOR
No sé si lo he dicho; y en la duda, lo digo ahora: Inés no se conformaba con lo poco que directamente aprendía de su maestro, sino que trabajaba después á solas y por su cuenta, gozándose en ver cómo recogía de este modo una espiga bien compacta, por cada grano mal sembrado en su cabeza durante la lección. Estos eran los verdaderos frutos de lo que reputaba Marcones por obra suya, y obra, además, maravillosa. Quiero decir (y no sé si diciéndolo me repetiré también) que los adelantos de Inés no consistían en lo que llevaba aprendido y que, en absoluto, no valía dos cuartos, sino en los hermosos estímulos que se habían despertado en ella, lo cual no tenía precio.
En cada lección sorprendía á su maestro con una pregunta discreta acerca de lo tratado en la anterior, ó con el testimonio de un resabio vencido en la escritura, en una plana más correcta que la última escrita delante de él. Pues bueno: sucedió que después de aquella lección en que salió á relucir el caso del obispo, Inés escribía planas y más planas, y se ejercitaba en las cuentas, y se aprendía de memoria páginas y más páginas de la gramática, de la geografía y de la historia, y el de Lumiacos no venía á infundirla con su aplauso nuevos alientos para seguir avanzando por aquel camino. Llegaron los días á cinco, y ya no sabía Inés qué pensar de tan extraño suceso. Tampoco lo sabía la Galusa. ¿Estaría enfermo?
Con esta duda, y de acuerdo con Inés, se mandó un recado á Lumiacos. La respuesta fué que, aunque no se encontraba tan bueno como deseaba, iría á Robleces al otro día.
Y fué ¡eso sí! muy tristón y con la cabezona algo gacha. La Galusa le recibió con una granizada de preguntas; pero él sólo contestó que le dejara en paz, porque no tenía por entonces ganas de conversación. Andando hacia la sala, mandó á su tía que avisara á Inés, y la encargó mucho que por aquel día los dejara solos durante la lección.
Una vez en el cuarto, se sentó, estiró las piernas que parecían dos postes, metió las manazas en los bolsillos, dejó caer toda la papada sobre el pescuezo... y así le halló Inés pasados pocos instantes.
—¡Ojos que le ven á usted!—díjole cariñosamente la garrida muchacha al entrar.—¿Qué ha sido eso? ¿Por qué ha estado usted tantos días sin venir?
Incorporóse poco á poco el de Lumiacos, sin sacar las manos de los bolsillos ni levantar mucho la cabeza, pero asestando á Inés por debajo de las cejas cada mirada que parecían otros tantos mordiscos de los que no arrancan la tajada; y con voz algo temblona respondió:
—He estado un poco enfermo: ya lo mandé á decir...
—Es verdad—replicó Inés muy afectuosa,—¡y bien que lo hemos sentido! Pero como al mismo tiempo nos decía usted que no había sido cosa mayor... Vamos, que con un poco de voluntad... ¡perezoso... más que perezoso!
El reprendido tragó de una sola aspiración, que le refrigeró el pechazo, todas aquellas tentaciones que esparcía su rozagante discípula al echarle esta reprimenda de mentirucas; y arrimándose á la mesa, enfrente de la silla en que acababa de sentarse Inés, dijo, amortiguando la mirada y compungiendo la voz:
—Como yo no podía... ni debía sospechar que se me echara aquí de menos por nadie...
—Pues se le echaba á usted—insistió Inés en el mismo tono regocijado y sinceramente cariñoso, mientras sacaba de su cartapacio unos papeles.—Y si se me hubiera cumplido la palabra que se me tiene dada, yo no sé cuántos días hace—añadió sonriendo y mirando al de Lumiacos con un poco de malicia,—de prestarme ciertos libros de historias muy divertidas, mejor hubiera entretenido el tiempo de la espera.
—No he olvidado lo que prometí—respondió Marcones á la indirecta;—y esos libros estarían aquí hace días, si yo hubiera creído que era ya hora de leerlos... Yo no me olvido de nada, Inés, ¡de nada!... Y crea usted que, á veces, me valdría más tener menos memoria de la que tengo.
Esto lo soltó Marcones en un rasgo declamatorio con dejos de amargura; pero como Inés no estaba todavía en aptitud de estimar por toques y matices de artificio las segundas intenciones, respetando á la buena de Dios el gusto que se encerraba en aquellas palabras, las dejó pasar sin meterse para nada con ellas.
—Pero aunque no he tenido historias divertidas que leer—dijo en cambio y siguiendo puntualmente, eslabón por eslabón, el encadenamiento de sus ideas,—y me han faltado las lecciones de usted, no por eso he dejado de aprovechar el tiempo. ¡Vea usted, vea usted si he trabajado!
Y alegre como unas pascuas, comenzó á tender, una á una, sobre la mesa, todas las planas que había escrito; después abrió el cuaderno de cuentas por las hojas en que estaban las que no conocía su profesor, y, por último, le señaló en los respectivos libros lo que de gramática, de historia y de geografía se había aprendido de memoria.
Marcones sacó perezosamente las manos de los bolsillos, cogió unas cuantas planas, las miró un instante con ojos desanimados, y las arrojó en seguida sobre la mesa.
—¡Y para qué?—murmuró al mismo tiempo en tono lúgubre y como si hablara para que nadie le oyera.—¡Si esto, que era antes mi orgullo, ha venido á ser mi martirio!...
Y se puso á dar vueltas por el cuarto, con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos.
Como estos matices eran bastante más expresivos que los de antes, pescólos Inés; asombróse, y se quedó muy suspensa, mirando sin pestañear al mocetón.
El cual, sorprendiendo en una mirada torcida el efecto causado en la hija de don Baltasar por sus dichos y por sus hechos, se detuvo de pronto delante de ella y la dijo, tétrico y medio espeluznado:
—Inés... yo necesito hablar con usted cuatro palabras... ¿Me las quiere usted oir?
Inés, con aquella salida del seminarista, cuyo rostro estaba cárdeno, sintió una impresión, como de frío, que la invadía de pies á cabeza; y sin saber por qué, tuvo miedo. Instintivamente miró hacia la puerta; y el ver que no estaba cerrada, la tranquilizó mucho. Entre tanto, como no contestaba á la pregunta de Marcones, éste se la repitió:
—¿Me quiere usted oir esas cuatro palabras?
—Dígalas usted,—contestó al fin la pobre chica, con un nudo en la garganta.
Marcones arrimó una silla y se sentó enfrente de Inés. Puso los codos sobre la mesa, se pasó por la cabeza medio rapada ambas manos, entrelazólas después; y acabando por resobadas una con otra, rompió á hablar de esta manera, con largas pausas y muy cavernosa la voz:
—¡Yo no he estado enfermo!... ¡No ha habido tal enfermedad!
Inés, pensando que se la reñía por haberlo creído, se apresuró á responder:
—Me alegro; pero usted fué quien nos lo dijo.
—Sí que lo dije... y, sin embargo, no mentí.
La pobre muchacha pintó en un gesto y en un ademán, la nueva confusión en que se la ponía con aquellas afirmaciones que la parecían contradictorias.
—Aquí se ha comprendido—prosiguió Marcones,—que mi enfermedad era del cuerpo; y en esta inteligencia digo yo que no ha habido tal enfermedad... Pero estuve enfermo, lo estoy todavía, y, sin la ayuda de Dios, continuaré estándolo... del espíritu, que es la enfermedad más cruel que puede afligir á un hombre de sano corazón y mente luminosa... ¿Se acuerda usted de lo que le tengo explicado acerca del particular de los hombres de mente luminosa y sano corazón? Vea usted, pues, cómo es posible eso que á usted le ha parecido tan contradictorio. Sí, Inés, mi enfermedad está en el alma... ¡en el alma! ¡Estoy enfermo del alma!
Y al decir esto, Marcones dió un puñetazo brutal sobre la mesa, y una expresión de amargo desconsuelo á su caraza biliosa.
Inés se estremeció con aquel golpe que no esperaba, tomó en serio lo del dolor que tanto afligía al seminarista, y hasta se compadeció de él; pero no supo qué decirle. Después del puñetazo y la mirada triste y casi llorosa, Marcones dió otras dos vueltas por el cuarto. De pronto se detuvo, sacó el moquero, le arrimó con las dos manos á sus narices, lanzó con ellas una trompetada vibrante y clamorosa, mientras sacudía la cabeza á uno y á otro lado; y cuando concluyó la sonata con tres notas secas, embolsó el pañuelo y volvió á sentarse enfrente de Inés.
—En la última lección—comenzó á decirla,—hablé á usted algo sobre el destino de las criaturas en el mundo. ¿Se acuerda usted?
Inés dijo que sí.
—Con ese motivo—continuó Marcones,—expuse los recelos que yo tenía de que á la hora menos pensada se me apareciera en el camino que llevo, marchando en busca de lo que creo mi destino, un estorbo que no me dejara pasar y si es que no me extraviaba; estorbo que lo mismo podía proceder de la voluntad de Dios, que de las malas artes del demonio... pero estorbo al fin. ¿Lo recuerda usted?
—Lo recuerdo,—respondió Inés fascinada por la novedad de aquella escena.
—Pues bien—continuó el seminarista, revolviéndose en la silla y sin apartar de los de Inés sus voraces ojos.—Mis recelos se han confirmado... ó mejor dicho, había graves causas para que yo los tuviera; causas que yo llevaba dentro de mí sin conocerlo, pero que se dejaban sentir haciéndome pensar como pensaba. Por una inspiración de Dios, ó por un artificio del demonio, que quiere perderme encendiéndome la codicia de cosas imposibles, aquella misma noche ví en mis adentros, tan claro como la luz del día, que mi vocación de sacerdote no era tan firme como yo había creído; que había otra que me tiraba mucho más; que he sido un temerario en brindarla á usted con lo que no puedo llevar á buen remate, y, por último, que en conciencia de hombre honrado, no debo continuar dándola á usted las lecciones que le daba... ¡Todo esto llegué á leer y á sentir dentro de mí mismo! ¡Todo esto, Inés! ¿Comprende usted mejor ahora cómo se puede enfermar hasta la agonía, sin que en el cuerpo se sienta el más pequeño dolor?
Inés, que cada vez entendía menos lo que la quería decir Marcones, y se sentía más deseosa de entenderlo, se atrevió á preguntarle en cuanto él cesó de hablar:
—Pero ¿por qué vió usted todas esas cosas tan de repente, y qué tienen que ver con ellas las lecciones que usted me da?
Demasiado sabía el de Lumiacos, desde el caso del obispo, que no estaba Inés en disposición de comprenderle con metáforas de enamorado llorón, y por eso no le exacerbó la bilis esta nueva candidez de la desapercibida muchacha; pero no queriendo exponer el éxito de su negocio al azar de una embestida en crudo, la iba preparando con toda la exornación atenuante que llevaba bien estudiada.
—Pues si usted comprendiera todas esas cosas de repente, con lo poco que la he dicho—exclamó,—ya estaba resuelta para mí la dificultad... Si usted me hubiera comprendido— insistió, compungiéndose,—no necesitaba yo decir en este momento, ni nunca, por qué me retiraba de esta casa... ¡para siempre! como necesito decirlo para que no se me tenga por un hombre informal y desagradecido... Y esta explicación, ¡ésta!, es la que me duele tanto como la misma enfermedad.
El pasmo de Inés iba creciendo á medida que se acentuaba el aspecto patético de Marcones; el cual estudiaba con ojo sutil el cuadro de síntomas que ofrecían los movimientos del ánimo de la inexperta moza.
—Sepa usted—prosiguió el seminarista dando nuevos tintes sombríos á su mirada y á su voz,—que el tropiezo que yo temía, ó hablando más propiamente, que el imán poderoso, la fuerza sobrenatural que me detiene... ¡tampoco es esto lo exacto!... que me arrastra fuera de mi camino, está aquí, ¡aquí! en esta misma casa... ¿Me va comprendiendo usted?
Tampoco le comprendía Inés por estas señas; y así se lo dió á entender en su expresivo ademán, y sin apartar sus compasivos ojos de los sanguinolentos de Marcones.
Éste hizo otro envite en el juego en que estaba tan empeñado, de la siguiente manera:
—¡Estará decretado también que yo apure gota á gota las hieles de mi amargura! ¡Cúmplase la dura ley! En castellano corriente, Inés: desde que ando en esta casa, se han despertado en mí sentimientos y fervores que son incompatibles con la serenidad de espíritu y con la castidad de pensamientos que se requieren para el estado eclesiástico. En una palabra: yo no sirvo ya para sacerdote; repito que la causa de ello reside aquí, y añado que la conozco y que mi voluntad no ha tenido la menor parte en la caída... ¡Puedo jurarlo, Inés, puedo jurarlo si á jurarlo se me llamara! Sin embargo, á nadie culpo, nada pido, de nadie me quejo. Barro frágil era: tropecé á obscuras en mi camino, y barro despedazado soy en este momento. Nada más natural en los azares de la miseria humana... ¿Acabó usted de comprenderme?
—No, señor,—respondió Inés muy resuelta, después de unos momentos de indecisión.
Esta entereza por remate de lo que él había ido leyendo de nuevo en la cara de su discípula mientras la enderezaba las últimas indirectas, no le dejó la menor duda de que Inés deseaba y quería entenderle cuanto más pronto. El por qué del deseo, ya no estaba tan claro para Marcones.
Arriesgóse éste, y jugó su última carta de la siguiente manera:
—Puesto que es preciso, lo diré más claro todavía. El tropiezo que he hallado en mi camino; el imán, la fuerza que me ha sacado de él; el hechizo que ha despertado en mí sentimientos incompatibles con el estado eclesiástico, y la luz que me ha hecho ver á las claras que mi primera vocación no era perfecta... todo esto junto, Inés, todo esto junto... es usted. ¿Me he explicado bastante ahora?
Inés se estremeció al oirlo, aunque quizá lo esperaba desde muy poco antes. Púsose pálida; en seguida roja; se le acobardó la mirada; cerró los ojos, y concluyó por esconderlos detrás de las manos, sobre las cuales apoyó la frente.
Marcones, en tanto, estaba lívido, le temblaban los párpados y la barbilla, y se le podían contar los latidos del corazón en el paño de su chaleco. Aun sin estimar lo que hubiera de carnal en su intentona, se jugaba en ella la puchera. Era, pues, muy natural aquel desconcierto del seminarista; desconcierto que, con ser tan grande, no le impidió ver que urgía aprovechar la situación moral de Inés para rematar la obra, y, si no vencer, salir de la batalla con el intento bien justificado. Con este propósito añadió á lo dicho, después de un rato de silencio y mientras Inés continuaba con la frente sobre las manos:
—Esto que he tenido que declarar á usted, obligado por las razones que la dí, ha de quedar entre nosotros como en el fondo de una sepultura. Así lo pido, porque tengo derecho á ello; y le tengo, porque, como ya lo declaré, á nadie culpo de lo que me pasa, nada reclamo; y por lo que á mí solo importa, tengo tomada una resolución bien firme. Usted está muy alta: yo estoy muy bajo; usted es hermosa: yo soy una persona insignificante y mísera en quien, por el ropaje que viste y las ciencias que ha cursado, hasta parecen crímenes estos sentimientos; no tengo un solo título para merecerla á usted, al paso que no me parece bastante todo el corazón para adorarla. En este conflicto, ¿qué le toca hacer á un hombre honrado como yo? Alejarse de aquí, y alejarse para siempre. Pero tengo en esta casa deberes que cumplir, y no puedo salir de ella sin dejar bien demostrado que, si no los cumplo, es porque me lo impiden motivos muy poderosos. Ya conoce usted estos motivos, porque solamente para que los conozca usted me he atrevido á arrancar del fondo de mi corazón este secreto. Ahora, olvídele usted, discúlpeme como mejor pueda con su señor padre, concédame el perdón que la pido de rodillas, y déme su permiso para retirarme.
Inés estaba en este momento lo mismo que si de pronto hubiera oído crujir los techos y removerse las paredes de la casa: tiritaba de pies á cabeza, y no sabía qué hacer ni qué decir, ni adónde mirar en busca de un resquicio para huir de aquella situación que la amedretaba.
Marcones, entre tanto, convulso y anhelante, la devoraba con los ojos; y como pasaba el tiempo sin que ella descubriera los suyos ni dijera una palabra, el fogoso mocetón se levantó de la silla, avanzó el busto sobre la mesa, y, casi á la oreja, la disparó estas palabras:
—¡Dígame usted siquiera que me ha oído, ya que no sea bastante compasiva para perdonarme!
Al mismo tiempo le tocó un brazo con su manaza, quizás para descubrirle la cara tirando de él; pero no sé cuál fué primero, si el llegar la mano al brazo, ó el incorporarse de un brinco Inés y dar un paso hacia atrás. Marcones retrocedió á su vez otro paso.
—No he querido ofenderla á usted—la dijo entonces, viéndola con la faz angustiada y los ojos empañados;—y en cuanto al favor que acabo de pedirla...
—Todo lo he oído—respondió al fin Inés trémula y desconcertada;—de todo me he hecho cargo... pero yo no sé... yo no entiendo... yo no esperaba eso... Se quiere usted marchar y no darme más lecciones... puede que tenga razón... y puede que no la tenga: ¡qué sé yo? Para hablar de estas cosas, hay que estar muy serena... Puede que lo esté yo mañana... En fin, si quiere usted que le diga lo que siento sobre todo lo que me ha contado, déjeme que sea capaz de saberlo, porque ahora no lo sé... Conque hasta mañana, ¿verdad?
Y como quien sale de un atolladero abriéndose camino á ciegas con las manos, salió Inés de su apuro entre el laberinto de estas frases descosidas, y en seguida del cuarto, en el cual quedó un instante Marcones bañándose el alma en un golfo de dulzuras, por traducir á su gusto aquellos desordenados aleteos de un corazón que jamás se había visto en apreturas semejantes.