XXVI
LA PUCHERA DEL LEBRATO
El «negocio de la ostra» le tenía el Lebrato á la puerta de casa, como quien dice; y por «llanuco y hacedero de por sí,» no era cosa para quebrantar huesos tan duros como los suyos y los de Pedro Juan. Plantarse con la chalana en la primera revuelta y la más grande de las dos de la ría, á la bajamar; fondearse allí, ó no fondearse, sobre la misma canal; una especie de rastrillo de hierro, de púas fuertes, largas y algo encorvadas, con mango de palo: un instrumento así para cada uno, y á sacar con él cantos sueltos del fondo; cantos que, según la suerte soplara, unas veces salían en blanco, y otras veces más ó menos sarpullidos de ostras de todos tamaños; arrancar las grandes, dejar las de cría, y volver el canto al agua. Y al sol. No tenía ni tiene más intríngulis la explotación de aquel rico ostrero natural. La venta era siempre segura y pronta, porque andaban los especuladores disputándose la mercancía para revenderla á escape en los quintos infiernos. El oficio, pues, no tenía otras quiebras que los fríos y las celliscas de los meses invernales. Había en ellos horas de chuparse un hombre las uñas amoratadas, y de quedársele el cuerpo entumecido, y helada la saliva en la boca. Pero de estos días no abundaban; y en la ocasión de que se trata, mucho menos. Comenzaba septiembre, primer mes de erre después de la veda del verano; el tiempo al nordeste, claro, suave y noble como él solo, y «pa largo» por las trazas, y el trabajo se hacía en mangas de camisa; de modo que más que fatiga, resultaba entretenimiento agradable. Porque no era sola la chalana del Lebrato la que andaba á la ostra allí, aunque podía, y en buena ley debiera serlo, por no haber en el pueblo otro matriculado que él; pero ya se ha dicho que Juan Pedro no era hombre de usar de sus privilegios en perjuicio de nadie, y toleraba la media docena larga de chalanas que acompañaban en el ostrero á la suya; y hasta se alegraba de ello, porque, de ese modo, el campechano pescador no cerraba boca, y era la escuadrilla un hervidero de conversaciones, que tenían que oir.
Como el tiempo estaba tan hermoso, no se conformó con aquel solo recurso, que no dejaba de rendirle su buen por qué; y según se lo había anunciado «al señor don Baltasar,» teniendo la barquía bien recorrida y preparada, probó de noche «á lo de afuera;» ¡y esto sí que ya era harina de otro costal! Solamente el viaje hasta la barra, era trabajo de hora y media de rema incesante. Por el primer tramo, es decir, por lo que se podía llamar valle de la ría, menos mal: era ir como á cielo abierto, con anchos horizontes de Sur á Oeste, y en toda aquella línea, á no ser la noche brumosa y cerrada, siempre había celajes luminosos que alegraban la vista y entonaban un poco el ánimo; pero por el segundo tramo, desenvuelto en curvas desorientadas y caprichosas, con sus taludes altísimos y casi á plomo, como una hoz abierta entre montañas, ya era más triste la boga. No había otra luz que la que sacaban las palas de los remos, en gotas fosforescentes, al remover el agua, ni más cielo que el que se veía por entre los dos bordes de la rendija aquélla. El chapoteo que de esta faena resultaba, muy á menudo repercutía y se multiplicaba en las cuencas de los peñascos coronados por una greña de carrascas y zarzales, cuya espesura hacía la obscuridad mucho más negra de lo que era. Algunas veces se oía un ligero chasquido no lejos de la barquía, como el que produciría una pedrezuela arrojada en el agua: era el salto de un muble de un rebaño de los que volvían á la mar con la vaciante; y hasta este leve sonido hallaba eco que le repitiera y le propagara. Ni el Lebrato ni su hijo hablaban en todo aquel trayecto otras palabras que las puramente precisas: la solemnidad pavorosa de la naturaleza se impone á los espíritus más valientes y despreocupados; donde quiera que el hombre se ve gusano por la fuerza del contraste, allí se esconde ó se arrastra tímido y silencioso, como si realmente lo fuera. Es muy común la observación, y muy exacta, de que cesan de repente las conversaciones de todos los viajeros de un tren cuando éste atraviesa un túnel. Se ve gusano mísero allí. Y es de advertir también, que los miedos de esta clase son de los que no se vencen con la costumbre de sentirlos. Pedro Juan y su padre conocían aquel trayecto, que habían recorrido cien veces, lo mismo á pleno sol que entre tinieblas, como los caminos de su barrio; y, sin embargo, nunca le pasaban de noche, hacia la mar, sin verse dominados por aquel sentimiento que no tenían ellos por medroso, y que en el fondo lo era. Distingo el viaje «hacia la mar,» porque cuando, de vuelta de ella, recorrían el mismo esófago negro, sin ser mucho más locuaces se sentían más animosos; lo cual prueba que si el paso es triste é imponente de noche por sí mismo, lo es todavía en más alto grado como camino de una región mucho más pavorosa y de mayores riesgos de muerte.
Volviendo al asunto y dejando á un lado enojosas filosofías, digo que remando sin cesar los dos hombres y adelantando la barquía entre espesas tinieblas y fantásticos ruidos, llegaba á percibirse el de la mar, que, por dormida que esté, siempre sueña lo bastante recio sobre los duros cabezales de la costa, para que la sientan los más torpes de oído, durante el silencio y la quietud de la noche. El espacio se iba también ensanchando, aunque no aclarándose, delante de la pobre embarcación; comenzaba ésta, que hasta entonces se había deslizado como por encima de un cristal, á cabecear lentamente; avanzaba otro buen tramo; se acentuaban más los ruidos de la mar y también los cabeceos; aparecía por la proa, á la vista de los remeros, la masa de espesas sombras interrumpida en un espacio que para un ojo inexperto se abarcaba con los brazos extendidos... y aquel espacio era la barra, la boca del puerto; se bogaba un poco más; descubríanse la cabeza y rezaban fervorosamente un credo el Lebrato y su hijo; y como conocían aquella puerta tenebrosa lo mismo que la puerta de su casa, la enfilaban diestramente... y ya estaban en la mar: una línea negra, negrísima hacia tierra: la costa; y otra enfrente, pero lejos, muy lejos, un poco más fina y algo más clara: el horizonte. En derredor de la barquía, un breve espacio ondulante y con intermitencias fosforescentes.
En medio de esta obscuridad, había que buscar en las peñas de la costa ciertas cuevas que deja al descubierto la marea cuando baja; y no habían de ser las primeras que se descubrieran á la casualidad acercándose á los peñascos, sino las cuevas tales y cuales; porque el pescado en cuya busca iban el Lebrato y su hijo á aquellas horas, tiene sus preferencias de refugio, muy marcadas, y sólo en esos refugios, y no en otros muy parecidos, hay que buscarle.
Los pescadores los conocían perfectamente, y los tenían bien registrados uno por uno en la memoria; y aunque á obscuras, ó casi casi, sin titubear un instante, iban explorándolos todos, atracando la barquía hasta la misma boca de la sima, ó, cuando menos, á la peña en que estuviere. Una vez allí, se hundía en el pozo, que había dejado lleno la marea, un palo, de la largura necesaria para alcanzar hasta el fondo con un anzuelo que llevaba á la punta, fijo en un reñal muy corto; y si había anguilo adentro, es decir, congrio pequeño, iba al cebo traidor, le mordía y fuera con él. Y para todo esto, mucho silencio y ni chispa de claridad. Si el estado de la mar no permitía acercar la embarcación á la costa, se apartaba de ella cosa de una milla, y se probaba fortuna calando allí un aparejo de cordel, de muchas brazas. Pero siempre á obscuras. Si no se trababa congrio, se trababa un durdo regular, ó una mojarra de buen tamaño; y allá salía la cuenta, cuando mordían; porque si daban en no morder, ni mojarra, ni durdo, ni anguilo, ni nada; y noche y trabajo perdidos.
Y esto al comenzar la temporada de otoño, que, si venía noble, era un verano que daba gusto; pero en la de primavera (la mejor de las dos para el anguilo, por la abundancia y por la clase), con sus destemplanzas repentinas, con la crudeza de sus borrascas... ¡ya te quiero un cuento! ¡Qué noches había pasado el Lebrato en esas rudas campañas! ¡Qué riesgos había corrido, y de qué apuros le había sacado la divina Providencia!
Porque es de saberse que antes de tener un hijo, primero muchacho animoso y decidido, y después mozo robusto y fuerte, hacía él solo la tarea de los dos; solo se iba en su barquía, y solo se pasaba en la mar la mayor parte de la noche, registrando cuevas con el palo, ó calando el aparejo á larga distancia de la costa; solo iba también de día á la dorada, al barbo, ó á la lobina grande; y lo mismo le daba quedarse de la barra para dentro, si mordía algo de á cuanto, que salir de la barra para fuera en caso contrario. No tenían cuenta sus zambullidas en la mar, por desborregarse á obscuras entre las rocas; pasaban de seis sus embestidas á la barra, á media vela y á la desesperada, por haberle sorprendido otros tantos temporales afuera; y en ninguno de éstos ni de otros lances parecidos, llegó á faltarle la serenidad, ni se marcó en su frente una arruga más de las que de ordinario tenía. Por dentro le andaría la procesión; pero sutil había de ser de ojo el que se la descubriera mirándole de arriba á abajo.
Sólo una vez en su vida, confesado por él, llegó, no á perder la serenidad, sino á tener miedo y á sentir que le temblaban las carnes, y no de frío. Fué aquél un lance espantoso, y aconteció tres años antes de la ocasión en que el lector tuvo el gusto de conocerle. Le acompañaba Pedro Juan aquella noche terrible; y á la pena que le daba el considerar el peligro que estaba corriendo su hijo, atribuía él mucha parte de la angustia que le andaba por adentro. Las cuevas estaban dando «su buen por qué» en aquella campaña de primavera, y la tentación de la ganancia segura cegaba demasiado el buen ojo del Lebrato para distinguir tiempos de tiempos. Los que entonces reinaban, pecaban más de crudos que de bonancibles, y lo que era peor, pecaban de locos. Tan pronto dormían como danzaban. Ello fué que aquella noche habló Pedro Juan cerca de la barra, para decirle que sería mejor volverse desde allí, porque no le gustaba el rute de la mar, y la noche era negra como boca de lobo; pero el Lebrato, echando á broma el asunto con su jovialidad de carácter, «Jala pa lante—le contestó,—que piores las hemos corrío.»—Y el barquichuelo salió á la mar, que aunque no rompía en la costa, tenía «los demonios adentro,» en concepto de Pedro Juan. En el de su padre, la barquía podía atracarse á las cuevas, sin pizca de riesgo; y se atracó á la primera. Era la bajamar muy honda, porque las mareas eran vivas, y la cueva había quedado, aunque no muy alta, lo suficiente para que no se pudiera maniobrar en el pozo desde la barquía. Saltaron los dos al peñasco, en una de cuyas grietas atascó el Josco el rizón del barquichuelo para dejarle amarrado. Se registró bien la cueva con los palos, y prendieron dos congrios; y como la mina no daba más, pasaron á la inmediata: cosa de diez ó doce brazas más al Este, y cuestión de pisar firme y con los pies descalzos en las puntas salientes de abajo, y de ayudarse, cuando se podía, en las de arriba con las manos. El escabroso camino era curvo además, en sentido horizontal, y la cueva se hallaba en un esconce del gran peñasco, y, como si dijéramos, á espaldas de la otra. Bregando allí largo rato, porque la cueva, como aseguraba Juan Pedro, «lo tenía, pero no quería darlo,» Pedro Juan notó que el rute de la mar iba creciendo á lo lejos; que la resaca batía más que antes debajo de sus pies, y pensó, muy cuerdamente, que cuando tal ocurría en aquel rincón al socaire, peor debía de andar la cosa hacia la otra cueva, que tenía la cara al vendaval. Debió de caer el Lebrato en las mismas aprensiones que su hijo, y al mismo tiempo; porque suspendió de pronto los tanteos que hacía en el pozo, y dijo á Pedro Juan: «Vámonos pa la barquía, y á escape.» Se vieron mal, muy mal, para llegar hasta allá, porque rompía ya la mar en los desquiciados peñascones que les servían de camino; el aire, cargado de lluvia, arreciaba por instantes; la obscuridad, aunque pareciera imposible, se había ennegrecido más todavía, y á aquel sendero le faltaba bastante para ser un camino real. El primero que llegó fué el Lebrato; pero el anuncio de su llegada á Pedro Juan fué una exclamación, de tal sonido, que heló la sangre en las venas del valiente mozo. La mar había hecho astillas ó se había llevado la barquía, porque allí no quedaba más señal de ella que el rizón atascado en la grieta del peñasco. No podía darse situación más desamparada y pavorosa que aquélla, para dos hombres, por valientes que fueran, como lo eran ellos. La marea comenzando á subir; la mar embraveciéndose por momentos; el viento y la lluvia arreciando; las asperezas de dos rocas puntiagudas, para apoyar los pies desnudos; el brocal, digámoslo así, del pozo aquél, ó para mayor exactitud de la comparación, la mandíbula inferior de aquella boca abierta, para sentarse y economizar algo las fuerzas y aguantar mejor las salpicaduras de la rompiente y los embates del viento... y eso, solamente hasta que la mar, que subía, los echara de allí, ó se los tragara, que era lo más probable, lo casi seguro. Porque ¿en dónde hallaban otro refugio, si detrás de ellos no había más que un peñasco altísimo, y aunque no enteramente á plomo ni limpio de hendiduras y asperezas, bien marcadas en la memoria del Lebrato, se necesitaban la agilidad y la ligereza del mono y toda la luz y la calma de un mediodía de julio, para intentar, con un poco de fe en el buen éxito, una escapada por allí? ¡Cómo intentar ellos ese milagro, entre tinieblas espesas, azotados por la lluvia y el viento, viejo y débil ya el uno, y mal conocedor del horrible camino el otro?
Pues le intentaron, por no tener más remedio.
—Tú eres hombre de fe, Pedro Juan, hijo mío—comenzó por decirle su padre, después de meditar un poco sobre la situación en que los dos se hallaban, con aquella serenidad de espíritu jamás turbada.—Pues porque lo eres, quiero que te agarres á ella, como yo me agarro á la mía, pa sacar fuerzas de onde no tenemos las bastantes pa salir de este apuro por el único camino que hay. Podremos llegar ú no llegar á puerto. Si me hallara solo, puede que pensara que no; pero la pena que me da verte tan mozo y tan noble... y por sola la culpa mía en este riesgo tan grande, me deja muchas esperanzas de que hemos de llegar. De toas suertes, hay que escoger entre tomar ese camino ó dejarse tragar aquí por la marea brava, como montón de zaramá... y no es de duda el caso, á mi modo de ver.
Explicóle en seguida su proyecto, con cuantas señas pudo darle del camino; oyóle Pedro Juan, que no chistaba ni se movía, como si fuera un pedazo más de aquella roca; aprobó la idea con una sacudida del cuerpo, que quería significar «ya estamos andando;» y volvió á decirle su padre:
—Así me gustan los hombres, Pedro Juan: en los apuros gordos, poca palabra y mucho corazón... Vamos parriba, hijo mío, cuanto primero... Yo voy delante de tí, porque conozco mejor la escalera: onde yo pise y me agarre, pisa y agárrate tú, si es que lo ves en noche tan oscura. Por si acaso no, vente bien cercuca de mí... Y oye tamién: pa que el camino te resulte más entretenío, y hasta más llano, vete rezando de corazón y ajustando de memoria las cuentas pendientes que puedas tener allá arriba, que no serán grandes, á mi ver; y por sí ó por no, y por si nos quedamos á medio camino, pídele á Dios que te eche este trabajo en el platillo de los méritos; y puede que con ello solo te resulte lo bastante pa saldar en ganancias al finiquito... Pero, al mesmo tiempo, no dejes de agarrarte bien á la peña. Así lo pienso yo hacer, y démonos un abrazo por lo que pueda ocurrir...
Abrazáronse, y concluyó el animoso Lebrato:
—Ahora ¡á ello, y que el Señor nos ampare!
Y empezó aquella ascensión tremenda, inverosímil, en que cada paso de avance, á tientas, bajo la fría cellisca que á la vez que entumecía los miembros de los dos infelices, hacía más resbaladizo el peñasco, les costaba minutos de reflexión y nuevos pasos de retroceso, ó hacia los lados para tomar nuevo rumbo, mugiendo el abismo á sus pies y no viendo por delante otra cosa que la negrura de la mole que iban escalando y parecía no tener fin. La gran esperanza del Lebrato estaba en llegar á una ancha grieta que debía de haber en el último tercio del peñasco, más tendida que las que iban siguiendo á gatas. Allí se podría tomar un respiro, y acaso esperar á que amaneciera el nuevo día; pero las fuerzas iban faltándole, le sangraban las manos y los pies despellejados por los dientes de la peña, y temía á cada instante desalentar á su hijo con el ejemplo de sus desfallecimientos. Con las fuerzas de su abnegación de padre, más que con las de su cuerpo desmayado, avanzó otro poco; pero con tan mala suerte, que se le resbalaron los pies; y á no encontrar inmediatamente apoyo en la cabeza de Pedro Juan, que le seguía muy de cerca, tras de los pies hubiera ido el Lebrato entero y verdadero sin parar hasta el abismo, que seguía bramando á más y mejor.
Conoció el Josco de dónde venía el golpe, y dijo al sentirle, con igual frescura que si hablara en la socarreña de su casa, bien descansado y á subio:
—¡Ya podía avisar, coles!
—¡No te amilanes por eso, hijo del alma!—le gritó el padre.—Fué que se me desborregaron los pies. Tú tente firme, que á mí, ánimos y fuerzas me sobran, gracias á Dios.
—Pos mire—replicó Pedro Juan, agarrado como una lapa y haciendo equilibrios con las piernas de su padre sobre la cabeza;—por si güelve á suceder, mejor será una cosa: si usté se compromete á guiar, yo me comprometo á subile de este modo, y mejor si me pone una pata en cá hombral.
—¡Eso es!—dijo el de arriba como espantado de la ocurrencia del de abajo.—Pa que te despeñes primero, y sólo por sacarme avante á mí.
—Y no se haría más que lo debido... Pero no hay miedo de ello, padre. Yo estoy lo mesmo que cuando escomencé á subir, y usté no pesa más que una pluma. ¡Arriba, padre!
Y así hubo que hacerlo; y así llegaron los dos, en una pieza, hasta donde quería llegar el Lebrato por de pronto. Incómodo, terrible era aquello también; pero aunque mal, se pudo tomar allí un respiro. Según la cuenta del Lebrato, faltarían sobre cinco ó seis varas para llegar á los matos de arriba.
—Eso no es ná—dijo entonces el Josco,—si hay onde jincar las uñas y afirmar un poco los pies.
—No falta de ello—respondió su padre.—Pero ¿no sería mejor aguantase aquí, como pudiéramos, hasta que amanezca Dios? Esto de ver por ónde se anda...
—Dios—dijo el Josco,—no puede habernos dejao llegar hasta aquí, por sólo el gusto de que nos despeñemos de tan alto. Pudo haber acabao con nusotros mucho antes, y no acabó. Á más á más, yo no sé si, viéndolo de día, me aguantará la cabeza lo que debe de verse dende aquí hasta abajo... ¡Arriba, padre!
Cómo, yo no lo sé ni ellos lo supieron bien jamás; pero ello fué que subieron: rotos, desollados, empapados en agua y ateridos de frío, eso sí; pero subieron. Y para que su buena fortuna fuera completa, al otro día apareció la barquía entre dos aguas y metida por la marea, en la playa de San Martín. Rota y bien machacada estaba del costado de estribor; pero todo ello fué cuestión de cuatro tablucas más sobre los muchos remiendos que ya tenía; y á la mar otra vez con sus dueños, como si nada hubiera pasado aquella noche.
Así, y por el estilo, se ganaba ordinariamente la puchera el bueno de Juan Pedro, el Lebrato; y tan alegre y campante como si no hubiere vidas más regalonas en el mundo.
Por eso dije, y repito ahora, que la campaña que emprendió en septiembre con los fines que conocemos, fué toda ella coser y cantar; y tan placentera llegó á ser en la parte dedicada á la pesca de día, por lo bonancible del tiempo y lo socorrido del trabajo, que Juan Pedro se lo advirtió al señor cura, sabiendo lo mucho que á este santo varón le gustaban aquellos recreos de vez en cuando. Y don Alejo, que no deseaba otra cosa, echó cuatro ó cinco canas á la mar, que le rejuvenecieron otros tantos años.
Se divertían mucho con él el Lebrato y Pedro Juan; porque, tras de ser sumamente entendido en el oficio, y de haber hecho grandes valentías ejerciéndole por entretenimiento en su mocedad, era hombre de buenas ocurrencias, y sabía enjaretarles los consejos y los «pedriques» de tal modo, y tan á la llana y entendibles, que «se les metían ellos solos hasta adentro.»
¡Bueno se le echó á Pedro Juan, entre calada y calada á las porredanas y al durdo, á media milla de la costa, la antevíspera de leerle la última proclama de su casamiento! ¡Y bien que le supo al mocetón, no sólo por el valor del «pedrique en sí,» sino por las alabanzas á Pilara en que se le dieron envuelto!
Al desembarcar aquel día junto al corral mismo del Lebrato, porque la marea lo consintió, despidióse don Alejo en estos términos:
—Si el tiempo lo permite, todavía he de echar otra canita á la mar en la primera salida que hagáis después que Pedro Juan se case.
Y luégo, volviéndose hacia su padre, añadió:
—Te digo que no puedo echar de la memoria lo que me has contado de aquel viaje del Berrugo. Pero ¿qué demonio iría buscando ese hombre por allí? ¿Será capaz de haber tomado en serio lo de?... ¡Ave María Purísima!
Á todo esto, el Josco tenía ya su vestido de arriba abajo, sus borceguíes con clavillos, su sombrero hongo y sus dos camisas de repuesto: todo ello nuevo, flamante; y además tenía la promesa de su cuñado, de prestarle la capa para la ceremonia. Se había invertido un celemín de cal viva en blanquear lo que debía blanquearse de la casa, y el Lebrato tenía ya preparados el mortero y las baldosas para sentarlas en el llar de la cocina y dejarle como nuevo. Y con esto, y con estar apalabrado para padrino el médico don Elías, invitado á ello por el Lebrato, que quería dar digna pareja á la madrina escogida por la novia; y por haber ésta mandado ya abajo la cama con sus ropas correspondientes, y la caldera y las sillas; y estando corridas las tres proclamas... y en fin, todo listo y corriente, pusiéronse de acuerdo con el cura los de arriba y los de abajo; y un sábado, el último sábado de septiembre, con un sol esplendoroso en las alturas y mucho rocío en el suelo; las panojas curándose en las mieses; el pelo de la toñá apuntando en las praderas; los graneros muy vacíos y los pajares abarrotados; las vacas para llegar del puerto y las gentes muy desocupadas; Inés triste todavía; el de Nubloso en enigma; el Berrugo muy inquieto; Marcones desesperado en Lumiacos; la Galusa hecha una serpiente; don Elías conmovido y vidrioso con el gran suceso de su padrinazgo y la boda subsiguiente; don Alejo cavilando todavía en el caso del Berrugo, y no poco en su conversación con Inés, unos días antes, en el portal de la iglesia; Quilino carcomiéndose vivo, y el mundo entero, impasible y descuidado, dando volteretas por los aires; un sábado, repito, de esta traza, y el último de septiembre, casáronse Pedro Juan y Pilarona, sin que en la ceremonia ocurriera cosa que el lector no presuma, con excepción de una sola; y fué que al preguntar don Alejo al novio si quería por esposa á Pilara, respondió mirándole con gran extrañeza:
—¡Pos no he de quererla, coles? Eso bien lo sabe ella. Y usté tamién.
La boda se celebró en casa de Pilara; y allá asistió todo el cortejo de la iglesia, menos Inés, que se excusó por no sentirse bien de salud, y creo que era cierta la excusa.
Don Elías fué, durante el festín, un cepillo de nervios electrizados. Repitió la historia de sus quebrantos de fortuna; sostuvo la realidad de las apariciones y la existencia corporal de las brujas; y ya iba á referir el lance de la linterna, cuando entró don Alejo, que había prometido darse por allí una vuelta á última hora, y esto le contuvo. Pero, en cambio, habló el cura con él, cuando se marcharon los dos solos, del viaje del Berrugo á la mar, con sus investigaciones acerca de la cueva del Pirata; y no sé quién se quedó más asombrado, si don Elías cuando oyó esto, enlazándolo en seguida, por detalles y por fecha, con lo ocurrido en su visita á don Baltasar, ó don Alejo cuando el médico, espeluznado, le contó lo que en ella había pasado entre los dos.
—¡Locos, locos de atar entrambos!—exclamaba para sí don Alejo en cuanto se separó de don Elías.
Y casi al mismo tiempo iba pensando éste:
—No hay duda: el indecente ese cogió la pista que yo le dí, y anda detrás del tesoro. ¡Tendría que ver que yo se le pusiera en la mano!
De estos pensamientos le apartó Quilino, que se cruzaba con él en la calleja. Dejó en seguida el médico lo uno por lo otro, como lo tenía de costumbre; y parándose con él, le dijo con apariencias de broma, pero yo creo que con toda seriedad, aludiendo al casamiento de Pilara, después de darle la noticia de que él había sido padrino:
—Un cuidado menos para tí, hombre.
—¡Un cuidao pa mí eso?—respondió Quilino despreciativamente;—¿cuándo lo fué ello, recongrio?
—Pues bien te consumías y despatarrabas por ella poco hace,—replicó don Elías.
—¿Por ella yo, congrio; por ella!—insistió Quilino con la risa del conejo.—Era tó ello pura pamema, señor don Elías: pura pamema. ¿Pa qué quería yo ese telarón, recongrio?... Sólo que yo tenía con el Josco ciertos piques, y le tomaba por ese lao... Por eso me alegro de lo que acaba de ocorrir esta mañana... ¡me alegro, congrio!; porque acabá de una vez la desculpa que yo tenía pa lo otro, sacabó lo demás... Créame usté, don Elías; ¡créame usté, recongrio! ¡ese hombre y yo, tal y como estaban las cosas antes, no cogíamos vivos en el mundo! ¡no cogíamos, recongrio!
Y se fué sin decir más, y en el momento en que don Elías iba á preguntarle por el estado de sus relaciones con el Pinto de Los Castrucos, después de la castaña del día de San Roque por la tarde.