Á MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO
De cómo se celebran todavía
las bodas en cierta comarca montañesa, enclavada en un repliegue
de lo más enriscado de la cordillera
cantábrica.
UERIDO Marcelino: Si no estorba en el libro que se está imprimiendo en honor tuyo; si no te parece que resultará nota discordante en su concertada seriedad, ayúdame á conseguir que se publique el contenido de las adjuntas cuartillas en la última de sus páginas, fuera, si quieres, de los dominios del índice, y aun á espaldas del mismo colofón; en lo más recóndito, en suma, donde nadie más que tú se entere de ello. Lo que importa, por el lado de mis ardientes deseos, es que no falte un pobre ramajo de los laureles de mi huerto en la corona que hoy se teje para ti; porque no puedo resignarme á que, cuando tus admiradores tratan de elevar un monumento á tu gloria, deje de contribuir á él con su modesta pedrezuela precisamente el que más te admira y más te quiere, por mucho que te admiren y te quieran los demás. Al fin y al cabo, y bien apuradas las razones, dentro cae del programa de ese libro el humilde tributo que te ofrezco para él, pues es fruto, aunque trivial y sin substancia, de mi propia investigación, y de asunto, no solamente español, sino de ésta nuestra tierra nativa de la montaña... En fin, «con verlo basta», y allá va, sin adobos ni arrequives, y tal como consta, seis años hace, en mi cartera de apuntes.
«Lo que puede llamarse cortejo nupcial, compuesto de lo más espigado y rozagante de la juventud del pueblo, ellas con panderetas muy adornadas de cintajos y cascabeles, y muchos de ellos con escopetas al hombro, y todas y todos con lo mejor de sus equipos á cuestas, se ha ido formando, desde la salida del sol, junto á la casa de la novia; y en cuanto ésta y el novio, acompañados de los padrinos, aparecen en el umbral de la puerta, las mozas la saludan con un cantar alusivo al caso, y los mozos con una explosión de relinchos... y una descarga cerrada.
«Puestos en marcha todos, en debida y ordenada formación camino de la iglesia, al andar lento y balanceado que marca y determina el incesante y monótono golpear en los parches de las panderetas, las mozas van cantando á los novios, y al señor cura, y á los padres de los novios, y á los padrinos del casamiento, y á cuantas personas de algún viso en el lugar formen en la comitiva ó recuerden las cantadoras. Los mozos responden algunas veces á los cantares de las mozas con otros bien relinchados al remate, y los que llevan escopetas hacen salvas á menudo. Así hasta la iglesia por el camino más largo, con notorio regocijo de las gentes, que abren puertas y ventanas para ver pasar la boda, y acrecentándose el cortejo á cada instante con los muchachos desocupados y las chicuelas tentadas de la curiosidad; camino siempre de flores y sin tropiezos... menos cuando es forastero el novio; porque, en este caso, tiene esta primera jornada de la fiesta una variante no poco original y muy curiosa. Sucede entonces que á lo mejor de andar la boda este camino, aparecen en él, saliendo de ésta y de la otra encrucijada, hasta media docena de mocetones, dando brincos y haciendo corcovos, aullando, relinchando y disparando las escopetas, con el estruendo y la traza temerosa de una horda de salvajes. Echan el alto á la procesión, y se apoderan de la novia, que desde aquel instante queda secuestrada ó, como ellos dicen, empeñada, sabiendo muy bien todos los presentes, y el pueblo y la comarca entera, que aquella boda no se celebrará «en jamás de los jamases», si el novio, ó en su defecto el padrino, no desempeña á la novia con la cantidad de tres duros, que han de gastarse después en honra de los recién casados y provecho de la gente moza, la cual da, á este precio y de ese modo, carta de ciudadanía en el lugar al novio forastero.
«Cuando la novia, rescatada ó no, ha llegado á la puerta de la iglesia, la echan las zagalas de la comitiva este cantar:
Al tomar agua bendita
Despídete, compañera:
El primero de casada
Y el último de soltera.
«Donde se ve que no anduvo la musa cerril muy atenta á enlazar el sentido de los dos últimos versos del cantar con el de los anteriores.
«Después de las ceremonias de ritual y de la misa, en que comulgan los novios, ya «amarrados al yugo pa sinfinito», vuelta á la calle la procesión, con nuevos cánticos de las mozas, al mismo andar del son cadencioso de las panderetas, y con los propios relinchos de los mocetones y las propias salvas de las escopetas de antes.
«Esta vez se dirige la pintoresca y alegre comparsa al domicilio del novio; es decir, al de sus padres; y en cuanto llega á él entre la vibrante curiosidad del vecindario de la barriada, detiénese enfrente de la puerta, y cantan las infatigables mozas de este modo:
Señora doña... Fulana,
Salga á recibir su nuera,
Y trátela con cariño
Y tenga cuidado de ella.
«Y la invocada suegra, vestida con los trapos domingueros, y descolorida por la emoción que es de suponerse, sale, en efecto, y toma de la mano á su nuera, bésala en una mejilla, y la conduce á su casa, á donde la siguen primeramente el novio y los padrinos, y después todo el cortejo, si cabe adentro, y aunque no quepa muy holgado. Entonces, puesta en orden la muchedumbre en la pieza más grande y de mayor respeto, y cada cual en el sitio que le corresponde según el papel que desempeñe en aquella verdadera solemnidad, los recién casados se arrodillan delante de la conmovida mujer, que permanece á pie firme, y la dicen:
«—Le pedimos el su perdón, si la hemos ofendido en algo.
«Á lo que responde ella:
«—Perdonados estáis.
«Y les tiende las manos para que se levanten.
«En seguida se encara con ella el padrino, y le pregunta:
«—¿Qué señala usté por arras á su nuera?
«Y responde la suegra:
«—Tal ó cual finca, tal ó cual res, ó vestido, ó mueble, etc., etc.
«El padrino entonces, vuelto hacia lo que pudiera llamarse público congregado allí, dice:
«—Vosotros sois testigos de esta manda.
«En seguida cantan las mozas al son de sus panderetas:
Á la novia en este día
Dios la dé salud y hacienda
Y trigo para su año,
Y después la gloria eterna.
«Con esto salen de la casa las gentes que la habían invadido, novios inclusive, y, ya en la calle, echan las cantadoras esta despedida:
La casa queda de luto;
Las tejas quieren llorar;
Adentro quedan los padres
Que las pueden consolar.
«Es muy de notarse que aunque viva el suegro y esté presente al acto, siempre se dirigen los novios á la suegra para que se les perdone, y el padrino cuando pide las arras para la novia.
«Á casa de los padres de ésta vuelve ahora la comitiva, con los cánticos, los relinchos y las salvas de rigor; y en cuanto llegan á ella, cantan las mozas de esta suerte:
Ábranse las puertas de oro
Y los candados de plata,
Que aquí viene don... Fulano
Con la su paloma blanca.
«Y se abren las puertas, que no suelen ser de oro ni tener candados de plata, y entran en la casa los novios, sus parientes y padrinos, y las mozas del acompañamiento. Allí les espera la mesa puesta y preparada la comida de bodas, que ha de presidir el señor Cura, y de la que no participarán entonces las cantadoras, las cuales se limitarán á presenciar el acto... y á cantarle.
«Cuando esta primera parte de él se da por terminada, se levanta el padre de la novia, y encarándose con ella y con su marido, los bendice por despedida en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; responden todos los presentes: «Amén»; y con esto y una breve exhortación del señor cura al despedirse también, queda la mesa abandonada por la gente grave. Entonces es cuando se arriman á ella las zagalonas de las panderetas; se llama á los mozos, que aún relinchan en la corralada, y comienza el verdadero jolgorio, que no termina hasta las altas horas de la noche, si antes no se rinden los comensales al peso de la hartura y al quebranto de los bailoteos, como suele acontecer».
Tal es mi ofrenda. Ya ves que, aunque mezquina, cae dentro de las exigencias del programa, y, además, ¡caso inaudito! te enseña algo que tú no sabías, con saber tanto como sabes. De todas suertes, y aun suponiendo que en mi mano estuviera ofrecerte cosa mejor, todo había de parecerme poco y malo al pensar en la magnitud y alteza de su destino.