EL REO DE P...

A mañana era brumosa y fría, y escaseaba la luz, porque aún no había traspuesto el sol las lomas del oriente. Se me habían «pegado las sábanas» aquel día, y llevaba muy contados los minutos cuando salí de casa; temía llegar tarde y apretaba el paso, con lo que doblaba el empuje y la frialdad del terralillo madrugador, que me daba de frente.

Al entrar en el espacioso vestíbulo de la estación, observé que salía de él bastante gente de pueblo, en la que predominaban las mujeres. Nada tenía esto de particular á aquellas horas y en aquel sitio; pero sí lo tuvo para mí el que todas las frases que iba sorprendiendo, al pasar rápidamente para llegar al despacho de billetes antes de que le cerraran, fueran la expresión de una misma idea, de un mismo sentimiento; del mismo, precisamente, como recordé de pronto, que las de unos chicuelos que se habían cruzado conmigo en las inmediaciones de la estación: frases compasivas, exclamaciones de pena, dedicadas á alguien que no se nombraba terminantemente. Lo apurado del tiempo me impidió enterarme allí mismo de lo que ocurría; tan apurado, que no sé cuál fué antes, si el dar yo el primer paso en dirección al andén con el billete comprado, ó el oir el golpe del ventanillo que se cerraba.

Instalado al fin tranquilamente, y solo por añadidura, en el departamento que me correspondía, me asomé á la ventanilla, tentado de la curiosidad que se me había despertado en el vestíbulo; pero nadie pasaba por allí: todas cuantas personas quedaban en el andén después de cerradas las portezuelas de los carruajes, estaban agrupadas enfrente de uno de ellos, muy alejado del mío. De pronto se separó del grupo un hombre á quien yo conocía mucho: cierto barbero muy popular en la ciudad, el cual prestaba tiempo hacía sus servicios en la cárcel, con derecho al uso de la gorra galoneada con que cubría su cabeza voluminosa. Le llamé con una seña; y él, que era la despreocupación y el regocijo andando, se vino á mí con la faz angustiada y el color ceniciento.

—¿Qué ocurre aquí de extraordinario?—le pregunté.

—Que se llevan al infeliz... En aquel coche va,—me respondió con una voz como la cara.

—¿Quién es ese infeliz?

—El reo de P...

—Y ¿á dónde le llevan?

—Á su pueblo.

—¿Para qué?

—Pues... para matarle en cuanto llegue. Ayer se supo que se le había negado el indulto, y anoche mismo se dieron las órdenes para trasladarlo allá y ponerle en capilla. El verdugo estará también en camino á estas horas desde Burgos, y el piquete saldrá hoy de aquí por la carretera...

—Y ¿sabe él todo eso?

—Como saberlo fijamente, creo que no; pero temérselo... Le hemos dicho que, como lo del indulto puede ir por largo y está la cárcel de aquí llena de presos, se ha mandado que le trasladen á él á la de su partido para que cada palo aguante su vela... Con esto se conformó anoche; pero esta mañana, al ver que eran cuatro los guardias que le acompañaban, y no dos como cuando iba á la Audiencia, se le cambió de pronto el color, y nos pidió, por todos los santos del cielo, que le dijéramos la verdad si le teníamos engañado. Juramos y perjuramos que era cierto lo que ya sabía... sólo que como al que más y al que menos de los que estábamos presentes no nos sobraba el arte para fingir, aunque él no peca de listo... ¡qué sé yo! á mí se me figura que en el cuerpo la lleva... Hasta aquí le hemos acompañado, y en el coche le dejo, sin atreverme á estar más tiempo delante de él, por si me descubre en la cara lo que no quiero que sepa por mí.

—Ya veo que te ha impresionado mucho la despedida.

—¡Qué quiere usted!... Gorda fué la que hizo, y bien merecido tiene en ley lo que le cuesta; pero llevo muchos meses tratándole y observándole en la cárcel; es un simplón que hasta los niños le engañan; tiene uno su corazón correspondiente, y... en fin, no se puede remediar.

En esto arrancó el tren; se descubrió Nisio para saludarme, y yo me dejé caer en el cojín de mi asiento con el corazón oprimido y la cabeza llena de pensamientos y de visiones.

Lleva consigo el reo de muerte mucho de lo que es peculiar á la corriente mansa del río profundo, á la mar tranquila, al bosque silencioso; á cuanto es misterio, abismo y soledad. Un impulso desconocido nos arrastra hacia ello, y otra fuerza más poderosa aún nos detiene allí, y nos obliga á contemplarlo, á meditar, á penetrar lo que es impenetrable, á hundir el pensamiento y el espíritu en lo invisible. No parece sino que por el camino de aquellos misterios se llega más pronto á descubrir ese algo, que es el anhelo constante del alma humana.

Pues de esa misma fuerza me sentí yo esclavo tan pronto como supe que en el mismo tren que yo, iba el reo de P...: yo con propósito de pasar un alegre día de campo, y él destinado á morir en el patíbulo. No me era aquel hombre enteramente desconocido: le había visto una vez en la calle, maniatado, entre dos guardias civiles que le conducían á la Audiencia, seguido de una turba de muchachos vagabundos. Recordaba algo de su fisonomía, de su estatura, de su vestido; pero eso, que entonces me pareció hasta demasiado, en la nueva ocasión no era ni siquiera lo suficiente. La primera ocasión se trataba de un hombre aún no juzgado, que podía ser ó no ser condenado á muerte, y ejecutado en un día y lugar determinados por la justicia humana; de un ser que estaba expuesto á morir en manos del verdugo, como lo está cualquier hombre de bien, en cada instante de su vida, á perderla por obra de una enfermedad ó de fortuito accidente; era, en suma, uno más de los condenados á muerte que á todas horas andan por el mundo y pasan á nuestro lado con mayor ó menor derecho á nuestra curiosidad; pero en la segunda ocasión ese mismo hombre tenía ya contadas las horas de su vida: estaba condenado á morir en día fijo y muy cercano. Si tenía dudas, iba á aclararlas de un momento á otro; si poseía la certeza que infunde la luz de la fe, ¡qué espanto el suyo con una conciencia tan cargada de culpas! De todas suertes, y sin contar su natural apego á la vida, ¡qué estado el de su espíritu!

Ya no inspiraba repugnancia por el recuerdo de su crimen, sino profunda compasión por la certeza del suplicio con que iba á pagarle; ya era la corriente mansa, la mar tranquila, el bosque silencioso, que atraen y subyugan, y obligan á meditar y á sentir. Por eso se despertaron en mí tan fuertes deseos de verle y de contemplarle de cerca.

Y los satisfice en la primera estación en que hizo el tren una de sus interminables paradas. Comencé por pasar y repasar muchas veces por delante del coche que le conducía: temía mortificarle si notaba el empeño que me mortificaba á mí. Estaba de perfil en el centro del banco y con la cara vuelta al lado opuesto al andén; y como supuse que hacía esto por apartar sus ojos de las miradas con que muchos le perseguían, no sólo desde la estación, sino desde los otros compartimientos del coche, separados por vallas de poca altura, me detuve, me acerqué, y hasta me subí al estribo... y hasta se retiró hacia el respaldo de su asiento, leyéndome los deseos en la cara, un guardia civil que tapaba con su busto media ventanilla.

Era el reo un mocetón grandote y de muchas carnes, que apenas cabían en su vestido, negro y resobado, cuya chaqueta, ó no tenía cuello, ó le tenía sumamente bajo, como si le hubiera preparado el verdugo para que se desbordaran por allí las ronchas de un pescuezo corto y de un cerviguillo digno de un toro de lidia, y quedara sitio en que acomodar la fatal argolla de su oficio. Cubría su cabeza, rapada y no muy grande, con un casquete también negro, y era el color de su cara el de la de todos los encarcelados: pálido y enfermizo. En sus formas adiposas y en su quietud casi absoluta, con las manos sobre los redondos muslos, atadas por los pulgares, se revelaba un temperamento linfático; y costaba trabajo creer, porque tampoco en su cara mofletuda y sosa había nada de repulsivo, que bajo aquella envoltura grasienta y apelmazada cupieran impulsos tan feroces como los que le arrastraron á cometer el horrendo crimen que iba á expiar muy pronto... Pero, á todo esto, ¿lo sabía él? ¿lo sospechaba siquiera? ¿Era creíble que sospechándolo, nada más, pudiera guardar aquella actitud tan sosegada y tranquila? ¿Será que el organismo físico y moral de los criminales se rige por leyes singularísimas é impenetrables al juicio, á la lógica y al sentimiento de los hombres de bien?

Por aquí andaba con mis reflexiones, cuando un rapaz, que se había encaramado también en el estribo, y se empinaba sobre los pies, inquieto, desconcertado y nervioso, para ver al reo á todo su gusto, exclamó de pronto, enderezándome á mí la pregunta:

—¿Es verdá-usté que van á matarle en cuanto llegue?

Me espantó la pregunta, temiendo que la oyese el aludido; tapé la boca con una mano al rapaz, que saltó de un brinco al andén, y respondí al propio tiempo en voz alta, con intento de que lo oyera el desdichado:

—¡No es cierto eso! Le llevan á su cárcel, porque no cabe en la de Santander.

Pero ni á la pregunta del rapaz ni á mi respuesta volvió la cara, ni en todo su cuerpo se notó la menor señal de haberse enterado de ellas. Más valdría así; y mejor para los que le compadecíamos si las había oído y no daba importancia á la primera por ser la confirmación de lo que ya sabía, ni á la segunda por no creerla...

Descendí del estribo porque se oyó la señal de que se acababa el tiempo de parada allí; entré de nuevo en mi departamento; volvió el tren á deslizarse sobre sus carriles, y volví yo á pensar en lo que pensaría aquel hombre que iba aproximándose poco á poco al término de su viaje y de su vida. Haríamos el mismo camino hasta la estación de T... Allí tomaría yo el de mi lugar, hacia el nordeste; el más largo, ó el más corto; el que me conviniera más; y él... el que le señalaran, hacia el oeste, para llegar cuanto antes á su triste paradero... ¡Y hasta la eternidad!

En la estación de T... podría yo verle y contemplarle á todo mi gusto, pues habría tiempo y comodidad para ello: era ocioso bajar en las otras dos intermedias, y encaramarme en el estribo y mortificar tantas veces al desgraciado con la impertinencia de mi fisgoneo. Sin embargo, en ambas me bajé, y en ambas hice lo mismo que en la primera, y siempre encontré al reo en la misma postura, con las manos atadas descansando sobre los muslos, y la cara vuelta al lado opuesto al andén. No había duda: me arrastraba el misterio y me atraía el abismo.

Al fin llegamos á la estación de T..., donde quedó casi desocupado el tren, que era, según la jerga de la compañía, corto, es decir, de los que no pasan de los límites de la provincia, con un andar de carromato. Por eso invirtió dos horas en un trayecto de cuatro leguas; y cuando llegamos á su término, se había elevado el sol por encima de los montes; y desde un cielo limpio, azul, barrido de toda señal de nube, alumbraba con su luz esplendorosa cuanto abarcaba la vista desde aquellas alturas: uno de los panoramas más hermosos que pueden admirarse en la montaña, la tierra de las grandes maravillas de la naturaleza. El coche en que iba el reo había quedado fuera del andén contiguo á la estación y enfrente de un jardincillo muy cercano de ella; y no hubo viajero que no desfilara por delante de él antes de entregar su billete en la puerta de salida. Esta peregrinación, que tenía no poco de solemne, duró algunos minutos. Yo no tomé parte en ella porque me reservaba para ver á mi hombre fuera del carruaje... como le vi poco después.

No sé cuándo ni cómo bajó ó le bajaron, porque, al volverme hacia aquel lado en uno de los maquinales paseos que me daba por delante del coche en que había llegado yo, toparon mis ojos con él, encarado á mí, de pie y como clavado en el suelo, como tronco de árbol desmochado que hubiera nacido allí: fijo, inmóvil, en una actitud y con una expresión en la cara imposibles de olvidar. Le daba el sol un poco de soslayo; y sobre el suelo arenoso, casi dorado, en que se alzaba la masa negra de su cuerpo, se dibujaba su sombra, que iba á perderse entre la hojarasca verde y las flores olorosas del jardín. Los cuatro guardias iban y venían y andaban á su lado de acá para allá; y no faltaban curiosos, como yo, que le contemplaban desde cierta distancia respetuosa; pero de nada de ello parecía enterarse él, cuya mirada, profundamente melancólica, se desvanecía en lo invisible... Ni un gesto; ni la contracción más ligera de un músculo de su cara lívida, algo inclinada al pecho; ni la más leve señal de que latiera la sangre en sus arterias. Era la verdadera estatua del desconsuelo, de las grandes melancolías, del mayor de los desamparos. En esto cayó á sus pies un saco á medio henchir, con la boca amarrada con un cordel. Era su petate: los cuatro guiñapos de su equipo. Tampoco se fijó en ello. ¿Para qué, ni aunque el saco hubiera estado lleno de perlas y diamantes? Porque era indudable que aquel hombre conocía entonces la terrible verdad, ó por habérsela revelado en el camino indiscreciones como la del muchacho de marras, ó porque la adivinaba ó la presentía. Era incompatible con la menor esperanza de vivir, aquélla su imponente expresión de desconsuelo: sólo la certeza de que le conducían á la muerte, y en un cadalso afrentoso, podía imprimir en su naturaleza medio salvaje aquel sello de acerbísimo dolor moral, devorado por la conciencia de merecerle... Y en derredor del desdichado, como dispuesto por la crueldad de su mala fortuna, si es que no lo disponía la justicia de Dios para mayor castigo suyo, ¡qué espectáculo! Nunca he pasado por allí sin detenerme largo rato para dársele á mis ojos por recreo; pero no recuerdo haberle visto jamás tan admirable como le vi en aquella tan señalada ocasión; y es que rara vez se logran, en esta tierra de los celajes grises y de los húmedos vendavales, un cielo tan limpio, tan azul; un sol tan vivo y resplandeciente, y una tranquilidad y un reposo en la naturaleza, como aquel día. Abajo, en el llano, empalmando con el breve recuesto que da acceso á la estación, el largo arrecife entre alamedas, robledales, praderas y caseríos; más allá, al fin de la alameda, la masa roja de los primeros tejados de la villa que da nombre á la estación, la segunda capital de la montaña, no sólo por su riqueza, sino por su hermosura: la reina y la señora de la admirable vega, en uno de cuyos contornos asienta el trono de su señorío; después de la vega, que se pierde de vista á derecha é izquierda entre montes y cerros, la cuenca del río entoldada de espesa vegetación, entre la cual se destacan las notas blancas de los pueblecillos ribereños; luego otro valle, más bien adivinado que visto á través de las manchas diáfanas del arbolado desnudo y de las veladuras del humo blanquecino arrojado en espirales por las chimeneas de las barriadas; y á un lado y á otro de estos valles deliciosos, más sierras y más montes escalonados y sarpullidos de aldehuelas... hasta que termina y cierra el panorama por aquel extremo un monte pedregoso que sirve de barrera, por el norte, á las aguas inquietas del océano, y por el oeste, erguidos sobre una gradería de altos y negros montes, los dos colosos de la cordillera cantábrica: Peña Sagra y los Picos de Europa, ya cubiertos de nieve, iluminados de frente por el sol y recortando los gallardos florones de su corona con el intenso azul del cielo.

Pues en este espectáculo, siempre nuevo y admirable para mí, hallaba yo aquella mañana un atractivo singular que, en definitiva, me mortificaba mucho: por de pronto, el contraste que formaba su hermosura, convidando á regocijarse y á vivir, con el estado moral de aquel hombre que le tenía tan cerca, sin reparar en él, ó sin atreverse á mirarle; pero singularmente porque en lo más grandioso del cuadro, en uno de los repliegues de la falda de los Picos, estaba el término de su viaje: allí había nacido, allí había cometido el crimen, y allí había de expiarle por la mano del verdugo. Por embrutecido que tuviera el entendimiento, era imposible que no le hubieran entrado en él estas reflexiones al fijar la vista un instante en aquel lado del panorama, ó al saber que, desde el punto en que se hallaba, le tenía delante de los ojos; y á poco que se le fueran eslabonando las ideas en el cerebro, había de asaltarle la visión de su hogar y de los seres que le habitaban; pensaría que eran sabedores de su viaje y de lo que había de acontecerle en cuanto le terminara, y los vería á todos huyendo en busca de un escondite fuera del lugar: un agujero, una caverna en el monte, para ocultarse y morir allí de dolor y de vergüenza. Si no pensó entonces de este modo aquel criminal, yo lo leí en su cara, cuya expresión se acomodaba exactamente á estos pensamientos; y por eso, por lo que padecería él pensando de ese modo, padecía yo al poner los ojos en lo que tantas veces me los había recreado; y hubiera preferido á aquella luz tan brillante, á aquella augusta placidez de la naturaleza, á aquellos aromas vivificantes de la húmeda tierra acariciada por el sol, á aquel cuadro, en fin, tan despertador de todos los alicientes más nobles de la vida, un día ceniciento y borrrascoso, de los que menos influyen en las imaginaciones adormiladas y en los entendimientos incultos. ¿Quién duda del poder que ejercen los agentes externos en el ánimo de ciertos hombres... y aun en el de toda casta de ellos?...

Andando en estas y otras meditaciones análogas, y sin apartar la vista del reo, que tan profundamente me iba contaminando de sus tristezas, enderezóse de pronto, como si saliera de un letargo, y, al mandato de los guardias que le custodiaban, rompió su marcha con paso firme hacia la puerta de salida, á la cual me acerqué yo para verle más de cerca.

Fuera ya de la estación, no le condujeron por la carretera que de ella arranca en dos ramales curvos, sino á campo travieso por el serrato intermedio, que entonces estaba en abertal. Desde mi observatorio le vi bajar á buen paso y saltando matorros alguna vez, y le seguí con la vista hasta que desapareció entre los edificios y bardales del entrellano. Entonces recordé que me esperaba el carruaje; monté en él, con el pensamiento fijo tenazmente en aquel desdichado; y al cabo de media hora llegué á mi casa, sin perder la visión del criminal con las manos atadas, pálido y angustiado el semblante, y de pie é inmóvil entre el jardincillo de la estación y el tren que nos había conducido á los dos.

¡Cosa rara! Desde que supe que viajaba con él hasta que desapareció de mi vista en el camino de T..., ni una vez sola puse la consideración en el crimen que había cometido: siempre fueron sentimientos de lástima los que me inspiraron su recuerdo ó su presencia. El corazón humano es así, más propenso á compadecerse que á castigar delante de un delincuente arrepentido. Y lo cierto es que en la necesidad de que flaquee en algún sentido: ese órgano, que, en opinión de un grande hombre que fué á la vez un gran tirano, es el que gobierna el mundo, más vale que flaquee de ese lado. Digo esto, porque precisamente por ello, ó por algo semejante, comencé yo, al cabo de algunas horas y en las soledades de mi huerto, á ingerirme en otro orden de ideas para descargar el espíritu de aquella fatigosa obsesión compasiva.

¿Merece ese hombre—llegué á preguntarme,—los malos ratos que me está dando? ¿Puede concebirse nada más abominable ni más merecedor del castigo que le aguarda, que el crimen que cometió? Bien está la misericordia, y hasta es de ley divina en todo corazón cristiano; pero ¿y la justicia? ¿y aquella pobre víctima tan bárbaramente sacrificada? ¿y aquella alevosía y aquella ferocidad más propias de un tigre que de un hombre? ¿Qué derecho tiene á la vida el que mata á sangre fría y por lujo de maldad? ¿No se persigue hasta el exterminio á las fieras que hacen eso? ¿Y no son fieras los hombres en tales casos? ¿Y la ejemplaridad del patíbulo, y...? En fin, que insensiblemente me fuí colando en las sinuosidades de la sempiterna disputa sobre la pena de muerte, cosa que no era de mi gusto, y por eso torcí de rumbo en cuanto caí en ello; porque lo que yo necesitaba entonces con urgencia no había de hallarlo entre la seca y fría argumentación del raciocinio, sino en las fuentes espontáneas y generosas del sentimiento. Con esta bien fundada esperanza, me puse á reconstruir en la imaginación el crimen de autos, tal como le conservaba en la memoria, y constaba en ellos bien comprobado y hasta referido por el mismo criminal.

Cierto día, un convecino suyo, hombre ya muy entrado en años y padre de varios hijos, fué á vender no sé qué frutos en su carro de bueyes á una feria que se celebraba en otro pueblo de la misma comarca. Un camino solitario y muy asomado con frecuencia á grandes precipicios, separaba á los dos pueblos. De vuelta de la feria este hombre, al anochecer y con el carro vacío, le salió al encuentro, en uno de los parajes más desamparados del camino, el mocetón de mi historia, su amigo y convecino, nunca sospechoso á nadie, y muy á menudo objeto de las zumbas de muchos, porque, si pecaba de algo, era de bobalicón y de zángano. El caso fué que los dos convecinos se saludaron á su modo, y hasta empezaron á entrar en conversación, á carro parado. De pronto el mozallón descarga un tremendo garrotazo en la cabeza del feriante y le tiende en el suelo, donde acaba su labor machacándole el cráneo con dos piedras. Después le registra los bolsillos; encuentra en uno de ellos el puñado de dinero que le había valido «su pobreza», y, por último, arroja el cadáver, sangriento y palpitante aún, al precipicio inmediato. En seguida se encarama en la pértiga del carro, husmea y rebusca con los ojos y las manos entre la hierba esparcida sobre el tablero, y no halla otra cosa que los restos de la merienda de su víctima: unos míseros fiambres y unos mendrugos de pan envueltos en un pañuelo; apodérase también de estos relieves mezquinos, y se los come tranquilamente, sentado, á su comodidad, en la rabera de la pértiga. Cuando no queda ni una hebra ni una miga de todo ello, se endereza, arrea á los bueyes para arrimar al asomo el carro; y después que lo ha conseguido, aplica á la rueda del otro lado todas las fuerzas de su corpazo, y le vuelca sobre el precipicio. Con esta precaución, considera borradas las huellas de su crimen. Un carretero despeñado en el fondo de un derrumbadero, y su carro volcado en lo alto y pendiente del yugo de los bueyes parados á la orilla, no son cosa del otro jueves en aquellas regiones escabrosas: el espanto repentino de una bestia, yendo dormido su conductor, basta y sobra para ocasionar una desgracia semejante. Y con esto se volvió, libre de toda intranquilidad y de toda pena, á su pueblo y á su casa.

¿Cuándo ni por qué había surgido en su mollera brutal el pensamiento de aquella salvajada espantosa? Porque tras de no tener agravio alguno que vengar en su infortunado convecino, no ignoraba el escaso valor de lo que éste había ido á vender, ni tenía la menor necesidad de apoderarse de ello, porque era hijo de familia y no carecía de lo indispensable en su casa. ¡Temeroso misterio, bien digno, ciertamente, de ejercitar en él todas sus fuerzas inductivas esos señores que tanto saben de pesos y medidas de cuerdos y desequilibrados! Á mí nada se me alcanzaba en tan abstrusa materia, y todo me volvía buscar términos de comparación fuera de la especie humana, porque dentro de ella no recordaba uno solo.

¡Pues ni por ésas! El horror de estas cosas, la impresión de estos recuerdos, aunque templaron en mi fantasía el colorido deslumbrador de los otros, al fin y al cabo la máquina de mis reflexiones fué haciendo insensiblemente un cambio de dirección, y volvió á encajarme en la memoria el suceso más reciente, la figura patibularia del hombre melancólico, con la cabeza inclinada, inmóvil y como clavado en el suelo, con el mísero petate á sus pies, inundado por la luz del sol, como para hacer más patente su vergüenza y su ignominia. Era mucho más sugestivo aquel cuadro para mí, que la corriente profunda, que la mar en calma y que el bosque silencioso; era un libro cerrado en que, indudablemente, había mucho que leer. Y empeñado en leerle, volvía á buscarle con el pensamiento al punto en que le habían perdido de vista mis ojos; y le vi siguiendo el arrecife hacia la villa, entre el horror y la compasión de los transeuntes que se cruzaban con él; acomodarse; es decir, dejar que le acomodaran en el vehículo que había de conducirle hasta allá, porque ya no tenía derecho á desear ni á pedir cosa alguna: era una propiedad de la ley, del verdugo; dejando atrás valles, pueblos y santuarios, por donde tantas y tantas veces habría pasado libre y señor de sí mismo; contando cada trozo de camino andado, con la congoja del avariento forzado á entregar uno á uno, al ladrón que le sorprende, los cartuchos de las monedas de su tesoro; viendo, por término de su jornada, el cuadro aterrador de su propio suplicio, y, lo que sería más angustioso que la visión de la hopa y del garrote, la del pobre labriego, honrado hasta aquel día, hundiendo en el polvo su cabeza y maldiciendo la hora en que tal monstruo fué engendrado.

Aquí se detuvo la máquina de mis reflexiones, y ya no fué el hijo el tema principal de las que fuí acumulando en mi cerebro, sino el padre, el hombre de bien, el honrado campesino; y después el pueblo entero, cerrando puertas y ventanas mientras se alzaba el patíbulo afrentoso y se congregaban al pie de él las multitudes extrañas que descendían en hileras por todos los senderos de los montes inmediatos. ¡Día de espanto y de vergüenza para un pueblo montañés, cristiano y laborioso!

De esta casta fueron mis pensamientos mientras volvía á la ciudad aquella misma tarde y durante las primeras horas de la noche, y creo no mentir si afirmo que también mientras dormía. Yo no sé cuántos de aquellos fatídicos cuadros vi y tracé entonces, pensando, hablando y soñando.

De boca de los que oían mis relatos y comentos, y llegaron á calificar de chifladura mis preocupaciones, supe que se había intentado nuevamente el indulto, aprovechando la ocasión de no sé qué aniversario, muy próximo ya, obra de dos ó tres días, y que, con objeto de que no pudiera ser ejecutado el reo antes de esa fecha, se había ordenado que no utilizara el piquete el ferrocarril hasta T..., y se fuera por la carretera á pie y en tres jornadas. Para dar cumplimiento á esta orden, había salido por la mañana. «¡Dios haga que tan caritativos propósitos se realicen!»—me dije, acordándome entonces, más que del reo, de su infeliz padre, fugitivo quizás á aquellas horas por los riscos y quebradas del monte.

El día siguiente á aquél tan risueño y esplendoroso, amaneció invernizo, destemplado y como los más crudos del invierno montañés: nevó por la tarde, y continuó nevando por la noche; y cuando el nuevo sol alumbró la tierra de este pedacito de mundo, había sobre ella una nevada de más de un palmo de espesor: eso en los valles. ¿Qué menos de una vara en las alturas? Y así fué; con lo cual el piquete no pudo pasar de las gargantas del Deva, y en un pueblo de ellas estuvo detenido dos días.

Llegó en tanto el del aniversario palatino; se concedió el indulto solicitado; salió el reo de la capilla en que ya le habían metido, y con ello sentí yo que me aliviaba el espíritu de un gran peso.

Pero ¿qué efecto había causado allá el indulto? ¿En qué forma había manifestado el reo su natural regocijo? ¿Llorando, rezando?... ¿Y su padre? ¿Quién fué á buscarle al monte para enterarle de la buena nueva? ¿Le habían hallado vivo en su escondite? ¿Le quedaba, en caso de vivir, algún lado sensible en su ser moral, tan macerado por la crueldad de su dolor? ¿Se le había podido convencer de que no es lo mismo tener un hijo criminal, que ser padre de un criminal ajusticiado, porque, más que en el crimen cometido, está la ignominia en el patíbulo en que se expía? ¿Se había logrado reducirle á que volviera al pueblo y á su casa, en la que quizás hallaría ya á su familia llorando de gratitud y alabando á Dios por la merced recibida? ¿Vería á su hijo después? ¿Cómo sería aquella escena entre ambos?...

No caben en números las reflexiones de este género que me hice durante aquel día y el siguiente, porque es la pura verdad que, al curarme de una gran preocupación el suceso del indulto, me había metido en otra no tan desagradable como ella, pero, en cambio, mucho más vehemente.

Al fin se franquearon las comunicaciones entre P... y la capital, y publicó un periódico de ésta una correspondencia de allá, recibida por el último correo. Según ella, los primeros efectos del perdón dieron motivo á una escena singularísima entre el reo y el verdugo. Éste afirmó, entre chanzas y veras, que el pescuezo del otro era, de los ya «metidos en capilla», el primero que le fallaba desde que ejercía la profesión. Y ¡qué pescuezo!... Y de aquí el palpársele y el medírsele con ambas manos, y el apretarle el gañote con los dedos, y el reirse el otro bestia para celebrar la farsa, y el sacar la lengua y temblar de pie y mano, y hacer toda casta de visajes para remedar á un ajusticiado; y hasta el entrar en ganas de conocer la herramienta y su modo de funcionar; y el apoyarle en la brutal demanda los espectadores de la escena y, por último, el prestarse á ello el verdugo y dar allí mismo una larga conferencia sobre el manejo del tornillo y de la argolla, sirviéndole de modelo ajusticiable su propia víctima fracasada.

Se me cayó el periódico de las manos, y no quise leer más ni meditar sobre lo leído, por no mezclar las tintas del nuevo cuadro con el recuerdo del otro, del hombre melancólico de la estación de T..., y mucho menos con el de su padre, el infeliz, el sencillo, el honrado labriego que volvería á ponerse á punto de morir de indignación y de vergüenza si se enteraba de aquella infame comedia representada en la cárcel de P...

Pasaron unos cuantos días, y con ellos se fué borrando en mi memoria lo más saliente de los recuerdos del hijo; pero no me sucedió lo mismo con los trazos de la imagen que yo había formado de su padre: nada más venerando para mí que la vejez de un pobre honrado, abatido por las pesadumbres; y en este concepto, lejos de achicárseme la idea de aquel viejo campesino cristalizada en mi cerebro, se iba agrandando á medida que pensaba en él, y pensaba muy á menudo.

Un día, cuando aún se hablaba mucho de los sucesos referidos, oí llamar á la puerta de mi casa, y se me dijo que preguntaba por mí «un aldeano ya de edad».

—¿Cómo se llama?—pregunté yo á mi vez y sin gran curiosidad, porque á las visitas de este linaje estoy bien acostumbrado.

—Dice que es el padre del reo de P...

—¡El padre del reo de P...!—exclamé estremeciéndome.—Y ¿para qué pregunta por mí? ¿Qué se le ocurre á ese buen hombre?—añadí muy dispuesto á mandarle entrar para conocerle y echar un párrafo con él.

—Ya se lo he preguntado, y me ha respondido que «á ver si le da usted algo...».

—¿Algo de qué?

—De dinero... de limosna...

—¿Á qué santo?

—Pues también me lo ha dicho: á santo de que es «el padre del reo de P...». Por lo visto, anda así de puerta en puerta.

Algo como luz de pajuela que alumbraba en un rinconcito de mi cerebro á una figura de patriarca venerable, se apagó de repente, dejando á obscuras el santo y la hornacina.

—¡Dile que no estoy en casa!—respondí con intención de que lo oyera el postulante.

«¡El padre del reo de P...!» ó como si dijéramos, el verdadero, el auténtico delfín de Francia.

¡El bendito de Dios se había dedicado á explotar de aquel modo la negra fama de su hijo!

No hago comentarios, lector pío y justiciero: hazlos tú si gustas y eres de esos ya citados linces que se pasan la vida aquilatando cerebros y corazones, para distinguir entre cuerdos, imbéciles y desequilibrados; en la seguridad de que todo lo referido en estas cuartillas es exacto y rigurosamente cierto, y de fecha no remota.

1898.

LA LIMA DE LOS DESEOS
APUNTES DE MI CARTERA

LA LIMA DE LOS DESEOS
APUNTES DE MI CARTERA

PENAS un asomo de razón iluminó las obscuridades de su cerebro, ya vieron sus ojos obstáculos mortificantes, y sintió en su corazón el ansia de librarse de ellos. El silabario fué su pesadilla, porque envidiaba á los que leían «en Fleury» y escribían «de palotes»; llegó á hacerlos, y le desazonaba la experta mano que guiaba á la suya, débil y torpe; escribió solo, y maldijo del método que le obligaba á trazar las letras á pulso entre líneas paralelas; escribió después libre y suelto sobre la blanca superficie del papel, y le quitaron el sueño las lecciones de memoria, los primeros problemas de la Aritmética, la vigilancia de la niñera que le acompañaba en sus ratos de huelga en plazas y paseos; y deseó con ansia llegar á esa edad en que termina la fastidiosa tutela de los rodrigones, y comienza el niño á campar por sus respetos.

También llegó pronto esa edad, porque el tiempo vuela; y le cambiaron los bombachos cortos por los calzones de largas perneras, la holgada blusa por la tirana chaqueta, y el birretillo gracioso por el empedernido sombrero; atáronle con una correa muchos libros, en latín los más divertidos de ellos, imponiéndosele la obligación de estudiar un poco de cada cosa todos los días, bajo la férula de otros tantos profesores, á cual más huraño y desabrido; y desde aquel momento empezó á envidiar la suerte del estudiante de Universidad, que no necesitaba esclavizar los bríos de su temperamento á la engorrosa é inalterable ley de los declinados y de las conjugaciones; que era mozo con barbas y fumaba sin esconder el cigarrillo tras de cada chupada; que vestía como un caballero, viajaba solo y vivía en completa libertad. Entre tanto, cada hora de cátedra le parecía un año de cadena, cada examen le ponía fuera de quicio, y el peso de las lecciones pendientes le amargaban los pocos ratos que le quedaban libres para jugar al bote en las aceras y al marro en las plazas públicas.

Así fueron corriendo los años de su bachillerato, años que le parecieron siglos en su afán de que pasaran pronto, y también llegó á la Universidad. Para entonces ya le negreaba el bozo en la cara; y como era un mozalbete hecho y derecho, comenzaban á dilatarse, arrebolados y primaverales, los horizontes de su fantasía; el corazón palpitaba de regocijo en su pecho, rebosaba de vida y de esperanzas, y se anegaba todo su ser en un golfo de delicias, sin fondo, sin riberas y sin tempestades. Pero tenía este mar un escollo, uno no más, contra el cual se estrellaba él en cuantos rumbos le trazaban sus inquietas imaginaciones: la Universidad misma, su condición de estudiante con las horas fijas de cátedra, su escasez de dinero y de levitas, su falta de verdadera independencia. ¿Qué era él, en substancia, á la sazón? Entre los hombres, un niño; entre los niños, un hombre; es decir, que en todas partes estaba de sobra, fuera de la ley... en todas partes, menos en la Universidad: precisamente donde él no quería estar. De modo que todos sus «ideales» se realizaban fuera de la región en que el deber y la edad le colocaban... ¡Ah! la borla, ¡la borla! ¡Cuándo la ostentaría en sus sienes! ¡La borla era la libertad, la independencia, el carácter, la verdadera carta de ciudadanía! La borla en sus sienes era tener barbas, ser hombre, hablar en público, escribir, ser actor principal en la escena del mundo, adquirir fama, gloria quizás; de seguro, riquezas.

Y llegó también el día de ceñirse la borla, tras de muchos cursos ganados sabe Dios cómo, y sin haber pagado todas sus cuentas al sastre; pero pasando las penas del Purgatorio, para que en tan largo número de años no conociera su padre los apuros de su vida.

Doctor yo no sé en qué, tampoco en esta nueva jerarquía encontró lo que en ella había creído vislumbrar desde lejos. Desvanecíase su persona en la confusión de otros mil doctores de la propia ralea, y hasta observaba que no eran los más favorecidos por el aura popular los que tenían mayores merecimientos, sino mejores padrinos; ni éstos los más venturosos, puesto que cada altura que ganaban de un salto sólo les servía para codiciar con dobladas ansias otra mayor. Mortificábale esta invencible contrariedad de su carrera, y no resultaba, por ende, aquel punto el que le satisfacía para detenerse y acampar en él hasta el fin de su vida, colmadas ya sus ambiciones, y muertos, ó apaciguados siquiera, sus deseos. Molestábale también aquel vivir entre fárragos insubstanciales, que no podía barrer de su pupitre, porque ellos eran su pan y su vestido; fárragos acumulados por el movimiento maquinal de su cerebro de doctor, no producto de la febril ebullición de su fantasía, que le arrastraba en bien distintas direcciones. Hastiábale, asimismo, la soledad en que vivía dentro de su propio hogar, y suspiraba echando de menos, para estímulo en su trabajo y consuelo en su fatiga, el afecto noble y generoso de la compañera elegida por el corazón, y por Dios otorgada y bendecida. ¡Venturoso instante aquél en que éstos sus deseos llegaran á realizarse! ¿Á qué más afanes ya ni más intentos?

Y llegó pronto el suspirado «mañana». Pero los insaciables deseos no callaron. Faltaba algo en el cuadro de su felicidad; algo que es en el hogar doméstico lo que la brisa y los pájaros en el bosque: armonías y regocijo. Faltaban esos angelitos con ojos azules, húmedos labios y dorados rizos... Y también vinieron, según los días y los años fueron corriendo; vinieron lanzando el primer vagido antes de abrir los ojos, especie de protesta que exhala el alma, aliento de Dios, al sentir el contacto de la tierra, montón de barro de maldades. Pero los tiernos seres sólo eran ángeles en la figura; y cogían indigestiones, y padecían tos ferina y sarampión, y un soplo de aire frío los ponía á morir. La estadística acusaba una cifra espantosa de víctimas á aquella edad. ¡Qué pena cuando enfermaban! ¡Qué horrible pensamiento el de que podían morirse, cuando le asaltaban por todas partes, y le comían á besos, y le registraban los bolsillos, y le aturdían con sus preguntas sin fin en una lengua cuya gramática sólo conocen los padres!

¡Años! ¡más años!... Que pasaran los años era su anhelo incesante, para que aquellas tiernas existencias, con mayor desarrollo, corrieran menos peligros. Además, ¿no es cada niño un problema que ha de resolver el tiempo? Y ¿qué curiosidad más lícita que la que siente un padre por conocer esa solución? ¿Qué llegará á ser aquel inocente que se aflige por la rotura de su juguete, y ríe como un loco con la mosca que se estrella contra los vidrios del balcón, imagen fiel de la razón sin guía? ¡Y qué cosas ven los padres en esas contemplaciones, á la luz de su amor y de sus deseos! ¡Qué figuras, qué cuadros se pintan en el lienzo de su fantasía!... Poetas ilustres, sabios ingenieros, invictos generales, tribunos arrebatadores... tal vez el arte glorificado, la ciencia transformada, la patria engrandecida... porque todo ello puede ser obra del hombre, y para estas aristocracias del genio no hay cuna de preferencia; y no habiéndola, ¿por qué no ha de soñarla cada padre en la de sus hijos? Verdad que tampoco la hay para los monstruos del crimen; pero Dios no ha querido dar á los padres la espantosa tortura de poder imaginarse en el inocente ser que acaricia sobre sus rodillas, al héroe del presidio ó á la presa del verdugo. ¡Que vuelen, pues, las horas y los años! ¡que se aclare el misterio! ¡que se resuelva el problema!

Y voló el tiempo, y el niño inocente llegó á muchacho revoltoso, y el muchacho se hizo mozalbete presumido, y el mozalbete se transformó en hombre barbado; y en cada una de estas fases ó etapas de su vida se iban retratando otras iguales de la vida de su padre, cuyos deseos, lejos de apaciguarse, á la edad de las abnegaciones y de los desengaños, crecían y se multiplicaban, porque vivía por todos y para todos y cada uno de sus hijos; y los cuidados y los afanes de éstos eran sus propios afanes y cuidados... hasta que un día, al tender la vista en su derredor, se vió solo, ¡solo en su hogar! Unos muertos, otros ausentes... ¡nadie quedaba allí ya!... nadie más que él, con la carga de su vejez y de sus achaques.

Corto, muy corto, resbaladizo y pendiente era el camino que le restaba, y aún le parecía que era lento su andar y que el tiempo no corría bastante; aún esperaba «mañana» el alivio de sus dolores y el calmante de sus pesadumbres. Débil filamento es ya lo que antes fué árbol robusto de su vida; y aun sin cesar, le muerde y le adelgaza con la lima de sus deseos implacables; y sólo cesa en él el ansia de otra cosa, cuando con el último suspiro de la vida se desprende el alma de la grosera envoltura que la ha ligado á la tierra, y libre y purificada con la resignación y el martirio, vuela á su verdadera patria, donde el tiempo no corre, ni la luz se extingue, ni la dicha se acaba.

Tal fué, á grandes rasgos, su vida. Supla cada cual con sus recuerdos y su experiencia los detalles que faltan en el cuadro; los mezquinos, prosaicos deseos de cada instante; desde la bota que oprime, y el trabajo que fatiga, y el calor que sofoca, y el frío que entumece, hasta el festín que se aguarda, ó el ascenso ó el alivio ó el mendrugo que se esperan. ¡Siempre el deseo empujando! ¡Siempre la lima mordiendo! Siempre, en fin, el alma, como desterrada en el mundo, ansiando por salir de él. No es otra la enfermedad que acusan nuestros deseos incesantes y nunca satisfechos: la nostalgia de la patria. ¡Lástima que no paren mientes en ello los sabios que han dado en engreírse con su ilustre progenie de gorilas y chimpancés! ¡Si al menos, y en virtud de su descubrimiento prodigioso, se vieran sanos de la enfermedad de los deseos! Pero ¿dónde los hay más insaciables que entre las luchas de la soberbia, engendrada por los impulsos de una razón sin trabas ni cortapisas?

Los hasta aquí trazados, son rasgos de la vida, digámoslo así, del hombre bueno; el cual, con serlo y todo, jamás encontró en ella un punto de perfecto reposo, ni nunca hizo jornada que, al terminarla, deseara no pasar de allí. Pues fíjese un poco la atención, para completar el cuadro, en esas regiones sombrías donde la inteligencia se atrofia y el corazón se corrompe; donde el vicio es la ley, y la miseria se impone con sus negros atributos de ignorancia, de envidias y de rencores. ¿Quién es capaz de medir el empuje y la velocidad vertiginosa de aquellos deseos? Ya no son lima que muerde en aquellas vidas agitadas: son, á un mismo tiempo, huracán que arrasa y precipita, y fuego que devora.

¿Qué es, pues, en substancia, esto que llamamos vivir? ¿Qué tesoro es ése, por cuya guarda tantas injusticias y tantas maldades se cometen en la tierra? ¿Á qué queda reducido el espacio comprendido entre el recuerdo de lo último, ya pasado, y el primer deseo de otra cosa mejor?

Es posible que fueran muy otros los rumbos y el andar de los pueblos, si los hombres tuviéramos, ya que no alientos para vencer nuestras nativas debilidades, ojos, siquiera, para conocerlas y valor para confesarlas.

1900.

VA DE CUENTO

VA DE CUENTO[6]

RASE un lugarejo (lindante, por más señas, con el mío) de reducidos términos y hacienda escasa, pero rico en galas y ornamentos de la naturaleza: floridos prados, selvas umbrías, montes abruptos, rumor de oleajes, auras marinas... lugar costeño, en fin, de la montaña, y está dicho todo.

Habitábanle pobres labriegos, tan pobres, que á duras penas sacaban de los senos de la madre tierra, dándoles muchas vueltas cada año, el necesario jugo para nutrir mal y vestir á medias el cuerpo encanijado. En cambio, gozaban fama, muy bien adquirida, de ser la gente más lista de toda la comarca.

Sabían algo de letras de molde, y se perecían por estar al tanto de las cosas y sucesos del mundo.

Érase, al mismo tiempo, un señorón de la corte, que había dado en la gracia de visitar á menudo aquel lugar, tentado de la codicia de sus bellezas naturales. El tal señorón no lo parecía por la sencillez de su porte, ni por la suavidad de su carácter, ni por la llaneza patriarcal de sus costumbres. Súpose, al cabo, allí, que no era «sujeto de los de tres al cuarto», por la fama vocinglera, que ya lo tenía bien pregonado por esos mundos de Dios; y fué la noticia motivo de gran asombro para aquellos aldeanos, no sólo por lo que les descubría de repente, sino porque no acertaban á explicarse cómo un hombre de tan erguido copete y de tan grande poder se daba por contento allí con trepar á las montañas, pintar en unas tablucas caseríos y peñascos, coger en el arenal caracoles y concharras, y con verlo y observarlo todo, grande y chico... y desde lejos, para no molestar á nadie, sin pedirles jamás nada, ni siquiera el voto á favor de un candidato para alcalde del lugar, ni una parcela de lo baldío para anzuelo de otras muchas que iría pescando poco á poco, hasta alzarse «en su día» con todo el territorio comunal.

Al contrario, era muy pródigo de lo suyo, particularmente con los muy necesitados de ello; y su corazón y las puertas de su casa siempre estaban abiertos á las ajenas pesadumbres y necesidades. Como por estas solas prendas ya se le tenía allí en cordial y grande estima, al catarle señorón pudiente y de relumbre, el simple cariño rayó en admiración. Un viejo sentencioso dijo un día ante un corrillo dominguero en que se trataba del asunto:

—Vos digo que el sujeto ése tiene los mengues en el pellejo, y vale, por saber y por entraña, más que too el oro que pesa.

Y se convino en ello, sin una sola discrepancia.

En esto, el señorón, que no lo parecía, compró un terreno en las praderas más elevadas de la costa, y labró una casa en él.

—Mucho te van á soplar ahí los vendavales—dijo el pardillo sentencioso,—y no te alabo el gusto por eso; pero en siendo el tuyo, como lo es, Dios te le prospere con vida y salú pa una eternidá.

Andando así las cosas, volvióse á la corte, como solía hacerlo de vez en cuando el pudiente señorón; y volviéndose á la corte, hizo allí una de las suyas, pero de las más sonadas; tanto, que al día subsiguiente ya había llegado el ruido hasta las cocinas de aquella aldea.

—Bien está eso—dijo un pardillo á otro que con él departía sobre el caso,—y visto es ya que si el sujeto ése pone empeño en sacar oro molido de los pedregales de la costa, oro molido sacará. Decís vusotros que tien los mengues en el pellejo... Pus yo vos digo que es el mesmo Pateta en cuerpo y alma; y vos digo más si á mano viene: vos digo que siendo lo que es y valiendo lo que él vale, no basta con sentirlo y conocerlo, como lo conocemos y lo sentimos nusotros, si nos lo callamos allá dentro, como nos lo hemos callao hasta aquí: la cortesía pide más al respetive; al cabo y postre, el sujeto es ya de casa, y como el otro que dijo, pertenencia de uno y tuya y mía.

—¿Á que distes en el mesmo clavo en que yo di no hace muchas horas?—respondió el oyente.

—No te diré que no—repuso el primer hablante.—¿Y qué clavo es ése?

—Pus el mesmo en que tamién han dao ya muchas gentes del lugar.

—Estipúlalo más claro y de una vez.

—Lo estipulo y digo: que cuando llegue el caso de tener á tiro á ese sujeto, se corresponda con él, si no al respetive de lo que es y de lo que se merece, tan siquiera de lo que nusotros semos y podemos; pos, como tú dices, de palabra callá y de obra enculta sólo Dios se entera; y el hombre que tiene un sentir honrao, debe decirle, porque si no lo dice, es como si no le tuviera. Y por lo que toca á ese pudiente, ya es hora de que nos conozca los sentires, pa que vea que no vive aquí en tierra de desagradecíos ni de melones.

—Ésa es la cosa, y á dar en ella tiraba yo cuando te dije lo que te dije. Con que entendíos, y no hay más que hablar por la presente.

De esta conversación nació una concejada que tuvo que ver. No faltó en ella un solo vecino. Puesto el punto en tela de juicio, y acordado de golpe y sin disputa que cada cual de los congregados acudiese «en su día» á casa del señorón para «rendirle homenaje», llegóse á tratar del cómo, y dijo un concurrente:

—Pos yo le llevaré, pinto el caso, dos aves de las mejores que tengo en el corral.

—Curriente—dijo el pardillo sentencioso que llevaba allí la dirección del cotarro.—Pero ¿has de entregarlas en seco? ¿No has de acompañar la fineza con una mala palabra?

—Justo que sí—respondió el de las aves,—y ya estaba yo en esa cuenta.

—Y contabas bien—repuso el otro.—Pero ¿qué piensas decirle?

—Hombre—contestó el interpelado,—lo que sea de razón y venga al ite de la cosa.

—Con verlo basta.

—Pos le diré, punto más, punto menos, que... por acá, que... por allá; que si eres esto; que si vales lo otro; que bendita sea la luna en que nacistes, y la hora en que te avecindastes aquí... y... y...

—Pos, mira, tendrá que oir too ello, como lo jiles bien. ¿Y tú?—añadió el pardillo encarándose con otro concurrente.

—Pos yo—respondió el aludido rascándose el cogote,—si no tengo aves que llevar á ese sujeto, algo de cuenta paecerá en casa, ó en las aguas de la mar, con que pintarle la buena ley que le tengo; y al auto de la palabra, tampoco ha de faltarme en su hora y punto.

—Pon un simen de ello.

—Pos al simen de lo que acabas de oir al mi compadre: que... por arriba, que... por abajo; que lo que sabes, que lo que puedes, que lo que vales; que ni los mesmos soles del día, ni los luceros de la noche que te se acomparen, y que bendita sea la hora...

—Á otro,—dijo el pardillo manducón, guiñándole un ojo al mismo tiempo.

Y el otro siguió cantando la mismísima tonada que sus antecesores, como todos y cada uno de los que le siguieron en la fila. Entonces dijo el pardillo sentencioso:

—Bien está el intento, y de agradecer será el buen sentir que á todos nos mueve; pero, por lo que pueda valer, quisiera decirvos que, como semos muchos, hay ringlera pa una semana diendo uno á uno, y va á resultar el cuento, pa el pudiente, el acabóse.

Túvose el reparo por muy cuerdo, y se convino en que hicieran la visita todos juntos.

—Punto pior pa el caballero—expuso un concurrente algo malicioso,—si á cada osequio ha de acompañar una soflama del osequiante, y todas ellas entonás en una mesma solfa, como aquí se ha visto; porque de este modo tendrá que envasarse de una alendá lo que del otro pudo ir sorbiendo poco á poco en una semana, y sin quebrantos del cuerpo.

De este nuevo conflicto surgió otra idea: ir todos juntos, pero hablando uno solo. Se acordó así, y se acordó también, némine discrepante, encomendar la soflama á un arrumbado fiel de fechos, allí presente, que no había dicho una palabra hasta entonces, ni era muy socorrido de ella que digamos; pero que, en cambio, era uno de los más viejos del concurso, de los que más admiraban al pudiente y el que más veces había conversado con él y mejor le conocía los gustos y el «genial». Asustó al hombre la embajada; pero pensando que para las grandes ocasiones son los grandes sacrificios, y contando más con su entusiasmo que con sus fuerzas, aceptóla sin chistar.

Pasaron días; volvió de la corte el señorón pudiente y, cuando menos se lo esperaba, invadióle la casa el vecindario, con los trapitos de cristianar encima y el modesto agasajo bien escondido.

Adelantóse el fiel de fechos, carraspeando mucho y pisando mal; y encarándose con el señor pudiente, que allá se andaba con él en angustias y congojas, según rezaba su semblante, quiso echar la soflama que había «amañado» con trabajos... y se le fué la idea: intentó buscarla por atajos y recodos más trillados, y le faltó la palabra; y finalmente, empeñado en salir, con una excusa, del conflicto en que se veía, hasta le faltó la voz.

Entonces, por no tirarse por la ventana que veía enfrente, se arrojó al único asidero que tenía á sus alcances para salir vivo del atolladero: á su propio modo de ser, á la pata-la-llana y á la buena de Dios; y comenzó así, braceando hacia los congregados y con la vista fija tan pronto en los cestucos en que éstos llevaban las respectivas «finezas», como en la cara compasiva del pudiente festejado.

—Y por último, aquí están estos sujetos, y aquí estoy yo; y ellos y yo, y lo que ellos traen y lo que yo también traigo, estas pobrezas que están á la vista, y el corazón que, á poco que se arrepare, también puede verse aticuenta que en la palma de la mano; todo ello y cuanto somos y valemos y esperamos, es de la Su Mercé; y con ello y con todo, aunque damos cuanto tenemos, no damos la metá de lo que la Su Mercé se merece. En esta cuenta, ordene y mande; y verá cómo no se queda más corta que las palabras la buena voluntad para servirle. Y con esto no canso más.

Dijo; y sin esperar la respuesta, puso su cestuco en el suelo; imitáronle sus poderdantes, y se fueron en tropel á la calle, tan poco satisfechos del valor de sus ofrendas, como de la soflama del arrumbado fiel de fechos, de quien se habían prometido cosa mejor.

Pues bien, mutatis mutandis, aquí se está dando un caso muy semejante al caso de la aldehuela de mi cuento, y por eso precisamente le he sacado á relucir. Tú, comensal perínclito, admirado compañero y amigo del alma; tú eres (y perdona el modo de señalar) el señorón pudiente y campechano; nosotros los congregados en tu derredor para festejarte sin agredirte; los pardillos de la aldehuela, hombres de índole sana y animosos, muchos de ellos un tanto dados al vicio de las letras, y todos, en conjunto, admiradores fervientes de los grandes maestros, como tú, en el arte de cultivarlas; y yo, el arrumbado fiel de fechos que aceptó, en mal hora, el encargo de echarte la soflama, y que al llegar el fiero instante de cumplir su cometido, siente, congojoso y trasudando, que le falta la palabra, y se le cuaja la voz en el gaznate, y nada sabe del paradero de sus ideas, para decirte, siquiera, á lo que viene.

En tan negro trance, dejándome de retóricas inútiles, y atento sólo al cumplimiento fiel del honroso mandato, llamo tu consideración, con el respeto debido, no hacia los humildes cestucos de nuestras pobres ofrendas, sino al hondo sentimiento que palpita en nuestros corazones al presentártelas, á la buena amistad, á la admiración fervorosa y al cariñoso respeto que te consagramos.

Todo esto, y otro tanto más que se siente mejor que se explica, junto y en una pieza, sazonado al calor de nuestro regocijo, y entre fragantes hojas de laurel virgen que tan profuso crece en el florido suelo de la tierruca, que ha dilatado sus linderos al henchirse de noble vanidad desde que la diputaste por tu segunda patria; todo esto, repito, te ofrecemos, y te lo sirvo yo con alma y vida, como plato final de este agasajo cariñoso, en la salsa de mi oficio.

NOTAS:

[6] Leído en un banquete ofrecido á D. B. Pérez Galdós por sus amigos de Santander.

ESBOZO