IV
El modesto escritorio quedó radicalmente transformado desde el momento en que el nuevo jefe de la casa se posesionó de él. La caoba, la gutapercha y el aterciopelado papel sustituyeron al castaño, á la badana y á la deleznable cal de aquellos atriles, banquetas y paredones. Cayeron con estrépito los de la mazmorra, y en vez de la pesada caja que amparaban codiciosos, colocóse en el elegante improvisado gabinete, cerca del boureau señorial, un esbelto cofre-fort. Seis dependientes ágiles, alegres y tan elegantes como el principal, se distribuyeron en las respectivas funciones, incluso la de tenedor de libros, que dejó vacante el viejo de marras, mal avenido con los «títeres intrusos». Barómetros de todas formas, tarifas de vapores y ferrocarriles en dorados marcamentos, y mapas de todas las regiones del mundo, llenaban las paredes; prensas para todo cuanto antes ejecutaba la mano del escribiente ocupaban los rincones, y el voluptuoso sofá tapizado brindaba con su comodidad á cuantos esperaban el pago de una letra ó la contestación de un simple recado. Todas las demás minuciosidades del escritorio guardaban perfecta armonía con este tono. En el gabinete del jefe, pero fuera de su alfombrada tarima, se había colocado una butaca para don Apolinar, que, por afición, por interés propio y por necesidad (pues ya muy viejo y no sabiendo más que ser comerciante, se aburría en todas partes), la ocupaba casi todo el día, durmiendo á ratos, oyendo á veces y preguntando á menudo sobre lo que veía y escuchaba.
Giraba la casa bajo la razón de Hijo de don Apolinar de la Regatera, no por respeto cariñoso á la memoria del padre, sino en consideración al valor que su nombre de guerra tenía en el comercio de España y de toda América.
La calma, la reflexión hasta la pesadez, habían sido la expresión característica del espíritu mercantil del indiano; la vivacidad, la inquietud, la prisa hasta la ligereza, lo eran del de su hijo, como creía observar el primero hasta en los actos más triviales de las tareas del segundo.
—¿Londres?—decía lacónicamente un corredor entrando.
—¿Mucho?—le respondía el joven comerciante sin levantar la vista de su pupitre.
—Setecientas, ocho, once: aceptadas.
—¿Á...?
—Redondo.
—Por París.
—¿Corto?
—Cuarenta.
—¿Vista?
—Fecha.
—¿Cambio?
—Veinte.
—Se andará. ¿Primeras Riosecana y Flor de Arriba?
—¿Para?
—Al quince: á diez y nueve y medio y diez y nueve y cinco octavos. Treinta mil.
—Sobre buena, diez y nueve y diez y nueve y cuartillo; dos meses, dos y medio: tres por ciento.
—Lo veré. ¿Nada más?
—Por aquí no.
Y se iba el agente y no le miraba siquiera el comerciante; y el que había encanecido siéndolo, se quedaba in albis.
En la correspondencia brillaba el propio laconismo. He aquí un modelo de los más explícitos que constaban, á media tinta, en el volumen no sé cuántos del copiador mecánico, ó de prensa:
«Muy S.r/m: En m/poder s/grata 1.° act.l; y silenciando puntos de conformidad, paso á decirle he desplegado de ella £m/0 8d/v c/ Butifarra y C.a, de Barc.na, por
«Rvon. 10.560,86 que, s. m. p., paso al crédito de s/c.
«Impuestos de s/proposición estos Sres. Carpancho Herm.s que examinarán, contestándole directamente s/ particular.
«Para el mercado, me remito á la adjunta Revista, que desearé le aproveche.
De V. af.mo s. s. q. b. s. m.».
Y por firma había llevado esta carta un garabato que lo mismo podía decir Hijo de don Apolinar de la Regatera, que Padre del sacristán de la Parroquia.
No tardó el viejo indiano en advertir que ese sistema eléctrico no era exclusivamente propio de su hijo, sino de toda «la clase», y de que no se aplicaba sólo á los detalles mecánicos del escritorio, sino que servía de base al flamante espíritu mercantil.
Se había hablado tiempo hacía de la necesidad de dotar á Castilla de un puerto de mar, y se había demostrado que este puerto debía ser el de Santander, uniendo la comunicación entre ambas regiones con una línea férrea, en lugar de las tradicionales reatas de mulos y carros del país. El plan era vasto y costosísimo; pero como debía de ser reproductivo en extremo, se había aceptado con regocijo.
Llegó la ocasión de acometer la empresa, y don Apolinar vió con susto á su hijo trocar pilas de reverendas peluconas por algunas resmas de papel pintado. Poco después ofrecían al accionista una prima considerable por la cesión de sus títulos; pero esperando sacar de ellos en el día de mañana utilidades más pingües, desechó la oferta.
El mecanismo de cobros y pagos era engorroso, y el dinero, quieto en la caja, ni estaba seguro ni ganaba; además, el porvenir del comercio eran las sociedades de crédito. En consecuencia se formó una, y de ella fué el principal accionista el hijo de don Apolinar. Con parte de las onzas amontonadas por su padre pagó las acciones, y el resto le envió á la caja de la sociedad, que le abrió en el acto una cuenta corriente. Á los pocos días de cubierto el cupo de la emisión, hubo la indispensable oferta de prima á los tenedores y la consabida resistencia de éstos, en espera siempre de mejor ocasión.
Los desairados en el reparto de las dos gangas anónimas, habiendo tomado ya el gusto al papel, formaron capítulo aparte y echaron á la plaza nuevas resmas de otra sociedad que se creaba para esto y para lo de más allá.
Tragóse también este cebo como pan bendito, cubrióse el cupo en breve, solicitáronse con prima las acciones y quedóse con las muchas que tenía el joven Regatera esperando «el día de mañana».
Hubo también esta vez envidiosos de la suerte de los accionistas primitivos, y «allá va, dijeron, esa lluvia de papeles de una sociedad de crédito que fundamos para explotar aquello, y lo otro y lo de más acá». Y también se cubrió el cupo, y también se ofreció la acostumbrada prima, y también la rehusó nuestro comerciante, metido como el que más en esta cuarta asociación anónima.
Y como al último lo que se buscaba era lisa y llanamente la primada, surgían proyectos de nuevas sociedades detrás de cada esquina, no parándose nadie en el objeto á que decían destinarse, porque no habían de llegar á constituirse siquiera.
Algo de esto quería hacer con las mercancías el hijo de don Apolinar. Agotadas las de su casa y comprometidas las de la plaza, dióse á vender harinas que aún no se habían molido, trigos que no se habían sembrado.
El negocio era bueno si en el día prefijado para la entrega el precio de la mercancía era más bajo que el estipulado; pero si sucedía lo contrario, calculen ustedes lo que podía costarle la arriesgada operación.
Después no se contentó con esto: importándoles á él y al comprador muy poco la formalidad material de la entrega de lo vendido, suponían una á fecha y precio convenidos, y se comprometían á abonarse respectivamente la diferencia de más ó de menos, según que jugaran al alza ó la baja, partiendo del tipo prefijado.
—Pero, hombre—decía en estos casos el viejo Regatera:—para eso, más te valdría jugarlo á una carta ó á cara ó cruz; á lo menos abreviarías la agonía que necesariamente sufres viendo durante meses enteros pender de una casualidad la mitad de tu fortuna.
Y el hijo se sonreía con desdén, y el padre se aterraba.
Porque no perdiendo ripio de cuanto pasaba en su derredor, veía que de aquéllos sus positivos caudales no quedaba ni señal; que su hijo los había trocado por cifras que cada día iban perdiendo una parte considerable de su valor real; que tenía los cartapacios atestados de este papel y de otros, representando grandes sumas sin más garantía que las firmas de los respectivos deudores, tan empapelados con el acreedor de quien ellos, á su vez, tenían no flojo montón de obligaciones; presumía que toda la plaza se hallaba lo mismo, y era evidente para él que una sola piedra que se desprendiese del inseguro edificio le haría desmoronarse hasta los cimientos.
—¿No te asusta esta situación?—decía á su hijo.
—Al contrario: me deleita,—respondía el iluso.
—Pero ¿y tu dinero?
—Aquí está centuplicado.
—En papeles.
—Que valdrán mañana montes de oro; y en prueba de la fe que en ello tengo, acabo de comprar más acciones de la sociedad Tal...
—Acciones que, como todas las que tienes, valen hoy un treinta por ciento menos de lo que te costaron.
—Pero como han de subir necesariamente en su día, compro más para ganar más.
—¿Y si no suben?
—¡Bah!
—Y si concediéndote que se cumplan tus esperanzas, te ocurriese en el ínterin un apuro de los que te acarrean á cada paso tu juego favorito de las diferencias y otros por el estilo, ¿qué sería de tí?
—¿Y los recursos del crédito?
—¡Si tienes echado á la plaza cien veces más del que puedes sufrir!
—Juzgando con el viejo criterio mercantil, yo lo creo.
—¡El viejo criterio!... el viejo... ¡ingratos! ¡El viejo os amontonó esos caudales que apenas veo por ninguna parte; el viejo criterio os legó con ellos un crédito bien fundado, que estáis destruyendo miserablemente!
—Para edificar.
—¿En dónde?
—En todas partes: hemos creado un pueblo, hemos dado la vida al cadáver del país entero.
—Habéis echado la casa por la ventana, y nada más.
—Aun así, por generosa fuera justificable nuestra conducta.
—No hay generosidad en arrojar la hogaza cuando no se está seguro de no tener que salir después á mendigar un mendrugo de ella.
—En todo caso, ¿quién se opone á la corriente?...
—La prudencia, el viejo criterio.
—No pudo resistirla y abandonó el campo.
—Á una generación más joven, para que con sus bríos y nuestra experiencia utilizase lo bueno del actual sistema; no sus errores, no sus delirios. Eso queríamos y eso han hecho los únicos que en este desconcierto que á tí te arrolla, marchan con pie firme al término que se han propuesto.
—Ya veremos qué camino es el mejor, si el de ellos ó el mío.
—Yo lo tengo bien visto ya. El tuyo es el de la perdición; el otro todo lo contrario.
Y en esto, yo no sé qué aires soplaron en Castilla, que, trasponiendo las cumbres de Reinosa, bajaron al valle, y á su contacto se bamboleó la piedra en que espantado pensaba don Apolinar, y todas las del edificio se removieron: todas, menos unas pocas adheridas aún á la argamasa rancia que sabían batir los viejos comerciantes. El temor de una catástrofe produjo un pánico indescriptible. Hasta entonces las de este género se contaban en Santander como hechos fenomenales, y el temor de que pudiera realizarse una quitaba el sueño todavía á los menos aprensivos y más asegurados.
Al mismo tiempo, las cajas de aquellas sociedades que habían de realizar tantos prodigios, lejos de dar, pedían hasta por Dios, para no fenecer de hambre, consumido ya cuanto en ellas se había depositado; suceso que, como es lógico, se dejó sentir en todas las carteras de la plaza, que mermaron en más de tres cuartas partes del valor del papel que atesoraban. Del vacío resultante vino el desequilibrio natural, y, por consiguiente, el desencadenamiento de la tempestad, que á los primeros embates dió en tierra con la vacilante piedra, la cual se llevó consigo cuantas se hallaban en su inmediato contacto. ¡Allí fué el crujir de los dientes y el temblar de la voz y el maldecir de aquel engrudo que ningún apoyo prestaba á los removidos sillares que trataba de sostener; allí fué el buscar el barro que representaba y por el cual se había trocado en mejores días, y allí fué el negarse los que le tenían á dar una mala paletada de él por todo el inútil fascinador amasijo!
Y siempre creciendo el vacío y cada vez más furiosa la tormenta y más desamparado el edificio, crujió todo él y al cabo se desplomó con horrible estrépito, pereciendo entre sus ruinas hasta el último ochavo, y algo más, del hijo de don Apolinar de la Regatera.
Éste, que creyó poder presenciar el desastre con sereno valor, al ver entre sus escombros destacarse incólume la parte que había encomendado su seguridad al viejo cemento, sintió en su pecho tan vivamente la elocuencia del contraste, aquella palpable confirmación de su sistema, que reventó en el acto, de despecho, de pena, de desesperación... y de viejo.