Martí
Ante su mármol
Para Manuel Sanguily, grande de corazón y pensamiento.
Alma, escuda con la malla milagrosa de la rima
el dolor y el desaliento que florecen en tu sima
cuando evoca la tristeza la visión de la contienda,
y fecundo rompa el brote vigoroso del ensueño
con la gloria fulgurante del audaz y heroico empeño 5
y el fugaz deslumbramiento de la trágica leyenda.
Sí en la niebla del recuerdo melancólica perdura
desolada la memoria que en un vuelo de amargura
reconstruye la sangrienta florescencia de tu duelo,
no perturbe de tu llanto la corriente inagotable 10
la salmodia del tributo que se eleva inmensurable
de la patria, en la piadosa gracia cándida de un vuelo.
Si inextinto el sedimento doloroso de la brega
engañosos espejismos simulando dulce entrega
fingen, alma, a tu miseria formular consolaciones, 15
rinde el plácido reclamo de sagrada tregua, el triste
cavilar en la tragedia de tus lágrimas, y asiste
con tu lauro al homenaje de exaltar consagraciones.
¡Cuán radiante en la lejana perspectiva del pasado,
como lampo que emergiera de las ondas de un nublado 20
se destaca luminosa de la pálida penumbra,
la apostólica figura del vidente mensajero
del amor y la justicia, con su rostro de lucero
y el hechizo de su genio que encadena y que deslumbra!
De la gloria a los destellos la romántica silueta 25
del creyente que adunaba sus lirismos de poeta
con la viva llamarada de sus trágicos lirismos,
resplandece como un astro que las almas ilumina
con el fuego milagroso de su bíblica doctrina,
como un rayo de la aurora diafaniza los abismos. 30
Soñador de rara estirpe de sublimes soñadores
que persiguen la anhelada redención de los dolores,
heredad fosca y estéril de los seres infelices,
fue su vida inmaculada de fecundas enseñanzas,
en los tristes vencimientos alentar las esperanzas 35
y en las bregas afanosas restañar las cicatrices.
Prisionero que en la sombra perdió el alba de la vida,
desterrado que en la playa de región desconocida
inició su apostolado domeñando adversidades,
al templar el alma al soplo de rebeldes embriagueces 40
prendió el sol que disipara las profundas lobregueces
que opusieran a su empeño las humanas tempestades.
Las estancias cadenciosas de sus trémulos poemas
guardan bálsamos y mieles, no los fieros anatemas
forjan lanzas aceradas en la urdimbre de su estrofa, 45
y en la gama de su verso melancólico y flexible
hay, si hiere, un dulce ruego de perdón indefinible,
y un espíritu doliente y amoroso si apostrofa.
Incansable peregrino de un errante y largo viaje,
fue llevando por las rutas de su audaz peregrinaje 50
en la alforja de sus sueños su dolor de clima en clima,
su dolor que fue acicate, voz nostálgica de aliento,
al lanzar, transfigurado, su profético lamento
en la breña de la pampa y en la nieve de la cima.
Con su influjo persuasivo de amoroso misionero, 55
anunció la buena nueva prodigando en el sendero
de su gracia luminosa floraciones tempraneras,
y simula en la grandeza de su inmenso simbolismo
un radiante Nazareno de exaltado iluminismo
de un Jordán próvido y nuevo predicando en las riberas. 60
De su voz al suave encanto de sutiles inflexiones
la piedad acariciaba los heridos corazones
como un trémolo de liras, como un trémolo de auroras,
y el fulgor ultraterrestre que irradió en clarividencias,
fulguró como la estrella que orientaba las conciencias 65
a las márgenes lustrales de las iras redentoras.
Paladín de una cruzada de gloriosos caballeros
que oficiaron por la patria con la cruz de sus aceros,
ofreciose en holocausto como símbolo y proclama,
y cayó como una torre que alevoso el rayo asedia, 70
reflejando en la pupila la visión de la tragedia
y prendiendo un meteoro del zodiaco de la fama.
[«Martí: su vida y su obra»]
[por Néstor Carbonell]
Oración pronunciada el día 23 de febrero de 1911, en el Ateneo de La Habana
Señoras y señores: o mis buenos amigos y buenos compañeros, Jesús Castellanos y Max Henríquez Ureña, entusiastas organizadores de estas hermosas lides del pensamiento, me hicieron el honor de invitarme para que consumiera un turno en ellas, consulté la mente, y no hallé tema que me subyugara: consulté luego el corazón, y hallé, José Martí. Con este amado nombre por bandera y por escudo, escalo esta tribuna. Pero yo no vengo aquí como juez a juzgar su personalidad, ni como crítico a analizar su obra letra luego difundir por los aires el juicio que lo rebaje o enaltezca. No es ese mi propósito: quede tarea tan difícil como ingrata, para quien tenga más ambición que la mía y menos temor de su saber y su persona. Yo vengo aquí, sin más autoridad que la del limpio corazón enamorado de lo sublime, a rememorar, siquiera sea brevemente, la vida meritísima y gloriosa, la vida llena de infinitas ternuras y cruentos martirios de ese enorme soñador melancólico, caballero de todas las justicias, que sufrió por la patria al través de los años de su existencia, cuanto hombre puede sufrir, y cayó desplomado de su corcel de guerra, para no levantarse jamás, como un Aquiles de poema, en la trágica hermosura del combate, peleando como simple soldado por la libertad, en un luminoso mediodía de mayo.... Yo vengo aquí a recordar sus doctrinas, su bello y magnífico ideal: la República con todos y para el bien de todos, la República de «ojos abiertos» y sin secretos, la República equitativa y trabajadora, ancha y generosa, altar de sus hijos y no pedestal de ellos, la República cuya primera Ley fuera el amor y el respeto mutuo de todos los derechos del hombre, la República culta, con los libros de aprender al lado de la mesa de ganar el pan, la República con su templo orlado de héroes, la República sin camarillas, sin misterios y sin calumnias, ¡la República! y no la mayordomía espantada o la hacienda lúgubre de privilegios y monopolios irritantes; la República justa y real en donde fuera un hecho el reconocimiento y la práctica de las libertades verdaderas. Yo vengo aquí, hoy que crece en nuestro suelo el manzanillo enfermo del pesimismo, y en que diríase que se está pudriendo y desmigajando por momentos el alma nacional, a evocar su memoria sagrada, y al evocarla, a pedir a vosotros todos—y en vosotros a todos mis conciudadanos—, menos política aleve, menos intriga sutil, menos ambiciones, menos complicidades, menos emboscadas tenebrosas: y más piedad para los yerros y ofensas, y más respeto para todos los preceptos constitucionales, y más rectitud para rechazar a los que sean capaces de invitar al deshonor y al crimen, y más pureza para defender los principios patrios, y más voluntad para no codearse con los viles, y más valor para sacarlos por el cuello y ponerlos adonde el sol los queme y los destruya.... Yo vengo aquí, a rendir el tributo infeliz de mis palabras, al literato insigne, al poeta sincero, al orador maravilloso, al hombre tierno y sonoro, grande y bueno, que despertó en mi alma, ya con las armonías incomparables de su joyante prosa, ya con los trinos melodiosos de sus versos, ya con el himno triunfal de su voz pitonisaria, el amor inextinguible por la Libertad y la Belleza; al hombre cuya cabeza ya está hueca, cuyos labios ya están mudos, cuya mano está ya deshecha, al apóstol y al mártir que reposa para siempre en la almohada eterna y en el inmortal silencio.... Vengo aquí, en fin, trémulo y reverente, como hijo agradecido y amoroso, a ofrendarle mis pobres flores, mis flores descoloridas y sin perfume, mis pobres flores que acaso manos traidoras arrebaten y despedacen, atendiendo al dolor que en algunos vivos proporciona la glorificación de aquellos muertos cuyas virtudes no saben; o no quieren imitar.... Sí, porque es triste cosa, pero es lo cierto; todo aquel que posee una cualidad extraordinaria, lástima, sin más que eso, al que no tiene ninguna: no hay bien de uno que no traiga la tristeza de otro; no se rinde homenaje a un muerto que no vaya acompañado por malignas lágrimas o malignas sonrisas. El mundo rebosa de gentes que sufren con todo triunfo ajeno y quisieran ir por él con una pica derribando cuanto les sobresale: y de gentes parasitarias que se ríen de todo lo que no comprenden. Pero... desprecio para ellos los envidiosos y desdeñosos de oficio, ¡lástima de sus humanas envolturas tan vilmente rebajadas! Aunque, quién sabe si por ello son más grandes los grandes de la tierra, los que han pasado sin doblar las rodillas por el mundo. Ellos son la espuma que salpica la barca y también la ola que la lleva a seguro puerto; la nube que oculta la estrella y también la sombra que la hace resaltar; el puñal que hiere y que envenena y la mano que venda y que restaura; el chiste raquítico que rebaja y la oda resonante que eleva y dignifica; la multitud que recrimina y aplasta y el pueblo que corona y premia; los gusanos que destruyen el cadáver y las flores que crecen sobre las sepulturas. Ellos son la consagración: no hay gloria completa sin el beso de una hermosa y sin la mordedura de un malvado; nadie puede llamarse francamente triunfador si no ha sentido posarse sobre su frente tiernas miradas de mujeres y crueles y sarcásticas miradas de hombres... ¡Ah! quién diera a mis palabras la pujanza de águilas bravías o potros cerriles, para pregonar con ellas a despecho de afilados dientes y rastreros silbidos, y no ya por la isla infeliz, sino bajo todos los techos del mundo, el genio y la bondad del divino maestro. Pero mis palabras, débiles mariposas, apenas si podrán en su vuelo llegar hasta vosotros, y apenas si podrán expresar el sobrenatural trastorno que de mí se ha apoderado, desde que sé, porque lo he prometido, que es deber mío rememorar su vida llena de sacrificios y perdones, recordar sus doctrinas bañadas de fe y amor, decir algo que sea de su literatura y poesía originales, rendir mi homenaje de admiración y de cariño entrañable al hombre sin tacha, a pesar de fealdades e impurezas de la tierra, al hombre dulce y amable, que es hoy, al cabo de quince larguísimos años de desaparecido, luz serena y deleitosa en mi cerebro, ternura y bondad y alas en mi corazón... ¡Su vida! ¿Y podrá el pensamiento desbordado seguirla en su carrera de gloria y de dolor? ¿Podrá la palabra humana, humo y cáscara, y vestidura tantas veces de las más bajas pasiones, relatar tanta grandeza como encierra su vida? Nació José Martí en cuna humilde, en La Habana, el 28 de enero de 1853, en la casa marcada con el n.º 102 de la calle de Paula. Nació en plena corrupción colonial, cuando era Cuba mártir, el vertedero de todo lo podrido, el refugio de todos los estorbos, de todos los hambrientos y desocupados de España, cuando era nuestra tierra, el criadero de una milicia viciosa y enfermiza, robada a la Agricultura y a la Industria de su país; cuando era esta ciudad, jardín de América hoy, corral blando y holgado de Capitanes Generales infecundos, logreros e imperiosos; cuando la bandera roja y gualda flotaba sobre nuestra casa y a su sombra los cubanos estaban condenados a perpetua cobardía y los españoles autorizados para enriquecerse y engordar sus vicios insolentes; cuando el criollo moría en la miseria y el peninsular paseaba satisfecho en el carruaje comprado con el oro que manaba del crimen; cuando había más cárceles que escuelas, y el látigo infamante chasqueaba sobre las espaldas de los hombres de una raza tan necesitada de justicia como la nuestra; cuando el cubano que no se sometía a servir de celestino al pisaverde madrileño que lo solicitara, iba a purgar su osadía en el presidio; cuando el talento de los nativos dormía echado bajo la bota del déspota ceñudo, y la capa torera sobre los hombros y la cinta de hule en el sombrero, eran los únicos pasaportes de honor y las únicas cédulas de vida, verdaderas. Entonces nació Martí. Fue su padre don Mariano, español, y Sargento cumplido del Ejército; y su madre, doña Leonor Pérez, hija de Canarias. El sábado 12 de febrero del mismo año en que naciera, fue bautizado en la iglesia del Santo Ángel Custodio por el presbítero don Tomás Sala y Figuerola. Al nacer Martí su padre desempeñaba el cargo de Celador de Policía, o lo que es lo mismo, tenía título sobrado para matar o encarcelar a los que no creyera fieles a la madre patria. Pero don Mariano era un hombre honrado aunque de escasa inteligencia y maneras rudas y despóticas. Cuando Martí tenía un año de nacido, lo llevaron a España a donde fueron sus padres a visitar unos parientes. Cerca de diez meses estuvieron por Valencia, al cabo de los cuales regresaron a La Habana, continuando don Mariano en el desempeño de su antiguo destino. Los padres, pues, de Martí, españoles, lo educaban en el amor a España y en la sumisión más absoluta a su Gobierno. Y la aspiración más ardiente de ellos era el ver algún día a su «Pepe»—así lo llamaban—empleado en la misma faena policiaca que el viejo. Pero aunque el hombre no viene al mundo hecho, sino que se hace y se moldea al calor de los acontecimientos, Martí, rebelde desde niño a freno y reclusiones, fue como esos robles vigorosos que levantan su copa robusta a pesar de la enredadera que los envuelva y de los gusanos que lo roan. Verdad que Martí fue un genio, y los genios como los volcanes traen sus entrañas hechas: ellos mismos se tejen el amor y se acrisolan la capacidad. Se nace rey como se nace esclavo, pero quien lo nace no se da cuenta de ello hasta que no manda y es obedecido, o hasta que no lo mandan y obedece. Martí, dijérase que trajo al nacer la infinita comprensión del porvenir. En él se realizó el milagro: de un huevo de paloma nació un águila; en el áspero huerto creció el lirio perfumador....
En una escuela de barrio, de la que contaba él que no podía olvidarse, porque a su maestro le debía que sus orejas estuvieran más separadas de la cara que lo regular, aprendió las primeras letras. De allí salió a los nueve años para el colegio «San Anacleto», que en aquel entonces dirigía en esta capital el culto educador Rafael Sixto Casado. Y fue en este colegio donde comenzó a sobresalir, siendo el primero en las clases y el ganador de todos los premios; donde comenzó a mostrar que no era aire lo que traía en la cabeza sino pensamiento y acción. De esa niñez suya, estudiosa, contaba Fermín Valdés Domínguez y cuenta todavía el doctor Eduardo F. Plá, sus condiscípulos dichosos en las aulas felices, rasgos asombrosos de inteligencia y de carácter. Y fue de ese colegio de donde su padre, creyéndolo ya bastante ilustrado lo sacó para emplearlo de Escribiente en la Celaduría. Y acaso si se hubiera sepultado allí y se hubiera malogrado el grande hombre, si Francisco Arazoza, un buen amigo de don Mariano, a espaldas de este, no le hubiera dado dinero para matricularse en el Instituto de Segunda Enseñanza, y lo hubiera alentado para que siguiera en sus estudios. Estos los tuvo que abandonar, empero, meses después, hostigado por el autor de sus días que no estimaba necesario para desempeñar su empleo, ni para aspirar al de Celador, saber más de lo que él ya sabía. Sin embargo, el ansia de ilustrarse lo llevó más tarde, cuando solo contaba catorce primaveras, al plantel de educación, «San Pablo», colegio de Segunda Enseñanza que fundó y dirigió en aquel tiempo, el culto y valiente poeta Rafael María de Mendive. En él se ganó el cariño y la estimación de su Director y estrechó la amistad con Fermín Valdés Domínguez, quien le abrió su casa acomodada, le prestó sus libros y le colmó de sincero afecto. De los más dulces tiempos de su vida fueron esos: y del solaz de ellos, del gozo de ellos, vino a sacarlo, sacudiéndole las más recónditas fibras del corazón, el grito de independencia lanzado en Yara, en la madrugada heroica del 10 de octubre de 1868, por el varón ilustre, por el caudillo insigne, por Carlos Manuel de Céspedes. Días después redujeron a prisión, en el Castillo del Príncipe, a Rafael María de Mendive, más tarde deportado a Santander: y cuentan que Martí, ansioso de ver a su amado maestro, se fue al Gobierno, y sin más recomendación que su persona, consiguió un pase para poderlo visitar: y allí iba él diariamente, al calabozo del cubano prisionero, a llevarle el consuelo de su agradecimiento y su ternura. El toque de clarín de Yara, primero, haciendo vibrar su joven alma de patriota, la prisión de su viejo amigo, los sucesos de Villanueva, y otros desmanes y abusos cometidos por el Gobierno de España en Cuba, fueron seguramente los que fijaron en su mente la divina idea de libertad y la necesidad de conquistarla. Fue entonces como su despertar glorioso. Fue entonces acaso que se juró en secreto a ella y celebró sus bodas con la patria: fue entonces que recibió esa consagración del dolor que sublima el alma y señala cumbres desconocidas al pensamiento....
Cuando Mendive salió para España a cumplir condena, Martí, a quien la existencia se le quedó por esa causa como sin luz y sin guía y sin amparo, empleose, con el fin de ayudar a su padre, siempre gruñón y descontento de él, en el escritorio de don Cristóbal Madan, antiguo amigo del bardo desterrado. A su vez, Martí seguía sus estudios en el Instituto de Segunda Enseñanza. Y cuentan que en las horas que mediaban de clase a clase, se reunía un grupo de estudiantes para hablar de política: y que era siempre Martí, el que más hablaba y con más entusiasmo, de los problemas de la patria, y que daba gusto oír de sus labios infantiles, sentencias y frases hermosas, como de adulto hecho ya a manejar los tiempos y a crearlos: como de hombre hecho a clamar, a desatar batallas y a desplegar victorias.... En esa misma época, y como Domingo Dulce, Capitán General de la Isla, decretara la libertad de imprenta, comenzó Martí a publicar en compañía de Valdés Domínguez un periódico titulado El Diablo Cojuelo, al mismo tiempo que dirigía La Patria Libre, siendo este último el periódico donde publicó por vez primera su poema «Abdala», canto brioso y fulgurante de levantado espíritu patriótico. Para él fue un día de júbilo casi celestial, un día de esos en que el sol parece como que retoza en las almas, aquel en que vio publicado sus versos. Mas, poco le duró este contentamiento, pues cuando llegó a su casa mostrando su producción, los padres, que no estaban de acuerdo con esos juegos de la fantasía y viriles arranques de cubanismo, lo castigaron severamente. Otros han tenido los besos de los padres como el aplauso primero a sus demostraciones de hombría, de saber y de talento: Martí no; Martí no tuvo en el hogar más que áspera voz, seca riña, cruel amenaza, injusta reprensión de la mano como única recompensa a sus precoces anhelos de gloria y honores....
Y llegó el momento aciago en que había de sufrir el primer castigo, en que había de comenzar a descender la cuesta de la vida, por amar a su patria, ser hombre, y negarse al serrallo. Corría el año de 1869. Era el 4 de octubre. Acusados por unos voluntarios, Eusebio Valdés Domínguez, hermano de Fermín, Manuel Sellén y Atanasio Fortier, del enorme delito de haberse burlado de ellos al pasar de regreso de una gran parada, por la casa de la familia de Valdés Domínguez, vinieron, ya entrada la noche, a prenderlos. Con ese motivo efectuaron un registro en la casa ya citada, ansiosos, seguramente, aquellos forajidos, de hallar algo que sancionara la matanza. En el registro llevado a cabo, encontraron, entre otras cosas, una carta cuyo sobre estaba todavía sin cerrar, y que habían escrito y firmado Martí y Fermín Valdés Domínguez, para mandársela a un condiscípulo de ellos que había cometido la mala acción de apuntarse como oficial de un regimiento, siendo criollo, para ir a combatir a sus hermanos que en esos momentos bregaban y sangraban por conquistar para ellos y para todos, casa libre y justa. La breve carta, escrita por Martí, estaba redactada en estos términos: «Señor Carlos de Castro y de Castro: (así se llamaba el traidor) Compañero: ¿Has soñado tú alguna vez con la gloria de los apóstatas? ¿Sabes tú cómo se castigaba en la antigüedad la apostasía? Esperamos que un discípulo de Rafael María de Mendive, no dejará sin contestación esta carta». Este hecho determinó la prisión de Martí y de Fermín Valdés Domínguez, siendo ambos juzgados en consejo de guerra. Ante el Tribunal fueron llamados los dos. Valdés Domínguez, primero, declaró que él había sido el autor de la carta y de las dos firmas. Pero cuando Martí fue interrogado, jadeante y como si llevara en el pecho una montaña, se acercó a los jueces, y afirmó con enérgica y vibrante voz que él si era el único y verdadero autor de la carta citada. Y para corroborar de manera elocuente su aserto, formuló duros ataques contra la dominación española, su tiránica política y sus hombres nulos e infames. Este fue el primer discurso de Martí y la primera demostración pública de su talento y su carácter irreductibles. Hay hombres que vienen al mundo como los huracanes y las avalanchas, purificando y retumbando desde que nacen. Así Martí. Diez y seis años contaba entonces, «el bozo en flor y el pájaro en el alma» y España quiso matarlo. El Fiscal pidió para él la pena última y para Fermín Valdés Domínguez diez años de presidio. Pero el fallo fue: seis años de prisión para Martí y uno para su camarada de infortunios e ideales. Y Martí fue a presidio. Lo que allí sufrió él, lo dijo en páginas que todavía gotean sangre, en su folleto «El presidio político en Cuba» y en el que exclamaba: «Dante no estuvo en presidio. Si hubiera sentido desplomarse sobre su cerebro las bóvedas oscuras de aquel tormento de la vida, hubiera desistido de pintar su infierno. Lo hubiera copiado y lo hubiera pintado mejor. Si existiera el Dios providente, y lo hubiera visto, con una mano se habría cubierto el rostro y con la otra habría hecho rodar al abismo aquella negación de Dios». Y fue luego deportado a Isla de Pinos y más tarde enviado a España en calidad de deportado. Para ella embarcó el 15 de enero de 1871. Momentos antes de salir le escribía a su benefactor señor Mendive: «De aquí a dos horas embarco desterrado para España. Mucho he sufrido, pero tengo la convicción de que he sabido sufrir. Y si he tenido fuerzas para tanto, y si me siento con fuerzas para ser verdaderamente un hombre, solo a usted lo debo y de usted y solo de usted es cuanto de bueno y cariñoso tengo. Diga usted a Micaela que si he tenido muchas imprudencias, la bondad con que las disculpa me hace quererla más. Y a Paulina y a Pepe y a Alfredo, y a todos mi afecto. Muchísimos abrazos a Mario: y de usted toda el alma de su hijo y discípulo». Así escribía a su viejo amigo, poco antes de salir para el destierro, poco antes de abandonar su patria y su hogar y sus libros el mancebo estupendo que había de ser más tarde el Libertador de su pueblo, y el que le arrancara su última presa en América a la hambrienta monarquía española.
A España llegó Martí, apesadumbrado, pobre, comido de pesar el corazón. A causa del grillete que había llevado se le formó un tumor del cual lo operaran dos veces y las dos sin éxito. Primeramente vivió en Madrid del escaso producto de unas clases que daba a los niños de don Leandro Álvarez Torrijo y a los de la Viuda del General Ravenet. Vivía, como es de suponerse, miserablemente. Viviendo así se lo encontró, cuando fue deportado a España por los sucesos del 27 de noviembre de 1871, Fermín Valdés Domínguez, su amigo, o más bien, su hermano. Y como Valdés Domínguez llevaba en la bolsa, oro bastante, se instalaron juntos en amplias habitaciones, bien situadas. Y Martí comenzó una nueva existencia. Mejoró de salud, se le animaron los ojos tristes, y de nuevo emprendió sus estudios. En esa época y no obstante estudiar sin descanso, el tiempo no le faltaba para escribir folletos, para pronunciar discursos desde la tribuna de la logia «Armonía», para hacer versos, y para hablar con sus paisanos de las enfermedades de la patria y de sus curas posibles y necesarias. Una noche en que para tratar sobre el asesinato de los Estudiantes de Medicina, se reunieron los cubanos allí residentes, Martí habló: y recuerda uno que estuvo en aquella reunión memorable, que fue su discurso relampagueante, encendido, arrebatador; y recuerda también, que sucedió esa noche una cosa sobrenatural. Colgando de la pared, sobre la tribuna, había una mapa de Cuba, y cuando Martí, lleno del más tierno lirismo hacía una invocación a su patria llorosa y rodeada de cadenas, cuando la concurrencia, suspensa de su palabra, temblaba de emoción, el mapa cayó como una corona sobre su cabeza. ¡Fue como si su tierra toda entera, respondiera a su llama miento! Y cuando la proclamación de la República en España—golondrina fugaz como un suspiro—, Martí puso en manos de Estanislao Figueras, un largo escrito abogando por la independencia de Cuba. Y cuando los federales en sesión solemne celebrada en la Academia de jurisprudencia, quisieron hacer declarar a los cubanos de Madrid que se contentaban con la República federal española, Martí, allí presente, se opuso a ello, y en un debate que lo mantuvo en pie siete horas, echó por el suelo esos propósitos. Martí se opuso también a la creación en Madrid de un Casino Cubano. Por eso y por otros rasgos más, fue a sus pocos años, y en plena Corte de España, como el verbo y el alma de su pueblo atormentado y miserable....
Debido a que Fermín Valdés Domínguez enfermó gravemente y los médicos le recomendaron que cambiara de aires, pasaron Martí y él a Zaragoza en donde apenas llegados, se ganaron el afecto y la estimación de los hijos de aquel noble pedazo de España. Los insurrectos los llamaban en Aragón, pero los llamaban así, sin ira y sin odio. Martí en Zaragoza lo fue todo, el orador en las reuniones, el escritor en los periódicos, el poeta siempre. En una velada organizada para recoger fondos con que aliviar la miseria de las viudas y huérfanos de los bravos que sucumbieron por defender el honor que un rey criminal quiso asesinarles, Martí pronunció una oración bellísima, y el señor Leopoldo Burón recitó unos versos, también suyos, alusivos al acto. En Zaragoza obtuvo Martí, el grado de doctor en Derecho a título de suficiencia, y el de doctor en Filosofía y Letras, a pesar de la marcada oposición del claustro de aquella Universidad carlista. Así, a puro esfuerzo, entre flaquezas e impulsos, entre dentelladas y sonrisas, sin morder el mérito ajeno, caminando siempre del lado de los pobres, y sin andar de pedigüeño por entre bastidores y escaleras, se hizo hombre, ¡grande hombre!, el niño bondadoso del hogar infeliz, el sufrido presidiario de las canteras de Medina, el joven enfermizo y desterrado de la península ibera, nuestro José Martí....
Y con sus títulos de Abogado y doctor en Filosofía y Letras, dejó la nación hispana, en 1873, y se fue a visitar a París, Londres y otras importantes ciudades de Europa, siguiendo luego viaje a México, en donde le esperaban, ansiosos de abrazarlos, sus padres y hermanas. En México, tierra ancha y generosa en la que los cubanos han hallado siempre alegría y calor de propio hogar, lo recibieron con marcadas demostraciones de aprecio. A poco de estar Martí entre los mexicanos, era altamente conocido y admirado como periodista, profesor, dramaturgo, orador y poeta. Durante los cuatro años que en esa República permaneció, fue Director de La Revista Universal, la cual se escribía a veces desde el fondo hasta las gacetillas; conferencista en el Liceo Hidalgo y en otras Sociedades; autor dramático en los principales teatros. Los trabajadores de Chihuahua lo nombraron Diputado al Congreso de Obreros y el Gobierno lo colmó de atenciones a cada instante. Martí, sin el grande amor por su patria, hubiera sido en México, como en cualquier otro país, conductor de conciencias. Pero la estrella heráldica que lo llevó a morir entre el humo y el fragor de la metralla, le seguía como un lamento y como el grito de una madre: de ahí que ese hombre que pudo ser monte coronado de flores, viviera por mucho tiempo, errante y vagabundo, sin plantar su tienda, fija la mirada en la isla hermosa, donde no había justicia sin soborno, ni honor sin castigo, ni pan sin mancha.
En México, trémulo de femenil pasión y llena el alma como siempre, del ansia de morir a caballo, peleando por su país, escribió él, aquella composición suya, titulada «Patria y mujer»; composición que expresa bien, la grandeza de su alma, arrullada por suspiros de amor y agitada por gritos desesperados de deber. Lleno de ternura el corazón y poblada la mente de trágicas visiones, escribió sin duda esa valiente poesía de la que yo recuerdo estas estrofas:
«Otra vez en mi vida el importuno
suspiro del amor, cual si cupiera,
triste la patria, pensamiento alguno
que al patrio suelo en lágrimas no fuera.
.........................................
»Y ¿con qué corazón, mujer sencilla,
esperas tú que mi dolor te quiera?
Podrá encender tu beso mi mejilla,
pero lejos de aquí, mi alma me espera.
.........................................
»Miente mi labio si se acerca al tuyo,
mienten mis ojos si de amor te miran;
de mujeril amor mis fuerzas huyo:
en incorpórea agitación se inspiran.
»Amo yo más el árbol que sombrea
la tumba incierta del guerrero hermano,
que ese nido de perlas que hermosea
blonda más débil que tu amor liviano.
.........................................
»Sus cuerdas una la robusta lira,
y el corazón sus átomos perdidos:
a un solo amor mi corazón aspira,
para un solo guarda latidos.
.........................................
»Este cuerpo gentil rebosa vida,
y cada árbol allá cobija un muerto:
a todo goce esta mujer convida,
a toda soledad aquel desierto.
.........................................
»No habla de amor mi corazón que late:
cuando en mi corazón hay un latido,
es que me anuncia que en algún combate
un héroe de la patria ha perecido».
.........................................
De la tierra del padre Hidalgo, el cura heroico, pasó a principios de 1877, a Guatemala, deteniéndose antes en La Habana, a recoger unas cartas de presentación para distintas personalidades del Gobierno de aquella República. Allí, apenas sacudido el polvo del camino, fue nombrado Catedrático de Derecho Político, y Director de la Revista Guatemalteca. Allí escribió, a petición del Gobierno, un drama histórico en cuatro actos y en versos, y también allí, una angelical alma de niña, sintió por él la más purísima de las pasiones. Era una distinguida señorita, hija de un General ilustre de aquel país, que lo amó locamente. Y dicen que Martí sufría como de un crimen, al tener que mostrarse indiferente ante aquel amor primaveral. Pero él cuando fue a Guatemala, ya estaba comprometido en México con Carmen Zayas Bazán, a quien hizo luego su esposa y es hoy su viuda respetada: por eso no amó Martí aquella criatura tan tierna y talentosa. Martí salió a México de nuevo a contraer matrimonio, y volvió casado a Guatemala. Y dicen que la pobre enamorada murió entonces de dolor, del dulce mal de sentir demasiado las ingratitudes de la vida. Martí, años después, pensando sin duda en esa historia romántica que estremeció su existencia, escribió estos divinos versos de ternura y melancolía:
«Quiero a la sombra de un ala,
contar este cuento en flor:
la niña de Guatemala,
la que se murió de amor.
»Eran de lirio los ramos,
y las orlas de reseda
y de jazmín: la enterramos
en una caja de seda....
»Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor;
él volvió, volvió casado:
ella se murió de amor.
»Iban cargándola en andas
Obispos y Embajadores:
detrás iba el pueblo en tandas,
todo cargado de flores
»...Ella, por volverlo a ver,
salió a verlo al mirador:
él volvió con su mujer;
ella se murió de amor.
»Como de bronce candente
al beso de despedida
era su frente, ¡la frente
que más he amado en mi vida!
»...Se entró de tarde en el río,
la sacó muerta el doctor;
dicen que murió de frío:
yo sé que murió de amor.
»Allí, en la bóveda helada,
la pusieron en dos bancos:
besé su mano afilada,
besé sus zapatos blancos.
»Callado, al oscurecer,
me llamó el enterrador:
¡Nunca más he vuelto a ver
a la que murió de amor!».
Otras pasiones inspiró Martí, a otras mujeres, pero acaso ninguna tan pura y tan hermosa como esa que inspiró a la niña de Guatemala, la de las manos de lirios y la frente purísima: luz y música hecha carne.... Y cuando de orden del señor Ministro de la Guerra se le quitó la dirección de la Escuela Normal de aquel país, a su amigo y paisano José María Izaguirre, renunció puestos y honores y vino a Cuba, ya firmada la paz del Zanjón, en 1878. La Habana lo recibió afectuosamente. Primero se puso a trabajar como abogado, aunque sin jurar su título, en los bufetes de don Nicolás Azcárate y Miguel Viondi, dándose luego a conocer de sus paisanos como orador, en notables discursos y conferencias pronunciadas en el Liceo de Guanabacoa, y en un brindis que hizo en un banquete celebrado en honor del genial periodista Adolfo Márquez Sterling. Cuatro fueron las veces que habló Martí en el Liceo de Guanabacoa. La primera sobre el realismo en el Arte; la segunda sobre su amigo, el poeta Alfredo Torroella, en que arrancó lágrimas; la tercera sobre los dramas de don José Echegaray, y la cuarta, sobre el insigne violinista Díaz Albertini. A esta última asistió el General Blanco, Capitán General de la Isla entonces, y notables personalidades cubanas y peninsulares. Y dice Miguel Viondi que Martí habló de tal manera, de patria y libertad, que el General Blanco se retiró de la fiesta diciendo al señor Azcárate: «quiero no recordar lo que yo he oído y que no concebí nunca se dijera delante de mí, representante del Gobierno Español: voy a pensar que Martí es un loco...». Y añadió: «pero un loco peligroso». A pesar del trabajo excesivo y de su dedicación a la literatura, Martí no dejó un día de conspirar desde que llegó a La Habana. Su casa era un centro de conspiración y un templo de arte: allí se reunían tan pronto, hombres de armas y acción, para hablar de guerra, como se reunían hombres de saber y pensamiento para hablar de «suspiros y risas, colores y notas». Más tarde, el mismo general Blanco, creyéndolo—como era la verdad—complicado en aquel conato de revolución de 1879, le pidió que hiciera pública protesta de adhesión al Gobierno de España, a lo que él indignado contestó: «Martí no es de la raza de los vendibles». Y fue nuevamente deportado a España, de donde se fugó al poco tiempo, pasando a París y de allí a New York, lugar en que siguió conspirando, conspiración que culminó con aquel desembarco en Cuba de Calixto García, el glorioso General de la frente horadada. Y cuando él vio el fracaso de aquella intentona y palpó la dolorosa realidad, se fue a Caracas, la ciudad de Bolívar, y allí agrupó en torno suyo numerosos admiradores y amigos. En Caracas dio clases de oratoria a una juventud valiosa. Varias veces a la semana y por espacio de dos horas, vibró su voz elocuente en mitad de sus alumnos que lo escuchaban maravillados. Y consignó uno de aquellos, que «en una de las sesiones oratorias, le sirvió de tema el pueblo de Israel, y con lenguaje expresivo y sublime enarró las maravillas de aquel pueblo excepcional»: que no era posible decir cosas más hermosas y poéticas, pero «que cuando el orador se consideró en la cumbre del monte Nebo y presentó al pueblo israelita y a Moisés contemplando la tierra prometida, su elocuencia fue nueva, sorprendente, y lo sublime parecía poco ante aquel espíritu transfigurado por el pudor cuasi divino de las ideas». Fue en Venezuela que dijo, hablando de la independencia de América: «El poema de 1810 está incompleto y yo quise escribir su última estrofa». Luego Martí, no pudiendo amoldarse a las exigencias del Gobierno de aquella República, del cual era entonces Presidente el general Guzmán Blanco, salió de allí, despidiéndose en una carta bellísima de los venezolanos que amó. A esa carta pertenece este párrafo: «Muy hidalgos corazones he sentido latir en esta tierra; vehementemente pago sus cariños; sus goces, me serán recreo; sus esperanzas plácemes; sus penas, angustias; cuando se tienen los ojos fijos en lo alto, ni zarzas ni guijarros distraen al viajero en su camino: los ideales enérgicos y las consagraciones fervientes no se merman en un ánimo sincero por las contrariedades de la vida. De América soy hijo: a ella me debo. Y de la América, a cuya revelación, sacudimiento y fundación urgente me consagro, esta es la cuna; ni hay para labios dulces copa amarga ni el áspid muerde en pechos varoniles; ni de su cuna reniegan sus hijos fieles. Deme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mí un hijo». De Venezuela pasó, de nuevo, llena el alma de tristezas y emociones viriles, a la Babel moderna de los rubios mocetones y las nevadas inclementes: a New York, a esa ciudad de las ansias, de las regatas, de los afanes, de las prisas, a ese horno colosal donde se sazona el egoísmo y se pierden entre espirales de humo y ruidos de maquinarias, los besos y las lágrimas....
Triste, apesadumbrado, como un náufrago que después de clamar en vano en la noche vacía y negra, arriba a playa desconocida, así llegó Martí nuevamente a New York. Pero tuvo un consuelo, una medicina que de los más graves males cura al hombre: las ternuras y cuida dos de su esposa que allí lo esperaba y los besos de su amado chiquitín, el hoy coronel de nuestro Ejército. Sacudió sus lágrimas calladas, escondió sus penas hondas, y comenzó a trabajar en la tierra hostil y ajena. El conocer a los hombres, tanto como los conocía, lo hizo superior a todas las pasiones: de ahí que pudo, entre gentes que miden, que desdeñan, que empujan, que desprecian, que viven con el apetito desmesuradamente abierto, pasear su amable cultura y oceánica bondad, y sacar a puerto y con honra, su divina existencia. Veamos cómo se abrió paso en el pueblo áspero y extraño. No era él de los soberbios que se impacientan porque no le conocen el talento, aprisa, ni de los pobres de espíritu que porque los visite el dolor, languidecen y desmayan o se despedazan el cráneo; sino de los de enérgica voluntad y firme intento: de los que vencen. Las alturas se han hecho para subirlas: en lo más elevado de ellas, crece, casi siempre, el laurel que da sombra a toda la vida. Él lo sabía, y se sentía con la fuerza inquieta y seductora de los que poseen la capacidad de mirar desde lo alto. Martí fue en New York, y en el período de diez años, dependiente de una casa de comercio en la cual llevaba los libros de contabilidad y contestaba la correspondencia; redactor de El Sun, el gran diario americano; corresponsal de varios periódicos de la América Latina, para los cuales escribía kilométricas epístolas, verdaderos estudios filosóficos y literarios de asuntos y hombres de los Estados Unidos; traductor de la casa editora «Appleton»; redactor de La América, y el Economista Americano, Director de La Edad de Oro, revista exclusivamente para niños, a los que amaba entrañablemente; profesor en «La Liga», la Sociedad de los necesitados de cariño y hambrientos de sabiduría; representante de tres naciones, Uruguay, Paraguay y la Argentina, en la gran plaza norteamericana; y alma en pie siempre, para responder a todo llamamiento cubano, bien fuera para remediar miserias o para mitigar dolores. Jamás pasó una fiesta del patriotismo, de recordación gloriosa, sin que él tomara parte. Año tras año, cada diez de octubre, aniversario glorioso de aquel día sublime, Martí dejaba oír su pintoresco, brillante y enérgico lenguaje, «flores tristes y lanzas enlutadas» que él depositaba a los pies de los héroes muertos. En el sudor y la fatiga del trabajo vivía, pero consagrado a Cuba, a desenterrar su epopeya de luz y a añadirle y hacerla entender, a los que parecían no querer entenderla: y a la América nuestra entera, a su América enferma. En 1883, invitado para tomar parte en la grandiosa fiesta con que los representantes de las Repúblicas latinoamericanas, en New York, habían de conmemorar el Centenario del nacimiento de Bolívar, Martí asistió a ella, y habló y derramó a raudales, en legiones de primorosas frases, los productos de su genio. Y terminó con estas palabras: «¡Brindo por los pueblos libres y por los pueblos tristes!» ¡Siempre pensando en Cuba! En la «Sociedad Literaria Hispano Americana», de la cual era Presidente, el alma toda, fueron innumerables las veces que hizo Martí resonar su palabra portentosa. Allí Martí habló sobre México, sobre Centro América, sobre Venezuela, sobre Bolívar. Hablando de Bolívar dijo, entre otras muchas cosas grandilocuentes: «¡Oh no! En calma no se puede hablar de aquel que no vivió jamás en ella: ¡de Bolívar se puede hablar con una montaña por tribuna, o entre relámpagos y rayos, o con un manojo de pueblos libres en el puño y la tiranía descabezada a los pies!». Sobre Espadero habló, el de «El Canto del Esclavo», «el que aprisionó en sus notas, como en red de cristal fino, los espíritus dolientes, que velan y demandan desde el éter fulguroso y trémulo del cielo americano»; sobre Heredia, nuestro gran Heredia: y donde al hablar de ese divino poeta, tuvo un arranque de patriótico ardimiento en que exclamó: «Si entre los cubanos vivos no hay tropa bastante para el honor ¿qué hacen en la playa los caracoles que no llaman a guerra a los indios muertos? ¿Qué hacen las palmas que gimen estériles en vez de mandar? ¿Qué hacen los montes que no se juntan faldas contra faldas, y cierran el paso a los que persiguen, a los héroes?». Y siempre, y en todos los casos, la patria salía por sus labios a relucir, altiva y llorosa, como una tórtola gemidora que abrigara un cóndor bravío....
Pero injustos o malvados—que siempre ha de haber injustos o malvados cerca de todo grande hombre—, lo tacharon una vez de mal cubano, en 1885, cuando él se opuso a los trabajos emprendidos por algunos jefes de la revolución del 68 para llevar una guerra nueva a Cuba, por creerla incompleta y parcial, y por estimar que con ella solo se lograría alarmar y ensangrentar inútilmente el país, en vez de asegurarle su entusiasmo y confianza para cuando se pudiera llevar a la isla la guerra pujante, digna y definitiva. De una carta en que hacía referencia a su oposición a ese movimiento revolucionario y al silencio en que se mantuvo por un espacio de tiempo, es este párrafo: «Crear una rebelión de palabras en momentos en que todo silencio sería poco para la acción, y toda la acción es poca, ni me hubiera parecido digno de mí, ni mi pueblo sensato lo hubiera soportado. Ya yo me preparaba a emprender camino ¡quién sabe a qué y hasta dónde!, en servicio activo de una empresa, y cuando creí que el patriotismo me vedaba emprenderlo, ¡qué tristeza, qué tristeza moral de la que nunca podré ya reponerme! ¿Cómo serviré yo mejor a mi tierra? me pregunte: Yo jamás me pregunto otra cosa; y me respondí de esta manera: Ahogando todos tus ímpetus; sacrifica las esperanzas de toda tu vida; hazte a un lado en esta hora posible del triunfo, antes de autorizar lo que creas funesto; mantente atado, en esta hora de obrar, antes de obrar mal, antes de servir mal a tu tierra so pretexto de servirla bien. Y sin oponerme a los planes de nadie, ni levantar yo planes por mí mismo, me he quedado en el silencio, significando con él que no se debe poner mano sobre la paz y la vida de un pueblo sino con un espíritu de generosidad, casi divino, en que los que se sacrifican por él, garanticen de antemano, con actos y palabras, el explícito intento de poner la tierra que se liberta en manos de sus hijos, en vez de poner como harán los malvados, sus propias manos, en ella, so capa de triunfadores. La independencia de un pueblo consiste en el respeto que los deberes públicos demuestre a cada uno de sus hijos. En la hora de la victoria solo fructifican las semillas que se siembran en la hora de la guerra. Un pueblo antes de ser llamado a guerra tiene que saber tras de qué va, y adónde va, y qué le ha de venir después. Tan ultrajados hemos vivido los cubanos, que en mí es locura el deseo, y roca la determinación de ver guiadas las cosas de mi tierra de manera que se respete como a persona sagrada la persona de cada cubano, y se reconozca que en las cosas del país no hay más voluntad que la que exprese el país, ni ha de pensarse en más interés que en el suyo». Una noche de conmemoración gloriosa, en ese tiempo, al ir a ocupar Martí la tribuna, el auditorio pidió con marcadas muestras de hostilidad, que hablara otro antes que él, otro que era patriota. Y Martí tomó asiento y escuchó tranquilo, de labios pálidos de cólera, alusiones injustas; y cuando fue a la tribuna él, y el público esperaba que se desatara en denuestos, que vaciara su ira sobre cuantos le eran contrarios, fueron sus palabras como voces de perdón. Sus palabras llevaban el desquite: parecía como si con un manojo de lirios azotara las frentes de los pecadores: sus anatemas eran alfileres con alas.... Esa noche triunfó y ya más nunca dejó de ser el triunfador. En todo demostraba Martí las extraordinarias condiciones que lo sacaron por encima de los demás hombres... ¿No lo dijo él? «Si los hombres nutren con sus manos prácticas lo que tienen de fieras, yo haré con las mías por nutrirles lo que tienen de palomas». Y así era, ministerio purísimo de amor y de ternura, brazos de par en par abiertos para todos los hombres....
Fue en ese tiempo, durante esos años, que Martí mostró con más pujanza la largueza de sus conocimientos y la infinita anchura de su genio. Filósofo, poeta, economista, diplomático, políglota, periodista, orador, legista, estadista, de todo se mostró Martí entonces, en aquel hervidero de pasiones e intereses. Allí se le veía tan pronto en la tribuna, predicando, como se le veía en el periódico, en el informe, en la revista literaria, en la traducción, en el libro de versos. Allí publicó él su Ismaelillo, un primoroso y pequeño volumen de composiciones breves; en las que su alma de padre, salta y brinca y chispea, entre los cabellos rubios y los pies ligeros de su hijo. Y también Versos sencillos, en el que cada estrofa, responde a un estado de espíritu, y en el que como él decía: «a veces ruge el mar, y revienta la ola, en la noche negra, contra la roca del castillo ensangrentado; y a veces susurra la abeja, merodeando entre las flores».
De Ismaelillo es este primoroso juguete:
Sé de brazos robustos,
blandos, fragantes;
y sé que cuando envuelven
el cuello frágil,
mi cuerpo, como rosa
besada, se abre,
y en su propio perfume
lánguido exhálase.
Ricas en sangre nueva
las sienes laten;
mueven las rojas plumas
internas aves;
sobre la piel, curtida
de humanos aires,
mariposas inquietas
sus alas baten;
¡savia de rosa enciende
las muertas carnes!
Y yo doy los redondos
brazos fragantes,
por dos brazos menudos
que halarme saben,
y a mi pálido cuello
recios colgarse,
y de místicos lirios
collar labrarme.
¡Lejos de mí por siempre
brazos fragantes!
Y este otro:
Por las mañanas
mi pequeñuelo
me despertaba
con un gran beso.
Puesto a horcajadas
sobre mi pecho,
bridas forjaba
con mis cabellos.
Ebrio él de gozo,
de gozo yo ebrio,
me espoleaba
mi caballero:
¡qué suave espuela
sus dos pies frescos!
¡Cómo reía
mi jinetuelo!
¡Y yo besaba
sus pies pequeños,
dos pies que caben
en solo un beso!
Y este, que es como un suspiro hondo:
Qué me das ¿Chipre?
Yo no lo quiero:
ni rey de bolsa
ni posaderos
tienen del vino
que yo deseo;
ni es de cristales
de cristaleros
la dulce copa
en que lo bebo.
Mas está ausente
ni despensero,
y de otro vino
yo nunca bebo.
Y estas estrofas sueltas cogidas al azar de los Versos sencillos:
Yo sé bien que cuando el mundo
cede, lívido, al descanso,
sobre el silencio profundo
murmura el arroyo manso.
Con los pobres de la tierra
quiero yo mi suerte echar:
el arroyo de la sierra
me complace más que el mar.
Busca el Obispo de España
pilares para su altar:
¡en mi templo, en la montaña,
el álamo es el altar!
Si ves un monte de espumas
es mi verso lo que ves:
mi verso es un monte, y es
un abanico de plumas.
Amo la tierra florida,
musulmana o española
donde rompió su corola
la poca flor de mi vida.
¡Arpa soy, salterio soy
donde vibra el Universo;
vengo del sol, y al soy voy;
soy el amor: soy el verso!
No me pongan en lo oscuro
a morir como un traidor:
¡yo soy bueno, y como bueno
moriré de cara al sol!
Hay montes, y hay que subir
los montes altos: ¡después
veremos alma, quién es
quién te me ha puesto a morir!
Cultivo una rosa blanca,
en julio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni oruga cultivo:
cultivo la rosa blanca.
Yo quiero cuando me muera,
sin patria, pero sin amo,
tener en mi tumba un ramo
de flores y una bandera.
Y cuando el destino le ofrecía el goce de una existencia bella, sosegada, cómoda; cuando su talento reconocido y su grandeza de espíritu, le daban asiento firme entre los que ya podían echarse a descansar, formó con su vida una flor, y la puso a los pies de la patria. Era el año 1891, y era el mes de octubre. Anunciado que en una velada, patrocinada por el club «Los Independientes» de New York, que había de celebrarse en recordación de los héroes del 10 de octubre de 1868, tomaría parte principal Martí, quien desempeñaba el cargo de Cónsul General de la Argentina, Uruguay y Paraguay en dicha ciudad, el Ministro de España protestó ante los respectivos Gobiernos, y él, con un desprendimiento asombroso, renunció a sus cargos diciendo: «¡Antes que todo cubano!». Hay hombres que suben, como suben las zarzas y las piedras que tienen en su cúspide las montañas: otros son montañas y las coronan flores y las visitan víboras. Martí fue de esos. Hombre montaña desde la cual se puede ver pasar hoy y se verá mejor, a medida que los años vayan limándola, toda el alma compleja y revuelta de esa época de creación y amargura. El hecho de renunciar a todo bienestar por Cuba, hizo resonar su nombre como un trueno, en donde quiera que había cubanos. Martí, si perdió con ese acto, el gusto y el regalo de su vida, ganó en prestigio entre sus compatriotas, para los cuales fue desde entonces, antorcha encendida de patriotismo, brazo infatigable, el pensamiento a caballo como lo llamó un ilustre hombre americano, el altar más hermoso y más puro de las libertades cubanas.
Martí supo conquistar gloria: y cuando la conquistó, no la puso a precio en mercadería, ni se puso a vivir de ella en ocio cobarde, sino que se consagró a sembrar con sus manos, la buena semilla republicana entre sus compatriotas emigrados.... Así, cuando días después de este hermoso hecho, fue invitado por el Presidente del Club «Ignacio Agramonte» de Tampa—la ciudad levantada a puro esfuerzo por los cubanos proscriptos—para que tomara participación en una fiesta político-literaria que dicho Club había de celebrar, él respondió aceptando; y vencidas algunas dificultades, el 25 de noviembre de 1891, a la una de la madrugada, bajo una lluvia tenaz, arribó jubiloso a la estación, henchida de cabezas, de aquel pueblo de hombres libres que lo amaba ya sin conocerlo y que fue, por el sino misterioso de las cosas, cuna de la gloriosa revolución del 95 que sacó a la vida libre nuestra nacionalidad. A la siguiente noche, día 26, Martí dejó oír su palabra sedosa y centelleante en aquel Liceo histórico, que yo añoro ahora entristecido, y me veo niño, llena el alma de ilusiones, escuchando exaltado al pie de la tribuna, los tiernísimos acentos de su voz incomparable. Lo que allí dijo Martí no hay frases que lo abarquen. «Por Cuba y para Cuba» tituló él su discurso, y por ella y para ella fue cuanto su palabra, a veces impetuosa, a veces desgarradora, expresó. Su discurso fue todo amor, todo esperanza, todo verdad. Señaló todos los males que podrían la tierra de sus amores, los escollos con que se había de tropezar y la manera de vencerlos. Habló de los egoístas y los miedosos y los críticos que siempre le salen al encuentro a toda obra cuando esta se halla en los sudores de la creación, y dijo: «¿Pero qué le hemos de hacer? ¡Sin los gusanos que fabrican la tierra no podrían hacerse palacios suntuosos! En la verdad hay que entrar con la camisa al codo como entra en la res el carnicero. Todo lo verdadero es santo, aunque no huela a clavellina. Todo tiene la entraña fea y sangrienta; es fango en las artesas, el oro puro en que el artista talla luego sus joyas maravillosas; de lo fétido de la vida, saca almíbar la fruta y colores la flor: nace el hombre del dolor y la tiniebla del seno maternal, y del alarido y el desgarramiento sublime; ¡y las fuerzas magníficas y corrientes de fuego que en el horno del sol se precipitan y confunden, no parecen de lejos, a los ojos humanos sino manchas!». Hablando de los peligros que podían hacer desfallecer y cejar al cubano en su afán de libertad, decía entre otras cosas: «¿O nos ha de echar atrás el miedo a las tribulaciones de la guerra, azuzado por gente impura que está a paga del Gobierno español, el miedo a andar descalzo, que es un modo de andar ya, muy común en Cuba, porque entre los ladrones y los que los ayudan, ya no tiene en Cuba zapatos más que los cómplices y los ladrones?». Los pechos todos vibraron de entusiasmo y de cariño al escucharlo, y el alma de todos, como una marejada, lo envolvió y llenó de una titánica alegría. ¡Él vio sin duda en aquella noche radiosa, en aquella noche memorable, al terminar su oración, a su pobre patria llorosa, entre convites y villanías, de barragana y flor marchita por el mundo, y vio también, alucinado por el estruendo de los aplausos y los vítores, a caballo el ejército de la Libertad, echándose sobre los palacios podridos donde se cobijaban las almas de coleta y sotana, símbolos de la secular dominación de España....
A la siguiente noche, 27 de noviembre, habló sobre el asesinato de los estudiantes del 71, y su discurso fue una joya, una flor que no se secará nunca sobre la tumba de los ocho adolescentes. Y el 28 del mismo mes, salió de nuevo para New York, en donde a los pocos días recibió un ejemplar del periódico El Yara, de Cayo Hueso, que dirigía el irreductible cubano José Dolores Poyo, y en el que se expresaba vivamente el deseo de que les hiciera una visita. Con este motivo, Martí le escribió el 25 de diciembre del mismo año, una carta a Poyo, en la que le daba las gracias por haberle adivinado sus deseos de visitar a los cubanos del peñón rebelde. En esa carta le decía entre otras cosas: «¿Pero cómo ir al Cayo de mi propia voluntad como pedigüeño de fama que va a buscarse amigos, o como solicitante, cuando quien ha de ir en mí, es un hombre de sencillez y de ternura, que tiembla de pensar que sus hermanos pudieran caer en la política engañosa y autoritaria de las malas Repúblicas? Es tan dulce obedecer el mandato de los compatriotas, como es indecoroso solicitarlo. Es mi sueño que cada cubano sea hombre político enteramente libre, como entiendo que el cubano del Cayo es, y obre en todos sus actos, por su simpatía juiciosa y su elección independiente, sin que le venga de fuera de sí, el influjo dañino de algún interés disimulado. Pues aunque se muera uno del deseo de entrar en la casa querida, ¿qué derecho tiene a presentarse de huésped intimo, a donde no lo llaman? Mejor pasar por seco—aunque se esté saliendo de cariño tierno el corazón—, que pasar por lisonjeador, o buscador, o entrometido, que faltar con una visita meramente personal al respeto que debo a la independencia y libre creación de los cubanos. Pero mándenme, y ya verán cuán viejo era mi deseo de apretar esas manos fundadoras». En Cayo Hueso hubo indecisión sobre si debía o no llamársele. Pero por fin, y por acuerdo del Club «Patria y Libertad», se le llamó. Martí salió enseguida para Cayo Hueso, siendo acompañado en su viaje, desde Tampa, por representantes de los Clubs «Ignacio Agramonte», y «La Liga Patriótica». El 25 de diciembre llegó, mal de salud, al Cayo. No obstante, habló varias ocasiones, arrebatando al auditorio, hasta que ya, verdaderamente enfermo, le prohibieron los médicos que saliera de su habitación. En cama estuvo doce días, al cabo de los cuales, un tanto restablecido, se levantó y visitó, uno por uno, todos los talleres, predicando la fe patriótica. Más tarde, en una reunión a que citó y a la que asistieron varios jefes de la guerra del 68, se expuso la idea de organizar bajo una sola, bandera a los cubanos emigrados. Martí recogió esa idea y redactó entonces, ese monumento de amor y de concordia que se llama: «Bases del Partido Revolucionario Cubano». De regreso de Cayo Hueso pasó por Tampa, siendo aprobadas en esta ciudad las referidas bases, siguiendo a New York, en donde lo esperaba un gran pesar: la carta denostadora que el General Enrique Collazo, por error o ceguedad del momento, le escribiera desde La Habana, y que firmaron con él, otras distinguidas personalidades de la revolución. A esa carta contestó Martí con otra que es como un blando arroyo de aguas puras que llevara en su corriente la hoja de una espada. Refiriéndose a los ataques personales que se le hicieron escribió: «Y ahora señor Collazo, ¿qué le diré de mi persona? Si mi vida me defiende nada puedo alegar que me ampare más que ella. Y si mi vida me acusa, nada podré decir que la abone. Defiéndame mi vida. Queme usted la lengua señor Collazo, a quien le haya dicho que serví yo a la madre patria. Queme usted la lengua a quien le haya dicho que serví de algún modo, o pedí puesto alguno, al partido liberal. Creo señor Collazo, que ha dado a mi tierra, desde que conocí la dulzura de su amor, cuanto hombre puede dar. Creo que he puesto a sus pies muchas veces fortuna y honores. Creo que no me falta el valor necesario para morir en su defensa». Este incidente quedó satisfactoriamente arreglado para ambos servidores de la patria, polvo hoy uno y luz en el recuerdo, y reliquia viva el otro, escapada al peligro del naufragio y de la muerte....
A la sazón, por todas las emigraciones iban siendo conocidas y aceptadas las «Bases del Partido Revolucionario Cubano»: y el diario de abril de 1892—aniversario de aquel otro 10 de abril de Guáimaro—, quedó proclamado este y nombrado Martí, por el cómputo de votos de todos los emigrados, Delegado, cargo que llevaba en sí la suprema dirección de los trabajos de esa gigantesca corporación, que fue casa, tribuna y trinchera de las libertades cubanas en el exterior....
Desde el momento en que asumió Martí ese cargo, comenzó la labor más extraordinaria que pueda imaginarse la mente humana. De New York, pasó a Costa Rica, a entrevistarse con los generales Antonio y José Maceo, y Flor Crombet, de los cuales tuvo la aprobación más calurosa por los trabajos emprendidos. En Costa Rica habló y fundó Clubs, pasando luego por segunda vez a México en donde despertó el entusiasmo patriótico de los cubanos. El 15 de septiembre de 1892, le dirigió una carta al general Máximo Gómez, invitándolo a que aceptara la investidura de encargado supremo del ramo de la guerra, a que «ayudara a organizar dentro y fuera de la isla, el Ejército Libertador que había de poner a Cuba, y a Puerto Rico con ella, en condiciones de realizar con métodos ejecutivos y espíritu republicano su deseo manifiesto y legítimo de independencia». En dicha carta invitaba al generalísimo, a ese nuevo sacrificio, en momentos en que no tenía más remuneración que ofrecerle—según sus palabras—«que el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres»; invitación a la que el general Gómez contestó aceptando, en noble y generosa carta, y a la que Martí correspondió, yendo a visitarlo en Santo Domingo, la República hermana por la gloria y el martirio. De Santo Domingo emprendió Martí una excursión por todos los pueblos de la Unión Americana y algunos de América Latina, volviendo a New York. Allí su vida era un vértigo. Se escribía Patria, el periódico que fundó, junto con el «Partido Revolucionario», contestaba una numerosa correspondencia, fundaba clubs, escribía artículos de propaganda, en inglés, para periódicos de Filadelfia y New York, y pronunciaba discursos. Relámpagos parecía tener aquel hombre por músculos, tal era la prisa en que vivía. Increíble parece que aquel cuerpo flaco y endeble, encerrara dentro de sí espíritu tan gigantesco y tan fuerte, hecho a golpes de zarpas y a caricias de ala, capaz de abrir surcos y levantar cimientos y capaz, de poemizar el dolor e idealizar el martirio; apto para abrigar una tempestad y para echarse todo entero en el cáliz de un jazmín....
En 1893, la intentona de Purnio y su fracaso le quebrantaron la salud. Pero no por eso se echó como débil mujerzuela a llorar tristezas, sino que después de publicar un manifiesto de levantado espíritu patriótico, continuó, con más bríos si cabe, la tarea enorme de hacer patria, tarea que fue sobre sus hombros una cruz, semejante a la que llevara, a través de su calle de Amargura, el Cristo dulce y bueno de los cristianos. Igualmente que los sucesos de Purnio, muestra evidente de la inquietud que ya reinaba en la isla mártir, los pronunciamientos de Lajas y Ranchuelo, en 1894, lo magullaron hondamente. Pero, incansable, a cada golpe se levantaba más potente. A fines de ese mismo año fue que, teniéndolo ya todo dispuesto para la lucha, escribió a Eduardo H. Gato, el cubano rico del Cayo, una carta, que es un poema de dolor, pidiéndole $5000 y otra a José María Izaguirre, cubano rico de New Orleans, pidiéndole cantidad parecida. De la carta a Gato son estas frases: «Todo minuto me es preciso para ajustar la obra de afuera con la del país. ¿Y me habré de echar por esas calles, despedazado y con náuseas de muerte, vendiendo con mis súplicas desesperadas nuestra hora de secreto, cuando usted con este gran favor, puede darme el medio de bastar a todo con holgura, y de cubrir con mi serenidad los movimientos?». «Si le escribo más me parece que le ofendo. Usted es hombre capaz de grandeza: esta es su ocasión. ¿Le prestaría a un negociante $5000 y no a su Cuba? Deme una razón más de tener orgullo de ser cubano». Y de la carta a Izaguirre este es el final: «¿Me lastimará usted mi fe? ¿Y en vano habré salido su fiador? Porque lo garanticé desde el principio como si hubiéramos hablado de esto y tuviera autoridad de usted para su oferta. ¿No me la da su vida y nuestra amistad? Le saluda la casa y quiero que me quiera por haber tenido esta certeza de usted, no en la hora de la gloria, sino en la del sacrificio. Yo voy a morir, si es que en mí queda ya mucho de vivo. Me matarán de bala, o de maldades. Pero me queda el placer de que hombres como usted me hayan amado. No sé decirle adiós. Sírvame como si nunca más debiera volverme a ver». Y esos cubanos respondieron mandándole lo que él les pedía. ¡Y cómo no! ¿Se podía negar, se podía decir que no, a quien pedía de ese modo, resplandeciente de limpieza y de angustia? Dispuesto todo para emprender la empresa definitiva, recorrió por última vez las emigraciones, y cuando se detuvo en un puerto de la Florida, en enero de 1895, ya todo lo tenía preparado para caer sobre su tierra a bandera desplegada. Tres barcos, «Amadís», «Lagonda» y «Baracoa», cargados de armas y pertrechos ya estaban para salir de Fernandina, cuando las Autoridades de aquella ciudad, los detuvieron. La traición de un miserable, que estará mientras viva, libre de todo, menos del remordimiento, vendió su poderoso plan. Entonces sí que sufrió Martí lo indecible. Imagínenselo triste, rabioso, colérico—¡colérico él, Dios mío!—viendo acaso en el espanto y horror de sus ojos desmesuradamente abiertos, descender sobre su patria como un sudario de muerte, y sobre su corazón como una mano de hierro....
Perseguido por los Agentes españoles salió de Fernandina y llegó a New York. Allí le volvió la vida: ¡podía salvar parte de las armas apresadas! Y el 29 de enero escribió la orden de levantamiento para los jefes de la revolución en Cuba, y el 31 salió en compañía de los generales María Rodríguez y Collazo para Santo Domingo, con el fin de unirse allí con Máximo Gómez. Se detuvo en Cabo Haitiano, en donde pasó varias semanas de verdadera zozobra, rodeado de malvados e impotentes. Allí fue a moverle con furia, el espíritu, la noticia del levantamiento del 24 de febrero, la noticia de que ya en su tierra se peleaba, cumpliendo órdenes suyas, por el decoro y la libertad. Esto lo animó y desesperó más. Después de ese momento ni el sueño ni el descanso le hicieron falta: vivía en una constante actividad. Así vio pasar todo el mes de marzo y llegar abril, y sin poder embarcarse para las playas amadas, donde ya se moría como él sabría morir. El 25 de marzo, ya en vísperas de viaje, en el pórtico del gran deber, le escribió a su amigo, el dominicano y poeta y escritor, Federico Henríquez Carvajal, una carta que alguien ha llamado su testamento político, y de la cual vienen a mi mente estos conceptos que debía grabar todo cubano en lo más puro y bueno de sus entrañas: «Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar. Para mí la patria no será nunca triunfo, sino agonía y deber. Ya arde la sangre. Ahora hay que dar respeto y sentido humano y amable al sacrificio; hay que hacer viable e inexpugnable la guerra; si ella me manda, conforme a mi deseo único quedarme, me quedo en ella; si me manda, clavándome el alma, irme lejos de los que mueren como yo sabría morir, también tendré ese valor. Quien piensa en sí no ama a la patria; y está el mal de los pueblos, por más que a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas que el interés de sus representantes ponen en el curso natural de los sucesos. De mí espere la deposición absoluta y continua. Yo alzaré el mundo. Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir callado. Para mí ya es hora. Pero aun puedo servir a este único corazón de nuestras Repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo. Vea lo que hacemos, usted con sus canas juveniles y yo a rastras con mi corazón roto. Yo obedezco, y aun diré que acato como superior disposición y como Ley americana, la necesidad feliz de partir, al amparo de Santo Domingo, para la guerra de libertad de Cuba. Hagamos por sobre la mar, a sangre y a cariño, lo que por el fondo de la mar hace la cordillera de fuego andino». En esta carta dejó Martí mucho de su alma llena del himno glorioso de la naturaleza y de la íntima majestad de lo divino. Pero donde puso todo el corazón rebosante de ternura y amor, fue en la carta última, que le escribió a su anciana madre, entonces aquí, al lado de los que se sentaban a la mesa del jerez y de la manzanilla a comer el plato del robo y de la villanía. Oíd esa carta: «Madre mía: Hoy 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en usted. Yo sin cesar pienso en usted. Usted se duele en la cólera de su amor del sacrificio de mi vida: y ¿por qué nací de usted con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre. Abrace a mis hermanas y a sus compañeros. Ojalá pueda algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos de mí. Y entonces sí que cuidaré yo de usted con mimo y con orgullo. Ahora bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza. La bendición». ¡Yo no sé que se pueda decir más y de manera más genial en tan pocas palabras! Si Martí no hubiera escrito más que esta carta, por ella solo tendría asiento perdurable entre los hombres que saben lo que es un adiós, lo que es desafiar la muerte, ¡y lo que una madre significa!...
Y llegó por fin el momento feliz, término de todas sus angustias, satisfacción de todos sus anhelos. Después de publicar el grandioso manifiesto de «Montecristi» de despachar el barco expedicionario para Maceo, de vencer cuantas dificultades le salieron al camino, se embarcó, en unión de cinco compañeros, Máximo Gómez, Paquito Borrero, Ángel Guerra, César Salas y Marcos del Rosario, en un vapor alemán que había llegado de paso a Cabo Haitiano, y que según la promesa de su Capitán a Martí, los conduciría cerca de las costas de Cuba y les cedería un bote para llegar a tierra. Oíd el relato, hecho a tajos, de esa odisea milagrosa. Era el 10 de abril, día glorioso dos veces en los anales de la historia cubana, cuando se echaron al mar esos hombres magníficos; y el 11, a pocas millas de la costa, detiene el vapor que los conducía su marcha, bajan la escala, echan al agua uno de sus botes y en él se instalan los seis expedicionarios «con gran carga de parque y un saco con queso y galletas». Y a las seis horas de remar, bajo un cielo negro y tenebroso, arrullado por olas alborotadas, caen sigilosos sobre la costa de Cuba, llenos de una dicha superior al peligro que habían corrido y que habían de correr. Ya en tierra, cargados como bestias, subieron los espinares y pasaron las ciénegas y cruzaron ríos crecidos y subieron cumbres, hasta que dieron con la guerrilla baracoana de Félix Ruenes «hombre de consejo y moderación» como lo llamó Martí, y a quien la gloria le crece ya sobre la sepultura. Oigamos las impresiones primeras de Martí, en los campos de Cuba libre: «Hasta hoy no me he sentido hombre. He vivido avergonzado y arrastrando la cadena de mi patria, toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo. Este reposo y bienestar explican la constancia y el júbilo con que los hombres se ofrecen al sacrificio». «Es muy grande mi felicidad: sin ilusión alguna de mis sentidos ni pensamiento excesivo en mí propio, ni alegría egoísta y pueril, puedo decir que llegué al fin, a mi plena naturaleza; y que el honor que en mis paisanos vea, en la naturaleza que nuestro valor nos da derecho, me embriaga la dicha con dulce embriaguez. Solo la luz es comparable a mi felicidad». Cerca, de la costa permanecieron Martí y sus compañeros hasta el día 16 que salieron con dirección a la jurisdicción de Guantánamo. Los españoles, sabedores de la llegada de los expedicionarios y de que rondaban por esos lugares, le salieron al encuentro en número de cuatrocientos hombres. Y el día 27, por suerte, estando ya Martí y los suyos con las fuerzas de Garzón y Mariano Sánchez y José Maceo que asumió el mando de todas, fueron atacados por el enemigo. De este encuentro contaba Martí: «Me siento puro y leve, y siento en mí algo como la paz de un niño. ¿Por qué me vuelvo a acordar ahora de la larga marcha, para mí la primera marcha de batalla que siguió al combate victorioso con que nos recibió el valiente y sencillo José Maceo? Porque fue muy bella y quisiera que ustedes la hubieran visto conmigo. ¿O tenía el cielo balcones y los seres que me son queridos estaban asomados a uno de ellos? A la mañana veníamos, aun los pocos de la expedición de Baracoa, los seis y los que se nos fueron uniendo, revueltos por el monte de espinas y con la mano al arma, esperando por cada vereda al enemigo. Retumba de repente el tiroteo como a pocos pasos de nosotros, y el fuego es de dos horas. Los nuestros han vencido. Cien cubanos bisoños han apagado treinta hombres de la columna entera de Guantánamo: trescientos teníamos, pero solo pelearon cien; ellos se van pueblo adentro, deshechos, ensangrentados, con los muertos en brazos, regando las armas. En el camino mismo del combate nos esperaban cubanos triunfadores: se echan de los caballos abajo; nos abrazan y nos vitorean; nos suben a caballo y nos calzan las espuelas; ¿cómo no me inspira horror la mancha de sangre que hay en el camino? ¿ni la sangre a medio secar de una cabeza que ya está enterrada, en la cartera que le puso de almohada un jinete nuestro?». «Ya duerme el campamento: al pie de un árbol grande iré luego a dormir, junto al machete y el revólver, y de almohada mi capa de hule: ahora, abro el jolongo y saco de él la medicina para los heridos. ¡Qué cariñosas las estrellas... a las tres de la madrugada! A las cinco abiertos los ojos...». «A cada momento alzo la pluma, o dejo el taburete y el corte de palma en que escribo, para adivinarle a un doliente la maluquera, porque de piedad o casualidad se me han juntado en el bagaje más remedios que ropa, y no para mí que no estuve más sano nunca. Y ello es que tengo acierto, y ya me he ganado mi poco de reputación, sin más que saber como está hecho el cuerpo humano, y haber traído conmigo el milagro del iodo. Y el del cariño, que es otro milagro; en el que ando con tacto, y con rienda severa, no vaya la humanidad a parecer vergonzosa adulación, aunque es rara la claridad del alma, y como finura en el sentir que embellece, por entre palabras pícaras, y disputas y fritos y guisos, esta vida de campamento». Hasta aquí de sus cartas. Triunfal fue la marcha de Martí por los campos de Cuba libre: por donde quiera que pasaba iba dejando—como dicen que proclamaba José Maceo—, vergüenza y alegría. Más de diez veces les habló Martí a fuerzas cubanas en guerra y siempre les dejó la mente en alto y el alma contenta. ¡Todavía viven algunos de los que oyeron a caballo y con la mano a la cintura su elocuencia arrebatadora: todavía viven algunos de los que le vieron sin cansancio y sin fatiga andando con el rifle al hombro por las montañas agrias, por los pedregales ásperos, por los ríos creídos, por las ciénegas espantables.
Y llega el 19 de mayo, el día aciago, el día tremendo. El sol lucía en el zenit. Martí y Masó estaban acampados en Vuelta Grande cuando llegó el General Gómez y fue como un jubileo el campamento. Masó y Martí y Máximo Gómez le hablaron a las fuerzas y fueron vitoreados y aclamados. A poco avisan las avanzadas que estaban cerca de Dos Ríos la proximidad del enemigo. De Vuelta Grande a Dos Ríos había poco más de una legua. Los soldados cubanos, entusiasmados por las arengas que acababan de oír, a vuelo de caballo se ponen frente a los contrarios. En breves momentos el combate se generaliza; la atmósfera se preña de humo y olor a pólvora; el aire es épico. Entonces es que Martí, desmadejado el cabello, los ojos fúlgidos y relampagueantes, el pecho henchido de orgullo, enardecido, arrebatado, impaciente por el sacrificio e inquieto por la emulación, invita a la carga a su ayudante Ángel la Guardia—aquel fiero aguilucho caído en Victoria de las Tunas—, aviva con las espuelas su noble bruto, y gozoso como un niño que ha crecido un palmo, y como si hubiera alcanzado a ver, reducido a la pequeñez de un montón de carne humana, todo el Gobierno de rencores, de insultos, de envidias, de mezquindades, de ambiciones, de la oligarquía esquilmadora que le vejaba su tierra, se echa sobre los rifles enemigos y cae acribillado a balazos, con la limpieza y majestad de un Dios, del brazo de la muerte que es inmortal, y coronado por la fulgente claridad del martirio y de la gloria.... Así terminó, así se obscureció para siempre, la lámpara pura y serena de aquel gran cerebro, «dictador de genio»; así dejó de latir aquel gran corazón, profesor de virtudes; así, entre chocar de aceros y estampidos de fusilería, pasó el gran Apóstol a ser huésped eterno de la suprema luz. Allí, en los campos de Dos Ríos, campos ya para siempre memorables, se apagó aquel astro inmenso que parecía inmortal; allí cayó peleando por la independencia de su patria, arremetiendo contra los defensores de la tiranía, la cabeza imperial descubierta y nutrida de leyendas y de asombros, con el alma en el aire, el batallador infatigable que fue para los cubanos, con sus racimos de palabras y sus manantiales de ternuras, como otra isla sonora y espiritual.... Allí, a aquellos campos, en silencio, que recogieron su última mirada y su último suspiro y que supieron también del primer grito de desolación y de angustia que arrancó a los suyos su caída; allí debieran ir en legiones los cubanos vivos, a purificarse y a lavarse de sus culpas y pecados. Allí, a aquellos campos donde entregó su vida el héroe más puro y grande del poema de hierro de nuestras guerras de independencia, debieran ir los que ahora, olvidados de todo lo que no sea su personal interés, ponen la patria de cabalgadura y de látigo la gloria que conquistaron en su defensa; los prácticos eternos que no piensan ni por un momento en la gloria de morir peleando por la libertad y sí en lo cómodo de vivir, aunque sea de rodillas, a los pies de los amos del momento; los que no saben que hay algo más triste que ser esclavo, y es mostrar que no se es digno de ser libre... ¿Y se perderá entre los cubanos el recuerdo de existencia tan pura, tan meritísima y ejemplar? ¿Será tanta nuestra pequeñez, que ocupados en buscar la comodidad y el gusto y el regalo personal, no miremos que se nos puede caer la casa de todos, la obra santa que él coronó a costa de su sangre? ¿Será todo chiste, ira, medro? Inspirémonos en él, y depongamos nuestros agravios y nuestras inquinas: amémonos los unos a los otros, y clavemos en lo más firme y alto de nuestra tierra la bandera de nuestra nacionalidad. Y vigilemos para que de su triángulo rojo no se salga jamás la estrella solitaria, ni para hundirse en la nada, ni para dar su brillo, entonces más sola que nunca, entre el montón de estrellas del pabellón americano....
Hasta aquí de su vida; de su obra hablaré en otra ocasión.
Y ahora, Maestro y Padre, escucha: el niño aquel que en la emigración te siguió febril, enamorado de tu bondad y tu talento, el niño aquel que por serlo, no te acompañó en la hora de tu muerte, se ha hecho hombre y te es fiel, y de las semillas de amor que tú le dejaste caer en el pecho, esto es el fruto. Tu memoria lo fortalece como una esperanza, como un faro lo guía, como un ala lo levanta. Y si es verdad que la vida humana no es toda la vida, si es verdad que después de ella hay otra existencia superior, ordena, que él no quiere para sí mayor gloria que la de obedecer a tu mandato. Él no se cansa de predicar tus doctrinas ni de continuar, a la medida de sus fuerzas, tu obra de ensanchamiento y de reparación universal. Tus libros, que ahora mismo Gonzalo de Quesada, tu buen Gonzalo, publica para reverenciarte, constituyen su Biblia. Y todas las noches, al poner la cabeza sobre la almohada libre, piensa en ti, y murmura agitado como por un temblor de héroe: Maestro ¡gloria a ti! Padre, bendito seas....