LIV

Quidquid latet, apparebit,

Nil inultum remanebit[1].

La campana anuncia la oración de la tarde; al oir el religioso tañido, detiénense todos, dejan sus ocupaciones y se descubren: el labrador que viene del campo, suspende el canto, pára el acompasado andar del carabao que monta, y reza; las mujeres se persignan en medio de la calle y agitan con afectación los labios para que nadie dude de su devoción; el hombre deja de acariciar su gallo y reza el ángelus para que la suerte le sea propicia; en las casas se reza en voz alta ... todo ruido que no sea el del avemaría se disipa, enmudece.

Sin embargo, el cura, con sombrero, atraviesa de prisa la calle y escandaliza á muchas viejas; ¡y más escándalo! se dirige á casa del alférez. Las devotas creen tiempo ya de suspender el movimiento de sus labios para besarle la mano al cura, pero el padre Salví no hace caso de ellas; hoy no encuentra placer en colocar su huesuda mano sobre la nariz cristiana, para de allí deslizarla suavemente (según ha observado doña Consolación) en el seno de una graciosa jovencita, que se inclina para pedir la bendición. ¡Importante asunto debe preocuparle para olvidarse así de sus propios intereses y de los de la Iglesia!

En efecto, precipitadamente sube las escaleras y llama con impaciencia á la puerta del alférez, que aparece cejijunto, seguido de su mitad, que sonríe coma una condenada.

—¡Ah, padre cura! iba á verle ahora; el cabrón de usted...

—Tengo un asunto importantísimo...

—No puedo permitir que me anden rompiendo el cerco... ¡le pego un tiro si vuelve!

—¡Eso si tiene usted tiempo de vivir hasta mañana!—dice el cura jadeante y dirigiéndose hacia la sala.

—¡Qué! ¿cree usted que me mata á mí ese muñeco sietemesino? ¡Le reviento de un puntapié!

Padre Salví retrocedía, y miró instintivamente hacia el pie del alférez.

—¿De quién habla usted?—preguntó temblando.

—¿De quién he de hablar, si no de ese bobalicón, que me propone un desafío á revólver á cien pasos?

—¡Ah!—respiró el cura, y añadió:—vengo á hablar á usted de un asunto urgentísimo.

—¡Déjeme usted de asuntos! Será como el de los dos muchachos!

Si la luz no hubiera sido de aceite y el globo no hubiera estado tan sucio, habría visto el alférez la palidez del cura.

—¡Hoy se trata seriamente de la vida de todos!—repuso éste á media voz.

—¡Seriamente!—repitió el alférez palideciendo; ¿tira bien ese joven?...

—No hablo de él.

—¿Entonces?

El fraile le indicó la puerta que él cerró á su manera, de un puntapié. El alférez hallaba las manos superfluas y no habría perdido nada con dejar de ser bimano. Una imprecación y un rugido respondieron de fuera.

—¡Bruto! ¡me has partido la frente!—gritó su esposa.

—¡Ahora, desembuche usted!—dijo él al cura tranquilamente.

Este le miró un largo rato; después preguntó la voz nasal y monótona de predicador:

—¿No ha visto usted que me venía corriendo?

—¡Rediós! ¡creí que estaba usted con diarrea!

—Pues bien,—dijo el cura sin cuidarse de la grosería del alférez,—cuando así falto á mi deber, es que hay graves motivos.

—Y ¿qué más?—preguntó el otro golpeando con el pie en el suelo.

—¡Calma!

—Entonces ¿á qué venir con tanta prisa?

El cura se le acercó y preguntó con misterio:

—¿No... sabe... usted... nada de nuevo?

El alférez se encogió de hombros.

—Usted confiesa que no sabe nada absolutamente.

—¿Me quiere usted hablar de Elías, que anoche escondió su sacristán mayor?—preguntó.

—No, no hablo ahora de esos cuentos,—contestó el cura malhumorado; hablo de un gran peligro.

—¡Pues, p...! suéltese usted entonces!

—¡Vaya!—dijo el fraile lentamente y con cierto desdén;—verá usted una vez más la importancia que tenemos los religiosos; el último lego vale un regimiento; con que un cura...

Y bajando la voz y con mucho misterio:

—¡He descubierto una gran conspiración!

El alférez saltó y atónito miró al fraile.

—Una terrible y bien urdida conspiración, que ha de estallar esta misma noche.

—¡Esta misma noche!—exclamó el alférez abalanzándose al cura; y, corriendo á su revólver y sable colgados de la pared,

—¿A quién prendo? ¿á quién prendo?—gritó.

—¡Cálmese usted; aún hay tiempo, gracias á la prisa que me he dado; hasta las ocho!...

—¡Afusilo á todos!

—¡Escuche usted! Esta tarde, una mujer cuyo nombre no debo decir (es un secreto de confesión) se ha acercado á mí y me lo ha descubierto todo. A las ocho se apoderan del cuartel por sorpresa, saquean el convento, apresan la falúa y nos asesinan á todos los españoles.

El alférez estaba atontado.

—La mujer no me ha dicho más que esto,—añadió el cura.

—¿No ha dicho más? ¡pues la prendo!

—No lo puedo consentir: el tribunal de la penitencia es el trono del Dios de las misericordias.

—¡No hay Dios ni misericordias que valgan! ¡la prendo!

—Está usted perdiendo la cabeza. Lo que usted debe hacer es prepararse; arme usted silenciosamente á los soldados y póngalos en emboscada; mándeme cuatro guardias para el convento y advierta á los de la falúa.

—¡La falúa no está! ¡Pido auxilio á las otras secciones!

—No, que entonces se nota, y no siguen lo que traman. Lo que importa es que los cojamos vivos y les hagamos cantar, digo, usted les hará cantar; yo, en calidad de sacerdote, no debo mezclarme en estos asuntos. ¡Atención! aquí puede usted ganarse cruces y estrellas; sólo pido que haga constar que soy yo quien le ha prevenido.

—¡Constará, Padre, constará, y acaso le caiga una mitra!—contestó el alférez radiante, mirándose las mangas de su uniforme.

—Con que me manda usted cuatro guardias disfrazados, ¿eh? ¡Discreción! esta noche á las ocho llueven estrellas y cruces.

Mientras esto pasaba, un hombre va corriendo por el camino que conduce á casa de Crisóstomo y sube las escaleras aprisa.

—¿Está el señor?—pregunta la voz de Elías al criado.

—Está en su gabinete trabajando.

Ibarra, para distraer su impaciencia esperando la hora de poder tener explicaciones con María Clara, se había puesto á trabajar en su laboratorio.

—¿Ah, sois vos, Elías?—exclamó;—pensaba en vos: ayer me había olvidado de preguntaros por el nombre de aquel español en cuya casa vivía vuestro abuelo.

—No se trata, señor, de mí...

—Ved,—continuó Ibarra sin notar la agitación del joven y acercando un trozo de caña á la llama;—he hecho un gran descubrimiento: esta caña es incombustible...

—No se trata, señor, de la caña ahora; se trata de que recojáis vuestros papeles y huyáis dentro de un minuto.

Ibarra miró sorprendido á Elías y, al ver la gravedad de su semblante, se le cayó el objeto que tenía entre las manos.

—Quemad todo cuanto os pueda comprometer y que dentro de una hora os encontréis en un lugar más seguro.

—Y ¿por qué?—preguntó al fin.

—Poned en seguro cuanto tenéis de más precioso...

—Y ¿por qué?

—Quemad todo papel escrito por vos ó para vos: el más inocente se puede interpretar mal...

—Pero y ¿por qué?

—¿Por qué? porque acabo de descubrir una conspiración que se os atribuye para perderos.

—¿Una conspiración?... y ¿quién la trama?

—Me ha sido imposible averiguar el nombre de su autor; hace un momento acabo de hablar con uno de los desgraciados pagados para ello y á quien no he podido disuadir.

—Y ese ¿no os ha referido quién es el que le paga?

—Sí, exigiéndome que le guardase el secreto, me dijo que érais vos.

—¡Dios mío!—exclamó Ibarra y se quedó aterrado.

—¡Señor, no lo dudéis, no perdamos tiempo, que la conjuración acaso estalle esta noche misma!

Ibarra, con los ojos desmesuradamente abiertos, y las manos en la cabeza, parecía no oirle.

—El golpe no se puede impedir,—continuó Elías;—he llegado tarde, desconozco á los jefes... ¡salvaos, señor, conservaos para vuestro país!

—¿A dónde huir? ¡Esta noche me esperan!—exclamó Ibarra pensando en María Clara.

—¡A otro pueblo cualquiera, á Manila, á casa de alguna autoridad, pero en otra parte, para que no se diga que dirigíais el movimiento!

—Y ¿si yo mismo denuncio la conspiración?

—¡Vos denunciar!—exclamó Elías mirándole y retrocediendo;—pasaríais por traidor y cobarde á los ojos de los conspiradores, y por pusilánime á los ojos de los otros; se diría que les tendisteis un lazo para hacer méritos, se diría...

—Pero ¿qué hacer?

—Ya os lo dije: destruir cuantos papeles tengáis que se relacionan con vuestra persona, huir y esperar los acontecimientos...

—¿Y María Clara?—exclamó el joven;—¡no, antes morir!

Elías se retorció las manos y dijo:

—¡Pues bien, á lo menos evitad el golpe, preparáos para cuando os acusen!

Ibarra miró alrededor suyo en ademán atontado.

—Entonces, ayudadme; allí en esas carpetas tengo las cartas de mi familia; escoged las de mi padre que son las que tal vez me puedan comprometer. Leed las firmas.

Y el joven, aturdido, atontado, abría y cerraba cajones, recogía papeles, leía aprisa cartas, rasgaba unas, guardaba otras, sacaba libros, los hojeaba, etc. Elías hacía lo mismo, si bien con menos trastorno aunque con igual afán; pero de pronto se detiene, sus ojos se dilatan, da vueltas á un papel que tiene en la mano y pregunta con voz temblorosa:

—¿Conoció vuestra familia á don Pedro Eibarramendía?

—¡Ya lo creo!—contestó Ibarra abriendo un cajón y sacando un montón de papel;—¡era mi bisabuelo!

—¿Vuestro bisabuelo don Pedro Eibarramendía?—vuelve á preguntar Elías, lívido y con las facciones alteradas.

—Sí,—contesta Ibarra distraído;—acortamos el apellido que era largo.

—¿Era vascongado?—repitió Elías acercándosele.

—Vascongado, pero ¿qué tenéis?—pregunta sorprendido.

Elías cierra el puño, lo oprime contra su frente y mira á Crisóstomo, que retrocede al leer la expresión de su cara.

—¿Sabéis quién era don Pedro Eibarramendía?—pregunta entre dientes.—Don Pedro Eibarramendía era aquel miserable que calumnió á mi abuelo y causó toda nuestra desgracia... Yo buscaba su apellido, Dios os entrega á mí... ¡dadme cuenta de nuestras desgracias!

Crisóstomo le miró aterrado, pero Elías le sacudió del brazo, y le dijo con una voz amarga en que rugía el odio:

—Miradme bien, mirad si he sufrido, y vos vivís, amáis, tenéis fortuna, hogar, consideraciones, vivís... ¡vivís!

Y fuera de sí, corrió hacia una pequeña colección de armas, pero apenas hubo arrancado dos puñales, los deja caer, y mira como un loco á Ibarra, que continuaba inmóvil.

—¿Qué iba á hacer?—murmuró, y huyó de la casa.


[1] Dos versos bien conocidos del Dies irae: «Todo lo que estaba oculto será revelado, nada quedará impune.» [↑]

LV

La catástrofe

Allá en el comedor cenan capitán Tiago, Linares y tía Isabel; desde la sala se oye el ruido de platos y cubiertos. María Clara ha dicho que no tenía apetito y se ha sentado al piano, acompañada de la alegre Sinang, que le murmura al oído misteriosas frases, mientras el padre Salví se pasea inquieto de un extremo á otro de la sala.

No es que la convaleciente no sienta hambre, no; es que espera la llegada de una persona y ha aprovechado el momento en que su Argos no puede estar presente: la hora de cenar para Linares.

—Verás como el fantasma ese se queda hasta las ocho,—murmura Sinang señalando al cura;—á las ocho debe él venir. Ese está enamorado como Linares.

María Clara miró con espanto á su amiga. Esta, sin notarlo, continuó con su charla terrible:

—¡Ah! ¡ya sé yo por qué no sale á pesar de mis indirectas: no quiere gastar luz en el convento! ¿sabes? Desde que caíste enferma, las dos lámparas que hacía encender, se han vuelto á apagar... Pero ¡mírale qué ojos pone y qué cara!

En aquel momento en el reloj de la casa dieron las ocho. El cura se estremeció y fué á sentarse en un rincón.

—¡Ya viene!—dijo Sinang pellizcando á María Clara;—¿oyes?

La campana de la iglesia dió el toque de las ocho y todos se levantaron para rezar; el padre Salví con voz débil y temblorosa ofreció, pero, como cada uno tenía sus propios pensamientos, nadie paró atención en ello.

Terminado el rezo apenas, se presentó Ibarra. El joven llevaba luto no sólo en el traje sino también en la cara, de tal manera que, al verle, María Clara se levantó dando un paso hacia él como para preguntarle qué tenía, pero en el mismo instante una descarga de fusilería se dejó oir. Ibarra se detiene, sus ojos giran, pierde la palabra. El cura se esconde detrás de un pilar. Nuevos tiros, nuevas detonaciones se oyen del lado del convento, seguidos de gritos y carreras. Capitán Tiago, tía Isabel y Linares entran precipitadamente gritando ¡tulisán, tulisán! Andeng los sigue blandiendo el asador y corriendo hacia su hermana de leche.

Tía Isabel cae de rodillas y llora y reza el kyrie eleyson; capitán Tiago, pálido y tembloroso, lleva en un tenedor el hígado de una gallina, que ofrece llorando á la Virgen de Antipolo; Linares tiene la boca llena y está armado de una cuchara; Sinang y María Clara se abrazan, el único que permanece inmóvil, como petrificado, es Crisóstomo, cuya palidez es indescriptible.

Los gritos y los golpes continuaban, las ventanas se cerraban con estrépito, se oía pitar, un tiro de cuando en cuando.

¡Christe eleyson! Santiago, que se cumple la profecía... ¡cierra las ventanas!—gemía tía Isabel.

—¡Cincuenta bombas grandes con dos misas de gracia!—contestaba capitán Tiago;—¡ora pro nobis!

Poco á poco volvía un terrible silencio... Se oye la voz del alférez que grita corriendo:

—¡Padre cura! ¡Padre Salví! ¡Venga usted!

¡Miserere! ¡El alférez pide confesión!—grita tía Isabel.

—¿Está herido el alférez?—pregunta al fin Linares;—¡ah!

Y ahora nota que no ha deglutido aún lo que tiene en la boca.

—¡Padre cura, venga usted! ¡ya no hay nada que temer!—continuaba gritando el alférez.

Fray Salví, pálido, se decide al fin, sale de su escondite y desciende las escaleras.

—¡Los tulisanes han muerto al alférez! María, Sinang, al cuarto; ¡atrancad bien la puerta! ¡kyrie eleyson!

Ibarra se dirigió también á las escaleras, á pesar de tía Isabel, que decía:

—¡No salgas, que no te has confesado, no salgas!

La buena anciana había sido muy amiga de su madre.

Pero Ibarra dejó la casa; le parecía que todo giraba en torno suyo, que le faltaba el suelo. Sus oídos le zumbaban, sus piernas se movían pesadamente y con irregularidad: olas de sangre, luz y tinieblas se sucedían en su retina.

A pesar de que la luna brillaba espléndida en el cielo, el joven tropezaba con las piedras y maderos que había en la calle, solitaria y desierta.

Cerca del cuartel vió soldados con la bayoneta calada hablar vivamente, por lo cual pasó inadvertido.

En el tribunal se oían golpes, gritos, ayes, maldiciones: la voz del alférez sobresalía y lo dominaba todo.

—¡Al cepo! ¡esposas en las manos! ¡Dos tiros al que se mueva! ¡Sargento, montará usted guardia! ¡Hoy nadie se pasea, ni Dios! ¡Capitán, no hay que dormir!

Ibarra apresuró el paso hacia su casa; sus criados le esperaban inquietos.

—¡Ensillad el mejor caballo é idos á dormir!—les dijo.

Entró en su gabinete, y á prisa quiso preparar una maleta. Abrió una caja de hierro, sacó todo el dinero que allí se encontraba y lo metió en un saco. Recogió sus alhajas, descolgó un retrato de María Clara, y, armándose de un puñal y dos revólveres, se dirigió á un armario, donde tenía herramientas.

En aquel instante tres golpes secos y fuertes resonaron en la puerta.

—¿Quién va?—preguntó Ibarra con voz lúgubre.

—¡Abra en nombre del Rey, abra en seguida ó echamos la puerta abajo!—contestó una voz imperiosa en español.

Ibarra miró hacia la ventana; brillaron sus ojos y amartilló su revólver; pero, cambiando de idea, dejó las armas y fué á abrir él mismo en el momento en que acudían los criados.

Tres guardias le cogieron al instante.

—¡Dése usted preso en nombre del Rey!—dijo el sargento.

—¿Por qué?

—Allá se lo dirán á usted; nos está prohibido el decirlo.

El joven reflexionó un momento, y no queriendo tal vez que los soldados descubriesen sus preparativos de huída, cogió un sombrero, y dijo:

—¡Estoy á su disposición! Supongo que será por breves horas.

—Si usted promete no escaparse, no le maniataremos: el alférez le hace esta gracia; pero si huye usted...

Ibarra les siguió, dejando consternados á sus criados.

Entretanto ¿qué había sido de Elías?

Al dejar la casa de Crisóstomo, como un enajenado corría sin saber á dónde iba. Atravesó los campos, llegó al bosque en una agitación violenta; huía de la población, huía de la luz, la luna le molestaba, se metió en la misteriosa sombra de los árboles. Allí, ya deteniéndose ya andando por desconocidas sendas, apoyándose en los seculares troncos, enredándose entre las malezas, miraba hacia el pueblo, que allá á sus pies se bañaba á la luz de la luna, se extendía en el llano, recostado á orillas del mar. Las aves, despertadas de su sueño, volaban; gigantescos murciélagos, lechuzas, buhos pasaban de una rama á otra con estridentes gritos y mirándole con sus redondos ojos. Elías ni los oía ni se fijaba en ellos. Se creía seguido por las irritadas sombras de sus antepasados; veía en cada rama el fatídico cesto con la ensangrentada cabeza de Bálat, tal como se lo refiriera su padre; creía tropezar al pie de cada árbol con la anciana muerta; le parecía ver entre sombras balancearse el infecto esqueleto del abuelo infame... y el esqueleto y la anciana y la cabeza le gritaban: ¡Cobarde, cobarde!

Elías abandonó el monte, huyó y descendió al mar, á la playa que recorría agitado; pero allá á lo lejos, en medio de las aguas, donde la luz de la luna parecía levantar una niebla, creyó ver, elevarse y mecerse una sombra, la sombra de su hermana con el pecho ensangrentado, la cabellera suelta esparcida al aire.

Elías cayó de rodillas en la arena.

—¡Tú también!—murmuró extendiendo los brazos.

Mas, con la mirada fija en la niebla, se levantó lentamente, adelantóse y entró en el agua como si siguiese á alguien. Caminaba por aquella suave pendiente que forma la barra; ya estaba lejos de la orilla, el agua le llegaba á la cintura y seguía, seguía como fascinado por un espíritu seductor. El agua le llega ya al pecho... pero la descarga de fusilería resuena, la visión desaparece y el joven vuelve á la realidad. Merced á la tranquilidad de la noche y á la mayor densidad del aire, llegan hasta él claras y distintas las detonaciones. Detiénese, reflexiona, nota que está en el agua; el lago está tranquilo y divisa aún las luces en las cabañas de los pescadores.

Volvió á la orilla y se dirigió al pueblo, ¿para qué? El mismo no lo sabía.

El pueblo parecía deshabitado; las casas estaban todas cerradas; los animales mismos, los perros que suelen ladrar durante la noche, se han ocultado medrosos. La plateada luz de la luna aumentaba la tristeza y la soledad.

Temiendo encontrarse con los guardias civiles, internóse en las huertas y jardines, en uno de los cuales creyó percibir dos formas humanas; pero prosiguió su camino, y, saltando cercos y tapias, llegóse con mucho trabajo al otro extremo de la población, dirigiéndose hacia la casa de Crisóstomo. En la puerta estaban los criados, comentando y lamentando la prisión de su señor.

Enterado de lo que había pasado, Elías se alejó, dió la vuelta á la casa, saltó la tapia, trepó por la ventana y penetró en el gabinete, donde aún ardía la vela que había dejado Ibarra.

Elías vió los papeles y los libros; encontró las armas y los saquitos que contenían el dinero y las alhajas. Reconstruyó en su imaginación lo que allí había pasado, y viendo tantos papeles que podían comprometer, pensó recogerlos, arrojarlos por la ventana y enterrarlos.

Lanzó una mirada al jardín, y á la luz de la luna vió dos guardias civiles que venían con un auxiliar: las bayonetas y los capacetes relucían en la obscuridad.

Entonces tomó una resolución: amontonó ropas y papeles en medio del gabinete, vació encima una lámpara de petróleo y prendió fuego. Ciñóse precipitadamente las armas, vió el retrato de María Clara, vaciló ... lo guardó en uno de los saquitos, y, llevándoselos, saltó por la ventana.

Ya era tiempo; los guardias civiles forzaban la entrada.

—¡Dejadnos subir para coger los papeles de vuestro amo!—decía el directorcillo.

—¿Tenéis permiso? Si no, no subiréis,—decía un viejo.

Los soldados les apartaron á fuerza de culatazos, subieron las escaleras ... pero un espeso humo llenaba toda la casa y gigantescas lenguas de fuego salieron de la sala, lamiendo puertas y ventanas.

—¡Incendio! ¡Incendio! ¡Fuego!—gritaron todos.

Todos se precipitan para salvar cada cual lo que pueda, pero el fuego ha llegado al pequeño laboratorio y estallan las materias inflamables. Los guardias civiles tienen que retroceder; les cierra el paso el incendio, que brama y barre cuanto encuentra. En vano se saca agua del pozo; todos gritan, todos piden auxilio, pero están aislados. El fuego gana los demás aposentos y se eleva al cielo levantando gruesas espirales de humo. Ya toda la casa es presa de las llamas, el viento, caldeado, arrecia; vienen desde lejos algunos campesinos, pero llegan para ver la espantosa hoguera, el fin de aquel viejo edificio, tanto tiempo respetado por los elementos.

LVI

Lo que se dice y lo que se cree

Dios amaneció al fin para el aterrorizado pueblo.

La calle donde se encuentra el cuartel y el tribunal continúa aún desierta y solitaria; las casas no dan signos de vida. No obstante, se abre con estrépito la hoja de madera de una ventana y se asoma una cabeza infantil, que gira en todos sentidos, alarga el cuello y mira en todas direcciones... ¡Plas! el ruido anuncia el brusco contacto de un cuero curtido con el fresco cuero humano; la boca del niño hace una mueca, sus ojos se cierran, desaparece, y la ventana se vuelve á cerrar.

El ejemplo está dado; aquel abrir y cerrar se ha oído sin duda, porque otra ventana se abre despacito y asómase con cautela la cabeza de una vieja, arrugada y sin dientes: es la misma hermana Putê que tanto alboroto armó mientras el padre Dámaso predicaba. Niños y viejas son los representantes de la curiosidad en la tierra: los primeros por el afán de saber, las segundas por el de recordar.

Sin duda no hay quien se atreva á darle un chinelazo, pues permanece allí, mira á lo lejos frunciendo las cejas, se enjuaga la boca, escupe con ruido y después se persigna. La casa de enfrente abre también tímidamente una ventanilla y da paso á hermana Rufa, la que no quiere engañar ni que le engañen. Ambas se miran un momento, sonríen, se hacen señas y vuelven á persignarse.

—¡Jesús! ¡Parecía una misa de gracia, un castillo!—dice hermana Rufa.

—Desde el saqueo del pueblo por Bálat no he visto otra noche igual,—contesta hermana Putê.

—¡Cuántos tiros! dicen que es la partida del viejo Pablo.

—¿Tulisanes? ¡No puede ser! Dicen que son los cuadrilleros contra los civiles. Por eso está preso D. Filipo.

¡Sanctus Deus! dicen que hay lo menos catorce muertos.

Otras ventanas se fueron abriendo, y rostros diferentes asomaron cambiándose saludos y haciendo comentarios.

A la luz del día, que prometía ser espléndido, veíanse á lo lejos soldados ir y venir, confusamente, como cenicientas siluetas.

—¡Allá va otro muerto!—dijo uno desde una ventana.

—¿Uno? Yo veo dos.

—Y yo... pero en fin ¿á que no sabéis qué fué?—preguntaba un hombre de rostro socarrón.

—¡Ya! los cuadrilleros.

—No, señor; ¡un alzamiento en el cuartel!

—¿Qué alzamiento? ¿El cura contra el alférez?

—Pues, nada de eso,—dice el que había hecho la pregunta;—son los chinos que se han sublevado.

Y volvió á cerrar su ventana.

—¡Los chinos!—repiten todos con el mayor asombro.

—¡Por eso, no se ve á ninguno!

—Habrán muerto todos.

—Yo ya me lo suponía que iban á hacer algo malo. Ayer...

—Yo ya lo veía. Anoche...

—¡Lástima!—decía hermana Rufa;—morirse todos antes de la Pascua, cuando vienen con sus regalos... Hubiesen esperado al año nuevo...

La calle se iba animando poco á poco: primero fueron los perros, gallinas, cerdos y palomas los que intentaron la circulación; á estos animales siguieron unos chicos andrajosos, cogidos del brazo y acercándose tímidamente hacia el cuartel; después, algunas viejas, con el pañuelo en la cabeza atado debajo de la barba, un grueso rosario en la mano, aparentando rezar para que los soldados les dejasen el paso libre. Cuando se vió que se podía andar sin recibir un tiro, entonces empezaron á salir los hombres, afectando indiferencia; al principio, sus paseos se limitaban por delante de su casa, acariciando el gallo; después probaron alargarlos, parándose de tiempo en tiempo, y así se llegaron hasta delante del tribunal.

Al cuarto de hora circularon otras versiones. Ibarra con sus criados había querido robar á María Clara, y capitán Tiago la había defendido, ayudado por la guardia civil.

El número de los muertos no era ya catorce, sino treinta; capitán Tiago está herido y se marcha ahora mismo con su familia para Manila.

La llegada de dos cuadrilleros, conduciendo en unas parihuelas una forma humana, y seguidos de un guardia civil, produjo gran sensación. Súpose que venían del convento; por la forma de los pies que colgaban, una conjeturó quién podía ser; un poco más lejos se dijo que lo era; más allá el muerto se multiplicó y se verificó el misterio de la Santísima Trinidad; después se renovó el milagro de los panes y los peces, y los muertos fueron ya treinta y ocho.

A las siete y media, cuando llegaron otros guardias civiles, procedentes de los pueblos vecinos, la versión que corría era ya clara y detallada.

—Acabo de venir del tribunal, donde he visto presos á don Filipo y á don Crisóstomo,—decía un hombre á hermana Putê;—he hablado con uno de los cuadrilleros que están de guardia. Pues bien, Bruno, el hijo de aquel que murió apaleado, lo declaró todo anoche. Como sabéis, capitán Tiago casa su hija con el joven español; don Crisóstomo, ofendido, quiso vengarse y trató de matar á todos los españoles, hasta al cura; anoche atacaron el cuartel y el convento; y felizmente, por la misericordia de Dios, el cura estaba en casa de capitán Tiago. Dicen que se escaparon muchos. Los guardias civiles quemaron la casa de don Crisóstomo, y si no le prenden antes, le queman también.

—¿Le quemaron la casa?

—Todos los criados están presos. ¡Ved como todavía se ve desde aquí el humo!—dice el narrador acercándose á la ventana;—los que vienen de allá cuentan cosas muy tristes.

Todos miran hacia el sitio indicado: una ligera columna de humo subía aún lentamente al cielo. Todos hacen comentarios más ó menos piadosos, más ó menos acusadores.

—¡Pobre joven!—exclama un viejo, el marido de la Putê.

—¡Sí!—le contesta ella;—pero mira que ayer no mandó decir misa por el alma de su padre, que sin duda la necesitará más que los otros.

—Pero, mujer, ¿no tienes tú compasión?...

—¿Compasión de los excomulgados? Es un pecado tenerla con los enemigos de Dios, dicen los curas. ¿Os acordáis? ¡En el campo santo andaba como en un corral!

—Pero si el corral y el campo santo se parecen,—responde el viejo;—sólo que en aquél no entran más que animales de una especie...

—¡Vamos!—le grita hermana Putê;—todavía vas á defender á quien Dios tan claramente castiga. Verás como te prenden á tí también. ¡Sostén una casa que se cae!

El marido se calló ante el argumento.

—¡Ya!—prosigue la vieja;—después de pegar al padre Dámaso, no le quedaba más que matar al padre Salví.

—Pero no me puedes negar que era bueno cuando chico.

—Sí, era bueno,—replica la vieja;—pero se fué á España; todos los que se van á España se vuelven herejes, han dicho los curas.

—¡Oy!—le replicó el marido que vió su revancha;—¿y el cura, y todos los curas, y el arzobispo, y el Papa, y la Virgen no son de España? ¡Abá! ¿serán también herejes? ¡abá!

Felizmente para hermana Putê, la llegada de una criada corriendo, toda azorada y pálida, cortó la discusión.

—¡Un ahorcado en la huerta del vecino!—decía jadeante.

—¡Un ahorcado!—exclamaron todos llenos de estupor.

Las mujeres se santiguaron; nadie pudo moverse de su sitio.

—Sí, señor, continúa la criada temblorosa;—iba yo á coger guisantes ... miro á la huerta del vecino para ver si estaba ... veo un hombre balancearse; creí que era Teo, el criado, que me da siempre.... Me acerco para ... coger guisantes, y veo que no es él sino otro, un muerto; corro, corro y...

—Vamos á verlo,—dice el viejo levantándose;—condúcenos.

—¡No te vayas!—le grita hermana Putê cogiéndole de la camisa;—¡te va á suceder una desgracia! ¿se ha ahorcado? ¡pues peor para él!

—Déjame verlo, mujer; vete al tribunal, Juan, á dar parte; acaso no esté aún muerto.

Y fuése á la huerta seguido de la criada, que se ocultaba detrás de él; las mujeres y la misma hermana Putê venían detrás, llenas de temor y curiosidad.

—Allá está, señor,—dijo la criada deteniéndose y señalando con el dedo.

La comisión se detuvo á respetable distancia, dejando al viejo avanzar solo.

Un cuerpo humano, colgado de la rama de un santol[1], se balanceaba suavemente, impulsado por la brisa. Contemplóle el viejo algún tiempo; vió aquellos pies rígidos, los brazos, la ropa manchada, la cabeza doblada.

—No debemos tocarle hasta que llegue la justicia,—dijo en voz alta;—ya está rígido; hace mucho que está muerto.

Las mujeres se acercaron poco á poco.

—Es el vecino que vivía en aquella casita, el que ha llegado hace dos semanas; ved la cicatriz en la cara.

—¡Ave María!—exclamaron algunas mujeres.

—¿Rezamos por su alma?—preguntó una joven luego que hubo acabado de mirarlo y examinarlo.

—¡Tonta, hereje!—le riñe la hermana Putê,—¿no sabes lo que dijo el padre Dámaso? Es tentar á Dios rezar por un condenado; el que se suicida se condena irremisiblemente; por esto no se le entierra en lugar sagrado.

Y añadía:

—Ya me parecía que ese hombre iba á concluir mal; jamás pude averiguar de qué vivía.

—Yo le vi dos veces hablar con el sacristán mayor,—observó una joven.

—¡No sería ni para confesarse ni para encargar una misa!

Acudieron los vecinos, y un numeroso corro rodeó el cadáver, que aún continuaba oscilando. A la media hora vinieron un alguacil, el directorcillo y dos cuadrilleros; éstos lo descendieron y pusieron sobre unas parihuelas.

—La gente tiene prisa por morir,—dijo riendo el directorcillo, mientras se quitaba la pluma que tenía encima de la oreja.

Hizo sus preguntas capciosas, tomó declaración á la criada á quien procuraba enredar, ya mirándola con malos ojos, ya amenazándola, ya atribuyéndole palabras que no había dicho, tanto que ella, creyendo que iba á la cárcel, empezó á llorar y acabó por declarar que no buscaba guisantes sino que... y sacaba por testigo á Teo.

En el entretanto, un campesino con un ancho salakot y en el cuello un gran parche, examinaba el cadáver y la cuerda.

La cara no estaba más amoratada que el resto del cuerpo; encima de la ligadura se veían dos rasguños y dos pequeños cardenales ó equimosis; las rozaduras de la cuerda eran blancas y no tenían sangre. El curioso campesino examinó bien la camisa y el pantalón, notó que estaban llenos de polvo y rotos recientemente en algunos sitios; pero lo que más llamó su atención fueron las simientes de amores-secos[2] pegadas hasta en el cuello de la camisa.

—¿Qué estás viendo?—le pregunta el directorcillo.

—Estaba viendo, señor, si le podía reconocer,—balbuceó medio descubriéndose, esto es, bajando más el salakot.

—¿No has oído que es un tal Lucas? ¿Estás durmiendo?

Todos se echaron á reir. El campesino, corrido, profirió algunas palabras, y retiróse cabizbajo, andando lentamente.

—¡Oy! ¿á dónde vais?—le grita el viejo;—¡por allí no se sale; por allí se va á casa del muerto!

—¡Todavía duerme el hombre!—dice el directorcillo con burla; habrá que echarle agua encima.

Los circunstantes volvieron á reir.

El campesino dejó el sitio donde tan mal papel había jugado, y se dirigió á la iglesia. En la sacristía preguntó por el sacristán mayor.

—¡Duerme aún!—le contestaron groseramente;—¿no sabéis que anoche saquearon el convento?

—Esperaré á que despierte.

Miráronle los sacristanes con esa grosería propia de gentes acostumbradas á ser mal tratadas.

En un rincón, que quedaba en sombras, dormía el tuerto en una silla larga. Los anteojos estaban colocados sobre la frente entre los largos mechones de pelos; el pecho, escuálido y raquítico, estaba desnudo y se elevaba y deprimía con regularidad.

El campesino sentóse cerca, dispuesto á aguardar pacientemente, pero se le cae una moneda y va á buscarla, ayudado de una vela, debajo del sillón del sacristán mayor. El campesino nota también simientes de amores secos en el pantalón y en las mangas de la camisa del dormido que despierta al fin, se restriega el único ojo sano, é increpa al hombre con bastante mal humor.

—¡Quería mandar decir una misa, señor!—contesta en tono de disculpa.

—Ya se han concluído todas las misas,—dice entonces el tuerto dulcificando un poco su acento;—si quieres para mañana... ¿Es para las almas del Purgatorio?

—No, señor,—contesta el campesino dándole un peso.

Y mirándole fijamente en el único ojo, añadió:

—Es para una persona que pronto va á morir.

Y abandonó la sacristía.

—¡Le hubiera podido pillar anoche!—dijo suspirando, mientras se quitaba el parche y se enderezaba para recobrar la cara y la estatura de Elías.


[1] Sandoricum indicum, de Cavanilles (meliáceas). [↑]

[2] Desmodium canescens, De Cand., planta leguminosa. [↑]

LVII

¡Væ Victis!

Mi gozo en un pozo.

Algunos guardias civiles se pasean con aire siniestro delante de la puerta del tribunal, amenazando con la culata de su fusil á los atrevidos chicuelos, que se levantan de puntillas ó se cargan unos á otros para ver algo al través de las rejas.

La sala no presenta ya aquel aspecto alegre de cuando se discutía el programa de la fiesta; ahora es sombrío y poco tranquilizador. Los guardias civiles y cuadrilleros que la ocupan, hablan apenas, y aun en voz baja y pronunciando breves palabras. Sobre la mesa emborronan papeles el directorcillo, dos escribientes y algunos soldados; el alférez se pasea de un lado á otro, mirando de cuando en cuando con aire feroz hacia la puerta; más orgulloso no habría aparecido Temístocles en los Juegos Olímpicos después de la batalla de Salamina. Doña Consolación bosteza en un rincón, enseñando unas negras fauces y una accidentada dentadura; su mirada se fija fría y siniestra en la puerta de la cárcel, cubierta de figuras indecentes. Ella había conseguido del marido, á quien la victoria había hecho amable, le dejase presenciar el interrogatorio y acaso las torturas consiguientes. La hiena olía el cadáver, se relamía y la aburría el retardo del suplicio.

El gobernadorcillo está muy compungido: su sillón, aquel gran sillón colocado debajo del retrato de S. M., está vacío y parece destinado á otra persona.

Cerca de las nueve, el cura llega pálido y cejijunto.

—¡Pues no se ha hecho usted esperar!—le dice el alférez.

—Preferiría no asistir,—contesta el padre Salví en voz baja, sin hacer caso de aquel tono amargo;—soy muy nervioso.

—Como no ha venido nadie por no dejar el puesto, juzgué que su presencia de usted... Ya sabe usted que esta tarde salen.

—¿El joven Ibarra y el teniente mayor...?

El alférez señaló hacia la cárcel.

—Ocho están allí,—dijo;—el Bruno murió á medianoche, pero su declaración ya consta.

El cura señaló á doña Consolación, que respondió con un bostezo y un ¡aah! y ocupó el sillón debajo del retrato de S. M.

—¡Podemos empezar!—repuso.

—¡Sacad á los dos que están en el cepo!—mandó el alférez con voz que procuró hacer lo más terrible que pudo, y volviéndose al cura, añadió, cambiando de tono:

—¡Están metidos saltando dos agujeros!

Para los que no están enterados de estos instrumentos de tortura, les diremos que el cepo es uno de los más inocentes. Los agujeros en que se introducen las piernas de los detenidos distan entre sí poco más ó menos de un palmo; saltando dos agujeros, el preso se encontraría en una posición un poco forzada, con una singular molestia en los tobillos y una abertura de las estremidades inferiores de más de una vara: no mata al instante, como muy bien se puede imaginar.

El carcelero, seguido de cuatro soldados, retiró el cerrojo y abrió la puerta. Un olor nauseabundo y un aire espeso y húmedo se escaparon de la densa obscuridad á la vez que se oyeron algunos lamentos y sollozos. Un soldado encendió un fósforo, pero la llama se apagó en aquella atmósfera viciada y corrompida, y tuvieron que esperar á que el aire se renovase.

A la vaga claridad de una bujía se columbraron algunas formas humanas: hombres, abrazados á sus rodillas y ocultando la cabeza entre ellas, acostados boca abajo, de pie, vueltos á la pared, etc. Oyóse un golpear y rechinar, acompañados de juramentos: se abría el cepo.

Doña Consolación estaba medio inclinada hacia adelante, tendidos los músculos del cuello, con los ojos salientes clavados en la entreabierta puerta.

Entre dos soldados salió una figura sombría, Társilo, el hermano de Bruno. En las manos tenía esposas; sus vestidos, desgarrados, descubrían una bien desarrollada musculatura. Sus ojos se fijaron insolentemente en la mujer del alférez.

—Este es el que se defendió con más bravura y mandó huir á sus compañeros,—dijo el alférez al padre Salví.

Detrás vino otro de aspecto desgraciado, lamentándose y llorando como un niño: cojeaba y tenía el pantalón manchado de sangre.

—¡Misericordia, señor, misericordia! ¡No volveré á entrar en el patio!—gritaba.

—Es un tunante,—observó el alférez hablando con el cura;—quiso huir, pero ha sido herido en el muslo. Estos dos son los únicos que tenemos vivos.

—¿Cómo te llamas?—preguntó el alférez á Társilo.

—Társilo Alasigan.

—¿Qué os prometió don Crisóstomo para que atacaseis el cuartel?

—Don Crisóstomo jamás se ha comunicado con nosotros.

—¡No lo niegues! Por eso quisisteis sorprendernos.

—Os equivocáis: matasteis á nuestro padre á palos, le vengamos y nada más. Buscad á vuestros dos compañeros.

El alférez mira al sargento sorprendido.

—Allá están en un despeñadero, allá los arrojamos ayer, allá se pudrirán. Ahora matadme: no sabréis nada más.

Hubo un momento de silencio.

—Nos vas á decir quiénes son tus otros cómplices,—profirió el alférez, blandiendo un bejuco.

Una sonrisa de desprecio asomó á los labios del reo.

El alférez conferenció algunos instantes, en voz baja, con el cura; y volviéndose á los soldados:

—¡Conducidle á donde están los cadáveres!—ordenó.

En un rincón del patio, sobre un carretón viejo están amontonados cinco cadáveres, medio cubiertos por un pedazo de estera rota, llena de inmundicias. Un soldado se pasea de un extremo á otro, escupiendo á cada instante.

—¿Los conoces?—preguntó el alférez, levantando la estera.

Társilo no respondió; vió el cadáver del marido de la loca con otros dos; el de su hermano, acribillado de bayonetazos y el de Lucas, aún con la soga al cuello. Su mirada se volvió sombría y un suspiro pareció escaparse de su pecho.

—¿Los conoces?—le volvieron á preguntar.

Társilo permaneció mudo.

Un silbido rasgó el aire y el bejuco azotó sus espaldas. Estremecióse, sus músculos se contrajeron. Los bejucazos se repitieron, pero Társilo siguió impasible.

—¡Que le den de palos hasta que reviente ó declare!—gritó el alférez exasperado.

—¡Habla ya!—le dice el directorcillo;—de todos modos te matan.

Volvieron á conducirle á la sala donde el otro preso invocaba á los santos, castañeteándole los dientes y doblándosele las piernas.

—¿Le conoces á ese?—preguntó el P. Salví.

—¡Es la primera vez que le veo!—contestó Társilo mirando con cierta compasión al otro.

El alférez le dió un puñetazo y un puntapié.

—¡Atadle al banco!

Sin quitarle las esposas, manchadas de sangre, fué sujetado á un banco de madera. El infeliz miró en derredor suyo como buscando algo y vió á doña Consolación; rióse sardónicamente. Sorprendidos los presentes, le siguieron la mirada y vieron á la señora, que se mordía ligeramente los labios.

—¡No he visto mujer más fea!—exclamó Társilo en medio del silencio general;—prefiero acostarme sobre un banco, como estoy, que al lado de ella, como el alférez.

La Musa palideció.

—Me vais á matar á palos, señor alférez,—continuó;—esta noche me vengará vuestra mujer al abrazaros.

—¡Amordazadle!—gritó el alférez temblando de ira.

Pareció que Társilo sólo deseaba la mordaza, porque, cuando la tuvo, sus ojos lanzaron un rayo de satisfacción.

A una señal del alférez, un guardia, armado de un bejuco, empezó su triste tarea. Todo el cuerpo de Társilo se contrajo; un rugido ahogado, prolongado, se dejó oir á pesar del lienzo que le tapaba la boca; bajó la cabeza: sus ropas se manchaban de sangre.

El P. Salví, pálido, con la mirada extraviada, se levantó trabajosamente, hizo una seña con la mano y dejó la sala con paso vacilante. En la calle vió una joven, apoyada de espaldas contra la pared, rígida, inmóvil, escuchando atenta, mirando al espacio, extendidas las crispadas manos contra el viejo muro. El sol la bañaba de lleno. Contaba, al parecer sin respirar, los golpes secos, sordos y aquel desgarrador gemido. Era la hermana de Társilo.

En la sala continuaba entretanto la escena: el desgraciado, rendido de dolor, enmudeció y aguardó á que sus verdugos se cansasen. Al fin, el soldado jadeante, dejó caer el brazo y el alférez, pálido de ira y asombro, hizo una seña para que le desatasen.

Doña Consolación se levantó entonces y murmuró al oído del marido algunas palabras. Este movió la cabeza en señal de inteligencia.

—¡Al pozo con él!—dijo.

Los filipinos saben lo que esto quiere decir; en tagalo lo traducen por timbaín[1]. No sabemos quién habrá sido el que ha inventado este procedimiento, pero juzgamos que debe ser bastante antiguo. La Verdad, saliendo de un pozo, es quizás su sarcástica interpretación.

En medio del patio del tribunal se levanta el pintoresco brocal de un pozo, hecho groseramente con piedras vivas. Un rústico aparato de caña, en forma de palanca, sirve para sacar agua, viscosa, sucia y de mal olor. Cacharros rotos, basura y otros líquidos se reunían allí, pues aquel pozo era como la cárcel; allí pára cuanto la sociedad desecha ó da por inútil; objeto que dentro caiga, por bueno que haya sido, ya es cosa perdida. Sin embargo, no se cegaba jamás: á veces se condena á los presos á ahondarlo y profundizarlo, no porque se piense sacar de aquel castigo una utilidad, sino por las dificultades que el trabajo ofrece: preso que allí una vez ha descendido, coge una fiebre de la que muere casi siempre.

Társilo contemplaba todos los preparativos de los soldados con mirada fija; estaba muy pálido y sus labios temblaban ó murmuraban una oración. La altivez de su desesperación parecía haber desaparecido ó, cuando menos, debilitado. Varias veces dobló el erguido cuello, y fijó la vista en el suelo, resignado á sufrir.

Lleváronle al lado del brocal, seguido de doña Consolación, que sonreía. Una mirada de envidia lanzó el desventurado hacia el montón de cadáveres y un suspiro se escapó de su pecho.

—¡Habla ya!—volvió á decirle el directorcillo;—de todos modos te ahorcan; al menos muere sin haber sufrido tanto.

—De aquí saldrás para morir,—le dijo un cuadrillero.

Le quitaron la mordaza y le colgaron de los pies. Debía descender de cabeza y permanecer algún tiempo debajo del agua, lo mismo que hacen con el cubo, sólo que al hombre le dejan más tiempo.

El alférez se alejó para buscar un reloj y contar los minutos.

Entre tanto Társilo pendía, su larga cabellera ondeaba al aire; tenía los ojos medio cerrados.

—Si sois cristianos, si tenéis corazón,—murmuró en tono de súplica,—bajadme con rapidez ó haced de modo que mi cabeza choque contra la pared y me muera. Dios os premiará esta buena obra... ¡quizás un día os veáis como yo!

El alférez volvió y presidió el descenso, reloj en mano.

—¡Despacio, despacio!—gritaba doña Consolación siguiendo al infeliz con la vista;—¡cuidado!

La palanca bajaba lentamente, Társilo rozaba contra las piedras salientes y las plantas inmundas que crecían entre las grietas. Después, la palanca cesó de moverse: el alférez contaba los segundos.

—¡Arriba!—mandó secamente al cabo de medio minuto.

El ruido argentino y armonioso de las gotas de agua cayendo sobre el agua anunció la vuelta del reo á la luz. Esta vez, como el peso del balancín era mayor, subió con rapidez. Los pedruscos y guijarros, arrancados de las paredes, caían con estrépito.

Cubiertas de asqueroso cieno la frente y la cabellera, llena la cara de heridas y rozaduras, el cuerpo mojado y goteando, apareció á los ojos de la multitud silenciosa: el viento le hacía estremecerse de frío.

—¿Quieres declarar?—le preguntaron.

—¡Cuida de mi hermana!—murmuró el infeliz mirando suplicante á un cuadrillero.

La palanca de caña rechina de nuevo y el condenado vuelve á desaparecer. Doña Consolación observó que el agua permanecía tranquila. El alférez contó un minuto.

Cuando Társilo volvió á subir, sus facciones estaban contraídas y amoratadas. Dirigió una mirada á los circunstantes y mantuvo abiertos los ojos, inyectados en sangre.

—¿Vas á declarar?—volvió á preguntar con desaliento el alférez.

Társilo movió negativamente la cabeza y volvieron á descenderle. Sus párpados se iban cerrando, sus pupilas seguían mirando al cielo donde flotaban blancas nubes; doblaba el cuello para seguir viendo la luz del día, pero pronto tuvo que hundirse en el agua, y aquel telón infame le ocultó el espectáculo del mundo.

Pasó un minuto; la Musa en observación vió gruesas burbujas de aire que subían á la superficie.

—¡Tiene sed!—dijo riendo.

Y el agua volvió á quedar tranquila.

Esta vez duró un minuto y medio y el alférez hizo una seña.

Las facciones de Társilo ya no estaban contraídas; los entreabiertos párpados hacían ver el fondo blanco del ojo; de la boca salía agua cenagosa con estrías sanguinolentas; el viento frío soplaba, pero su cuerpo ya no se estremecía.

Todos se miraron en silencio, pálidos y consternados. El alférez hizo una seña para que le descolgasen y se alejó pensativo; doña Consolación le aplicó varias veces á las desnudas piernas el botón de fuego de su cigarro, pero el cuerpo no se estremeció y se apagó el fuego.

—¡Se ha asfixiado á sí mismo!—murmuró un cuadrillero;—mirad como se ha vuelto la lengua como queriéndosela tragar.

El otro preso contemplaba la escena temblando y sudando: miraba como un loco á todas partes.

El alférez encargó al directorcillo que le interrogase.

—Señor, señor!—gemía;—¡diré todo lo que vosotros queráis!

—¡Bueno! vamos á ver: ¿cómo te llamas?

—¡Andong[2], señor!

—¿Bernardo... Leonardo... Ricardo... Eduardo... Gerardo... ó qué?

—¡Andong, señor!—repitió el imbécil.

—Póngale usted Bernardo ó lo que sea,—decidió el alférez.

—¿Apellido?

El hombre le miró espantado.

—¿Qué nombre tienes, qué te añaden al nombre Andong?

—¡Ah, señor! ¡Andong Medio tonto, señor!

Los circunstantes no pudieron contener la risa; el mismo alférez detuvo su paseo.

—¿Oficio?

—Podador de cocos, señor, y criado de mi suegra.

—¿Quién os mandó que atacaseis el cuartel?

—¡Nadie, señor!

—¿Cómo nadie? ¡No mientas, que te van á meter en el pozo! ¿Quién os ha mandado? ¡Di la verdad!

—¡La verdad, señor!

—¿Quién?

—¡Quién, señor!

—Te pregunto quién os ha mandado hacer la revolución.

—¿Cuál revolución, señor?

—Eso, porque estabas tú anoche en el patio del cuartel.

—¡Ah, señor!—exclamó ruborizándose Andong.

—¿Quién tiene, pues, la culpa de eso?

—¡Mi suegra, señor!

Una risotada acogió á estas palabras. El alférez se paró y miró con no severos ojos al infeliz, que creyendo que sus palabras habían producido buen efecto, continuó más animado:

—Sí, señor: mi suegra no me da de comer otra cosa más que todo lo podrido é inservible; anoche, cuando vine, me dolió el vientre, vi el patio del cuartel cerca, y me dije: Es de noche, nadie te verá. Entré... y cuando me levantaba, resonaron muchos tiros; yo ataba mis calzones...

Un bejucazo le cortó la palabra.

—¡A la cárcel!—mandó el alférez;—esta tarde ¡á la Cabecera con él!


[1] Del verbo timbâ, sacar agua de un pozo. [↑]

[2] Diminutivo familiar de algunos nombres. (Véanse en el texto los que cita el directorcillo.) Los tagalos suelen suprimir la primera sílaba del nombre y añaden la desinencia ng: Mariang, Andeng, Ticá, etc. Otras veces ponen una y: Doray, Tinay, etc. [↑]

LVIII

El maldito

Pronto se extendió por el pueblo la noticia de que los presos iban á partir; al principio fué oída con terror, después vinieron los llantos y las lamentaciones.

Las familias de los presos corrían como locas: iban del convento al cuartel, del cuartel al tribunal, y no encontrando en ninguna parte consuelo, llenaban los aires de gritos y gemidos. El cura se había encerrado por estar enfermo; el alférez había aumentado sus guardias, que recibían con la culata á las mujeres suplicantes; el gobernadorcillo, sér inútil, parecía más tonto y más inútil que jamás. Frente á la cárcel, corrían de un extremo á otro las que aún tenían fuerzas; las que no, se sentaban en el suelo, pronunciando los nombres de las personas queridas.

El sol ardía y ninguna de aquellas infelices pensaba retirarse. Doray, la alegre y feliz esposa de don Filipo, vaga desalada, llevando en brazos á su tierno hijo: ambos lloran.

—Retiraos,—le decían;—vuestro hijo va á coger una calentura.

—¿A qué vivir si no ha de tener un padre que le eduque?—contestaba la desconsolada mujer.

—Vuestro marido es inocente; ¡tal vez vuelva!

—¡Sí, cuando ya nos habremos muerto!

Capitana Tinay llora y llama á su hijo Antonio; la valerosa capitana María mira hacia la pequeña reja, detrás de la cual están sus dos gemelos, sus únicos hijos.

Allí estaba la suegra del podador de cocos; ella no llora: se pasea, gesticula con los brazos remangados y arenga al público.

—¿Habéis visto cosa igual? Prender á mi Andong, pegarle un tiro, meterle en el cepo y llevarle á la cabecera, sólo porque... ¿porque tenía nuevos calzones? ¡Esto pide venganza! ¡Los guardias civiles abusan! Juro que, si vuelvo á encontrar á cualquiera de ellos buscando un lugar retirado en mi huerta, como muchas veces ha sucedido, le mutilo, ¡le mutilo! ó si no... ¡que me mutilen!

Pero pocas personas hacían coro á la suegra musulmana.

—De todo esto tiene la culpa don Crisóstomo,—suspira una mujer.

El maestro de escuela vaga también confundido entre la multitud; Ñor Juan no se frota ya las manos, no lleva su plomada ni su metro: el hombre viste de negro, pues ha oído malas noticias, y fiel á su costumbre de ver el porvenir como cosa sucedida, lleva ya luto por la muerte de Ibarra.

A las dos de la tarde un carro descubierto, tirado por dos bueyes, se paró delante del tribunal.

El carro fué rodeado de la multitud, que quería desengancharlo y destrozarlo.

—No hagáis tal,—decía capitana María;—¿queréis que vayan á pie?

Esto detuvo á las familias. Veinte soldados salieron y rodearon el vehículo. Aparecieron después los presos.

El primero fué don Filipo, atado; saludó sonriendo á su esposa; Doray rompió en amargo llanto y costó trabajo á dos guardias impedirle que abrazase á su marido. Antonio, el hijo de capitana Tinay, apareció llorando como un niño, lo que no hizo más que aumentar los gritos de su familia. El imbécil Andong prorrumpió en llanto al ver á su suegra, causa de su desventura. Albino, el exseminarista, estaba también maniatado, lo mismo que los dos gemelos de capitana María. Estos tres jóvenes estaban serios y graves. El último que salió fué Ibarra, suelto, pero conducido entre dos guardias civiles. El joven estaba pálido; buscó una cara amiga.

—¡Ese es el que tiene la culpa!—gritaron muchas voces;—¡ese tiene la culpa y va suelto!

—¡Mi yerno no ha hecho nada y está con esposas!

Ibarra se volvió á sus guardias:

—¡Atadme, pero atadme bien, codo con codo!—dijo.

—¡No tenemos orden!

—¡Atadme!

Los soldados obedecieron.

El alférez apareció á caballo, armado hasta los dientes; seguíanle diez ó quince soldados más.

Cada preso tenía á su familia que rogaba allí por él, lloraba por él y le daba los nombres más cariñosos. Ibarra era el único que no tenía á nadie; el mismo Ñor Juan y el maestro de escuela habían desaparecido.

—¿Qué os han hecho á vos mi marido y mi hijo?—decíale llorando Doray:—¡ved á mi pobre hijo! ¡le habéis privado de su padre!

—¡Tú eres un cobarde!—le gritaba la suegra de Andong.—¡Mientras los otros peleaban por tí, tú te escondías, cobarde!

—¡Maldito seas!—le decía un anciano siguiéndole;—¡maldito el oro amasado por tu familia para turbar nuestra paz! ¡Maldito! ¡Maldito!

—¡Que te ahorquen á tí, hereje!—le gritaba una pariente de Albino,—y sin poderse contener cogió una piedra y se la arrojó.

El ejemplo fué pronto imitado, y sobre el desgraciado joven cayó una lluvia de polvo y piedras.

Ibarra sufrió impasible, sin ira, sin quejarse, la justa venganza de tantos corazones lastimados. Aquella era la despedida, el adiós que le hacía su pueblo, donde tenía todos sus amores. Bajó la cabeza; quizás pensaría en un hombre, azotado por las calles de Manila, en una anciana que caía muerta á la vista de la cabeza de su hijo; quizás la historia de Elías pasaba por delante de sus ojos.

El alférez creyó necesario alejar á la multitud, pero las pedradas y los insultos no cesaron. Una madre tan sólo no vengaba en él sus dolores: capitana María. Inmóvil, con los labios contraídos, los ojos llenos de lágrimas silenciosas veía alejarse á sus dos hijos; su inmovilidad y su dolor mudo eran mayores que los de la fabulosa Niobe.

El cortejo se alejó.

De las personas asomadas en las raras abiertas ventanas las que más compasion han demostrado para el joven son los indiferentes ó curiosos. Sus amigos todos se habían ocultado, sí, hasta el mismo Capitán Basilio, que prohibió el llanto á su hija Sinang.

Ibarra vió las humeantes ruinas de su casa, de la casa de sus padres, donde él había nacido, donde vivían los más dulces recuerdos de su infancia y adolescencia; las lágrimas, largo tiempo reprimidas, brotaron de sus ojos, dobló la cabeza y lloró, sin tener el consuelo de poder ocultar su llanto, atado como estaba, ni de que su dolor despertara en nadie compasión. ¡Ahora no tenía ni patria, ni hogar, ni amor, ni amigos, ni porvenir!

Desde una altura, un hombre contemplaba la fúnebre caravana. Era un anciano, pálido, demacrado, envuelto en una manta de lana, apoyándose con fatiga en un bastón. Era el viejo filósofo Tasio, que á la noticia del suceso quiso dejar su cama y acudir, pero sus fuerzas no le han permitido. El viejo siguió con la vista el carro hasta que desapareció á lo lejos: permaneció algún tiempo pensativo y cabizbajo, después se levantó y, trabajosamente, tomó el camino de su casa, descansando á cada paso.

Al día siguiente, los pastores le encontraban muerto en el umbral mismo de su solitario retiro.

LIX

Patria é intereses

El telégrafo trasmitió sigilosamente el suceso á Manila, y treinta y seis horas después hablaban de ello con mucho misterio y no pocas amenazas los periódicos, aumentados, corregidos y mutilados por el fiscal. Mientras tanto, noticias particulares, emanadas de los conventos, fueron las que primero corrieron de boca en boca, en secreto, y con gran terror de los que lo llegaban á saber. El hecho, en mil versiones desfigurado, fué creído con más ó menos facilidad según adulaba ó contrariaba las pasiones y el modo de pensar de cada uno.

Sin que la pública tranquilidad apareciese turbada, al menos aparentemente, se revolvía la paz del hogar al igual que en un estanque: mientras la superficie aparece lisa y tersa, en el fondo hormiguean, corren y se persiguen los mudos peces. Cruces, condecoraciones, galones, empleos, prestigio, poder, importancia, dignidades, etc., empezaron á revolotear, como mariposas en una atmósfera de monedas de oro, para los ojos de una parte de la población. Para la otra, oscura nube se levantó en el horizonte, destacándose de su ceniciento fondo, como negras siluetas, rejas, cadenas y aun el fatídico palo de la horca. Creíanse oir en el aire los interrogatorios, las sentencias, los gritos que arrancan las torturas; las Marianas y Bagumbayan se presentaban envueltos en haraposo y sangriento velo: se confundían pescadores y pescados. El destino mostraba el acontecimiento á la imaginación de los manileños como ciertos abanicos de China: una cara pintada de negro; la otra llena de dorado, colores vivos, aves y flores.

En los conventos reinaba la mayor agitación. Enganchábanse coches, los provinciales se visitaban, tenían secretas conferencias. Presentábanse en los palacios para ofrecer su apoyo al gobierno, que corría gravísimo peligro. Se volvió á hablar de cometas, alusiones, alfilerazos, etc.

—¡Un Te Deum, un Te Deum!—decía un fraile en un convento;—¡esta vez que nadie falte en el coro! ¡No es poca bondad de Dios hacer ver ahora, precisamente en tiempos tan perdidos, cuánto valemos nosotros!

—Con esta leccioncita se estará mordiendo los labios el generalillo Mal Agüero[1], contestaba otro.

—¿Qué habrá sido de él sin las corporaciones?

—Y para mejor celebrar la fiesta, que adviertan al hermano cocinero y al procurador... ¡Gaudeamus por tres días!

—¡Amén!—¡Amén—¡Viva Salví!—¡Viva!

En otro convento se hablaba de otra manera.

—¿Veis? Ese es un alumno de los jesuítas; ¡del Ateneo salen los filibusteros!—decía un fraile.

—Y los antirreligiosos.

—Yo ya lo dije: los jesuítas pierden al país, corrompen á la juventud; pero se los tolera porque trazan unos cuantos borrones en el papel cuando hay temblor...

—¡Y Dios sabe cómo estarán hechos!

—Sí, ¡vaya usted á contradecirlos! Cuando todo tiembla y se mueve, ¿quién escribe garabatos? Nada, el padre Secchi...

Y sonríen con soberano desprecio.

—Pero ¿y los temporales? y ¿los baguios[2]?—pregunta otro con ironía sarcástica;—¿no es eso divino?

—¡Cualquier pescador los pronostica!

—Cuando el que gobierna es un tonto... ¡dime cómo tienes la cabeza y te diré cómo es tu padre! Pero verán ustedes si los amigos se favorecen unos á otros: los periódicos casi piden una mitra para el padre Salví.

—Y ¡la va á tener! ¡Se la chupa!

—¿Lo crees?

—¡Pues no! Hoy por cualquier cosa la dan. Yo sé de uno que con menos se la caló; escribió una chabacana obrita, demostró que los indios no eran capaces de otra cosa más que de ser artesanos... ¡psh! ¡viejas vulgaridades!

—¡Es verdad! ¡Tantas injusticias dañan á la religión!—exclamaba otro;—si las mitras tuviesen ojos y pudiesen ver sobre qué cráneos...

—Si las mitras fuesen objetos de la naturaleza...—añadía otro con voz nasal.—Natura abhorret vacuum...

—Por eso se les agarran; ¡el vacío las atrae!—contestaba otro.

Estas y otras cosas más se decían en los conventos, y hacemos gracia á nuestros lectores de otros comentarios con colores políticos, metafísicos ó picantes. Conduzcamos al lector á casa de un particular, y como en Manila tenemos pocos conocidos, vamos á casa de capitán Tinong, el hombre agasajador, que vimos convidando con insistencia á Ibarra para que le honrase con su visita.

En el rico y espacioso salón de su casa en Tondo, está capitán Tinong sentado en un ancho sillón, pasándose las manos por la frente y la nuca en ademán de desconsuelo, mientras su señora, la capitana Tinchang, lloraba y le sermoneaba delante de sus dos hijas, que oían desde un rincón mudas, atontadas y conmovidas.

—¡Ay, Virgen de Antipolo!—gritaba la mujer.—¡Ay, Virgen del Rosario y de la Correa! ¡ay! ¡ay! ¡Nuestra Señora de Novaliches!

—¡Nanay!—repuso la más joven de las hijas.

—¡Ya te lo decía yo!—continuó la mujer en tono de recriminación;—¡ya te lo decía yo! ¡ay, Virgen del Carmen, ay!

—¡Pero si tú no me has dicho nada!—se atrevió á contestar capitán Tinong lloroso;—al contrario, me decías que hacía bien en frecuentar la casa y conservar la amistad de capitán Tiago porque... porque era rico... y me dijiste...

—¿Qué? ¿qué te dije? ¡Yo no te he dicho eso, no te he dicho nada! ¡Ay, si me hubieses escuchado!

—¡Ahora me echas la culpa á mí!—replicó en tono amargo, dando una palmada sobre el brazo del sillón;—¿no me decías que había hecho bien en invitarle á que comiese con nosotros, porque como era rico.... tú decías que no debíamos tener amistades más que con los ricos? ¡Abá!

—Es verdad que yo te dije eso porque... porque ya no había remedio: tú no hacías más que alabarle; don Ibarra aquí, don Ibarra allá, don Ibarra en todas partes, ¡abaá! Pero yo no te aconsejé que le vieras ni que hablaras con él en aquella reunión; esto no me lo puedes negar.

—¿Sabía yo que iba él allá, por ventura?

—¡Pues debías haberlo sabido!

—¿Cómo, si ni siquiera le conocía?

—¡Pues, debías haberle conocido!

—Pero, Tinchang, ¡si era la primera vez que le veía, que oía hablar de él!

—¡Pues debías haberle visto antes, oído hablar de él! ¡Para eso eres hombre, llevas pantalones y lees El Diario de Manila!—contestó impertérrita la esposa, lanzándole una terrible mirada.

Capitán Tinong no supo qué replicar.

Capitana Tinchang, no contenta con esta victoria, quiso anonadarle, y acercándose con los puños cerrados:

—¿Para eso he estado trabajando años y años, economizando, para que tú con tu torpeza eches á perder el fruto de mis fatigas?—le increpó.—Ahora vendrán á llevarte desterrado, nos despojarán de nuestros bienes, como á la mujer de... ¡Oh, si yo fuese hombre...!

Y viendo que su marido bajaba la cabeza, empezó de nuevo á sollozar, pero siempre repitiendo:

—¡Ay, si yo fuese hombre, si yo fuese hombre!

—Y si fueses tú hombre,—preguntó al fin picado el marido,—¿qué harías?

—¿Qué? pues... pues... pues hoy mismo me presentaría al Capitán general, para ofrecerme á pelear contra los alzados, ¡ahora mismo!

—Pero ¿no has leído lo que dice el Diario? ¡Lee! «La traición infame y bastarda ha sido reprimida con energía, fuerza y vigor, y pronto los rebeldes enemigos de la patria y sus cómplices sentirán todo el peso y la severidad de las leyes...» ¿ves? ya no hay alzamiento.

—No importa, debes presentarte como lo han hecho el 72, y se han salvado.

—¡Sí! también lo ha hecho el padre Burg...

Pero no pudo concluir la palabra; la mujer corriendo le tapó la boca..

—¡Dale! ¡pronuncia ese nombre para que mañana mismo te ahorquen en Bagumbayan! ¿No sabes que basta pronunciarlo para ser sentenciado sin formación de causa? ¡Jale! ¡dilo!

Capitán Tinong, por más que hubiese querido obedecerla, no habría podido: con ambas manos le tapaba la boca su mujer, oprimiendo su cabecita contra el espaldar del sillón, y acaso el pobre hombre se hubiera muerto asfixiado si un nuevo personaje no hubiese intervenido.

Este era el primo don Primitivo, que sabía de memoria el Amat, un hombre de unos cuarenta años, pulcramente vestido, panzudo y algo regordete.

Quid video?—exclamó al entrar;—¿qué pasa? Quare?[3]

—¡Ay, primo!—dijo la mujer corriendo llorosa hacia él;—te he hecho llamar, pues no sé qué va á ser de nosotras... ¿qué nos aconsejas? ¡Habla, tú que has estudiado latín y sabes argumentos...

—Pero antes quid quaeritis? Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu; nihil volitum quin praecognitum[4].

Y se sentó pausadamente. Cual si las frases latinas hubiesen poseído una virtud tranquilizadora, cesaron de llorar ambos cónyuges y se le acercaron esperando de sus labios el consejo, como un tiempo los griegos ante la frase salvadora del oráculo que los iba á librar de los persas invasores.

—¿Por qué lloráis? Ubinam gentium sumus?[5]

—Tú sabes ya la noticia del levantamiento...

Alzamentum Ibarrae ab alferesio Guardiae civilis destructum? Et nunc?[6] Y ¿qué? ¿Os debe algo don Crisóstomo?

—No, pero sabes tú, Tinong le ha convidado á comer, le ha saludado en el Puente de España... ¡á la luz del día! ¡Van á decir que es amigo suyo!

—¿Amigo?—exclamó sorprendido el latino levantándose;—amice, amicus Plato sed magis amica veritas! ¡Dime con quién andas y te diré quién eres! Malum est negotium et est timendum rerum istarum horrendissimum resultatum! Hmmm![7]

Capitán Tinong se puso espantosamente pálido al oir tantas palabras en um; este sonido le presagiaba mal. Su esposa juntó las manos suplicantes y dijo:

—Primo, no nos hables ahora en latín; ya sabes que no somos filósofos como tú; háblanos en tagalo ó castellano, pero danos un consejo.

—Lástima que no entendáis latín, prima: las verdades latinas son mentiras tagalas, por ejemplo, contra principia negantem fustibus est argüendum,[8] en latín es una verdad como el Arca de Noé; lo puse una vez en práctica en tagalo, y fuí yo el apaleado. Por esto, es una lástima que no sepáis latín; en latín todo se podría arreglar.

—Sabemos también muchos oremus, parcenobis y Agnus Dei Catolis[9] pero ahora no nos entenderíamos. ¡Dale un argumento á Tinong para que no le ahorquen!

—¡Has hecho mal, muy mal, primo, en trabar amistad con ese joven!—repuso el latino.—Los justos pagan por los pecadores; por poco te aconsejaba que hicieras tu testamento... Vae illis! Ubi est ignis! Similis simili gaudet; atqui Ibarra ahorcatur, ergo ahorcaberis[10]...

Y movía la cabeza de un lado á otro, disgustado.

—¡Saturnino, qué te pasa!—grita capitana Tinchang, llena de terror;—¡ay, Dios mío! ¡Se ha muerto! ¡Un médico! ¡Tinong, Tinongoy!

Acuden las dos hijas y empiezan las tres á lamentarse.

—¡No es más que un desmayo, prima, un desmayo! Yo más me hubiera alegrado que... que... pero desgraciadamente no es más que un desmayo. Non timeo mortem in catre sed super espaldonem Bagumbayanis.[11] ¡Traed agua!

—¡No te mueras!—lloraba la mujer,—¡no te mueras que vendrán á prenderte! ¡Ay, si te mueres y vienen los soldados, ¡ay! ¡ay!

El primo le roció la cara con agua, y el infeliz volvió en sí.

—¡Vamos, no llorar! Inveni remedium, encontré el remedio. Trasportémosle á su cama; ¡vamos! ¡valor! que aquí estoy con vosotros y toda la sabiduría de los antiguos... Que llamen á un doctor;—y ahora mismo, prima, vas al Capitán general y le llevas un regalo, una cadena de oro, un anillo... Dadivae quebrantant peñas; dices que es regalo de Pascua. Cerrad las ventanas, las puertas, y á cualquiera que pregunte por mi primo que se le diga que está gravemente enfermo. Entretanto quemo todas las cartas, papeles y libros para que no puedan encontrar nada, como ha hecho don Crisóstomo. Scripti testes sunt! Quod medicamenta non sanant, ferrum sanat, quod ferrum non sanat, ignis sanat[12].

—¡Sí, toma, primo; quémalo todo!—dijo capitana Tinchang;—aquí están las llaves, aquí las cartas de capitán Tiago, ¡quémalas! Que no quede ningún periódico de Europa, que son muy peligrosos. Aquí están estos The Times que yo conservaba para envolver jabones y ropas. Aquí están los libros.

—Vete al Capitán general, prima,—dijo don Primitivo;—déjame solo. In extremis extrema[13]. Dame el poder de un director romano y verás cómo salvo la pat... digo, al primo.

Y empezó á dar órdenes y más órdenes, á revolver estantes, rasgar papeles, libros, cartas, etc. Pronto ardió una hoguera en la cocina; partieron con hacha viejas escopetas; arrojaron al excusado herrumbrosos revólvers; la criada que quería conservar el cañón de uno para soplador, recibió un réspice.

Conservare etiam sperasti, perfida?[14] ¡Al fuego!

Y continuó su auto de fe.

Vió un viejo tomo en pergamino y leyó el titulo:

—«Revoluciones de los globos celestes por Copérnico», pfui! Ite, maledicti, in ignem kalanis[15],—exclamó arrojándolo á la llama.—¡Revoluciones y Copérnico! ¡Crimen sobre crimen! Si no llego á tiempo... «La libertad en Filipinas.» ¡Tatatá! ¡qué libros! ¡Al fuego!

Y se quemaron libros inocentes, escritos por autores simples. Ni el mismo «Capitán Juan,» obrita cándida, consiguió librarse. Primo Primitivo tenía razón: los justos pagan por los pecadores.

Cuatro ó cinco horas más tarde, en una tertulia de pretensiones en Intramuros se comentaban los acontecimientos del día. Eran muchas viejas y solteronas casaderas, mujeres ó hijas de empleados, vestidas de bata, abanicándose y bostezando. Entre los hombres, que, al igual de las mujeres, delataban en sus facciones su instrucción y origen, había un señor de edad, pequeñito y manco, á quien trataban con mucha consideración y que guardaba con respecto á los demás un desdeñoso silencio.

—A la verdad que antes no podía sufrir á los frailes y guardias civiles por lo mal educados que son,—decía una señora gruesa;—pero ahora que veo su utilidad y servicios, casi me casaría gustosa con cualquiera de ellos. Yo soy patriota.

—¡Lo mismo digo!—añadió una flaca;—¡qué lástima que no tengamos al anterior gobernador: aquél dejaría el país limpio como una patena!

—¡Y se acabaría la ralea de filibusterillos!

—¿No dicen que quedan muchas islas por poblar? ¿Por qué no deportan allá á tantos indios chiflados? A ser yo el Capitán general...

—Señoras,—dijo el manco:—el Capitán general sabe su deber; según he oído, está muy irritado, pues habían colmado de favores á ese Ibarra.

—¡Colmado de favores!—repetía la flaca, abanicándose furiosa;—¡miren ustedes lo ingratos que son estos indios! ¿Se los puede tratar acaso como personas? ¡Jesús!

—Y ¿saben ustedes lo que he oído?—preguntaba un militar.

—¡A ver!—¿Qué es? ¿Qué dicen?

—Personas fidedignas—dijo el manco en medio del mayor silencio—aseguran que todo aquel ruido de levantar una escuela era puro cuento.

—¡Jesús! ¿ustedes han visto?—exclamaron ellas creyendo ya en el cuento.

—La escuela era un pretexto; lo que quería levantar era un fuerte, desde donde poderse bien defender cuando vayamos á atacarle...

—¡Jesús! ¡qué infamia! Sólo un indio es capaz de tener tan cobardes pensamientos,—exclamaba la gorda.—Si fuera yo el Capitán general, ya verían... ya verían...

—¡Lo mismo digo!—exclamaba la flaca dirigiéndose al manco.—¡Prendía á todo abogadillo, cleriguilo, comerciante, y sin formación de causa, desterrados ó bajo partida de registro! ¡El mal arrancarlo de raíz!

—¡Pues se dice que el filibustero ese es hijo de españoles!—observó el manco sin mirar á nadie.

—¡Ah, ya!—exclama impertérrita la gorda;—¡siempre iban á ser los criollos! ¡ningún indio entiende de revolución! ¡Cría cuervos... cría cuervos!...

—¿Saben ustedes lo que he oído decir?—pregunta una criolla que así corta la conversación.—La mujer de capitán Tinong... ¿se acuerdan ustedes? aquel en cuya casa bailamos y cenamos en la fiesta de Tondo...

—¿Aquel que tiene dos hijas? y ¿qué?

—Pues la mujer acaba de regalar esta tarde al Capitán general ¡un anillo de mil pesos de valor!

El manco se vuelve.

—¿De veras? y ¿por qué?—pregunta con ojos brillantes.

—La mujer decía, como regalo de Pascua...

—¡La Pascua no viene dentro de un mes!

—Temerá que le venga el chaparrón encima...—observa la gorda.

—Y se pone á cubierto,—añade la flaca.

—¡Satisfacción no reclamada, culpa confesada!

—En eso pensaba yo; usted ha puesto el dedo en la llaga.

—Es menester ver bien eso,—observa pensativo el manco;—me temo que allí haya gato encerrado.

—¡Gato encerrado, eso! eso iba yo á decir,—repite la flaca.

—Y yo,—dice otra arrebatándole la palabra;—la mujer de capitán Tinong es muy avara... aún no nos ha enviado ningún regalo y eso que hemos estado en su casa. Con que cuando una agarrada y codiciosa suelta un regalito de mil pesitos...

—Pero ¿es cierto eso?—preguntó el manco.

—¡Y tanto! ¡y tan cierto! se lo ha dicho á mi prima su novio, el ayudante de S. E. Y estoy por creer que es el mismo anillo que llevaba puesto la mayor el día de la fiesta. ¡Va siempre llena de brillantes!

—¡Un escaparate andando!

—¡Una manera de hacer reclamo como otra cualquiera! En lugar de comprar un figurín ó pagar una tienda...

El manco abandonó la tertulia dando un pretexto.

Y dos horas después, cuando ya todos dormían, varios vecinos de Tondo recibieron una invitación por medio de soldados... La Autoridad no podía consentir que ciertas personas de posición y propiedades durmiesen en casas tan mal guardadas y poco refrescadas: en la Fuerza de Santiago y otros edificios del gobierno el sueño sería más tranquilo y reparador. Entre estas personas favorecidas estaba incluído el infeliz capitán Tinong.


[1] Mote aplicado al general Jovellar. [↑]

[2] Nombre filipino del tifón. [↑]

[3] ¿Qué veo? ¿por qué? (N. del A.) [↑]

[4] ¿Qué preguntáis? Nada existe en la inteligencia que no haya pasado antes por los sentidos. No se desea lo que se desconoce (Esta nota y las siguientes son de Rizal). [↑]

[5] ¿Entre qué gentes estamos? [↑]

[6] ¿El alzamiento sofocado de Ibarra contra el alférez de la guardia civil? ¿Qué mas? [↑]

[7] Amigo, Platón es mi amigo, pero lo es más la verdad. El negocio es malo y temo un horrible fin. [↑]

[8] A palos se le arguye al que niega los principios. [↑]

[9] Catolis, en vez de qui tollis, etc. [↑]

[10] ¡Ay de ellos! donde hay humo hay fuego. Cada cual busca su pareja; es así que le ahorcan á Ibarra, luego serás ahorcado... [↑]

[11] No temo la muerte en el catre, pero sí en el espaldón da Bagumbayan. [↑]

[12] Lo escrito testifica. Lo que no curan los medicamentos, lo cura el hierro; lo que no cura el hierro, lo cura el fuego. [↑]

[13] A grandes males grandes remedios. [↑]

[14] Pérfida ¿querías conservarlos también? [↑]

[15] Arded, malditos, en el fuego del hornillo... [↑]

LX

María Clara se casa

Capitán Tiago está muy contento. En toda esta terrible temporada nadie se ha ocupado de él: no le han preso, no le han sometido á incomunicaciones, interrogatorios, máquinas eléctricas, pediluvios continuos en habitaciones subterráneas, y otras picardías más, que conocen bien ciertos personajes que se llaman á sí mismos civilizados. Sus amigos, es decir, los que lo fueron (porque el hombre ya renegó de sus amigos filipinos, desde el instante en que fueron sospechosos para el gobierno) han vuelto también á sus casas, después de algunos días de vacaciones en los edificios del Estado. El Capitán general mismo había ordenado que se los echase de sus posesiones, no juzgándolos bastante dignos para que pudiesen permanecer en ellas, con gran disgusto del manco, que quería celebrar las próximas Pascuas en su abundante y rica compañía.

Capitán Tinong volvió á su casa enfermo, pálido, hinchado,—la excursión no le había probado bien,—y tan cambiado que no dice una palabra, ni saluda á su familia que llora, ríe, habla y se vuelve loca de contento. El pobre hombre ya no sale de casa por no correr el peligro de saludar á un filibustero. El mismo primo Primitivo, con toda la sabiduría de los antiguos, no le podía sacar de su mutismo.

Crede, prime,—le decía:—si no llego á quemar todos tus papeles, te aprietan el cuello; pero si quemo toda la casa, no te tocan ni el pelo. Pero quod eventum, eventum; Gratias agamus Domino Deo quia non in Marianis Insulis es, camotes seminando[1].

Historias parecidas á las de capitán Tinong no las ignoraba capitán Tiago. El hombre rebosaba de gratitud, sin saber á punto fijo á quién deber tan señalados favores. Tía Isabel atribuía el milagro á la Virgen de Antipolo, á la Virgen del Rosario, ó por lo menos á la Virgen del Carmen, y cuando menos, cuando menos, es lo menos que ella puede conceder, á Nuestra Señora de la Correa: según ella, el milagro no podía escapar de allí. Capitán Tiago no negaba el milagro, pero añadía:

—Lo creo, Isabel, pero no lo habrá hecho la Virgen de Antipolo sola; mis amigos habrán ayudado, mi futuro yerno, el señor Linares, que, ya sabes, embroma al mismo señor Antonio Cánovas, aquel cuyo retrato nos trae la ilustración, aquel que no se digna enseñar á la gente más que media cara.

Y el buen hombre no podía reprimir una sonrisa de satisfacción cada vez que oía una importante noticia acerca de los acontecimientos. Y no había para menos. Se cuchicheaba por lo bajo que Ibarra sería ahorcado; que si bien faltaban muchas pruebas para condenarle, últimamente había aparecido una que confirmaba la acusación; que los peritos habían declarado que, en efecto, las obras de la escuela podían pasar por un baluarte, una fortificación, si bien algo defectuosa como no se podía menos de esperar de los indios ignorantes. Estos rumores le tranquilizaban y le hacían sonreir.

De igual manera que capitán Tiago y su prima divergían en sus opiniones, los amigos de la familia se dividían también en dos partidos: uno milagrero y otro gubernamental, aunque este último era insignificante. Los milagreros estaban subdivididos: el sacristán mayor de Binondo, la vendedora de velas y el jefe de una cofradía veían la mano de Dios, movida por la Virgen del Rosario; el chino cerero—su proveedor cuando va á Antipolo—decía abanicándose y agitando la pierna:

—No siya osti gongong; ¡Míligen li Antipulo esi! Esi pueli más con tolo; no siya osti gongong[2].

Capitán Tiago tenía en mucha estima al chino, que se hacía pasar por profeta, médico, etc. Examinando la palma de la mano de su difunta esposa, en el sexto mes de embarazo, había pronosticado:

—¡Si esi no hómele y no pactaylo, mujé juete-juete![3]

Y María Ciara vino al mundo para cumplir la profecía del infiel.

Capitán Tiago, pues, hombre prudente y temeroso, no podía decidirse tan fácilmente como el troyano Paris; no podía dar así así la preferencia á una de las dos Vírgenes por temor de ofender á la otra, lo cual podría acarrear graves consecuencias.—«¡Prudencia!—se decía á sí mismo;—no vayamos ahora á echarlo á perder.»

En estas dudas se hallaba cuando el partido gubernamental llegó: doña Victorina, don Tiburcio y Linares.

Doña Victorina habló por los tres varones y por ella misma, mencionó las visitas de Linares al Capitán General, é insinuó repetidas veces la conveniencia de un pariente de categoría.

—¡Na!—concluía,—como ezimoz: el que á buena zombra ze cobija, buen palo ze le arrima.

—¡A... a... al revés, mujer!—corrigió el doctor.

Desde hace días pretende ella andaluzarse con suprimir la d y poner z por s, y esta idea no había quien se la quitase de la cabeza; primero se dejaba arrancar los rizos postizos.

—¡Zí!—añadía hablando de Ibarra;—eze lo tenía muy merezío; yo ya lo ije cuano le vi la primera vez: ezte ez un filibuztero. ¿Qué te ijo á tí, primo, el general? ¿Qué le haz icho, qué noticiaz le izte e Ibarra?

Y viendo que el primo tardaba en contestar, prosiguió, dirigiéndose á capitán Tiago:

—Créame uzté, zi le conenan á muelte, como ez e ezperar, zerá por mi primo.

—¡Señora! ¡señora!—protestó Linares.

Pero ella no le dió tiempo.

—¡Ay que iplomático te haz güerto! Zabemos que erez el conzejero del general, que no puee vivir zin tí... ¡Ah, Clarita, qué placer e verte!

María Clara aparecía pálida aún, aunque ya bastante repuesta de su enfermedad. La larga cabellera iba recogida por una cinta de seda de un ligero azul. Saludó tímidamente, sonriendo con tristeza, y se acercó á doña Victorina para el beso de ceremonia.

Después de las frases de costumbre, prosiguió la pseudoandaluza:

—Venimoz á vizitaroz; oz habeiz zalbao graciaz á vuestraz relacionez!—y miró significativamente á Linares.

—¡Dios ha protegido á mi padre!—contestó en voz baja la joven.

—Zí, Clarita, pero el tiempo e loz milagros ya ha pazao: nozotroz loz españolez ecimoz: «Dezconfía e la virgen y échate á corré».

—¡A... a... al revés!

Capitán Tiago, que hasta entonces no había encontrado tiempo para hablar, se atrevió á preguntar, poniendo mucha mucha atención á la respuesta:

—¿De modo que usted, doña Victorina, cree que la Virgen?...

—Venimoz precizamente á hablar con uzté e la virgen,—contestó ella misteriosamente señalando á María Clara;—tenemoz que hablar e negocioz.

La joven comprendió que debía retirarse; buscó un pretexto y se alejó, apoyándose en los muebles.

Lo que en esta conferencia se dijo y se habló es tan bajo y tan mezquino, que preferimos no referirlo. Baste decir que cuando se despidieron, estaban todos alegres, y que después capitán Tiago decía á tía Isabel:

—¡Avisa á la fonda que mañana damos una fiesta! Vete preparando á María, que la casamos dentro de poco.

Tía Isabel la miró espantada.

—¡Ya lo verás! Cuando el señor Linares sea nuestro yerno, subiremos y bajaremos todos los palacios; nos tendrán envidia, se morirán todos de envidia!

Y así fué como á las ocho de la noche del siguiente día estaba llena otra vez la casa de capitán Tiago, sólo que ahora sus invitados son únicamente españolas y chinos; el bello sexo está representado por españolas, peninsulares y filipinas.

Allí están la mayor parte de nuestros conocidos: el padre Sibyla, el padre Salví entre varios franciscanos y dominicos; el viejo teniente de la guardia civil, señor Guevara, más sombrío que antes; el alférez que cuenta por la milésima vez su batalla, mirando por encima de sus hombros á todos, creyéndose un don Juan de Austria; ahora es teniente con grado de comandante; de Espadaña que le mira con respeto y temor y le esquiva sus miradas, y doña Victorina despechada. Linares no había llegado aún, pues, como personaje importante, debía llegar más tarde que los otros: hay seres tan cándidos que con una hora de atraso en todo se quedan grandes hombres.

En el grupo de las mujeres era María Clara el objeto de la murmuración: la joven las había saludado y recibido ceremoniosamente, sin perder su aire de tristeza.

—¡Pst!—decía una joven;—orgullosita...

—Bonitilla,—contestaba otra;—pero él podía haber escogido otra que tuviese menos cara de tonta.

—El oro, chica; el buen mozo se vende.

En otra parte se decía:

—¡Casarse cuando el primer novio está para ser ahorcado!

—A eso llamo yo ser prudente: tener á mano un sustituto.

—Pues cuando enviude...

Estas conversaciones las oía quizás la joven, que estaba sentada en una silla, arreglando una bandeja de flores, porque se la veía temblar, palidecer y morderse varias veces los labios.

En el círculo de los hombres, la conversación era en voz alta, y naturalmente, versaba sobre los últimos acontecimientos. Todos hablaban, hasta don Tiburcio; todos menos el padre Sibyla, que guardaba desdeñoso silencio.

—He oído decir que deja vuestra reverencia el pueblo, padre Salví,—pregunta el nuevo teniente á quien ha hecho más amable su nueva estrella.

—Nada tengo que hacer ya en él; me he de fijar para siempre en Manila... ¿y usted?

—Dejo también el pueblo,—contestó estirándose;—el gobierno me necesita para que con una columna volante desinfecte las provincias de filibusteros.

Fray Sibyla le mira rápidamente de pies á cabeza y le vuelve las espaldas por completo.

—¿Se sabe ya de cierto qué va á ser del cabecilla, del filibusterillo?—preguntó un empleado.

—¿Habla usted de Crisóstomo Ibarra?—pregunta otro. Lo más probable y más justo es que sea ahorcado como los del setenta y dos.

—¡Va desterrado!—dice secamente el viejo teniente.

—¡Desterrado! ¡Nada más que desterrado! ¡Pero será un destierro perpetuo!—exclaman varios á la vez.

—Si ese joven,—prosiguió el teniente Guevara en voz alta y severa,—hubiese sido más precavido; si hubiera confiado menos en ciertas personas, con quienes se escribe; si nuestros fiscales no supiesen interpretar demasiado sutilmente lo escrito, ese joven de seguro que habría salido absuelto.

Esta declaración del viejo teniente y el tono de su voz produjeron una gran sorpresa en el auditorio, que no supo qué decir. El padre Salví miró á otra parte, quizás para no ver la mirada sombría que le dirigía el anciano. María Clara dejó caer las flores y se quedó inmóvil. El padre Sibyla, que sabía callar, parecía también que era el único que sabía preguntar.

—¿Habla usted de cartas, señor de Guevara?

—Hablo de lo que me dijo el defensor, que ha tomado la causa con celo é interés. Fuera de algunas ambiguas líneas, que este joven escribió á una mujer antes de partir para Europa, líneas en que el fiscal vió el proyecto y una amenaza contra el gobierno, y que él reconoció como suyas, no se le podía encontrar por donde acusarle.

—Y ¿la declaración del bandido antes de morir?

—El defensor la anuló, pues, según el bandido mismo, ellos jamás se habían comunicado con el joven, si no sólo con un tal Lucas, que era enemigo suyo según se pudo comprobar, y que se ha suicidado acaso por los remordimientos. Se probó que los papeles encontrados en poder del cadáver eran falsificados, pues la letra era igual á la que tenía el señor Ibarra hace siete años, pero no á la de ahora, lo que hace suponer que el modelo sea esta carta acusadora. Aún más, el defensor decía que si el señor Ibarra no hubiera querido reconocer la carta, mucho se habría podido hacer por él; pero á su vista se puso pálido, perdió el ánimo y ratificó cuanto en ella había escrito.

—Decía usted—preguntó un franciscano—que iba dirigida la carta á una mujer; ¿cómo llegó á manos del fiscal?

El teniente no respondió; miró un momento al padre Salví y se alejó, retorciendo nerviosamente la afilada punta de su barba gris, mientras los otros hacían comentarios.

—¡Ahí se ve la mano de Dios!—decía uno;—hasta las mujeres le tienen odio.

—Hizo quemar su casa creyendo salvarse, pero no contaba con la huéspeda, esto es, con la querida, con la babai, —añadió otro riendo.—¡Está de Dios! ¡Santiago cierra España!

Entretanto el viejo militar se detuvo en uno de sus paseos y se acercó á María Clara, que escuchaba la conversación inmóvil en su asiento; á sus pies se veían las flores.

—Usted es una joven muy precavida,—le dijo el viejo teniente en voz baja;—ha hecho usted bien en entregar la carta... así se aseguran ustedes un tranquilo porvenir.

Ella le vió alejarse y se estremeció, mordiéndose los labios. Afortunadamente pasó la tía Isabel. María Clara tuvo la fuerza suficiente para cogerla del vestido.

—¡Tía!—murmuró.

—¿Qué tienes?—preguntó ésta espantada, al ver la cara de la joven.

—¡Conducidme á mi cuarto!—suplicó colgándose del brazo de la anciana para levantarse.

—¿Estás enferma, hija mía? ¿qué tienes?

—Un mareo... la gente de la sala... tanta luz... necesito descansar. Decid á mi padre que dormiré.

—¡Estás fría! ¿quieres té?

María Clara movió la cabeza negativamente, cerró con llave la puerta de su alcoba y sin fuerzas se dejó caer en el suelo, al pie de una imagen, sollozando:

—¡Madre, madre, madre mía!

Por la ventana y la puerta que comunicaba con la azotea, entraba la luz de la luna.

La música seguía tocando alegres valses; llegaban hasta la alcoba la risas y el run run de las conversaciones; varias veces llamaron á la puerta su padre, tía Isabel, doña Victorina y aun Linares, pero María Clara no se movió: un estertor se escapaba de su pecho.

Pasaron horas; las alegrías de la mesa terminaron, se oía bailar, cantar, se consumió la bujía y se apagó, pero la joven continuaba aún inmóvil en el suelo, iluminada por los rayos de la luna, al pie de la imagen de la Madre de Jesús.

La casa volvió á quedar poco á poco en silencio, se apagaron las luces, tía Isabel llamó de nuevo á la puerta.

—¡Vamos, se ha dormido!—dijo la tía en voz alta;—como es joven y no tiene ningún cuidado, duerme como un cadáver.

Cuando todo estuvo en silencio, ella se levantó lentamente y paseó una mirada á su alrededor, vió la azotea, los pequeños emparrados, bañados por la melancólica luz de la luna.

—¡Un tranquilo porvenir! ¡Dormir como un cadáver!—murmuró en voz baja y se dirigió á la azotea.

La ciudad dormía; sólo se oía de tiempo en tiempo el ruido de un coche, pasando el puente de madera sobre el río, cuyas solitarias aguas reflejaban tranquilas la luz de la luna.

La joven levantó los ojos al cielo de una limpidez de zafir; quitóse lentamente sus anillos, pendientes, agujas y peineta, colocándolos sobre el antepecho de la azotea, y miró hacia el río.

Una banca, cargada de zacate, se detenía al pie del embarcadero, que tiene cada casa á orillas del río. Uno de los dos hombres que la tripulaban subió la escalera de piedra, saltó el muro, y segundos después, se oían sus pasos subiendo la escalera de la azotea.

María Clara le vió detenerse al descubrirla, pero sólo fué un momento, porque el hombre avanzó lentamente, y á tres pasos de la joven se detuvo. María Clara retrocedió.

—¡Crisóstomo!—murmuró llena de terror.

—¡Sí, soy Crisóstomo!—repuso el joven en voz grave:—un enemigo, un hombre que tenía razones para odiarme, Elías, me ha sacado de la prisión en que me han arrojado mis amigos.

A estas palabras siguió un triste silencio; María Clara inclinó la cabeza y dejó caer ambas manos.

Ibarra continuó:

—Junto al cadáver de mi madre juré hacerte feliz, ¡sea cual fuere mi destino! Pudiste faltar á tu juramento, ella no era tu madre; pero yo, yo que soy su hijo, tengo su memoria por sagrada, y al través de mil peligros he venido aquí á cumplir con el mío, y la casualidad permite que te hable á tí misma María, no nos volveremos á ver; eres joven y acaso algún día tu conciencia te acuse... vengo á decirte, antes de partir, que te perdono. Ahora ¡sé feliz y adiós!

Ibarra trató de alejarse, pero la joven le detuvo.

—¡Crisóstomo!—dijo;—Dios te ha enviado para salvarme de la desesperación... ¡óyeme, y júzgame!

Ibarra quiso deshacerse dulcemente de ella.

—No he venido á pedirte cuenta de tus actos... he venido para darte la tranquilidad.

—No quiero esa tranquilidad que me regalas; ¡la tranquilidad me la daré yo misma! ¡Tú me desprecias, y tu desprecio me hará amarga hasta la muerte!

Ibarra vió la desesperación y el dolor de la pobre mujer, y le preguntó qué deseaba.

—¡Que creas que te he amado siempre!

Crisóstomo sonrió con amargura.

—¡Ah! tú dudas de mí, dudas de la amiga de tu infancia, que jamás te ha ocultado un solo pensamiento!—exclamó con dolor la joven. ¡Te comprendo! Cuando sepas mi historia, la triste historia que me revelaron durante mi enfermedad, te compadecerás de mí y no tendrás esa sonrisa para mi dolor. ¿Por qué no has dejado que me muriese en manos de mi ignorante médico? ¡Tú y yo habríamos sido más felices!

María Clara descansó un momento y continuó:

—¡Tú lo has querido, tú has dudado de mí, que mi madre me perdone! En una de las dolorosas noches de mis padecimientos, un hombre me reveló el nombre de mi verdadero padre, y me prohibió tu amor... ¡á no ser que mi padre mismo te perdonara el agravio que le has inferido!

Ibarra retrocedió y miró espantado á la joven.

—Si,—continuó ella;—el hombre me dijo que no podía permitir nuestra unión, pues su conciencia se lo prohibiría, y se vería obligado á publicarlo, á riesgo de causar un grande escándalo, porque mi padre es...

Y murmuró al oído del joven un nombre en voz tan baja, que sólo él lo oyó.

—¿Qué iba yo á hacer? ¿Debía yo sacrificar á mi amor la memoria de mi madre, el honor de mi padre falso y el buen nombre del verdadero? ¿Podía hacerlo sin que tú mismo me despreciaras?

—Pero ¿pruebas, tuviste pruebas? ¡Tú necesitabas pruebas!—exclamó Crisóstomo convulso.

La joven sacó de su seno dos papeles.

—¡Dos cartas de mi madre, dos cartas escritas en medio de sus remordimientos, cuando me llevaba en sus entrañas! Toma, léelas, y verás cómo ella me maldice y desea mi muerte... ¡mi muerte que en vano procuró mi padre con medicinas! Estas cartas las ha olvidado él en la casa donde vivió, el hombre las encontró y conservó, y sólo me las entregó á cambio de tu carta... para asegurarse, según decía, de que no me iba á casar contigo sin el consentimiento de mi padre. Desde que las llevo sobre mí, en lugar de tu carta, siento el frío sobre el corazón. Te sacrifiqué, sacrifiqué mi amor... ¿qué no hace una por una madre muerta y dos padres vivos? ¿Sospechaba yo el uso que iban á hacer de tu carta?

Ibarra estaba aterrado. María Clara prosiguió:

—¿Qué me quedaba ya? ¿podía decirte por ventura quién era mi padre, podía decirte que le pidieses perdón, á él que tanto ha hecho sufrir al tuyo? ¿podía decirle á mi padre acaso que te perdonara, podía decirle que yo era su hija, á él que tanto ha deseado mi muerte? ¡Sólo me restaba sufrir, guardar conmigo el secreto, y morir sufriendo!... Ahora, amigo mío, ahora que sabes la triste historia de tu María, ¿tendrás aún para ella esa desdeñosa sonrisa?

—¡María, tú eres una santa!

—Soy feliz, puesto que tú me crees...

—Sin embargo,—añadió el joven cambiando de tono,—he oído que te casas...

—¡Sí!—sollozó la joven;—mi padre me exige este sacrificio... él me ha amado y alimentado y no era su deber; yo le pago esta deuda de gratitud asegurándole la paz por medio de este nuevo parentesco, pero...

—¿Pero?

—No olvidaré los juramentos de fidelidad que te hice.

—¿Qué meditas hacer?—preguntó Ibarra tratando de leer en sus ojos.

—¡El porvenir es obscuro y el Destino está entre sombras! no sé lo que he de hacer; pero sabe que yo amo una sola vez, y sin amor jamás seré de nadie. Y de ti, ¿qué va á ser de ti?

—No soy más que un fugitivo... huyo. Dentro de poco se descubrirá mi fuga, María...

María Clara cogió la cabeza del joven entre sus manos, le besó repetidas veces en los labios, le abrazó, y después, alejándole bruscamente de sí:

—¡Huye, huye!—le dijo;—¡huye, adiós!

Ibarra la miró con ojos brillantes, pero, á una señal de la joven, se alejó ebrio, vacilante...

Saltó otra vez el muro y entró en la banca. María Clara, apoyada sobre el antepecho le miraba alejarse.

Elías se descubrió y la saludó profundamente.


[1] Lo sucedido, sucedido. Demos gracias á Dios que no estás en las Islas Marianas sembrando camotes (Camotes, patatas de Málaga, Convolvulus batatas P. Bl.) [↑]

[2] No sea usted tonto, ¡es la Virgen de Antipolo! Esa puede más que todos; no sea usted tonto. [↑]

[3] Si no es hombre y no se muere, será una buena mujer. [↑]

LXI

La caza en el lago

—Oíd, señor, el plan que he meditado,—dijo Elías pensativo mientras se dirigían á San Gabriel.—Os ocultaré ahora en casa de un amigo mió en Mandaluyong; os traeré todo vuestro dinero, que he salvado y guardado al pie del balití, en la misteriosa tumba de vuestro abuelo; dejaréis el país...

—¿Para ir al extranjero?—interrumpió Ibarra.

—Para vivir en paz los días que os quedan de vida. Tenéis amigos en España, sois rico, podréis haceros indultar. De todos modos, el extranjero para nosotros es una patria mejor que la propia.

Crisóstomo no contestó; meditó en silencio.

Llegaban en aquel momento al Pásig y la banca empezó á subir la corriente. Sobre el puente de España corría un jinete aprisa y se oía un prolongado y agudo silbido.

—Elías,—repuso Ibarra;—debéis vuestra desgracia á mi familia; me habéis salvado la vida dos veces, y os debo no sólo gratitud, sino también una restitución de vuestra fortuna. Me aconsejáis que viva en el extranjero, pues venid conmigo y vivamos como hermanos. Aquí sois también desgraciado.

Elías movió tristemente la cabeza y contestó:

—¡Imposible! Es verdad que yo no puedo amar ni ser feliz en mi país, pero puedo sufrir y morir en él, y acaso por él: siempre es algo. ¡Que la desgracia de mi patria sea mi propia desgracia, y puesto que no nos une un noble pensamiento, puesto que no laten nuestros corazones á un solo nombre, al menos que á mis paisanos me una la común desventura, al menos que llore yo con ellos nuestros dolores, que un mismo infortunio oprima nuestros corazones!

—Entonces ¿por qué me aconsejáis que parta?

—Porque en otra parte podéis ser feliz y yo no, porque no estáis hecho para sufrir, y porque aborreceríais vuestro país, si un día os vieseis por causa suya desgraciado: y aborrecer á su patria es la mayor desventura.

—¡Sois injusto conmigo!—exclamó Ibarra con amargo reproche;—olvidáis que, apenas llegado aquí, me he puesto á buscar su bien...

—No os ofendáis, señor, no os hago ningún reproche: ¡ojalá todos puedan imitaros! Pero yo no os pido imposibles, y no os ofendáis si os digo que vuestro corazón os engaña. Amabais á vuestra patria porque vuestro padre así os lo ha enseñado; la amabais porque en ella teníais amor, fortuna, juventud, porque todo os sonreía, vuestra patria no os había hecho ninguna injusticia; la amabais como amamos todo aquello que nos hace felices. Pero el día en que os veais pobre, hambriento, perseguido, delatado y vendido por vuestros mismos compatriotas, ese día renegaréis de vos, de vuestra patria y de todos.

—Vuestras palabras me lastiman,—dijo Ibarra resentido.

Elías bajó la cabeza, meditó y repuso:

—Yo quiero desengañaros, señor, y evitaros un triste porvenir. Acordaos de aquella vez cuando yo os hablaba en esta misma banca y á la luz de esta misma luna, hará un mes, días más días menos: entonces erais feliz. La súplica de los desgraciados no llegaba hasta vos: desdeñasteis sus quejas porque eran quejas de criminales; disteis más oídos á sus enemigos y, á pesar de mis razones y ruegos, os pusisteis del lado de sus opresores, y de vos dependía entonces el que yo me convirtiese en criminal ó me dejase matar para cumplir una palabra sagrada. Dios no lo ha permitido porque el anciano jefe de los malhechores ha muerto... ¡Ha pasado un mes y ahora pensáis de otra manera!

—Tenéis razón, Elías, pero el hombre es un animal de circunstancias: entonces estaba cegado, disgustado, ¿qué sé yo? Ahora la desgracia me ha arrancado la venda; la soledad y la miseria de mi prisión me han enseñado; ahora veo el horrible cáncer que roe á esta sociedad, que se agarra á sus carnes y que pide una violenta extirpación. ¡Ellos me han abierto los ojos, me han hecho ver la llaga y me fuerzan á ser criminal! Y pues que lo han querido, seré filibustero, pero verdadero filibustero; llamaré á todos los desgraciados, á todos los que dentro del pecho sienten latir un corazón, á esos que os enviaban á mí... ¡no, no seré criminal, nunca lo es el que lucha por su patria, al contrario! Nosotros, durante tres siglos, les tendemos la mano, les pedimos amor, ansiamos llamarlos nuestros hermanos, ¿cómo nos contestan? Con el insulto y la burla, negándonos hasta la cualidad de seres humanos. ¡No hay Dios, no hay esperanzas, no hay humanidad; no hay más que el derecho de la fuerza!

Ibarra estaba nervioso; todo su cuerpo temblaba.

Pasaron por delante del palacio del General y creyeron notar movimiento y agitación en los guardias.

—¿Se habrá descubierto la fuga?—murmuró Elías.—Acostaos, señor, para que os cubra con el zacate, pues pasaremos al lado del Polvorista, y al centinela puede chocarle el que seamos dos.

La banca era una de esas finas y estrechas canoas que no bogan sino que resbalan por encima del agua.

Como Elías había previsto, el centinela le paró y le preguntó de dónde venía.

—De Manila, de dar zacate á los oidores y curas,—contestó imitando el acento de los de Pandakan.

Un sargento salió y enteróse de lo que pasaba.

—¡Sulung!—díjole éste;—te advierto que no recibas en la banca á nadie; un preso acaba de escaparse. Si le capturas y me lo entregas te daré una buena propina.

—Está bien, señor; ¿qué señas tiene?

—Va de levita y habla español; con que ¡cuidao!

La banca se alejó. Elías volvió la cara y vió la silueta del centinela, de pie junto á la orilla.

—Perderemos algunos minutos de tiempo,—dijo en voz baja;—debemos entrar en el río Beata para simular que soy de Peña Francia. Veréis el río que cantó Francisco Baltasar.

El pueblo dormía á la luz de la luna. Crisóstomo se levantó para admirar la paz sepulcral de la naturaleza. El río era estrecho y sus orillas formaban llano, sembrado de zacate.

Elías arrojó su carga en la orilla, cogió una larga caña y sacó debajo de la hierba algunos vacíos bayones ó sacos hechos de hoja de palmera. Siguieron navegando.

—Sois dueño de vuestra voluntad, señor, y de vuestro porvenir,—dijo á Crisóstomo que se mantenía silencioso.—Pero si me permitís una observación, os diré: Mirad bien lo que vais á hacer, vais á encender la guerra, pues tenéis dinero, cabeza y encontraréis pronto muchos brazos, fatalmente hay muchos descontentos. Mas, en esta lucha que vais á emprender, los que más sufrirán son los indefensos é inocentes. Los mismos sentimientos que hace un mes, hacían que me dirigiese á vos pidiendo reformas, son también los que me mueven ahora á deciros que meditéis. El país, señor, no piensa separarse de la madre patria; no pide más que un poco de libertad, de justicia y de amor. Os secundarán los descontentos, los criminales, los desesperados, pero el pueblo se abstendrá. Os equivocáis, si, viendo todo obscuro, creéis que el país está desesperado. El país sufre, sí, pero aún espera, cree, y sólo se levantará cuando haya perdido la paciencia, esto es, cuando lo quieran los que gobiernan, lo cual aún está lejos. Yo mismo no os seguiría; jamás acudiré á esos remedios extremos mientras vea esperanza en los hombres.

—¡Entonces iré sin vos!—repuso Crisóstomo resuelto.

—¿Es vuestra firme decisión?

—¡Firme y única, testigo la memoria de mi padre! Yo no me dejo arrancar impunemente paz y felicidad, yo que sólo he deseado el bien, yo que todo lo he respetado y sufrido por amor á una religión hipócrita, por amor á una patria. ¿Cómo me han correspondido? Hundiéndome en un calabozo infame y prostituyendo á mi futura esposa. ¡No, no vengarme sería un crimen, sería animarlos á nuevas injusticias! ¡No, fuera cobardía, pusilanimidad, gemir y llorar cuando hay sangre y vida, cuando al insulto y al reto se une el escarnio! ¡Yo llamaré á ese pueblo ignorante, le haré ver su miseria; que no piense en hermanos; sólo hay lobos que se devoran, y les diré que contra esta opresión se levanta y protesta el eterno derecho del hombre para conquistar su libertad!

—¡El pueblo inocente sufrirá!

—¡Mejor! ¿Podéis conducirme hasta la montaña?

—¡Hasta que estéis en seguridad!—contestó Elías.

Salieron de nuevo al Pásig. Hablaban de cuando en cuando de cosas indiferentes.

—¡Santa Ana!—murmuró Ibarra;—¿conoceréis esta casa?

Pasaban delante de la casa de campo de los jesuítas.

—¡Allí pasé yo muchos días felices y alegres!—suspiró Elías.—En mi tiempo veníamos cada mes... entonces era yo como los otros: tenía fortuna, familia, soñaba y vislumbraba un porvenir. En esos días veía á mi hermana en el vecino colegio; me regalaba una labor de sus manos... la acompañaba una amiga, una bella joven. Todo ha pasado como un sueño.

Permanecieron silenciosos hasta llegar á Malapad-na-bató[1]. Los que de noche han surcado alguna vez el Pásig, en una de esas noches mágicas que Filipinas ofrece, cuando la luna derrama desde el límpido azul melancólica poesía: cuando las sombras ocultan la miseria de los hombres y el silencio apaga los mezquinos acentos de su voz; cuando sólo habla la Naturaleza, esos comprenderán lo que meditaban ambos jóvenes.

En Malapad-na-bató, el carabinero tenía sueño, y, viendo que la banca estaba vacía y no ofrecía botín alguno que coger según la tradicional costumbre de su cuerpo y uso de aquel puesto, dejóles pasar fácilmente.

El guardia civil de Pásig tampoco sospechaba nada, y no fueron molestados.

Comenzaba á amanecer cuando llegaron al lago, manso y tranquilo como un gigantesco espejo. La luna palidecía y el Oriente se teñía con rosadas tintas. A cierta distancia columbraron una masa gris que avanzaba poco á poco.

—La falúa viene,—murmura Elías;—acostaos y os cubriré con estos sacos.

Las formas de la embarcación se hacían más claras y perceptibles.

—Se pone entre la orilla y nosotros,—observa Elías inquieto.

Y varió poco á poco la dirección de su banca, remando hacia Binangonan. Con gran estupor notó que la falúa cambiaba también de dirección, mientras una voz le llamaba.

Elías detúvose y reflexionó. La orilla estaba aún lejos y pronto estarían al alcance de los fusiles de la falúa. Pensó volver al Pásig: su banca era más veloz que aquella. Pero ¡fatalidad! otra banca venía del Pásig, y se veían brillar los capacetes y bayonetas de los guardias civiles.

—¡Estamos cogidos!—murmuró palideciendo.

Miróse sus robustos brazos y tomando la única resolución que quedaba, principió á remar con todas sus fuerzas hacia la Isla de Talim. Entretanto, se asomaba el sol.

La banca se deslizaba rápidamente; Elías vió sobre la falúa, que viraba, algunos hombres de pie haciéndole señas.

—¿Sabéis guiar una banca?—preguntó á Ibarra.

—Sí; ¿por qué?

—Porque estamos perdidos si no salto al agua y les hago perder la pista. Ellos me perseguirán, yo nado y buceo bien... yo los alejaré de vos, y después procuráis salvaros.

—¡No; quedaos y vendamos caras nuestras vidas!

—Inútil, no tenemos armas, y con sus fusiles nos matarán como á pajaritos.

En aquel momento se oyó un chiss en el agua como la caída de un cuerpo caliente, seguido inmediatamente de una detonación.

—¿Veis?—dijo Elías poniendo el remo en la banca.—Nos veremos en la Nochebuena en la tumba de vuestro abuelo. ¡Salvaos!

—Y ¿vos?

—Dios me ha sacado de mayores peligros.

Elías se quitó la camisa; una bala la rasgó de sus manos, y dos detonaciones se dejaron oir. Sin turbarse, estrechó la mano de Ibarra, que continuaba tendido en el fondo de la banca; se levantó y saltó al agua, empujando con el pie la pequeña embarcación.

Oyéronse varios gritos, y pronto á alguna distancia apareció la cabeza del joven como para respirar, ocultándose al instante.

—¡Allá, allá está!—gritaron varias voces y silbaron de nuevo las balas.

La falúa y la banca pusiéronse en su persecución: una ligera estela señalaba su paso, alejándose cada vez más de la banca de Ibarra, que bogaba como si estuviese abandonada. Cada vez que el nadador sacaba la cabeza para respirar, disparaban sobre él guardias civiles y falueros.

La caza duraba; la banquilla de Ibarra estaba lejos, el nadador se aproximaba á la orilla, distantes unas cincuenta brazas. Los remeros estaban ya cansados, pero Elías lo estaba también, pues sacaba la cabeza á menudo y cada vez en distinta dirección, como para desconcertar á sus perseguidores. Ya no señalaba la traidora estela el paso del buzo. Por última vez le vieron cerca de la orilla á unas diez brazas, hicieron fuego... después pasaron minutos y minutos; nada volvió á aparecer sobre la superficie tranquila y desierta del lago.

Media hora después, un remero pretendía descubrir en el agua, cerca de la orilla, señales de sangre, pero sus compañeros sacudían la cabeza con un aire que tanto quería decir sí como no.


[1] En tagalo esta voz significa «piedra ancha». Se llama así á una roca escarpada que se ve en el río. Frente á la roca había un puesto de carabineros que vigilaba la entrada de mercancías por el Pásig. [↑]

LXII

El padre Dámaso se explica

En vano se amontonan sobre una mesa los preciosos regalos de boda; ni los brillantes en sus estuches de terciopelo azul, ni los bordados de piña, ni las piezas de seda atraen las miradas de María Clara. La joven mira, sin ver ni leer, el periódico que da cuenta de la muerte de Ibarra, ahogado en el lago.

De repente siente que dos manos se posan sobre sus ojos, la sujetan, y una voz alegre, la del padre Dámaso, le dice:

—¿Quién soy? ¿quién soy?

María Clara salta de su asiento y le mira con terror.

—Tontica, ¿has tenido miedo, eh? ¿No me esperabas, eh? Pues he venido de provincias para asistir á tu casamiento.

Y acercándose con una sonrisa de satisfacción, le tendió la mano para que se la besara. María Clara se inclinó temblorosa y la llevó con respeto á sus labios.

—¿Qué tienes, María?—preguntó el franciscano, perdiendo su sonrisa alegre y llenándose de inquietud;—tu mano está fría, palideces... ¿estás enferma, hijita?

Y el padre Dámaso la atrajo á sí con una ternura de la que no se le hubiera creído capaz, cogió ambas manos de la joven y la interrogó con la mirada.

—¿No tienes ya confianza en tu padrino?—preguntó en tono de reproche;—vamos, siéntate aquí y cuéntame tus disgustillos, como lo hacías conmigo de niña, cuando deseabas velas para hacer muñecas de cera. Ya sabes que te he querido siempre... nunca te he reñido...

La voz del padre Dámaso dejaba de ser brusca y llegaba á tener modulaciones cariñosas. María Clara empezó á llorar.

—¿Lloras, hija mía? ¿por qué lloras? ¿Has reñido con Linares?

María Clara se tapó los oídos.

—¡Nada de él... ahora!—gritó la joven.

Padre Dámaso la miró lleno de asombro.

—¿No quieres confiarme tus secretos? ¿No he procurado siempre satisfacer tus más pequeños caprichos?

La joven levantó hacia él sus ojos llenos de lágrimas, le miró algún rato, y volvió á llorar amargamente.

—¡No llores así, hija mía, que tus lágrimas me hacen daño! ¡Cuéntame tus penas; verás cómo tu padrino te ama!

María Clara se le acercó lentamente, cayó de rodillas á sus pies y levantando su semblante, bañado en llanto, le dijo en voz baja, apenas perceptible:

—¿Me ama usted aún?

—¡Niña!

—¡Entonces... proteja usted á mi padre y rompa mi casamiento!

Y la joven le refirió su última entrevista con Ibarra, ocultando el secreto de su nacimiento.

El padre Dámaso apenas podía creer lo que oía.

—Mientras él vivía,—continuó la joven,—pensaba luchar, esperaba, confiaba. Quería vivir para oir hablar de él... pero ahora que le han muerto, ahora no hay razón para que viva y sufra.

Esto lo dijo ella lentamente, en voz baja, con calma, sin lágrimas.

—Pero, tonta, ¿no es Linares mil veces mejor que?...

—Cuando él vivía, podía yo casarme... pensaba huir después... ¡mi padre no quiere más que el parentesco! Ahora que él está muerto, ningún otro me llamará su esposa... Cuando él vivía, podía yo envilecerme, quedábame el consuelo de saber que él existía y quizás pensaría en mí; ahora que él está muerto... el convento ó la tumba.

El acento de la joven tenía una firmeza tal, que el padre Dámaso perdió su aire alegre y se puso muy pensativo.

—¿Le amabas tanto?—preguntó balbuceando.

María Clara no respondió. Fray Dámaso inclinó la cabeza sobre el pecho y se quedó silencioso.

—¡Hija mía!—exclamó con voz dolorida;—perdóname que te haya hecho infeliz sin saberlo. Yo pensaba en tu porvenir, quería tu felicidad. ¿Cómo podía permitir yo que te casases con uno del país, para verte esposa infeliz y madre desgraciada? Yo no podía quitar de tu cabeza tu amor, y me opuse con todas mis fuerzas, abusé de todo, por tí, solamente por ti. Si hubieses sido su esposa, llorarías después, por la condición de tu marido, expuesto á todas las vejaciones sin medio de defensa; madre, llorarías por la suerte de tus hijos: si los educas, les preparas un triste porvenir; se hacen enemigos de la Religión, y los verás ahorcados ó expatriados; si los dejas ignorantes, ¡los verás tiranizados y degradados! ¡No lo podía consentir! Por esto buscaba para tí un marido que te pudiese hacer madre feliz de hijos que manden y no obedezcan, que castiguen y no sufran... Sabía que tu amigo de la infancia era bueno, le quería á él como á su padre, pero los odié desde que vi que iban á causar tu infelicidad, porque yo te quiero, te idolatro, te amo como se ama á una hija; no tengo más cariño que el tuyo; yo te he visto crecer; no transcurre una hora sin que piense en tí; sueño en tí; tú eres mi única alegría...

Y el padre Dámaso se echó á llorar como un niño.

—Pues bien, si me ama usted no me haga eternamente desgraciada; él ya no vive, quiero ser monja.

—¡Ser monja, ser monja!—repitió.—,Tú no sabes, hija mía, la vida, el misterio que se oculta detrás de los muros del convento, ¡tú no lo sabes! prefiero mil veces verte infeliz en el mundo que en claustro... Aquí tus quejas pueden oirse; allá sólo tendrás los muros... Tú eres hermosa; muy hermosa, y no has nacido para él, para esposa de Cristo. Créeme, hija mía, el tiempo lo borra todo; más tarde te olvidarás, amarás, y amarás á tu marido... á Linares.

—¡O el convento ó... la muerte!—repitió María Clara.

—¡El convento, el convento ó la muerte!—exclamó el padre Dámaso.—María, yo ya soy viejo, no podré velar más tiempo por ti y por tu tranquilidad... Escoge otra cosa, busca otro amor, otro joven, sea quien quiera, todo menos el convento.

—¡El convento ó la muerte!

—¡Dios mío, Dios mío!—gritó el sacerdote, cubriéndose la cabeza con las manos;—tú me castigas, sea; pero vela por mi hija...

Y volviéndose á la joven:

—¿Quieres ser monja? lo serás; no quiero que mueras.

María Clara le cogió ambas manos, las estrechó, las besó arrodillándose.

—¡Padrino, padrino mío!—repetía.

Fray Dámaso salía después triste, cabizbajo y suspirando.

—¡Dios, Dios, tú existes puesto que castigas! Pero véngate en mí y no hieras al inocente, salva á mi hija.

LXIII

La Nochebuena

Arriba, en la vertiente de la montaña, junto á un torrente, se esconde entre los árboles una choza, construída sobre troncos. Sobre su techo de kogon[1], trepa ramosa, cargada de frutas y flores, la calabaza; adornan el rústico hogar cuernas de venado, calaveras de jabalí, algunas con largos colmillos. Allí vive una familia tagala, dedicada á la caza y á cortar leñas.

A la sombra de un árbol, el abuelo hace escobas con los nervios de la palma, mientras una joven coloca en un cesto huevos de gallina, limones y legumbres. Dos muchachos, un niño y una niña, juegan al lado de otro, pálido, melancólico, de ojos grandes y mirada profunda, sentado sobre un caído tronco. En sus enflaquecidas facciones reconoceremos al hijo de Sisa, Basilio, el hermano de Crispín.

—Cuando te pongas bueno del pie,—le decía la niña,—jugaremos pico pico con escondite, yo seré la madre.

—Subirás con nosotros á la cumbre del monte, añadía el niño, beberás sangre de venado con zumo de limón y te pondrás grueso, y entonces te enseñaré á saltar de roca en roca, encima del torrente.

Basilio sonreía con tristeza, miraba la llaga de su pie, y después dirigía la vista al sol que brillaba espléndido.

—Vende estas escobas,—dijo el abuelo á la joven,—y compra algo para tus hermanos que hoy es la Pascua.

—¡Reventadores, quiero reventadores!—gritó el niño.

—¡Yo, una cabeza para mi muñeca!—gritó la niña, cogiendo á su hermana del tapis.

—Y tú ¿qué quieres?—preguntó el abuelo á Basilio.

Este se levantó trabajosamente y se acercó al anciano.

—Señor;—le dijo,—¿he estado, pues, enfermo más de un mes?

—Desde que te encontramos desmayado y lleno de heridas, han pasado dos lunas; creíamos que ibas á morir...

—¡Dios os pague; nosotros somos muy pobres!—repuso Basilio;—pero ya que hoy es Pascua, quiero irme al pueblo para ver á mi madre y á mi hermanito. Me estarán buscando.

—Pero, hijo, todavía no estás bueno y tu pueblo está lejos; no llegas á media noche.

—¡No importa, señor! Mi madre y mi hermanito deben estar muy tristes; todos los años pasamos juntos esta fiesta... el año pasado comimos un pescado entre nosotros tres... Madre habrá estado llorando buscándome.

—¡No llegarás vivo al pueblo, muchacho! Esta noche tenemos gallina y tapa de jabalí. Mis hijos te buscarán cuando vengan del campo...

—Tenéis muchos hijos, y mi madre no tiene más que á nosotros dos; acaso me cree ya muerto. Esta noche quiero darle una alegría, un aguinaldo... un hijo.

El anciano sintió humedecerse sus ojos, puso la mano sobre la cabeza del niño y le dijo conmovido:

—¡Pareces un viejo! ¡Anda, vete, busca á tu madre, dale el aguinaldo... de Dios, como dices; si hubiese sabido el nombre de tu pueblo, habría ido allá cuando estabas malo. Anda, hijo mío, que Dios y el Señor Jesus te acompañen. Lucía, mi nieta, irá contigo hasta el próximo pueblo.

—¿Cómo? ¿te vas?—le pregunta el niño.—Allá abajo hay soldados, hay machos ladrones. ¿No quieres ver mis reventadores? ¡Pum purumpum!

—¿No quieres jugar gallina ciega con escondite?—pregunta á su vez la niña;—¿te has escondido alguna vez? Verdad, no hay cosa más agradable que ser perseguido y esconderse.

Basilio se sonrió; cogió su bastón y con lágrimas en los ojos:

—Volveré pronto,—dijo;—traeré á mi hermanito, le veréis y jugaréis con él; es tan grande como tú.

—¿Anda también cojeando?—preguntó la niña;—entonces le haremos madre en el pico pico.

—No te olvides de nosotros,—le decía el anciano;—llévate esta tapa de jabalí y dáselo á tu madre.

Los niños le acompañaron hasta el puente de caña, colocado sobre el torrente de alborotado curso.

Lucía le hizo apoyarse sobre su brazo y desaparecieron de la vista de los niños.

Basilio marchaba ligero á pesar de su pierna vendada.


El viento del norte silba y los habitantes de San Diego tiritan de frío.

Es la Nochebuena, y sin embargo, el pueblo está triste. Ni un farol de papel cuelga de las ventanas, ningún ruido en las casas anuncia regocijo como otros años.

En el entresuelo de la casa de capitán Basilio, hablan al lado de una reja éste y don Filipo (la desgracia del último los había hecho amigos), mientras que en la otra miran hacia la calle Sinang, su prima Victoria y la bella Iday.

La luna, menguante, empezaba á brillar en el horizonte y doraba nubes, árboles y casas, proyectando largas y fantásticas sombras.

—¡No es poca fortuna la vuestra, salir absueltos en estos tiempos!—decía capitán Basilio á don Filipo; os han quemado vuestro libros, sí, pero otros han perdido más.

Una mujer se acercó á la reja y miró hacia el interior. Sus ojos eran brillantes, sus facciones demacradas, su cabellera suelta y desgreñada: la luna le daba un aspecto singular.

—¡Sisa!—exclamó sorprendido don Filipo,—y volviéndose á capitán Basilio, mientras la loca se alejaba.

—¿No estaba en casa de un médico?—preguntó;—¿se ha curado ya?

Capitán Basilio se sonrió amargamente.

—El médico tuvo miedo de que le acusasen como amigo de don Crisóstomo y la despidió de su casa. Ahora vaga otra vez tan loca como siempre, canta, es inofensiva y vive en el bosque...

—¿Qué cosas más han sucedido en el pueblo desde que lo dejamos? Sé que tenemos cura nuevo y nuevo alférez...

—¡Terribles tiempos, la humanidad retrocede!—murmura capitán Basilio pensando en el pasado.—Veréis: al día siguiente de vuestra marcha encontraron muerto al sacristán mayor, colgado del zaquizamí de su casa. El padre Salví sintió mucho su muerte y se apoderó de todos sus papeles. ¡Ah! el filósofo Tasio murió también y fué enterrado en el cementerio de los chinos.

—¡Pobre don Anastasio!—suspiró don Filipo;—y ¿sus libros?

—Fueron quemados por los piadosos, que así creían agradar á Dios. Nada pude salvar, ni los libros de Cicerón... el gobernadorcillo no hizo nada por impedirlo.

Ambos guardaron silencio.

En aquel momento se oía el canto triste y melancólico de la loca.

—¿Sabes cuándo se casa María Clara?—preguntaba Yday á Sinang.

—No lo sé,—contestó ésta:—recibí una carta de ella, pero no la abro por temor de saberlo. ¡Pobre Crisóstomo!

—Dicen que si no es por Linares, á capitán Tiago le ahorcan; ¿qué iba á hacer María Clara?—observó Victoria.

Un muchacho pasó cojeando; corría en dirección á la plaza, de donde partía el canto de Sisa. Es Basilio. El niño ha encontrado su casa, desierta y en ruinas; después de muchas preguntas sólo sacó que su madre estaba loca y vagaba por el pueblo: de Crispín ni una palabra.

Basilio tragóse las lágrimas, ahogó el dolor y sin descansar fué á buscar á su madre. Llegó al pueblo, preguntó por ella y un canto hirió sus oídos. El infeliz dominó el temblor de sus piernas y quiso correr para arrojarse en los brazos de su madre.

La loca dejó la plaza y se llegó delante de la casa del nuevo alférez. Ahora como antes hay un centinela en la puerta, y una cabeza de mujer se asoma á la ventana, pero no es la Medusa, es una joven: alférez y desgraciado no son sinónimos.

Sisa empezó á cantar delante de la casa, mirando á la luna, que se mecía majestuosa en el cielo azul entre nubes de oro. Basilio la veía y no se atrevía á acercarse, esperando quizás que abandone el sitio; andaba de un lado á otro, pero evitando aproximarse al cuartel.

La joven que estaba en la ventana escuchaba atenta el canto de la loca, y mandó al centinela que le hiciese subir.

Sisa, al ver acercarse al soldado y oir su voz, llena de terror, echóse á correr, y sabe Dios cómo corre una loca. Basilio sigue detrás de ella, y temiendo perderla, corre y olvida los dolores de sus pies.

—¡Mirad cómo ese muchacho persigue á la loca!—exclamaba indignada una criada que estaba en la calle.

Y viendo que la seguía persiguiendo, cogió una piedra y la lanzó contra él diciendo:

—¡Toma! ¡qué lástima que esté atado el perro!

Basilio sintió un golpe en su cabeza, pero continuó corriendo sin hacer caso. Los perros le ladraban, los gansos graznaban, unas ventanas se abrían para dar paso á un curioso; cerrábanse otras temiéndose otra noche de alborotos.

Llegaron fuera del pueblo. Sisa empezó á moderar su carrera; gran distancia la separaba de su perseguidor.

—¡Madre!—le gritó cuando la distinguió.

La loca, apenas oyó la voz, comenzó de nuevo á huir.

—¡Madre, soy yo!—gritó el muchacho desesperado.

La loca no oía, el hijo seguía jadeante. Los sembrados habían pasado y estaban ya cerca del bosque.

Basilio vió á su madre entrar en él y entró también. Las matas, los arbustos, los espinosos juncos y las raíces salientes de los árboles impedían la carrera de ambos. El hijo seguía la silueta de su madre, alumbrada de cuando en cuando por los rayos de la luna, penetrando al través de los claros y las ramas. Era el misterioso bosque de la familia de Ibarra.

El muchacho tropezó varias veces cayendo, pero se levantaba, no sentía dolor; toda su alma se reconcentraba en sus ojos, que seguían la querida figura.

Pasaron el arroyo que murmuraba dulcemente; las espinas de las cañas, caídas en el barro de la orilla, se hundían en sus pies desnudos: Basilio no se detenía para arrancarlas.

Con gran sorpresa vió que su madre se internaba en la espesura y entraba por la puerta de madera, que cierra la tumba del viejo español al pié del balitî.

Basilio trató de hacer lo mismo pero halló la puerta cerrada. La loca defendía la entrada con sus descarnados brazos y desgreñada cabeza, manteniéndola cerrada con todas sus fuerzas.

—¡Madre, soy yo, soy yo, soy Basilio, vuestro hijo!—gritó el extenuado muchacho dejándose caer.

Pero la loca no cedía; apoyándose con los pies contra el suelo ofrecía una enérgica resistencia.

Basilio golpeó la puerta con el puño, con su cabeza, bañada en sangre, lloró, pero en vano. Levantóse trabajosamente, miró al muro, pensando escalarlo, pero nada halló. Lo rodeó entonces y vió una rama del fatídico baliti cruzándose con la de otro árbol. Trepó: su amor filial hacía milagros, y de rama en rama pasó al balitî, y vió á su madre sosteniendo aún con su cabeza las hojas de la puerta.

El ruido que hacía en las ramas llamó la atención de Sisa; volvióse y quiso huir, pero el hijo, dejándose caer del árbol, la abrazó y la cubrió de besos, perdiendo después el sentido.

Sisa vió la frente bañada en sangre; inclinóse hacia él, sus ojos parecían saltar de las órbitas; le miró en la cara, y aquellas pálidas facciones sacudieron las dormidas células de su cerebro, algo como una chispa brotó en su mente, reconoció á su hijo y, soltando un grito, cayó sobre el desmayado muchacho, abrazándole y besándole.

Madre é hijo permanecieron inmóviles...

Cuando Basilio volvió en sí halló á su madre sin sentido. La llamó, prodigóle los más tiernos nombres y, viendo que ni respiraba ni despertaba, levantóse, fué al arroyo á sacar un poco de agua en un cucurucho de hojas de plátano y roció con ella el pálido rostro de su madre. Pero la loca no hizo el menor movimiento, sus ojos continuaron cerrados.

Basilio la miró espantado; aplicó su oído al corazón de ella, pero el flaco y marchito seno estaba frío y el corazón no latía: puso los labios sobre sus labios y no percibió ningún aliento. El desgraciado abrazó el cadáver y lloró amargamente.

La luna brillaba en el cielo majestuosa, la brisa vagaba suspirando y debajo de la hierba los grillos trinaban.

La noche de luz y alegría para tantos niños, que en el amable seno de la familia celebran la fiesta de más dulces recuerdos, la fiesta que conmemora la primera mirada de amor que el cielo envió á la tierra; esa noche en que todas las familias cristianas comen, beben, bailan, cantan, ríen, juegan, aman, se besan... esa noche, que en los países fríos es mágica para la niñez con su tradicional árbol de pino, cargado de luces, muñecas, confites y oropeles, que miran deslumbrados los redondos ojos donde se refleja la inocencia, esa noche no ofrece á Basilio más que una orfandad. ¿Quién sabe? Acaso en el hogar del taciturno padre Salví juegan también los niños, acaso se canta:

La Nochebuena se viene,

La Nochebuena se va...

El niño lloró y gimió mucho y cuando levantó la cabeza, vió un hombre delante de sí, que le contemplaba en silencio. El desconocido le preguntó en voz baja:

—¿Eres el hijo?

El muchacho afirmó con la cabeza.

—¿Qué piensas hacer?

—¡Enterrarla!

—¿En el cementerio?

—No tengo dinero, y además no lo permitiría el cura.

—¿Entonces...?

—Si me quisiéseis ayudar...

—Estoy muy débil,—contestó el desconocido que se dejó caer poco á poco en el suelo, apoyándose con ambas manos en tierra;—estoy herido... hace dos días que no he comido ni dormido... ¿No ha venido ninguno esta noche?

El hombre permaneció pensativo, contemplando la interesante fisonomía del muchacho.

—¡Escucha!—continuó en voz más débil;—habré muerto también antes que venga el día... A veinte pasos de aquí, á la otra orilla del arroyo, hay mucha leña amontonada; tráela, haz una pira, pon nuestros cadáveres encima, cúbrelos y prende fuego, mucho fuego hasta que nos convirtamos en cenizas...

Basilio escuchaba.

—Después, si ningún otro viene... cavarás aquí, encontrarás mucho oro... y todo será tuyo. ¡Estudia!

La voz del desconocido se hacía cada vez más ininteligible.

—Ve á buscar la leña... quiero ayudarte.

Basilio se alejó. El desconocido volvió la cara hacia el Oriente y murmuró como orando:

—¡Muero sin ver la aurora brillar sobre mi patria!... ¡vosotros, que la habéis de ver, saludadla... no os olvidéis de los que han caído durante la noche!

Levantó sus ojos al cielo, sus labios se agitaron como murmurando una plegaria, después bajó la cabeza y cayó lentamente en tierra...

Dos horas más tarde, Hermana Rufa estaba en el batalan[2] de su casa haciendo sus abluciones matinales para ir á misa. La piadosa mujer miraba al cercano bosque y vió subir una gruesa columna de humo; frunció las cejas y, llena de santa indignación, exclamó:

—¿Quién será el hereje que en día de fiesta hace kaingin[3]. ¡Por eso vienen tantas desgracias! ¡Prueba ir al Purgatorio y verás si te saco de allá, salvaje!


[1] Gramínea larga y flexible que se emplea para cubrir las cabañas de los indígenas; Imperata arundinácea Brogn. [↑]

[2] Atrio. [↑]

[3] Kaingin, siembra, labor del campo. [↑]