II.

A la sazon estaba abierto el templo, i la campana llamaba a los fieles a la misa del alba. Alonso se introduce precipitado, encuentra al provincial rezando en el presbiterio, se echa a sus piés, la declara su situacion i le pide asilo. El anciano se levanta con gravedad majestuosa, e imponiéndole su manto, le dice:

—Que Dios te perdone, hijo mio, así como el patriarca te defiende de la justicia de los hombres.

I conduciéndole a su celda, se vuelve a su oracion.

Una hora despues, el convento estaba cercado por gran número de las tropas de la guarnicion; i los clarines anunciaban por las calles un bando en que don Alonso García Ramon, gobernador i capitan jeneral del reino i presidente de la Real Audiencia, prometia premio a quien entregase muerto o vivo al alferez Alonso Diaz Ramirez de Guzman; i prohibia, bajo severas penas, que se le diese embarcacion en ningun puerto, ni albergue en ninguna guarnicion, plaza ni presidio, por ser reo de muerte.

A esa hora se hallaba en su palacio el gobernador con su secretario el capitan don Miguel de Erauso, quien escribia i dictaba apresuradamente, interrumpiendo a cada momento su trabajo hondos suspiros que le ahogaban el pecho.

El gobernador se paseaba por la sala i daba repetidas órdenes con voz firme i amargo ceño.

Un oficial avisa desde la puerta que ya esperaban en la antesala todos los testigos i presos que se habian recojido. El trabajo se suspende, i don García se dirije a su secretario:

—¿A quién interrogarás primero, don Miguel?

—A quien vuesa merced me indique, señor. Para mí, que he sido testigo del hecho, no hai necesidad de interrogaciones: el alferez fué provocado i necesitó defenderse como hombre i como caballero.

—Tu amistad te engaña, don Miguel; el alferez ofendió primero al de Rojas, i éste no hizo mas que querer castigar un insulto.

—El de Rojas, señor, cortejaba a la dama de Alonso, miéntras que la suya le espiaba desde afuera. Si se ofendió de que el alferez denunciase el hecho, valiérale mas proceder como quien era, i no enredar la pendencia, que no es de caballeros el reñir entre las damas.

—Anjelina me ha jurado esta mañana que no solo no es la dama de Alonso Diaz, sino que ni siquiera ha cruzado jamas con él una palabra; i Anjelina no miente.

—Anjelina es una mujer liviana, señor.

—Repórtate, don Miguel, que tu cariño al alferez te torna deslenguado.

—Mucho hablais de mi amistad por Alonso, señor, i pienso que me honra el ser amigo con el mas valiente guerrero de nuestros tercios. ¿Quién tiene hazañas como las suyas? ¡quién mas leal, quién mas bravo en la refriega! Mozo imberbe es todavía i cuenta mas glorias que años. Aquí llegó soldado desvalido, como lo sabe vuesa merced, i si yo le tomé en mi compañía i bajo mi amparo, fué porque ademas de sus prendas, hallé que era de mi pueblo i conocia a mi familia. Si esto es una tacha, señor, pondré para borrarla mis largos servicios al rei nuestro amo...

Los ojos del capitan brillaron como de orgullo, i el gobernador, estrechándole la mano, puso fin al diálogo i dió principio a las indagaciones.

Miéntras esto sucedia, los claustros del convento presentaban otra escena: a lo léjos i hundido en un escaño se divisaba al provincial, su capucha calada i sus brazos cruzados sobre el pecho. Alonso estaba a sus piés de rodillas, sin armas i con la cabeza descubierta, confesando sus culpas con fervor.

Don Francisco de Rojas, caballero del hábito de Santiago, miraba al penitente con un aire de melancolía i rabia que daban a su cara una espresion misteriosa; pero sin moverse del poste en que se habia apoyado para esperar la terminacion del acto sagrado.

Alonso recibió la absolucion con su frente reclinada sobre el suelo, besó la manga del sacerdote i se levantó, dirijiéndose al templo con sus ojos humildemente cerrados.

El caballero le sale al encuentro i dándole súbitamente con la punta de su capa un golpe en la cara, esclamó:

—¡Ya sabeis, canalla, para qué os busco!

El primer movimiento de Alonso fué poner mano a la cinta, i hallándose sin armas, se arroja sobre don Francisco, como un tigre furioso, a devorarle. El provincial, que seguia sus pasos, le pone mansamente la mano sobre la cabeza, preguntándole con voz suave:

—¿Qué hicísteis, mancebo, vuestro propósito?....

El alferez suelta su presa, enmudece, baja los ojos i tiembla de rabia i de dolor.....

Don Francisco, libre de su adversario, hace una profunda reverencia al prelado, i con voz trémula i balbuciente,—perdon, padre mio, le dice, este perro es al asesino de mi hijo, el seductor de mi hija, i no puedo lavar mi afrenta sino con mi espada.

—¿Olvidais, señor, que este paraje en que estais, es la casa del Dios que perdona, que da la paz i nos enseña la humildad?

—Nó, mi padre; pero sé que este hombre me debe su sangre i que puedo matarle en donde le halle: ya que su paternidad le ampara, señálemos campo i hora, que yo con mi palabra aseguro su libertad, i juro no ofender la santidad del claustro.

—Yo no me batiré con vos, replicó secamente Alonso.

—¡Porque sois un asesino cobarde! esclamó el caballero.

Alonso se enfurece de nuevo, pero el padre intima a don Francisco que se retire, i conduciendo al penitente al templo, se arrodilla con él i le enseña a pedir misericordia.....

Alonso tenia fijos en la imájen de la Vírjen sus ojos arrasados en lágrimas; las palabras del sacerdote herian su corazon i le llenaban de angustia: un crímen acababa de disipar para siempre la mas bella de sus ilusiones.....