III.
En esos momentos volvian del comedor Roberto i Ana, conduciendo a un jóven de baja estatura, fino de facciones, de ojos negros, hermosos e intelijentes, i vestido con esmerada elegancia.
—Te presento, dijo el primero, dirijiéndose a Luisa, al doctor Agüero, hijo de don Sebastian, que nos le manda a prevenirnos su visita.
Tambien le presentó a Llorente, i el jóven limeño, que habia saludado a Luisa con cierto asombro, impresionado por la hermosura de la hija de la negra, se mostró un poco chocado de la terquedad del español, que estaba sañudo i preocupado.
—Nuestro amigo Agüero, continuó Roberto, que ya lo es, pues basta verle una vez para quererle, nos ha estado dando una idea de la situacion de este pais, que ya tú debes conocer, Pedro. Por lo ménos sabrás que el Presidente de la República es todo un orijinal.
—Sí, tengo el honor de conocer al jeneral Castilla, dijo Llorente, i sé que es un gran carácter, que con sus orijinalidades mantiene en órden esta tierra, i ha convertido a Lima en el refujio de todos sus vecinos.
—Con efecto, agregó el pequeño doctor, hai aquí muchos emigrados granadinos, ecuatorianos, chilenos i arjentinos, como otras veces, i aun ahora, ha habido muchos fujitivos peruanos en las repúblicas vecinas. Pero lo que es el jeneral no tiene buen modo de mantener el órden, porque gobierna con la punta de su bota, como lo hacen a punta de bayoneta en otras partes, i a filo de cuchillo en Buenos Aires.
—A falta de un rei de dinastía, replicó Llorente. Eso es lo que necesitan estas pobres colonias, que creyeron ser mas felices con la república, que bajo el cetro de la España. La prueba es que solo prosperan aquellas que tienen presidentes con talla i voluntades de soberano, como Rosas.
—Error, caballero, si Ud. me lo permite, interrumpió el doctor, tomando una actitud que le hacia aparecer de doble tamaño. ¡Craso error! Precisamente esos presidentes soberanos son los que nos retienen todavía en el réjimen colonial, alejándonos de la república. Si se practicara con sinceridad el gobierno republicano, si los que se apoderan del mando tuvieran amor por esa forma, fundando el poder en el derecho, enseñando al pueblo a practicar el sistema, ya veria Ud. que sus monarquías europeas tendrian que envidiarnos.
—Lo creo, se apresuró a decir Roberto. Mi padre lo repetia siempre que nos llegaban a Londres noticias de las turbulencias americanas. Tienen que aprender, decia, a usar de la libertad, como tienen que aprenderlo los franceses i los españoles; i no lo aprenderán en América miéntras no tengan gobiernos que les hagan olvidar sus tradiciones monárquicas i amar las prácticas democráticas. Pero ello vendrá.
Entre tanto Luisa se retiraba del salon, mirando furtivamente el retrato de su madre, i Ana esclamaba festivamente:
—¡Qué bien hace mi hermana en huir de estas cuestiones políticas! Voi a imitarla, porque nada tengo que hacer con la punta de la bota del jeneral Castilla.
—No hagas tal, la replicaba Roberto, quédate Ana, pues vamos a variar de tema. Yo tambien quiero cortar la conversacion política, porque no tengo las ideas de Pedro, i no quiero reñir con él. Pero Luisa no ha huido de nuestra conversacion política. Huye de la jente. Está mui preocupada.
—Quizá está arrepentida de haber hecho el viaje, dijo sordamente Pedro. ¡Quién sabe si a todos nos va a suceder otro tanto!
—No lo espero, ni lo temo, se apresuró a decir Roberto. Es natural que uno esté desabrido en los primeros momentos de llegar a un pais que no se conoce, aunque sea la patria.
—En efecto, añadió el jóven Agüero, lo desconocido siempre inquieta el ánimo; fuera de que la señorita Luisa quizá echa algo de ménos, sentirá saudades...
—Luisa, acentuó Ana, no puede estar ni arrepentida ni inquieta de haber llegado aquí, pues va a realizar su deseo supremo.
—¿Cuál? preguntó Llorente.
—El de conocer a mi madre, respondió Ana, yo haria dos veces el viaje por conocerla.
—I yo cuatro, añadió Roberto. Es nuestro anhelo, al fin de nuestra larga empresa; i tú verás, Pedro, que es vano tu temor, pues no nos hemos de arrepentir de haber venido a conocer a mi madre, a llevárnosla, para cumplir con la voluntad de mi pobre papá.
—¿Sabes que no comprendo el motivo de ese mandato de tu padre? dijo Llorente con animacion. ¿Por qué mover de su pais a una mujer enferma, anciana, imposibilitada, que jamas podrá acomodarse a vivir en Inglaterra?
—El motivo es claro, esclamó Roberto, puesto que mi padre queria que viviéramos al lado de nuestra madre, para atenderla en su enfermedad, para hacerle llevadera su ancianidad.
—¿I eso, por qué no aquí, en el propio pais de la señora? preguntó Llorente.
—Yo no me conformaria con eso, esclamó Ana.
—Mi padre, dijo Roberto, tuvo siempre deseos de que no viviéramos en el Perú. Talvez temia a los gobiernos de bota fuerte.
—En tal caso, replicó Llorente, bastaria que conocierais a vuestra madre, i volvieseis a residir sin ella en Inglaterra.
Roberto i Ana esclamaron a un tiempo, el primero.—¡Imposible!—la segunda—¡Eso seria lo mejor!