IX.
Don Sebastian, que habia oido las últimas palabras de Luisa, entró refunfuñando estas frases.
—Sí, la hija de una negra que tambien tiene su honor, i que por su admirable buen juicio es mas señora que muchas de sangre azul que yo conozco, i que usted tambien conocerá, señor Llorente. ¡Esto se vé siempre que los blancos o trigueños tienen alma de cántaro! No lo digo por ustedes, nada de eso, mis amigos, porque espero que al fin me probarán que son blancos, no haciendo cosas de negros...
—De eso se trata, interrumpió Llorente.
—Lo veremos, agregó Roberto. ¿Pero sabes, Pedro, que tropezamos con un millon de dificultades para arreglar nuestro viaje?
—No sé cuales, dijo Pedro, que se mostraba preocupado i sin tomar interes en la conversacion.
—Oye, dijo Roberto: el notario o alguacil a quien fuimos a ver me declaró, mirándome de alto abajo, que yo no podia dar poder a don Sebastian, ni a nadie, por ser menor de edad; i que siendo albacea de mi padre doña Rosalia, necesitaba yo presentarme al juez, para que me diera un curador. Lo mismo dijo de Ana i nos despidió para que viésemos a un abogado que nos dirijiera en la larga tramitacion que se necesita. Esto nos impediria partir en el vapor de mañana.
Llorente observó con indiferencia que habria que hacer lo que exijia el escribano.
—O no, replicó Roberto. Tú puedes dejar el poder, como marido de Luisa. Ana i yo arreglaremos nuestra representacion en Londres.
—¿Olvidas que no soi todavía el marido de Luisa? preguntó Llorente.
—Puedes serlo hoi mismo, dijo el jóven.
—Eso supondria que Luisa consiente en casarse i en irse, sin ver a su madre, agregó don Sebastian.
Hubo un largo silencio, que interrumpió Roberto, preguntando a Pedro.
—¿Qué dice Luisa? ¿Se va con nosotros?
—Luisa es inexorable, murmuró aquel. No puedo persuadirla. Antes bien...
—¿Te ha persuadido a tí? interrogó Roberto. De modo que no hai quien tenga autoridad sobre esa caprichosa. Ella ha de hacer su voluntad.
—¡Pues es claro! gritó don Sebastian. ¿Quién tiene autoridad para obligar a una hija a que reniegue a su madre?
—Su novio, su esposo, contestó Roberto. El que puede conducirla al altar en el acto, señor don Sebastian.
—Tampoco, niño atolondrado, acentuó el viejo. El poder de un marido no llega a tanto. El de un amante, talvez... Pero a Luisa, no sé que nadie pueda hacerla cometer un disparate, ni aun el jeneral Castilla. Me imajino que no ha de haber sobre la tierra quien pueda conseguir que una muchacha que no es torpe se someta a semejante exijencia. ¿Verdad, amigo Llorente?...
—I mui amarga, dijo éste, con desesperacion. Yo he agotado mis recursos. No sé mas... He puesto a prueba su amor con mi indiferencia, con mi terquedad. He hablado a su corazon, que me pertenece. Le he demostrado nuestro interes, nuestra conveniencia recíproca en el porvenir. Nada... No puedo dominar su alta intelijencia ni su altivo corazon. Sus ideas, sus convicciones, hijas de una educacion especial, son inquebrantables...
—Pero no habrán triunfado de tí, lo espero, interrumpió Roberto. Dejémosla con su madre, que abandone a su novio i sus hermanos, que falte a su compromiso, no importa. Tú puedes cumplir con mi padre...
—No sé como, dijo secamente don Pedro.
—Casándote con Ana, que tambien te ama.
—¡Saltó la liebre¡, esclamó don Sebastian. Sí, es cuestion de quedar siempre en la familia, no importa el cómo. No se trata de casar con Luisa por amor, i tú supones, Roberto, que para el caballero de Llorente es lo mismo la una que la otra. ¿Tiene el señor algo del leon, que espresa con la misma cara i el mismo visaje tanto la rabia como el contento?...
Llorente sintió bochornos en su cara, i visiblemente turbado, dijo sin mirar a nadie.
—Amo a Luisa i no podré vivir sin ella. La amo mucho mas ahora, que la estimo mas, ahora que la admiro, i que he aprendido a venerar su virtud...
Roberto se indignó i preguntóle con violencia.
—¿Ya te has resuelto a obedecer su capricho, a quedarte con ella?...
—No lo sé, contestó el otro.
—¡Perdon! le dijo don Sebastian, estrechándole la mano, perdon, amigo. Reconozco al hombre de corazon, respeto al caballero.
—Soi digno de su amistad, don Sebastian; i tú Roberto, no debes precipitarte: tenemos tiempo para resolver lo que mas convenga.
—Veo, dijo éste, que cambias de modo de ver en tus cosas, i con mucha prontitud. Esta mañana considerabas urjente nuestra partida, porque temias que llegara la mujer de mi padre...
—Tu madre, dirás, le interrumpió don Sebastian.
—No temia eso, agregó Llorente. Tenia esperanza de reducir a Luisa hoi mismo, para partir mañana.
—¿I lo esperas todavía? interrogó Roberto.
—Talvez. Hai situaciones que exijen calma, i nosotros nos encontramos en la necesidad de tenerla.