V.

En el poco tiempo trascurrido desde que le atrapó el amor en las rocas de Santa Lucía, Alejo se habia transformado. Su alma habia abandonado aquellos vagos horizontes en que revolotea el alma de un jóven, cuando es ardiente, como las mariposas amarillas de verano en un jardin.

Tenia un horizonte fijo, volaba el rededor de una sola flor.

I esa flor le hacia pensar sériamente.

No solo eso: le hacia tambien calcular sus propias fuerzas; i como entre las que el amor emplea, figuran en primera línea las de los atractivos personales, el espejo pasó a serle tan importante como sus libros, i el sastre entró a ser uno de sus primeros ausiliares. Tenia la esperanza de que su bella desconocida le mirase i le viese en la ocasion ménos pensada.

Dejó de vagar por las calles en las horas de ocio. Dedicó las primeras de la noche al café, i casi abandonó las relaciones de sus camaradas de estudio.

El café de la Nacion i el de Hévia, que acababa de establecerse en la plaza de la Independencia, eran entónces de la primera sociedad. Los comerciantes i los jóvenes de mundo los invadian a todas horas. Los aristócratas i sus retoños acudian a refrescar por la noche, i a pasar algunas horas en tertulia. Para éstos, aquellas casas hacian el oficio que hoi desempeñan los clubs.

La juventud de Santiago no estaba por esos años tan adelantada como ahora. Quizá la aristocracia tendria en ella algunos estafadores que la representaran. Talvez no faltaban cortabolsillos elegantes, de esos que, llevando nombre i fisonomía de caballeros, despojan de su reloj al primero de los suyos que encuentran beodo, o que escamotan su portamonedas al primero que entra en una partida de juego por aturdirse i pasar mejor su noche. Eso es de todos los tiempos i paises, i las familias que se dicen nobles no se preocupan de tener en su seno un calavera, porque saben que para él no se han hecho las leyes. Lo que era desconocido entónces entre los jóvenes era ese tipo aristocrático del letrado injerto en jesuita, que profesa i mantiene la relijion de sus padres, ardiendo en odios piadosos, i que no vé el progreso ni halla la libertad fuera de la iglesia romana.

Aquellos jóvenes no adoraban al Papa, ni al becerro de oro. Eran mas bien jentiles que sacrificaban a Venus, a Terpsícore i a Baco; eran unos perdidos que no sabian especular, haciéndose los santurrones o los siervos del poder para enriquecerse i hacer carrera. No hablaban ni del confesor, ni de sermones, ni del retiro de los domingos, ni de los herejes, ni de los gobiernos ateos, ni de los escándalos de los impíos.

Hoi se sabe vivir mejor.

Un devoto, o como se dice un pechoño, no solo cuenta con los respetos, sino con la proteccion de todos los poderes i de los potentados. Un rico con solo serlo, es respetado, aplaudido, adulado: nadie tiene que averiguar como llegó a la fortuna. Para él todos los aplausos, todos los elojios, todas las atenciones; así como para el que ejerce algun poder, sobre todo si tiene un gran poder. Para el verdadero mérito, hai siempre alguna palabra de desprecio, siempre algun desden, si no alguna calumnia. ¿Qué mérito puede haber sin poder o sin riquezas? ¿Prueba que lo tiene quien no ha alcanzado a hacer fortuna, quien no ha logrado un alto empleo?

En aquel tiempo, un usurero, un estafador de los que amasan riquezas a costa de los sudores i de las lágrimas de los pobres, i quizá de algo mas, era simplemente un ladron, i no se le estimaba de otro modo. Las lenguas andaban sueltas, no al oido, sino al aire libre, contra los bribones, porque siempre el brazo estaba listo para sustentar las sentencias de la opinion. El arte de don Basilio no estaba todavía en uso. La calumnia i la maledicencia andaban solo en letra de molde, pues la prensa no era aun el instrumento de la verdad i de la discusion, sino una máquina de hacer ruido i de arrojar lodo, sin ser visto; allí se parapetaban los calumniadores.

Hoi ha variado todo eso. Solo calumnia o ultraja en letra de molde el que emplea la prensa para representar el pasado; i ello es lójico, porque no se puede defender el atraso contra las invasiones del progreso i de la libertad, sin mantener la prensa diaria en su situacion incipiente. En los tiempos que recordamos, la sociedad vieja estaba vencida i carecia de defensores en la prensa. Ni aun en Francia habia aparecido entónces el escritor católico, ese que hoi en todas partes se llama diarista clerical, cuya definicion nos da en estos términos un pintor de costumbres: «El diarista clerical es una especialidad aparte, como escritor, que adora las polémicas i las querellas empenachadas de injurias i de palabrotas. Fuera de la esfera de sus ideas, no hai salvacion. En lugar de esponer los principios conservadores i relijiosos en lenguaje sencillo, prefiere morder a sus adversarios mas abajo de los riñones. Las cuestiones de forma, las cuestiones secundarias—he ahí su estribillo. Sublevar desacertadamente cuestiones inútiles, espinosas, en que Roma i el clero no llevan la ventaja—he ahí su fuerte. Su oficio es irritar a todo el mundo i no convencer a nadie»... Este tipo de la edad moderna no era conocido.

Aquella era una sociedad en embrion. Como entónces no habia sino mui pocas fortunas i el poder aun no se habia consolidado, el imperio no pertenecia ni a los gobernantes, ni a los ricos. Estos apénas comenzaban a emprender para alcanzarlo i hacerlo suyo en todas partes, de arriba a abajo.

Aquella sociedad era de todos, pertenecia a todos, i como no habia quien la dominase, quien la empujase por una sola vía, cada cual hacia de las suyas i era señor de sí mismo. Por consiguiente habia una franqueza casi salvaje, sin disimulo, sin hipocresía, sin sujecion a conveniencias determinadas, ni a creencias regladas.

La juventud no era brillante, sino atolondrada. Hablaba recio i claro, aunque sin presuncion. Le faltaban todas las condiciones del buen tono: la voz ronca, el hablar traposo, desgalichado, desganado, que sienta tan bien a un elegante, sobre todo cuando afecta suficiencia i decide majistralmente hasta sobre lo que sucede en la luna; el andar en el paseo, como en casa, hablando a gritos i riendo a carcajadas, lo que es una gracia; el tutear a todos i maldecir de todos; el mirar con cara abobada, pero con ojos de maton, sin saludar. Le faltaban en fin todas las gracias de la buena nobleza i todos los síntomas del buen tono. No andaba en coches, porque no los habia; ni oia su misa los domingos, porque no necesitaba ir al templo para hacer negocio o para ver a las amigas; ni salia atropándose i encimándose de la platea del teatro, ántes de caer el telon, para verlas salir, formándoles calle en el vestíbulo. Era aquella una juventud perdida, que frecuentaba el café, que charlaba i discutia en público sobre todo, hasta de relijion i política, que paseaba a caballo i en carreta, a la luz del medio dia, i que bailaba todas las noches, en todas las casas, sin necesidad de soirée, de sarao, ni de ambigú.

Ya se puede comprender qué haria en aquella sociedad, sin tutores ni directores, un jóven como Alejo, que no los tenia de su parte, porque parece que sus padres le habian lanzando solo a aquel gran mundo, confiando quizá demasiado en su juicio i en su aficion al estudio.

Pero Alejo creia que podia ser buen estudiante i tener un amor, aunque fuese platónico, para entretenerse agradablemente. I con efecto, él nunca faltaba a sus deberes, a pesar de que amaba locamente, i de que jugaba al billar en el café, poniéndose a veces su mejor camisa, para jugar una partida a fraque quitado, como lo hacian los elegantes de la época en las noches de verano. Alejo usaba diariamente el fraque, como todos, i para tiempos frios no le faltaba su chaqueta ricamente encordonada, para debajo del capote de pañon con tres o cuatro esclavinas sobre la espalda.

No habia nadie que no le conociera, quien no gustara de su osadía i despercudimiento; pero él preferió a los tertulianos del café de la Nacion, porque eran pipiolos, i por supuesto jente mas abierta que la que rodeaba las mesas del gran patio del café de Hévia, donde no se hablaba mucho de amores ni de política. Aquí solia llegar con otros estudiantes, i regularmente veia al fabricante de tacos de billar, solo, fumando, pensativo i tocando alguna marcha sobre la mesa con sus dedos encorvados.

¡Qué hombre tan seco, tan verde de cara, tan anguloso, tan militar en su porte! ¿Quién es este? decia siempre Alejo a sus compañeros. ¡Quién sabe! respondian los otros con desden, porque entónces no habia costumbre de averiguar quién era un vecino a quien se le ocurria andar por la calle, o entrar al café, o pasearse en el tajamar. Con ménos poblacion, Santiago era ménos curioso de saber la vida i milagros de sus habitantes.