V.

El silencio fué interrumpido por la hermosa Luisa, dando lugar su palabra a la siguiente escena dramática entre los circunstantes:

Luisa. ¡Qué! ¿Os espanta vuestra madre?

D. Sebastian. ¡No lo permita Dios! Un hijo que se asustara de su madre seria un imbécil.

Ana. (Volviendo en sí, risueña.) Pero es una broma, ¿no es verdad?

Roberto (tétrico). ¡Una impostura!

D. Seb. Calma, hijos mios, calma. ¿No veis la resignacion anjelical de vuestra hermana mayor?

Ana (levantándose con resolucion). ¿Pero tengo yo cara de negra, Dios mio? ¿Podemos nosotros descender de una negra? Basta mirarnos.

D. Seb. Sin embargo, no hai nada mas cierto. No sois los primeros blancos que nacen de una negra.

Rob. De todos modos, hai una impostura: esa negra no ha podido ser la esposa de un caballero ingles. Bien puede un hijo ignorar quién fué la querida de su padre.

D. Seb. I seria su deber no averiguarlo. Mas cuando ella es madre i se revela a sus hijos, éstos no pueden negarla, sin cometer un crímen.

Luisa. Mi corazon me dice que esa negra es mi madre. Yo la acepto, yo la amo. No me importa que os asuste.

Rob. Eres una loca, Luisa. Yo necesito pruebas; i aun así...

D. Seb. Tú eres el loco. Pero, hombre, no hai que darse por perdidos, solo porque vuestra madre no os ha trasmitido su color. ¿I si en lugar de heredar la sangre de vuestro padre, hubiese prevalecido en vosotros la naturaleza de su esposa?

Rob. (con calor). ¡No fué su esposa!...

Luisa. ¡Pero es nuestra madre!...

D. Seb. Sí, su esposa i vuestra madre; no lo dudeis. Os sentis contrariados por vuestras falsas ideas, por vuestra vanidad de muchachos, lo diré sin rodeos. ¿Qué mas da? ¿Cuántos blancos hai que descienden de negros, sin alarmarse como vosotros? ¿I qué son una buena parte de los blancos que hacen la gloria de estas Américas, sino descendientes de negros? ¡Vamos, si no sabeis conformaros con lo que os impuso la naturaleza, vuestra será la culpa!

Rob. (con amargura). ¡Nó, nó; la culpa seria de quien nos dió el ser, sin contar con nuestra vergüenza!

Luisa (indignada). ¡Calla, temerario! ¡Es una infamia inculpar a nuestro padre! Un hijo no puede jamas, si no es un infame, juzgar al autor de sus dias! Si una falta es nuestro oríjen, aun mas, si un crímen lo fuera, el que cayó en esa falta, el que cometió ese crímen, es sagrado para nosotros. Un hijo solamente puede, solo debe perdonar i amar al instrumento de Dios, al ajente de la naturaleza que le dió la vida...

D. Seb. (conmovido). ¡Ven ánjel, que te abrace! (La abraza). Tú no haces mas que obedecer una lei de Dios, que tus hermanos pisotean, la que nos manda venerar a nuestros padres. Serás bendecida de Dios i de los hombres... Yo he visto hijos abandonados de sus padres, llorar su abandono, pero sin condenarlos. He visto hijos que no han conocido a sus padres, que no han nacido en una familia, quejarse de la desgracia de no tenerlos para amarlos, pero sin condenar jamas la falta que les dió el ser. He visto hijos de padres desnaturalizados, viciosos, criminales; pero no los he visto condenar, sino defender, disculpar a sus padres desgraciados. Creedlo, nada hai mas natural en el hombre que el honrar a sus padres, sin necesidad de que lo mande el decálogo. Pero lo que no he visto jamas es un hijo que pretenda negar a su madre porque es negra, i que condene a su padre porque le dió tal madre...

Rob. (echándose en los brazos de Llorente). Ya lo has visto, Pedro. ¡Es una negra! Pero, dime: ¿es cierto que fué la esposa de mi padre?

Llo. (con gravedad). Indudable. He visto los documentos que comprueban su matrimonio con la negra esclava.

D. Seb. Calumnia señor Llorente, ¡calumnia impropia de un caballero! Doña Rosalia era ya libre, cuando nació Luisa, este ánjel del cielo. El señor Greene le otorgó su libertad, cuando le dió su corazon i la hizo su esposa ante la Iglesia, porque la consideró digna de ser la madre de sus hijos. Si esa virtuosa negra no hubiera preferido quedarse en el trabajo, para multiplicar la fortuna de su marido, miéntras éste iba a educar a sus hijos en su patria, vosotros, queridos niños, habriais crecido amando a la negra que hoi os repugna.

Rob. (desolado, dirijiéndose a Llorente). Qué vamos a hacer. ¡Dios mio! Tú debes resolver...

Llo. Volvernos a Inglaterra.

Luisa. ¿Sin verla?

Llo. (secamente). Sí.

Ana. Sin verla, sí, inmediatamente.

Rob. Esa es mi resolucion. Nos volvemos.

Luisa (con dignidad). ¡Pero sin mi! Volveos en hora buena, que llevareis la maldicion de Dios i la risa de los hombres... ¿Yo? ¡yo, corro a abrazar a mi madre!

Rob. Eso es imposible. Se disolveria nuestra familia.

Luisa. Se disolverá, si así lo quereis, i Pedro faltará a su compromiso.

Llo. En tal caso, serás tú, Luisa, la que faltas.

Luisa. ¿Por qué no desprecio a mi madre, por obedecer a tus preocupaciones?... Quereis que partamos todos, despues que mi madre sabe que hemos venido a conocerla? No comprendeis que vais a matarla con un desprecio criminal?

Rob. Quédate tú, para consolarla, ya que renuncias a tus hermanos, a tu esposo...

Luisa. ¡Ah! ¡No, sois vosotros los que renunciais a vuestra hermana, los que repudiais a vuestra madre!... ¡Es Pedro el que me abandona!...

D. Seb. Mirad lo que haceis. No tomeis de pronto una resolucion tan grave, una resolucion, permitidme que os lo diga, que os acusa de locura i de algo mas. El señor Llorente es dueño de quedar como un mal negro, faltando a su compromiso; pero tú, Roberto, tú Ana, no sois dueños de renegar de vuestra madre i de vuestra hermana. Ved lo que haceis...

Llo. Luisa rompe nuestro compromiso por obedecer a su capricho. Ha rehusado terminantemente renunciar a su madre. Yo no puedo, no debo unirme a ella, si prefiere quedar al lado de la que quiere reconocer como madre...

D. Seb. Eso es claro: Ud. señor Llorente, no quiere casar con la hija de una negra, puesto que a su entender, su compromiso fué con la hija de una blanca. Pero Roberto i Ana son hijos de una negra, i no tienen derecho de negarla, aunque se hayan creido hijos de una blanca.

Rob. Sin embargo, la negaremos i nos iremos de aquí, sin reconocer a tal madre.

Llo. Sí, nos iremos, i Luisa con nosotros.

Luisa. Perded toda esperanza... Yo no mato a la que me dió el ser, desconociéndola, despreciándola... Volveos a Europa, vosotros, si quereis romper tan cruelmente los vínculos que nos unen, si quereis desobedecer a nuestro padre, ultrajar su memoria... (llorando). Volveos, yo corro a abrazar a mi madre, a consolarla de vuestra ingratitud... ¡Yo lloraré con ella!...