XI.
I bien lo probó en cierta ocasion.
Era el medio dia de un domingo de verano, i los salones del café de Hévia estaban llenos de jentes que tertuliaban o jugaban al billar. El café de la Nacion habia decaido con el partido pipiolo: uno que otro rezagado se veian en sus mesas, mústios i hablando jeneralmente en secreto.
El gobierno pelucon triunfaba en toda la línea, persiguiendo sin piedad a los vencidos, dispersándolos o encarcelándolos. En el café de Hévia no se oia mas que su elojio, i eran naturalmente sus mas ardientes partidarios los políticos del café.
Entre éstos figuraba como el primero, por su locuacidad i arrogante presencia, un jóven que acababa de volver a Chile, despues de haber derrochado una fortuna en el estranjero, i que pretendia recobrarla al calor del sol que se levantaba. Era un espadachin de primera fuerza, i entre sus muchas aventuras, la que le allegaba mas fama era la de haber dado muerte en duelo a dos hermanos que, pretendiendo vengar el honor de una hermana seducida por él, le habian desafiado, cada uno en distinta ocasion i en paises diferentes. Todos le respetaban o le temian, i el gobierno le trataba como a uno de sus mejores adeptos.
Aquel domingo el brillante seductor jugaba guerra, en una mesa con Alejo i otros, habiendo colgado su frac verde de botones de oro, para lucir una camisa de estopilla ricamente bordada.
Se hablaba mas de política que de los lances del juego, i el seductor tenia la palabra, justificando el destierro de muchos pipiolos notables, sobre todo el del hermano de Mercedes, a quien maldecia cada vez que le nombraba. Alejo le habia replicado varias veces con moderacion i firmeza, i sus réplicas habian enardecido al novel pelucon, que dando suelta a su lengua, agregó:
—Una cosa buena tenia ese infame gallego, su hermana jemela, a quien le hice el amor algunos dias, i me gustó; para qué lo he de negar.
—¡Un caballero no habla así de una señora! dijo Alejo con serenidad, mirándole de frente.
—¡Pero sí de una mujer! replicó con insolencia el politicastro, al tiempo que Alejo le quebraba la punta de su taco en la cabeza.
El agredido tiró un estileto italiano i se lo perdió en el hombro izquierdo al estudiante, cayendo en el acto derribado i con la cabeza abierta por la masa del taco que éste le descargó con violencia.
Toda la concurrencia del café se agolpó al sitio de la catástrofe, i la atencion jeneral se contrajo al caido, creyéndole muerto.
Alejo salió sin ser sentido, i despues que pasó la primera sorpresa, i se vió que el caido estaba vivo i sin peligro, todos los circunstantes buscaban al estudiante para felicitarle, i no se alzaba una voz que no fuera en su defensa.
Entre tanto, él habia llegado a casa de un su amigo, que tenia la gracia de ser uno de los dos únicos estudiantes de medicina que habia en aquel tiempo, i allí sentado en una silla, medio desnudo, habia recibido la primera curacion de su peligrosa herida, para tomar despues la cama, haciendo decir en su casa que le habia atrapado el contajio de la escarlatina, que hacia poco habia diezmado la poblacion de Santiago.