XIII.

¿Quién no conoce esas horas de dolor, en las cuales no se vive, ni se muere? Todos los instintos se apagan, el alma no tiene mas que una sola idea, si tiene alguna.

Una especie de vapor envuelve nuestro sér, una noche tenebrosa, en la cual no reluce mas que una sola estrella, la del dolor.

El tiempo pasa lento i pesado; pero el corazon no lo siente, i aun lo halla corto para su pesar.

Así habia pasado aquel dia infausto para Mercedes, i las sombras de la noche habian oscurecido su salon, sin que ella lo notase.

Mas de repente un prolongado silbido la despierta i sobresalta. Fija su oido, i terminado el silbo, cantaba el sereno del barrio:

«¡Ave María purísima! ¡Las diez han dao i nublaaaao

Mercedes salta de su sillon i en pocos momentos mas, penetraba en puntillas en la casa del doctor Moran.

Todo estaba en silencio i a oscuras. Pero en la puerta del aposento que conducia al de Alejo, a un lado habia un brasero encendido con tetera encima de las brasas, i al otro lado una mujer sentada en una silleta pequeña.

Mercedes se acercó lentamente, la mujer se levantó, i respondió a sus preguntas, noticiándola de que el enfermo estaba malo, i que solamente entraban a su cuarto la madre i el doctor jóven, que no se separaban del lecho.

Mercedes rogó a la mujer que le permitiera estar con ella i ayudarla a trasnochar.

La mujer le cedió su sillita de paja i se sentó a su lado en el suelo.

El silencio era profundo. La noche estaba borrascosa i el calor sofocante. A menudo relampagueaba, i la luz eléctrica iluminaba aquellos dos bultos negros.

La mujer, como acabando de rezar, se santiguó, i suspirando dijo por lo bajo:

—La noche está de muerte.

Mercedes se estremeció i preguntó:

—¿Cree usted que morirá Alejo?

—Así dicen, señorita, i tendremos otra ánima que pene en esta casa, ademas de las muchas que ya hai.

—¿Aquí hai ánimas que penan?

—¡Ah! no se puede figurar su merced cómo nos tienen; pero el patron no crée, i cada vez que la señora le cuenta alguna mano, se echa a reir i nos trata de tontas i majaderas. Yo creo que este caballerito enfermo se va a morir, porque desde que está aquí, entran hasta de la calle las ánimas.

—¡Cómo es eso! replicó con viveza Mercedes.

—Sí, señorita. Nunca se habia visto lo que ahora. Algunas noches se aparece aquí en el patio, sin saber cómo, una fantasma que pregunta por el enfermo i se desaparece. Nadie sabe quién es, ni se le puede ver la cara.

—¿Vendrá esta noche?

—Puede ser, porque hace dos o tres noches que se aparece. Vea, señorita, hablando del rei de Roma: allí la tiene en el zaguan. ¡Madre mia del Cármen, favoréceme! ¡Jesus, Jesus!...

Un hombre alto, mui alto i seco, acechaba desde el zaguan i los primeros rayos de la luna que entraban por la puerta de la calle dibujaban su sombra.

Luego, paso a paso se acercó a las dos mujeres i en voz mui baja preguntó:—¿Cómo está el jóven?

La cuidadora, haciendo la cruz con una mano i tapándose los ojos con la otra, le respondió:

—No pasa de esta noche.

El fantasma quedó inmóvil i medio inclinado hácia las mujeres. Mercedes se cubrió con su mantilla.

Momentos despues, el fantasma estiró su largo brazo i asiendo del puño a Mercedes, la levantó i arrastró con él a la calle, diciéndole:

—¡Tú no debes estar aquí, imprudente!

La luna menguante se elevaba sobre los Andes entre nubes negras, cuyos bordes teñia de ópalo i zafiro, e iluminaba la vereda del sur de la calle de la Merced.

—Vamos a la sombra, dijo Ramiro, sin soltar el puño de Mercedes, que temblaba de coraje.

—¡Me persigues hasta en mi dolor, hombre siniestro! dijo Mercedes casi llorando.

—No, cálmate, Mercedes. Comprende. Piénsalo bien. ¿No basta que yo sea el órgano de tu gratitud?

—¿Mi gratitud? ¡Quieres decir de mi amor! ¿Tú el órgano de mi amor?...

—Espera. Sé que amas a ese muchacho; pero ¿puede convenirte a tí ni a mí que el mundo crea que él ha hecho eso porque es tu amante? ¡Qué gracia tendria entónces! Por el contrario, nadie sabe que te conozca, i todos creen que ha obrado de puro noble i valiente. Precisamente por eso paso siempre a informarme de su salud i hoi he estado al morirme de cólera, al saber que tú habias venido.

Mercedes calló. No entendia ni una palabra de este lenguaje, i pensó un momento que su marido estaba loco. Pero a medida que éste insistia en persuadirla de que no debia ver a Alejo, comprendió que habia algo de mui grave, que ella no conocia i se interesó en la conversacion de Ramiro.

Cuando llegaron a la casa, ya Mercedes estaba instruida de la aventura del café, i su corazon latia con violencia.

El español entró a su aposento, diciéndole con toda la dulzura de una fiera:

—Prométeme, mujer, no ir otra vez a casa del enfermo. Yo te traeré noticias de él...

—¡No puedo! Me moriria si no fuera a verlo siquiera una vez al dia...

—Pues, ¡muérete! No irás, yo cargaré la llave de la puerta, dijo Ramiro, cerrando con ímpetu la de la alcoba.

Todo quedó en silencio en la habitacion. A lo léjos se oia el triple i sonoro tañido de la campana de las Capuchinas, que llamaba a los maitines de la media noche.

Mercedes sintió la necesidad de Dios, i cayó de rodillas a pedirle favor, a rogar por la vida de su amigo.