V
Humboldt no podía dejar de tomar como base la gran verdad que sobre el fin del hombre nos ha revelado la filosofía alemana; es á saber, que el fin más elevado que el hombre puede proponerse aquí abajo, que le prescriben las reglas inmutables de la razón, es el de desarrollar el conjunto de sus facultades, porque sólo en ese desarrollo puede consistir su perfección, como hombre, como cristiano, como ciudadano. Á juicio del gran escritor alemán, este mejoramiento no puede ser completo, ni el desarrollo armonioso, sino con dos condiciones: libertad de acción y diversidad de situación[8].
“El ideal de la Edad Media, como del siglo de Luis XIV es la unidad, la unidad en todas las cosas, en religión, en moral, en ciencias, en industria. Se procura obtener esta unidad por medios artificiales; es el Estado el que la impone y la mantiene. De este modo se consigue, no la unidad verdadera, que consiste en el acuerdo de los espíritus, sino la uniformidad, es decir, una regla exterior, una fórmula vacía que se hace aceptar á viva fuerza, domeñando toda oposición.
“El pueblo no cree, pero se calla; este es el reino del silencio y de la inmovilidad. Hoy no es así. Una concepción más exacta y más verdadera del alma humana nos ha dado una idea más justa de la unidad. En el hombre como en la naturaleza, admitimos variedades infinitas, y sólo podemos buscar la unidad viviente en el conjunto, en la armonía de esas notas diversas... Estas nuevas vistas han arruinado la antigua política.
“Al fin se ha comprendido que imponer la uniformidad por el despotismo de la ley es proseguir una obra mala y estéril. Para que un país sea rico, industrioso, moral, religioso, es necesario que nada estorbe á la expansión infinita de las aptitudes humanas; en otros términos: es preciso antes de todo considerar y respetar la libertad de los individuos. ¿Cuál es entonces el papel del Estado? Humboldt lo reduce á dos cosas: en el exterior, á proteger la independencia nacional; en lo interior, á mantener la paz. He aquí los límites del gobierno. En otros términos, Humboldt atribuye al Estado el ejército, la marina, la diplomacia, las rentas, la policía suprema, la justicia, la tutela de los huérfanos y de los incapaces; y le quita la religión, la educación, la moral, el comercio, la industria; y todo eso en virtud de estos dos principios: libertad de acción y diversidad de situación”.
Á nuestro juicio, como al juicio de todo americano, el escritor alemán comprendía el punto de partida, y de él sacaba un criterio seguro para apreciar debidamente las relaciones en que deben existir el Estado y la sociedad; pero las preocupaciones monárquicas, el espíritu estrecho que ha creado en Europa la dominación secular de esa misma doctrina de la unidad del poder extraviaron aquel criterio, y dieron una prueba más de que las nuevas vistas no han arruinado todavía la antigua política en Europa, y de que la concepción exacta y verdadera del alma humana, que ha dado á algunos sabios una idea más justa de la unidad, no es ni popular ni bastante poderosa para vencer en esos mismos sabios las preocupaciones.
Establecer que la misión del Estado es proteger la independencia en el exterior y mantener la paz en lo interior, no es limitar el gobierno, sino dejarlo en posesión de todos los poderes que hoy se atribuye para llenar aquellos fines, puesto que esos fines son el pretexto que los partidarios de la unidad del poder alegan para sostener el sistema absoluto. ¿Qué no se han permitido los gobiernos para defender la independencia nacional y para mantener la paz? ¿Acaso no han sacrificado siempre todos los derechos individuales, todas las facultades activas de la sociedad para constituir un poder fuerte que pueda conservar y defender aquellos dos fines supremos?
No, la misión del Estado es otra; es la de representar el principio del derecho en la sociedad, tanto en sus relaciones exteriores, empleando la fuerza, cuando sea necesario defender ese derecho, como en lo interior, para facilitar á la sociedad y á cada uno de sus miembros las condiciones de su existencia y de su desarrollo. Cuando el Estado limita su acción de esta manera, la paz interior es un resultado, y no un fin del Estado, como lo supone Humboldt; y si alguna vez se altera, no necesita el Estado traspasar las vallas del derecho, como no lo ha necesitado en los Estados Unidos del Norte durante la guerra de cuatro años, la más portentosa que han presenciado los siglos, y en la cual por primera vez en el mundo se ha presentado un gobierno que sin salir de los límites del derecho ha sabido llenar su misión.
NOTAS:
[8] Ensayos sobre los límites de la acción del Estado, por Guillermo Humboldt.