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Laboulaye, en su libro sobre El Estado y sus límites, parte del principio irrecusable de que la filosofía política no puede proponerse otra cosa que la de descubrir las leyes que rigen el mundo moral: porque hoy ya no se puede creer que Dios se mezcle incesantemente en nuestras pasiones y en nuestras miserias, estando siempre listo para salir de las nubes, con rayo en mano, á vengar la inocencia y castigar el crimen.
Ya nadie espera esos golpes teatrales de la justicia divina, ni hay quien crea, si no es Napoleón III, que un grande hombre reciba la misión celestial de aparecer súbitamente en medio de una sociedad inerte, para amasarla á su gusto y animarla con su soplo, cual otro Prometeo. Se siente todo eso; pero desgraciadamente la ciencia está nueva y mal establecida.
Esta convicción lleva á Laboulaye á proclamar por primera vez en la ciencia política europea una doctrina que hace más de veinte años habíamos proclamado nosotros y habíamos practicado en Chile. “Reunir los hechos—dice el publicista francés—es una obra penosa y sin brillo; es más fácil imaginarse un sistema, erigir un elemento particular en principio universal, y dar la razón de todo con una palabra. De ahí esas bellas teorías que brotan y caen en una estación; influencia de la raza ó del clima, ley de la decadencia, del retroceso, de oposición, de progreso.
“Nada más ingenioso que las ideas de Vico, de Herder, de Saint-Simón, de Hegel; pero es evidente que á pesar de sus partes brillantes, esas construcciones ambiciosas no reposan sobre nada. Al través de esas fuerzas fatales que arrastran á la humanidad hacia un destino del cual ella no puede huir, ¿en dónde colocar la libertad? ¿Qué parte de acción y de responsabilidad queda al individuo? Mucho ingenio se gasta para dar vueltas al problema, en lugar de resolverlo; pero, ¿qué importan esas poéticas quimeras? Lo único que nos interesa es precisamente lo que se nos dice. Si se quiere escribir una filosofía de la historia que pueda aceptar la Ciencia, es preciso cambiar de método y volver á la observación.
“No basta estudiar los acontecimientos, que no son sino efectos; es preciso estudiar las ideas que los han producido, porque las ideas son las causas, y sólo en ellas aparece la libertad. Cuando se arregle la genealogía de las ideas, cuando se sepa qué educación ha recibido cada siglo, cómo se ha corregido y completado en él la experiencia de los que vivieron antes, entonces será posible comprender el curso del pasado y quizás presentir la marcha del porvenir.
“No hay que engañarse. La vida de las sociedades, como la del individuo, está siempre regida por ciertas opiniones, por cierta fe...”.
Eso mismo pensábamos y practicábamos nosotros en 1844, en nuestras Investigaciones sobre la influencia social de la conquista y del sistema colonial de los españoles en Chile, atreviéndonos por la primera vez, que sepamos, á combatir las teorías de Herder.
“Es cierto—decíamos—que al contemplar en el inmenso caos de los tiempos un poder superior, siempre en acción, que lo regulariza todo, una ley orgánica de la humanidad siempre constante y demasiado poderosa, á la cual se sujetan los imperios en su prosperidad, en su decadencia y en su ruina, la cual preside á todas las sociedades, sometiéndolas á sus irresistibles preceptos, apresurando el exterminio de las unas y proveyendo á la subsistencia y ventura de las otras, es cierto que al ver una armonía siempre notable y sabia en esa confusión anárquica que produce el choque y dislocación de los elementos del universo moral, el espíritu se agobia de admiración y como fatigado abandona el análisis, juzgando no sólo excusable sino también lógicamente necesario creer en la fatalidad, entregarse á ese poder regulador de la creación, confiarse en el orden majestuoso de los tiempos y adormecerse arrullado con la esperanza de que esa potestad que ha sabido pesar y equilibrar los siglos y los imperios, que ha contado los días de la vieja Caldea, del Egipto, de la Fenicia, de Tebas la de cien puertas, de la heroica Sagunto, de la implacable Roma, sabrá también coordinar los pocos instantes que le han sido reservados al hombre y esos efímeros movimientos que llenan su duración”[23].
Mas el error en que se funda este raciocinio, al parecer tan lógico, se descubre cuando nos elevamos á contemplar la alteza de la humanidad, cuando nos fijamos en esa libertad de acción de que la ha dotado su creador. La sucesión de causas y efectos morales que constituyen el gran código á que el género humano está sometido por su propia naturaleza, no es tan estrictamente fatal que se opere sin participación alguna del hombre; antes bien la acción de esas causas es enteramente nula si el hombre no la promueve con sus actos.
Tiene éste una parte tan efectiva en su destino, que ni su ventura ni su desgracia son en la mayor parte de los casos otra cosa que un resultado necesario de sus operaciones, es decir, de su libertad. El hombre piensa con independencia, y sus concepciones son siempre el origen y fundamento de su voluntad, de manera que sus actos espontáneos no hacen más que promover y apresurar el desarrollo de las causas naturales que han de producir su felicidad y perfección ó su completa decadencia...
Estas observaciones, fundadas rigurosamente en los hechos, nos prueban demasiado bien que la humanidad es harto más noble en su esencia y que está destinada á fines más grandiosos que los que imaginan aquéllos que la consideran sometida tan estúpidamente como la materia á sus leyes. Pensar que las sociedades humanas debieran entregarse pasivas á una ley que caprichosamente las extingue ó engrandece, sin que ellas puedan influir en manera alguna en su bienestar ó en su desgracia, es tan absurdo y peligroso como establecer que el hombre debe encomendarse á otro poder que no sea el que le ha dado la naturaleza para labrarse su felicidad, y que por someterse al orden fatal de su destino debe encadenar en la inercia sus facultades activas[24].
Con efecto: la humanidad es dueña de sus destinos, y, por tanto, es necesario que las ciencias morales se funden en la observación, como las ciencias físicas, para descubrir las leyes ciertas á que ella obedece, y aun para prever el porvenir. Laboulaye dice que aunque parezca temeraria esta aserción, él quiere verificarla á sus expensas, estudiando, aun á riesgo de aparecer como falso profeta, una idea que, desconocida hoy en Europa, puede aparecer clara muy pronto. “Esta idea, que por lo demás no es nueva, pero cuya hora aún no ha sonado, es que el Estado, ó si se quiere la soberanía, tiene límites naturales en que acaba su poder y su derecho”.
Aquí nos será permitida otra digresión, por vía de comparación del estado de la ciencia política en ambos continentes. Ese principio, que no puede ser enunciado siquiera sin riesgo en Europa, es una realidad en América, porque sólo en virtud de él es que las constituciones de las repúblicas americanas limitan el poder de la soberanía, por medio de la determinación de las atribuciones de los poderes que la ejercen.
La Constitución de los Estados Unidos del norte, que es la más explícita de esta parte, declara terminantemente que: “El Congreso no puede hacer ley alguna estableciendo una religión ó prohibiendo el ejercicio libre de otra, ó restringiendo la libertad de la palabra ó de la prensa, ó el derecho del pueblo para reunirse pacíficamente y pedir justicia al gobierno; ó violando el derecho que garantiza al pueblo contra los registros y embargos arbitrarios en sus personas, domicilio, papeles y efectos”[25].
De la misma manera limita el poder de los Estados en varios negociados, y sobre todo les prohibe dar leyes retrospectivas, ó leyes en virtud de las cuales se pueda condenar sin forma de juicio, ó que anulen las obligaciones contraídas por contratos[26]. Sobre estas materias y otras análogas, el Poder judicial, que es allí independiente, es tan estricto, que jamás aplica ley alguna que sea contraria á las limitaciones determinadas en la Constitución, dando así una verdadera garantía política á los ciudadanos contra los abusos del Estado, sobre lo cual hay multitud de decisiones[27].
El mismo principio se enseña en las universidades hispano-americanas, y el que estas líneas escribe lo ha sostenido y propagado siempre durante quince años, desde 1836 adelante, en las cátedras de derecho público, en Santiago de Chile[28].
Contra esta enseñanza y la adopción general en América de aquella doctrina no podrían citarse algunos actos de los partidos políticos en circunstancias anormales, porque, aparte de la vaguedad de las leyes que han podido dar lugar á ellos, no es esa la práctica ordinaria, que, sin duda, acabará por corregir aquella vaguedad y por incorporar de un modo definitivo en nuestra jurisprudencia constitucional lo que todavía es una quimera en el Viejo Mundo: la limitación de los poderes del Estado.
Vamos á exponer las ideas de Laboulaye sobre esta cuestión, porque en el estudio histórico que él hace de la idea del Estado hallaremos preciosos datos para apreciar mejor el atraso político de la Europa, donde todavía es una temeridad el hablar de la necesidad de limitar la soberanía.
Para conocer á fondo la idea contraria, la del poder omnímodo del Estado, Laboulaye estudia su genealogía desde los griegos y los romanos, que son los antepasados políticos de la Europa, á pesar de la enorme diferencia que hay entre ambas civilizaciones.
Entre aquellos no había industria, ni comercio, el trabajo estaba en manos de los esclavos, el ciudadano no tenía otras ocupaciones que la guerra y la política, y no habiendo una clase intermedia, la miseria extrema se hallaba al lado de la extrema opulencia. La ciudad era el todo, nadie tenía derechos contra ella, el Estado era el dueño de los ciudadanos, en cuanto la mayoría de éstos disponía de todos.
Mientras que Roma fué una República, es decir, una aristocracia omnipotente de ciudadanos, éstos, que eran la nobleza, gozaban de una libertad soberana y no sentían el peligro de su teoría sobre el Estado. Mas cuando tuvieron un emperador, su libertad fué aniquilada, porque el despotismo lo abrazaba todo y no era posible escapar de él sino con la muerte. Todo estaba en las manos del César: ejército, rentas, administración, justicia, religión, educación, opinión, todo, hasta la propiedad y la vida del último ciudadano; de modo que no era extraño que los romanos adorasen al emperador, considerándolo en vida como un Numen y después de muerto como Divus, uno de los genios tutelares del imperio.
Al principio, bajo los primeros Césares, el emperador gobernaba por sí mismo, y más tarde por medio de la administración ó de las oficinas que dependían de él, las cuales presentan en los códigos de Teodosio y de Justiniano una poderosa centralización, que ahoga á la sociedad bajo su espantosa tutela. Este inmenso poder se fundaba en la antigua noción de la soberanía popular, pues en teoría la República subsistía siempre y el príncipe no era sino el representante de la democracia, el tribuno perpetuo de la plebe. Los jurisconsultos del siglo III explicaban de este modo el principio constitucional. Quod principi placuit legis habet vigorem.
El cristianismo, que vino á arruinar la antigua civilización, echó también por tierra la teoría política de los antiguos: “Dad al César lo que es del César y á Dios lo que es de Dios”, es hoy un adagio vulgar, que repetimos sin pensar en que es una declaración de guerra al despotismo imperial. Allí donde reinaba una violenta unidad, Cristo proclamó la separación; en adelante, en el mismo hombre era necesario distinguir al ciudadano del fiel, respetar los derechos del cristiano, inclinarse delante de la conciencia del individuo, lo cual era una revolución, que comprendieron bien los emperadores romanos, tratando de sofocarla en el martirio de sus adeptos. Lo raro y que no puede explicarse sino por la imperfección humana es que después de diez y nueve siglos sean los cristianos los que más se empeñan en desconocer la independencia proclamada por Jesucristo, pretendiendo someter todavía al imperio del Estado la conciencia, que no es del César sino de Dios.
Con todo, la soberanía absoluta del Estado, que era una especie de artículo de fe política, había echado tan profundas raíces, que el cristianismo no pudo triunfar de ella, bien que la Iglesia tampoco lo pretendió. Constantino, que debía á los cristianos una parte de su fortuna, asoció la Iglesia á su poder.
Los obispos entraron con gusto en el cuadro de la administración imperial; tomaron á los pontífices paganos sus privilegios, sus títulos, sus honores, como también al paganismo sus templos y sus fundaciones; nada se cambió en el Estado, no hubo sino algunos funcionarios de más y sobre todos ellos el emperador.
El cristianismo ha hecho una gran revolución moral, esparciendo sobre la tierra una vida y una doctrina nuevas; pero en el siglo IV la Iglesia, la jerarquía, tomó en el Estado el lugar del antiguo pontificado pagano, con algunas prerrogativas de más, y estableció con la monarquía una liga estrecha que dura hasta hoy. En el fondo no hay más que la idea pagana de la soberanía absoluta del Estado, con un disfraz cristiano.
Mientras que el imperio extiende esa administración que le agota, los bárbaros se aproximan y dan cuenta fácilmente de una sociedad que después de largo tiempo estaba desarmada por los celos del Estado; pero ellos traen una idea nueva que hace su fuerza: para el romano, el Estado era todo, el ciudadano nada; para el germano, el Estado no es nada, el individuo es todo. Cada jefe de familia se establece donde quiere, gobierna su casa según lo entiende, recibe la justicia de sus pares ó la administra, se enrola en la guerra bajo el jefe que escoge; no reconoce más superior que el que se da á sí mismo; no paga otros impuestos que los que vota, y por la menor injusticia apela á Dios y á su espada. Esto es un trastorno de todas las ideas romanas: entre los germanos una prodigiosa libertad y muy poca seguridad, entre los romanos una seguridad muy grande, salvo el temor del príncipe y de sus agentes: una policía vigilante é inquieta, pero libertad ninguna.
Cuando el germano se estableció en las provincias que le abandonaba la debilidad del imperio, regló la propiedad á su imagen y la hizo libre como él. La justicia, la policía, el impuesto pertenecen á la tierra y la siguen en todas las manos. El feudalismo es el triunfo de este sistema, que confunde la propiedad con la soberanía: cada barón es el señor de la tierra, jefe en la guerra, juez en la paz; sólo para él tienen deberes sus vasallos, y sólo él está obligado respecto del rey.
Desaparecieron el Estado, la centralización, la unidad; sólo queda una jerarquía confusa, que no se parece al sistema romano ni á la sociedad moderna. Pero bajo el despotismo de los señores había una savia fecunda; esta savia que se ocultaba en el privilegio, era la libertad, y á ella se debe la época del Renacimiento tanto como á la acción tutelar de la Iglesia, que, ligando á los vencedores y á los vencidos con el lazo común de la religión, aproximó y confundió lo que se llamaba la civilización y lo que se llamaba la barbarie.
Esta acción tutelar de la Iglesia explica la influencia que ella tuvo bajo las dos primeras razas y que conservó durante la Edad Media. Emancipados los obispos por la caída del imperio, se encontraron á la vez jefes de las ciudades, consejeros del rey germano, depositarios de la tradición romana, y tan poderosos por sus luces como por su carácter sagrado.
Desde el primer día de la invasión la Iglesia reasumió su independencia natural y siguió una política que le sometió el mundo. Esto no era, en proporción, otra cosa que la política romana aplicada al gobierno de los espíritus. Desde luego, la Iglesia no quiso someterse á las autoridades profanas y aspiró á someter al poder temporal, exigiendo que los reyes se confesaran sus vasallos espirituales.
Entonces la idea del Estado fué diferente de la romana, porque dos potencias se dividieron el mundo, y la autoridad religiosa, es decir, el poder moral é intelectual, tomó la suprema dirección de los negocios humanos.
La Iglesia tomó á lo serio este gobierno del espíritu, que la opinión le defería: le era necesaria el alma entera, dejando al príncipe el cuerpo; y así la fe, el culto moral, educación, letras, artes, ciencias, leyes civiles y criminales, todo estuvo en su mano. De esta manera resolvía la Edad Media la difícil cuestión de los límites del Estado.
Pero, como era natural, las ideas romanas mantuvieron siempre una sorda reacción, que, andando el tiempo, llegó á hacerse fuerte. El derecho romano fué exhumado y los legistas, con el Digesto y el Código, comenzaron á minar las libertades feudales, haciendo triunfar su ideal del Estado romano, esto es, la unidad y la uniformidad bajo un jefe que no depende más que de Dios. Una fe, una ley, un rey: tal es su divisa.
La lucha de la reacción romana contra el feudalismo duró más de tres siglos, y la monarquía absoluta triunfó al fin de la independencia, sometiendo á los señores los castillos; las ciudades, las campañas á la unidad legislativa, á la centralización despótica del Estado, y la Iglesia misma se sometió por medio del concordato á la servidumbre común. El rey la protege, la enriquece, la defiende contra la herejía; pero al mismo tiempo nombra á los jefes y se sirve del episcopado como de un medio de gobierno.
La obra estaba consumada, el Estado no tenía límites, el sistema romano había reaparecido como en sus mejores días, cuando la Reforma abre una era nueva en el mundo, restableciendo el principio individual y protestando contra el poder absoluto de la tiara y de la corona. Lo que se encontraba en el fondo de la reforma era la antigua independencia germánica. Lo que muy luego reclaman los protestantes es el derecho de cada cual para obedecer á su propia conciencia, para escoger su fe, para constituir su iglesia; y de allí á discutir la obediencia civil, á reclamar en el Estado la libertad que reinaba en la iglesia, no había más que un paso, y este paso fué fácilmente dado.
La reforma inquietó á los príncipes; ella era una revolución semejante á la que el cristianismo había venido á hacer en el imperio romano. La organización política fundada en la estrecha alianza de la Iglesia y el Estado estallaba por todas partes; la conciencia y el pensamiento se escapaban al soberano. Se pretendió ahogar este soplo terrible en la sangre de los mártires, la persecución engendró la revuelta y la guerra; y agotada la Europa en las luchas fratricidas, las dos comuniones, impotentes para reducirse, acabaron por tolerarse mutuamente.
En Francia y en Alemania fué necesario sufrir que la minoría conservase su religión; el Estado fué obligado á abdicar delante de la conciencia. La libertad religiosa, alma de las sociedades modernas, es la raíz de todas las demás libertades. No se divide en dos el espíritu humano; si el individuo tiene el derecho de creer, tiene también el derecho de pensar, de hablar y de obrar; los súbditos no pertenecen ya al príncipe, el Estado es hecho para ellos, no para él. Eso fué lo que sintió Luis XIV; su instinto despótico no le engañó.
El protestantismo era la negación del derecho divino, un desmentido de la política tradicional de la monarquía. Anonadando á los reformados, se creía asegurar la unidad; pero detrás de los protestantes se hallaron los jansenistas, y arrasado Port-Royal, aparecieron al frente los filósofos. El pensamiento era libre y se reía del rey.
En Inglaterra la reforma tomó dos fases diversas: para la nobleza y el clero fué un rompimiento con Roma, y la Iglesia quedó estrechamente unida al Estado; para la clase media y el pueblo fué tanto una emancipación política como religiosa, pues la fe popular era el calvinismo que rompía con el Estado y hacía de cada comunidad de fieles una República que se gobernaba por sí misma y en la cual cada uno tenía el derecho de profetizar, es decir, de hablar sobre todas las cosas. Perseguido por la monarquía, el puritanismo triunfó con Cromwell; y aunque este triunfo político fué de corta duración, el germen republicano quedó en la sociedad inglesa, y fué el que, transportado á las plantaciones del Nuevo Mundo, engendró á los Estados Unidos.
Si la primera revolución había sido calvinista y democrática, la de 1688 fué anglicana y conservadora. Se destronó al rey; pero no la monarquía. En el reinado de Enrique VIII, las ideas del siglo y la necesidad de resistir á la España habían concentrado el poder en las manos de un señor; pero aceptando aquel despotismo como el baluarte de la independencia y de la grandeza nacional, se había conservado el antiguo espíritu sajón. Las ideas y las leyes romanas no habían penetrado jamás en Inglaterra. La libertad estaba allí eclipsada; pero no destruida.
La independencia comunal, el jurado civil y criminal, el parlamento, el veto del impuesto no son conquistas ni tienen fecha entre los ingleses: son establecimientos de la ley común; en otros términos, son las costumbres que el espíritu sajón había llevado de la Gran Bretaña, costumbres cuyo desarrollo ha sido á veces retardado; pero que no han dejado de existir jamás. Esto explica cómo en 1688 la Inglaterra, tomando posesión de sí misma, constituyó, sin sacudimientos, aquel gobierno libre que la ha puesto á la cabeza de la civilización europea.
Las ideas inglesas tuvieron una influencia considerable durante el último siglo en Francia, difundidas por Voltaire, por Montesquieu y Delolme. Al lado de esta escuela inglesa apareció otra francesa, la de los fisiócratas, que reclamaban la libertad de la agricultura y del comercio, con la reforma del impuesto. Así es que en 1789 había en Francia hombres ilustrados que, aunque partidos de diferentes puntos, sentían la necesidad de reducir el despotismo del Estado; pero, desgraciadamente, al lado de esta escuela liberal se fortificaba un partido ardiente que confundía el poder del pueblo con la libertad, y que estaba pronto á sacrificar todos los derechos á la soberanía popular. Este partido, que debía triunfar, procedía de Rousseau, que por medio de sofismas, que, á pesar de su nulidad, no han perdido su influencia, y que se encuentran en el fondo de todos los movimientos revolucionarios de Francia, restablece la teoría pagana de que la libertad es la soberanía y de que el derecho no es más que la voluntad de la nación.
Este error funesto dominó á la Constituyente, que, como órgano del pueblo, se atribuyó el derecho de hacerlo todo y reformó tanto la Iglesia como el Estado; sus sucesores obedecieron también al mismo error. El Consulado aceptó la sucesión de la monarquía y restableció la tradición en hombres y cosas, sin restablecer los privilegios, cuya destrucción habría sido grata al mismo Richelieu.
Su grande obra fué el complemento de la de los reyes por medio de una centralización más regular y más fuerte. Una administración enérgica, una igualdad completa y nada de libertad: tal fué el régimen que estableció el primer cónsul[29]. La restauración, aunque no restableció la monarquía antigua y dejó á la Francia el gusto de la libertad política, mantuvo el poder de la administración, y durante su reinado el Estado, compuesto del monarca y de las cámaras, fué siempre el Estado absoluto.
Bajo la monarquía de 1830 prevaleció también la falsa noción del Estado, y los amigos de la libertad, que tuvieron entonces más acción y más influencia en los destinos de la Francia que en el reinado anterior, confundieron la soberanía electoral y parlamentaria con la libertad.
El sistema proteccionista sostenido por la influencia de los grandes industriales fué apenas contenido; la educación fué ampliamente difundida, pero siempre por la mano del Estado, que rechazó la libertad de enseñanza; el derecho de asociación, ese gran resorte de la Inglaterra, fué prohibido; la prensa, cargada de trabas, y por lo mismo concentrada en un pequeño número de diarios, fué un peligro, cuando habría sido fácil hacerla inofensiva, difundiéndola. En suma: subsistió siempre la administración imperial, animada, es verdad, de un espíritu liberal y temperado por la publicidad; pero si el vicio original fué paliado, no por eso fué curado. Otro es el camino por donde se conduce á un pueblo á la libertad.
La revolución de 1848 mostró cuán extraña á las ideas liberales es la generación actual. Después de treinta años de gobierno constitucional se retrocedió entonces hasta los más fatales errores de la primera revolución. Los publicistas, que se pretendían los más adelantados, proclamaban que el individuo es hecho para la sociedad y no la sociedad para el individuo, volviendo de este modo al Contrato social y á la tiranía de la Convención; los utopistas suprimían la familia y se proponían encerrar á la Francia en un taller; los legisladores, imbuidos en las preocupaciones de 1789, no imaginaban nada mejor para fundar la democracia que debilitar el Poder ejecutivo, como si la autoridad no fuera la primera garantía de la libertad.
El resultado de esta política no era dudoso, pues que está escrito en todas las páginas de la historia. El pueblo se sirvió de su soberanía para desembarazarse de la anarquía. Después de las asonadas, de la guerra civil, de las amenazas y furores de la prensa, se tenía horror aún del nombre de libertad, aunque ella no tiene nada de común con semejantes excesos.
La Francia, que vive de su trabajo, estaba cansada del desorden y pedía el reposo y la paz á todo precio. El imperio absoluto, más invasor y más enérgico que nunca, reapareció, haciendo brillar en todo su esplendor los días de los Césares romanos.
NOTAS:
[23] Quinet: Introducción á la obra de Herder titulada: Idées sur la philosophie de l’histoire de l’humanité.
[24] Investigaciones sobre la influencia social de la conquista y del sistema colonial de los españoles en Chile; Memoria presentada á la Universidad de Chile en su sesión anual del 22 de septiembre de 1844. En esta obra nos propusimos aplicar la teoría misma que hoy enuncia y aplica Laboulaye al estudio del Estado, pues estudiamos la genealogía de las ideas, la educación que había recibido nuestra Patria, y con ella toda la América española, para comprender el curso de los acontecimientos pasados, presentes y futuros.
“Estudiemos á nuestros pueblos—decíamos allí (párrafo VIII)—conozcamos sus errores y sus preocupaciones, para saber apreciar los obstáculos que se oponen al desarrollo de su perfección y felicidad y para descubrir los elementos de ventura que podemos emplear en su favor”.
Fieles á nuestra teoría, no sólo hicimos aquel estudio, sino que en 1847 publicamos nuestro Bosquejo histórico de la constitución del gobierno de Chile en el primer período de la independencia, y en 1853 nuestra Historia constitucional del Medio Siglo. Ambas obras son del mismo carácter que la primera, es decir, de una misma escuela, y la última aplica la teoría al estudio de la historia de las ideas liberales en todo el mundo. Nuestra teoría se ha hecho casi general en América en estos veintiún años, pues hemos visto muchos escritos interesantes que más ó menos tienen la misma tendencia en el estudio de la historia y de la política de nuestras sociedades americanas.
El de mayor mérito que conocemos es el ya citado Ensayo sobre las revoluciones políticas, de nuestro amigo Samper. No pretendemos reclamar privilegio de invención, pues si damos esta noticia es sólo por vía de ilustración de la historia de la ciencia política, y para que se compare su estado actual en América con el que alcanza en Europa. Sabemos bien que los escritores políticos no tienen, como lo observa Laboulaye, hablando de Tocqueville, la fortuna de los poetas; porque sus obras se achican con el tiempo, á medida que sus ideas se hacen el patrimonio de todos, y llegan hasta ser olvidados y desconocidos por la generación que se apodera de ellas y las hace tan suyas, que pierde de vista al que primero las reveló. Este es el mejor triunfo que puede alcanzar el que señala una verdad desconocida en una época: ¡qué importa que se le olvide, si la verdad triunfa y está siempre presente!
[25] Artículos I y III de las Enmiendas á la Constitución de Estados Unidos.
[26] Artículo I, sección X, de la Constitución de los Estados Unidos.
[27] Véase Kent: Del gobierno y jurisprudencia constitucional de los Estados Unidos, sección X; traducción de D. A. Carrasco Albano.—Buenos Aires, 1865.
[28] Véase nuestros Elementos de derecho público.—Primera parte, artículo III, capítulo II, y artículo II, capítulo III.
[29] Si se considera que Napoleón contó para esto con el poder de la reacción del régimen antiguo del despotismo, que tenía en Francia tantos elementos, y con las conquistas que la revolución acababa de hacer en la igualdad, mas no en la libertad, se advertirá que su tarea no fué difícil y que su gloria como administrador es muy infundada.