I

Más allá de la selva de avellanos,

Á cuya sombra misteriosa mana

Murmuradora fuente cuya historia

Cuento parece de orientales hadas:

Más allá de los cármenes que alegran

De los cerros del sol la verde falda,

Y más allá de las rojizas lomas

Que á Darro obligan á torcer sus aguas,

Hay un tajo que forman dos colinas

Donde la arcilla estéril, de las plantas

Secando las semillas, el arraigo

De hierbas, flores y árboles rechaza.

De este tajo en la cóncava hendedura,

Del Moro y del Cristiano abandonada

Y objeto de pavor para ambos pueblos,

Hay una vieja torre solitaria.

Fábrica, según unos, de un mal Genio

Que, teniendo en las nubes su morada,

Robó audaz una Hurí del paraíso

Y al mundo la bajó sobre sus alas,

Encerrándola luego en esta torre

Que fabricó con piedras encantadas.

Obra de un parricida, según otros,

De quien no quiso Satanás el alma,

Y la enterró con el nefando cuerpo

Debajo de la arcilla emponzoñada,

Vuelta después en fuente pantanosa,

Turbia, insalubre, fétida y amarga.

Mas cualquiera que fuere el misterioso

Origen ignorado de su fábrica

Que en los siglos se pierde, es esta torre

Objeto del terror de la comarca.

Al amor de la lumbre los ancianos,

De las noches de invierno en las veladas,

Á sus vecinos y parientes, de ella

Mil leyendas quiméricas relatan.

Ni pastor llevó nunca su ganado

Por aquellos contornos, ni serrana

Por recia tempestad sobrecogida

Se abrigó de sus bóvedas rajadas;

Ni nunca las doncellas campesinas

Se casaron con hombre que pasara

En la luna anterior al matrimonio

Por bajo de esta torre condenada;

Ni cazador alguno su ballesta

Disparó sobre el ave ó la alimaña

Que se acogió á las grietas de sus muros,

Ó en su cresta posó desalmenada.

El padre al revoltoso rapazuelo

Con la torre fatídica amenaza,

Y el muchacho, medroso, se guarece

Bajo el regazo maternal y calla.

Dicen que en las tinieblas de la noche

En torno de ella apariciones vagas

Se perciben tal vez, y se iluminan

Los huecos de sus lóbregas ventanas;

Dicen que un Moro, ó alquimista ó santo,

De triste voz y venerable barba

La torre habita, y que curó con filtros

Á una pobre mujer endemoniada;

Y cuentan, aunque nadie le designa,

Que un mancebo del pueblo, que idolatra

Á una Infanta rëal, clavó una noche,

Caprichos por cumplir de la que ama,

En el viejo postigo de la torre

El velo de la hermosa con su daga:

Y la hermosa á otro día halló clavados

El velo y el puñal en su ventana.

Un mercader del Zacatín, muy rico,

Muy limosnero y de costumbres santas,

Consultó escrupuloso con un sabio

Santón el fundamento de estas fábulas,

Y el sabio Aly-Mazer, que penitente

En los montes habita una cabaña

Que nadie vió, y á quien el vulgo dice

Que cuida allí de alimentar un águila,

Su plática al oir sobre la torre

Dijo con vista torva y voz airada:

«¡Ay del que pise de su umbral la piedra

Allí afila la muerte su guadaña.»

Y esto el sabio santón diciendo á voces

Al mercader, atravesó la plaza,

Dejándole aterrado y circuído

De inmensa multitud estupefacta.

Dícese, sin embargo, aunque se dice

Entre amigos no más, y en voz muy baja,

Que algunos han llegado hasta esta torre

De consejos ó filtros en demanda,

Y que el viejo dervich que habita en ella

Satisfizo sus dudas ó sus ansias:

Y aun dicen que debajo de las piedras

De aquella torre vacilante se hallan

Camarines suntuosos, alumbrados

Con candelabros de coral y de ámbar,

Y una fuente que aduerme los sentidos

Al dulce són de sus bullentes aguas.

Dios sabe la verdad; el vulgo siempre

Da formas temerosas y fantásticas

Á lo que no comprende, y esta torre

Le es en sus sueños pesadilla ingrata.

Era la última tarde de Febrero:

Ya el crepúsculo en sombra se cerraba,

De los vientos de Marzo comenzando

Á zumbar en los árboles las ráfagas.

Ya recogido el labrador su yunta

Cansado había y el pastor sus cabras,

Y el humo de las chozas y alquerías

Á su frugal banquete le llamaba.

Se hundían en sus cuevas los reptiles

Y acudían las aves á las ramas,

Llamando á la vecina primavera

Que más de lo que anhelan se retarda.

La tierra, en fin, en brazos de la noche,

Yerta, en silencio y soledad quedaba,

Y al lejos la ciudad se distinguía

Sólo ya por la luz de sus ventanas.

Era una noche fría y tenebrosa:

Crecía el viento y, de la luna falta,

La bóveda del cielo parecía

Con fúnebres crespones enlutada.

Era una de esas noches en las cuales

La voz del miedo al corazón nos habla y

Y de infantil superstición al soplo

Quimeras mil en nuestra mente se alzan.

Noche agradable para oir historias

Junto á la lumbre del hogar contadas,

Ó para hacer castillos en el aire

Bajo el triple doblez de espesa manta.

Mas no siempre á su antojo goza el hombre

Plácida ocupación, cómoda estancia,

Y alguno hay siempre que afanoso vela

Mientras el mundo universal descansa.

He aquí por qué del arcilloso tajo

Donde la antigua torre está fundada,

Á pesar de la noche pavorosa,

La soledad un hombre atravesaba.

No se alcanzaba á ver en las tinieblas

Ni aun el contorno de su forma humana;

Mas se oía su aliento fatigoso

Y el compás desigual de sus pisadas.

Sonoro el rosetón de sus espuelas

Tal vez por caballero le acusaba,

Y por hombre de guerra el són metálico

Con que bajo el caftán crujen sus armas.

Llegó á la cima del repecho, donde

La puerta da del torreón: ahogada

Tos de cansancio le saltó del pecho,

Mas sofocó su ruido en la garganta.

Breve silencio luego, hondo, absoluto,

Indicó que dudoso vacilaba,

Y que tal vez en el momento crítico

Le abandonaba el corazón su audacia

Con larga aspiración tomar aliento

Oyósele después, y de la daga

Con el pomo dos golpes dió en la puerta,

Secos, iguales, firmes: no temblaba.

El corazón que daba á aquella mano

Tan sereno vigor latía en calma,

Y el hombre que llamaba á aquella torre

Resuelto en ella á penetrar llegaba.

Si á su secreto huésped conocía,

Su relación con él era harto franca;

Si la creía habitación de espíritus,

Con temeraria fe les provocaba.

El doble són de su doblado golpe

Los ecos de la torre abandonada

Cóncavos repitieron, hasta ahogarles

En la desierta cavidad lejana,

Y un momento después otra voz ronca

Tras de la puerta preguntó:—«¿Quién llama?»

—«Un hombre solo», respondió el de fuera.

EL DE DENTRO

¿Qué quiere?

EL DE FUERA

Quiere hacer una demanda

Al espíritu sabio que aquí mora.

EL DE DENTRO

¿Su ciencia sin saber de quién dimana?

EL DE FUERA

Del cielo ó del infierno: importa poco:

Con que me sepa responder me basta.

EL DE DENTRO

¿Resuelto traes el corazón?

EL DE FUERA

Á todo.

EL DE DENTRO

¿Tienes bien la pregunta meditada?

FUERA

Sí.

DENTRO

¿Sabes que la ciencia nunca miente,

Y que desnuda la verdad espanta?

FUERA

Favorable ó fatal, saberla quiero;

Pon precio á tu respuesta, pero dámela.

DENTRO

La ciencia no se vende: y quien el cáliz

Osa apurar de la verdad amarga,

En el veneno que al saberla bebe

La compra por su mal bastante cara.

Entra.—Abrióse la puerta: pasó el hombre,

Y fué todo silencio, sombra, nada.

En medio de un morisco gabinete

Que, á juzgar por su bóveda cerrada,

Pertenece sin duda á alguna obra

Desconocida, oculta y subterránea,

Al suave resplandor con que la alumbran

De pulido alabastro cinco lámparas,

Hay una fuentecilla que se vierte

De mármol transparente en una taza.

El desborde del líquido impidiendo,

Un sumidero que su fondo orada

Le conserva en nivel constante siempre,

La que sume igualando á la que mana.

Su ancho tazón que sobresale apenas

Del pavimento, á la arabesca usanza,

Cercado está de blandos almohadones

Y tupidas alfombras toledanas;

Mas parece que sólo se destinan

Por el rico señor de aquella estancia

Á que gocen sus huéspedes la vista

Y el grato són de la corriente mansa:

Y la luz de las lámparas, que recta

En su cristal á reflejarse baja,

Para alumbrar también parece sólo

La transparente linfa preparada.

Radia empero esta luz por todas partes

En rededor de la ostentosa cámara

Sobre mil preciosísimos objetos,

Que la opulencia del señor delatan.

Ricos jarrones del Japón que ostentan

Índicas flores que en su seno arraigan,

Plumas costosas de chinesco origen,

Y talismanes y amuletos y armas

Por su rara virtud ó precio enorme

De enriquecer capaces á un Monarca,

Decoran el fantástico aposento

Que aroma un ancho perfumero de ámbar:

Exquisitos damascos, cairelados

Con anchos flecos y tejidas randas,

Cubren los muros, cuyo friso adornan

Minuciosas labores africanas;

Y del techo estaláctico, de cedro

y olorosas maderas cinceladas,

Los huecos casetones laberínticos

Miniaturas espléndidas esmaltan.

El murmullo continuo de la fuente,

La suave luz en ella reflejada

Y el aroma oriental del perfumero

Que harmoniza, ilumina y embalsama

El aire de este asilo misterioso,

Embebecen el ánimo y embargan

Los sentidos, y el alma á las delicias

De beáticos éxtasis preparan.

Al respirar su atmósfera vivífica

La cavidad del pecho se dilata

Con placer inefable: y, cual si en ella

Un bálsamo vital se inoculara,

Corre la sangre renovada, al cuerpo

Comunicando ligereza extraña,

Como si el soplo de benigno genio

Su peso terrenal aligerara.

Este deleite, empero, inexplicable,

Este placer magnético que embriaga

El ánimo y el cuerpo en este sitio,

Tanta delicia infunde, que aletarga.

Aura parece del Edén, divina

Fruición de la gloria que, arrastrada

Á la tierra de impuro sortilegio

Por la virtud, deleita pero daña.

Mansión es ésta singular: acaso

En ella con sacrílega amalgama

El ambiente vital del paraíso

Y el aliento satánico se hermanan.

Mansión que está sujeta á algún encanto,

Ó por algún espíritu habitada,

Ó por un sabio mago está dispuesta

Para abusar de la razón humana.

Fantástica mansión, cuyo recinto

Se encierra oculto en la maciza fábrica

De los hondos cimientos que mantienen

La torre secular que al vulgo espanta.