I

Zahara cayó: sus tristes moradores

Víctimas van de tan fatal jornada

Esclavos de los Moros vencedores,

De ganado rüin como manada.

Muley envió delante corredores

De su victoria nuncios á Granada,

Y, con victoria tal alegre y fiera,

Al vencedor Hasán Granada espera.

Preparan las familias principales,

Á los guerreros y sangrientos fines

Del anciano monarca más parciales,

Zambras, saraos, himnos y festines,

Unas en sus salones orientales,

Otras en sus balsámicos jardines:

Prodigando sin duelo sus tesoros

Para ensalzar el triunfo de los Moros.

Los cadís á su vez tienen dispuestas

De fuegos, de pandorgas y de cañas,

De sortija, de toros y de apuestas,

De bohordos, de gallos y cucañas,

Para la plebe revoltosa fiestas

Cual nunca alegres, como nunca extrañas:

Porque deje tal triunfo en su memoria

Largo recuerdo de placer y gloria.

Engalanan los altos miradores

Lujosas colgaduras y doseles,

Flotantes plumas, enredadas flores,

Lazos de palmas, arcos de laureles,

Damascos de vivísimos colores,

Tapices festonados de caireles,

Y ocupan ajimeces y ventanas

Nobles, jeques, walíes y sultanas.

Viejos, mancebos, niños y mujeres

Abandonan curiosos sus hogares:

Dejan los artesanos sus talleres,

Olvidan los sederos sus telares,

Cierran su mostrador los mercaderes,

Los armeros sus fraguas: los lugares

Vecinos se despueblan, y doquiera

Bulle la muchedumbre novelera.

Corren plazas y calles tañedores

De sonajas, adufes y panderos,

Rawíes de romances narradores

Al compás de la guzla, cuadrilleros

De diversas comparsas conductores

Y parejas de enanos, y gaiteros

De Marruecos y Fez, cuyos cantares

Recuerdan del desierto los aduares.

Circulan por doquier profusamente

Roscones de Jaén, tortas de Alhama,

El alhajú de Ronda, largamente

Saturado de especias, á quien llama

El mostillo su hermano, y el caliente

Buñuelo hinchado que la sed inflama:

Y, pese al libro del Korán divino,

Templa la sed el malagueño vino.

En la jornada de tan fausto día

De fiesta real y universal holganza,

La ley á la licencia da franquía

Y destierra el placer á la templanza:

Y la plebe, sin coto en su alegría,

Canta ruidosa, descompuesta danza:

Pues nada hay que desdore ó avergüence

Al celebrar sus triunfos á quien vence.

Es ley universal. ¡Ay del vencido!

Cantad, pues, ¡oh triunfantes Africanos!

¡Ignominia y baldón para el rendido!

¡Mengua y esclavitud á los Cristianos!

Mas no olvidéis que encomendada ha sido

De la venganza á las sangrientas manos

La ley de los vencidos inhumana.

¡Ay de vosotros si lo sois mañana!

¡Gloria á Muley! La multitud que llena

Las torres y alminares ve á lo lejos,

Á través de la atmósfera serena,

De las moriscas armas los reflejos.

Un grito inmenso de placer resuena

Con nueva tal: mujeres, niños, viejos,

Se agolpan á las puertas de la Vega

Á recibir al Rey que en triunfo llega.

Ya avanzando en hileras ondulantes

Se ven los ordenados escuadrones:

Parecen con el sol cintas brillantes

Las filas de los árabes peones:

Sobre el blanco montón de sus turbantes

Tremolan sus enseñas y pendones,

Y desgarran la atmósfera sonoros

Los atabales y clarines moros.

He allí á Muley Abul-Hasán. Su frente

Sombrean los flotantes lambrequines

De su penacho real: cuelga esplendente

Su escudo del arzón: y, hasta las crines

Embarrado, el caballo bufa ardiente

Y piafa, conociendo los confines

De los cotos rëales y la dehesa

Donde, potro, pació la hierba espesa.

«¡Alahú akbar! ¡Loor al Rey valiente!»

Gritó la multitud al divisarle,

Y aglomeróse atropelladamente

Bajo su estribo mismo á vitorearle:

Mas la mano de Dios omnipotente

Que hasta este día se dignó ampararle

Le retiró su auxilio, y en su seno

Del infortunio derramó el veneno.

Tornóse contra él cuanto en pro era:

Cambióse en vencimiento su victoria,

Su popularidad en pasajera

Fama de un día, y en baldón su gloria.

La muchedumbre, en su verdad entera

Al leer de Zahara la sangrienta historia,

Retrocedió, por Dios iluminada,

El porvenir leyendo de Granada.

Con repugnante ostentación impía,

Un gigantesco negro de Baeza,

Del pelo asida, junto al Rey traía

Del buen Arias la lívida cabeza.

Un escuadrón entero le seguía,

En cuyas lanzas con brutal fiereza

Se ostentaba sangriento igual trofeo,

Medroso al alma y á la vista feo.

En medio de los árabes soldados

Y los Gomeles negros, lastimeros

Suspiros arrancaban despechados

Los cautivos Cristianos, por sus fieros

Vencedores heridos y arrastrados

En confuso tropel como carneros:

Y á marchar ó morir les obligaban,

Y dichosos al fin los que expiraban.

Las fuerzas de los viejos no bastando

Á soportar ultrajes tan crüeles,

Al Dios de las venganzas invocando

Caían á los pies de los corceles:

Sin compasión sobre ellos, espoleando

Sus caballos, pasaban los Gomeles,

Apresurando su postrer instante

La aguda lanza y yatagán cortante.

Traían muchas madres en los brazos

Los hijos muertos, y ocultar querían

Su fin bajo los sórdidos retazos

De los rotos harapos que vestían,

Pues sus tiernos cadáveres pedazos

Los guardias negros de Muley hacían,

Y con horror de los maternos ojos

Quedaban insepultos sus despojos.

La mora multitud, aunque villana

Civilizada, á compasión movida,

Del Rey maldijo la impiedad tirana y

En odio la alegría convertida.

Circundó á la feroz guardia africana

Con agresivo impulso, y, encendida

La furia popular, por un instante

El paso barreó del Rey triunfante.

Arrebatando las mujeres moras

Sus hijos á los míseros cautivos,

«Dádnosles, los dijeron: sus señoras

Os les tendrán esclavos, pero vivos.»

Comenzaron cien manos vengadoras

De las bridas á asirse y los estribos,

Y á brillar comenzaron los puñales

Debajo de los jaiques y almaizales.

Á cundir comenzó la infausta nueva

Entre las turbas y á crecer la ira:

Doquier la multitud, que se renueva

Y que sus fuerzas acrecienta, gira

Del Rey en torno, quien sus olas prueba

Con su caballo á hender y torvo mira

Venir la tempestad y acrecentarse

El popular furor, pronto á inflamarse.

Sus feroces Gomeles, que le vieron

Afirmarse en la silla, adivinaron

Su resuelta intención: se rehicieron,

Y á sostenerle fieles se aprestaron.

«¡Adelante!» gritó: tras él vinieron

Á alinearse y las lanzas enristraron.

Se abrió la plebe: y, rota ya la valla,

Dijo Hasán: «Dispersad esa canalla.»

La multitud, compuesta de artesanos

Inermes, de mujeres sin defensa,

De cobardes ociosos y de ancianos,

Tan débil é impotente como densa,

Se abrió ante los jinetes africanos,

Retrocediendo en oleada inmensa

Como el círculo que abre el haz del río

Ante la quilla corva del navío.

Turba que ceja un pie, fuerza vencida.

La hueste de Muley siguió adelante

Y en la ciudad entró; mas, convertida

La alegría en terror, fué con semblante

Sombrío y en silencio recibida

Por el vulgo, ó medroso ó inconstante:

Y Hasán, seguido de sus negros fieles,

Subió al trote la cuesta de Gomeles.

Deshízose del pueblo; mas siguióle

Hasta el recinto real su descontento,

Y á par con él su indignación mostróle

De modo asaz visible el firmamento.

Repentino nublado encapotóle,

Se negreció su azul, rebramó el viento,

Con la fortuna de Muley en guerra

Declarándose á un tiempo cielo y tierra.

En la Alhambra rëal los cortesanos

Le vitorearon al llegar; empero

¡Ay del Rey á quien guardan los villanos

Odio ó temor! Apenas el postrero

De los temidos guardias africanos

Transpuso el Bib-Leujar, el pueblo entero

Rompió en inmenso sedicioso grito

Que en el espacio azul vibró infinito.

Aparecieron por doquier audaces

Cabezas de motín: gestos feroces

Que revelaban ánimos capaces

De realizar los planes más atroces.

Santones venerados y sagaces

Dervichs alzaron por doquier sus voces:

Y el populacho, en grupos dividido,

Dió á sus discursos por doquier oído.

Y he aquí que, en el centro de la plaza,

Se alzó sobre las turbas de repente

Viejo santón de venerable traza,

Famoso asaz entre la mora gente.

Era el severo Aly-Mazer, de raza

Noble, de vida austera y penitente,

Quien por causas recónditas y extrañas

Retirado vivía en las montañas.

Hombre á quien solamente se veía

En los grandes peligros y ocasiones,

Y de quien siempre el pueblo recibía

Oportunos consejos y lecciones.

Siniestra aparición que precedía

Siempre á las populares convulsiones

Que, en su postrera edad desventurada,

Estremecerse hicieron á Granada.

Hombre doquier temido y respetado

Por su severidad y por su ciencia,

De la virtud muslímica dechado,

Sincero amparador de la indigencia,

Leal consolador del desdichado,

Prosternóse la plebe en su presencia:

Y callaron ante él respetüosos

Los demás oradores sediciosos.

Tomando entonces por mimbar la fuente

Que el centro de la plaza decoraba,

Paseó sus miradas tristemente

Sobre la multitud que le cercaba;

Y con lúgubre voz, cuyo doliente

Tono en el hondo corazón vibraba,

Profética, inspirada, lastimera,

El discurso rompió de esta manera:

«¡Ay del pueblo muslim! ¡ay de Granada!

»Para escarnio y baldón de las edades

»Será no más su historia consignada.

»¡Regia ciudad; sultana de ciudades,

»Estás por tus cimientos horadada!

»¡Va sobre ti á llover calamidades

»El cielo sin piedad á quien provocas,

»Y contra ti se volverán las rocas!

»Musulmanes, Hasán está hechizado

»Por el nefando amor de una cristiana:

»Aixa, de fe cual de virtud dechado,

»Es esclava en su harén y no sultana;

»El Príncipe legítimo, encerrado

»Llora en los hierros de prisión lejana.

»¿Y en provecho de quién tal tiranía?

»De una extranjera, renegada impía.»

»Ya lo veis: impolítico atropella

»Cuantos derechos y principios fijos

»Hasta hoy se respetaron, y degüella

»Los rendidos y esclavos. Tan prolijos

»Crímenes ¿á qué fin? Sólo por ella:

»Por coronar á sus bastardos hijos,

»Que, lobeznos de raza castellana,

»Como ella al fin renegarán mañana.

»¿Comprendéis? ¡oh muslimes!—Esa impía

»Que ni cree en Jesucristo ni en Mahoma,

»De nuestra desdichada monarquía

»Es con sus hijos la mortal carcoma.

»Ella al Cristiano os venderá algún día

»Si en sus proyectos incremento toma:

»Porque en el odio universal que encierra

»Incendiará, á poder, toda la tierra.

»Pero ¿creéis tal vez que los Cristianos

»La sangre olvidarán vertida en Zahara?

»Como Hasán en sus triunfos inhumanos,

»Vendrán con sed de vuestra sangre avara.

»La que hoy vertieron sus inicuas manos

»Del pueblo moro goteará en la cara:

»Y en todas ocasiones y parajes

»Nos considerarán como á salvajes.

»¿Oís ese huracán? Horrorizada

»De tan inútil y brutal fiereza,

»Truena contra nosotros indignada

»La madre universal Naturaleza.

»¡Ay del pueblo muslim! ¡ay de Granada!

»El rayo amaga su imperial cabeza,

»La ponzoña mortal hierve en su seno,

»Y Aláh se torna en pro del Nazareno!»

Dijo así Aly Mazer. Como evocados

Al són de sus fatídicos acentos,

La tierra conmovieron desatados

En furioso huracán los elementos.

Torrentes de las nubes desgajados

Inundaron las calles, y los vientos

Arrebataron arcos y doseles,

Lazos, flores, damascos y caireles.

Huyó la población supersticiosa,

Siempre en agüeros á creer dispuesta,

Y encerróse en sus casas pavorosa,

La ira de Dios creyendo manifiesta.

Desierta la ciudad y silenciosa

Quedó en redor, se interrumpió la fiesta:

Y en vez de los aplausos y canciones,

Doquier se oyeron ayes y oraciones.

Duró la tempestad la tarde entera,

Y entre el rugido cóncavo del trueno

Y el estridor de la tormenta fiera,

De los obscuros barrios en el seno

Una voz incesante y lastimera

Exclamaba aterrando al agareno:

«Aláh torna á su grey la faz airada.

¡Ay del pueblo muslim! ¡ay de Granada!»

Campo desierto de olvidadas ruinas,

Medroso despoblado cementerio

Parecían las calles granadinas

De tal desolación bajo el imperio:

Y cual si se efectuara en las divinas

legiones algún lóbrego misterio

Fatal para los Moros, agobiada

De pánico terror quedó Granada.