III

—«Mira, escucha y comprende lo que pasa

En torno tuyo ¡oh Rey!—¿Ves esas sombras

Que como en alas de los vientos cruzan

Esos llanos y montes con que sueñas,

De esa obscura ciudad saliendo todas?

Los corredores son, que el Rey cristiano

Envía á sus alcaides fronterizos.

Esa ciudad de donde parten, cuyo

Mudo recinto en las tinieblas yace

Al parecer pacífico y tranquilo,

Es Medina del Campo. Desde aquellas

Torres los Reyes de Castilla miran

Hacia Granada, el pensamiento fijo

En su desolación y la memoria

En el fatal horóscopo, que anuncia

Á Abú-Abdil como el postrer monarca

Que reinará en la Alhambra; sus jinetes

Por eso envían en secreto, y sólo

Caminando de noche, á sus mejores

Adalides. ¿Y sabes el mensaje

Que les llevan, Muley? Que pues rompiste

Las treguas tú, cayendo sobre Zahara,

Den por abierto el campo de la guerra

Y metan por tus tierras sus pendones,

Talando sin piedad y destruyendo

Mieses, viñedos, torres y ciudades.

Vuelve ahora la vista hacia este lado:

¿Ves ese cerro sobre el cual blanquean

Las almenadas torres y los muros

De una morisca villa? Son las torres

Y las murallas de Guadix. ¿Ves ese

Pendón que en ellas vagarosa agita

El aura de la noche? No es ya el tuyo:

Es el de Abú-Abdil. ¿Ves esos hombres

Que, envueltos en sus blancos alquiceles

Y jaiques africanos, uno á uno

Entran en la segura fortaleza

Do se hospeda tu alcaide? Todos esos

Son los parciales de Abdilá, que acuden

Á ofrecerle su brazo y sus tesoros

Contra su mismo padre: y son los mismos

Que tus inicuas leyes desterraron

De Granada; los hijos y los nietos

De aquella ilustre raza degollada

Por el infame padre del que ahora

Es tu primer Wazir, tu consejero,

Del tirano tal vez que por ti reina:

De Abú'l-Kasín Ben-Egas, hijo digno

Del renegado vil á quien llamaron

Moros y Castellanos con desprecio

El Tornadizo: y todos alimentan

Sed de venganza contra él, y el odio

Hierve en su corazón contra la impura

Cristiana á quien adoras, y detestan

Toda la estirpe vil de renegados

Que te cerca, Muley, y al pueblo impulsan

Hacia la rebelión, que ya fermenta

Hasta en tu misma corte, y cuyo fuego

Puede atajar tal vez Dios solamente,

¡Alahú-akbar! así está escrito. Vuelve

La vista hacia ese valle: es el de Dona.

¿Ves esa multitud de gente armada

Que por él atraviesa? Son Cristianos

Que á Alhama van. Á Alhama, donde tienes

Tus más ricos tesoros: donde acuden

Con tus anuales rentas tus alcaides:

Donde almacenas los inmensos víveres

Á tus tropas fronteras necesarios.

Á Alhama van: la llave de Granada,

Como los Granadinos la apellidan:

Á Alhama van. Repara cómo trepan

Por los peñascos en que está fundada,

Como astutos reptiles, los Cristianos

Escaladores; mira cómo llegan

De los muros al pie sin ser sentidos:

Mira cómo aproximan las escalas:

Mira cómo en silencio en las almenas

Aseguran las manos, cómo tienden

Los cautelosos ojos al recinto

Del muro y del adarve abandonados:

Mira cómo el primero salta dentro

Y sesenta tras él. Ese maldito

Es Ortega del Prado, ese famoso

Escalador cuyas sorpresas tienen

En vela eterna á los Alcaides todos

De tus castillos fronterizos. Mira

Cómo asesina al centinela y corre

Á sorprender la guardia de las puertas:

Mira cómo un enjambre de Cristianos

Por las murallas entra. ¡Ay de tu Alhama!

¡Ay de los que no ven que están cercados

De lobos Nazarenos! Mira, mira.

Aquel jinete, que á su frente viene

Á emboscarse traidor junto al postigo,

Es Ponce de León, Marqués de Cádiz,

Maldecido de Aláh y azote nuestro.

Aquel otro de arnés empavonado,

Es el rico Asistente de Sevilla

Diego de Merlo: aquel que con el hacha

El barreado rastrillo hace pedazos

Con fuerzas de Titán, es Juan de Robles,

Alcaide de Jerez, que mató un toro

Dándole en el testuz un puñetazo.

Y no creas que es gente allegadiza,

Poco diestra en la lid y mal armada;

No, Muley, son guerreros avezados

Á pelear: ilustres por sus hechos

Y por su sangre generosa: todo

Cuanto encierra mejor Andalucía

De Castellanos capitanes. Mira:

¿Ves aquel joven cuyo bozo apenas

Sobre su labio superior apunta?

Bien puedes con el alba que esclarece

Divisarle, jinete en un morcillo

Que piafa de impaciencia: ese es un hijo

De aquel Conde de Cabra cuyo brazo

Teme no más Aly-Athár de Loja;

Es su hijo Don Martín, prez de la raza

De Fernández de Córdova. Aquel otro

Que monta un potro negro y que tremola

Un pendoncillo cárdeno en la lanza,

Don Pedro Enríquez es, Adelantado

Mayor de Andalucía. Toda entera

La tienes ya sobre tu reino: toda

Tiene la voz de alarma y se dispone

Para vengar á Zahara. ¡Ay de tu Alhama,

Que tienen ya por suya! ¡Oh! mira, mira:

Aquel que gana el caracol estrecho

Del torreón y baja á dar entrada

Á los que aguardan del postigo fuera,

Es el Comendador Martín Galindo,

Que ha jurado inmolar treinta Muslimes

Á la implacable sombra de un hermano

Muerto á sus pies por el Zegrí de Vélez.

Mira cómo ayudado de Estremera

Su escudero, y de Pedro de Valdivia,

Alcaide de Archidona, desatranca

Los pesados barrotes de la puerta

Y sube las cadenas del rastrillo.

Ya logró levantarle: ya una hoja

Franqueó del postigo: apresurados

Mira cómo por él se lanzan todos

Sedientos de oro y sangre ¡Aláh clemente,

Compadece á los Árabes! Escucha.

¿No oyes el repentino clamoreo

Que ensordece la villa? ¡Desdichada!

Su gente anoche se acostó tranquila,

Y en brazos de la muerte se despierta.

Mira aquel que en la torre de homenaje

De la alta ciudadela ha enarbolado

La bandera cristiana; oye cuál grita,

Agitando frenético los brazos,

¡Alhama por Castilla!... ya la tienen.

Mas no: mira los tuyos cómo acuden

Á la pelea: todavía es suya

La villa, y el castillo solamente

De los Cristianos es. ¡Aláh bendito!

Mira cómo coronan las murallas,

Una nube de flechas arrojando

Sobre los siervos de Jesús. ¡Cuál caen

Entre los muros de ambos fuertes! Cejan,

Se encierran otra vez en el castillo

La tierra con su sangre enrojeciendo.

¡Ah, leales Muslimes, degollados

Primeros que rendidos! Viejos, niños,

Mujeres, cuantos ciñen el turbante

Africano, pelean por su patria.

Mira, van á intentar una salida:

Ya están acorralados los Cristianos

En el castillo, y á su vez ahora

Van á ser los sitiados. No hay tronera,

Ni lucerna, ni almena, ni resquicio

Por donde asome un ojo castellano,

Que cubierto de dardos no se vea

En el instante mismo. Ya los tuyos

Comienzan á salir: mas ¡Cielo santo!

En tumulto, sin orden y sin jefe,

Como muchachos de una escuela salen.

¡Oh! van á ser pasados á cuchillo

Si los Cristianos dan en ellos. ¡Pronto

Desdichados! ¡atrás! ¡atrás! Es tarde.

Un lienzo de muralla derribando

Los Cristianos se lanzan de repente

Sobre su ciega multitud, y en ellos

Corno en ganados en redil se ceban.

Huyen: la puerta los de dentro quieren

Cerrar: mas se aproximan unos y otros

En confuso tropel: todo es en vano:

Todos al par se precipitan dentro.

Oye cómo á la avara soldadesca

Autorizan los jefes al saqueo,

Para animar sus bárbaros instintos.

¡Ira de Dios! La muerte por las calles,

Por las plazas, las casas y mezquitas,

Corre hambrienta de víctimas humanas

Y se harta de cadáveres. En vano

Unos pocos valientes, prefiriendo

La muerte al cautiverio, se resisten

Como leones del desierto. En vano

En tu regio mirab encastillándose,

Ante el ara sagrada del Profeta

Forman una muralla con sus pechos.

Un impío Cristiano, una embreada

Tea aplicando á la dorada puerta,

Sopla la llama arrodillado, en tanto

Que otros con sus escudos le protegen

De los árabes tiros. Ya la llama

Prendió en la puerta cincelada: el humo

En espirales pardas culebrea

Por cima de los cascos: ya las chispas

Saltan á impulso del seguro soplo

De la adarga de cuero con que aventan

El incendio naciente, y ya rechina

La primorosa ensambladura hendiéndose.

Mira cómo abrasada se desploma

La mezquita y sepulta á los Muslimes:

Mira cómo el incendio se propaga

Por sus bazares y almacenes: mira

Las lagunas de sangre, en cuyo fondo

La voz de todo un pueblo degollado

Al justiciero Aláh contra ti clama:

Mira cómo el incendio, porque veas

Mejor, extiende en derredor su llama

Encendiendo á tu honor mortuorias teas:

Mira la cruz sobre el peñón de Alhama!....

Desventurado Rey, ¡maldito seas!....»

Dijo y calló la voz del nigromante;

De la frase final lúgubre el eco

En pavoroso són zumbó un instante

Bajo morisco artesonado hueco.

Un momento después la luz brillante

Se extinguió de las lámparas: un paso

Lento, más firme gravitó en la alfombra:

Sintióse en los tapices un escaso

Rumor.... y todo fué silencio y sombra.