INTRODUCCIÓN

¡Escrito estaba así! Dios en su mano

Tiene los corazones de los Reyes,

Y sus profundos cálculos políticos

La voluntad de Dios acota siempre.

Esa nación, que poderosa nace

De las ruinas de aquella que perece,

Al mandato de Dios brota y se encumbra

Y en alas sólo de su aliento viene.

Los pueblos y las razas se renuevan,

Devorando el que nace al que fenece,

Como en la inundación bajo las aguas

Se renueva el país que se sumerge.

La gloria y el poder de las naciones

Nace, se eleva y cae, cual se suceden

Las semillas y frutos de la tierra,

Hijas de la estación que les da germen.

El invierno corona las montañas

Con blancas tocas de apretada nieve,

Y el aire de sus copos infecundos

La lluvia extrae para regar las mieses.

Cuna y sepulcro al par de cuanto en ella

Vegeta y se consume, nace y muere,

Fúnebre ¡adiós! ó alegre bienvenida

Da la tierra á quien parte y á quien viene;

Y lo mismo que el manto se desciñe

De vida y flores en que Abril la envuelve,

Se despoja insensible de sus pueblos,

Y sus razas olvida indiferente.

Así han nacido y perecido todos

Bajo esta ley universal, y quieren

Explicar los políticos en vano

Los misterios del tiempo y de la muerte.

Mane, Tézel, Farés, escribió el dedo

De Dios de su palacio en las paredes,

Y se hundió Baltasar y Babilonia;

Y así se hunden los pueblos y los Reyes.

En vano achaca el sabio á su política

El viento que á su ruina les impele:

Al pueblo que á su fin mísero toca,

Su propio peso hacia su fin le vence:

Y el Rey que nace de su raza el último,

Por mucho que afanoso se desvele

Por la prez y la gloria de sus pueblos,

Al fin sus pueblos y su gloria pierde.

Nínive así, Jerusalén y Roma

Fueron: y así las razas del Oriente

Que encantaron los valles de Granada

Fueron: sombra de sauce, inquieta y breve,

Aroma de jazmín que dura un día,

Humo de mirra que borró el ambiente,

Nube formada del vapor del alba

Que á los rayos del sol se desvanece.

Tal fué Granada: y al dejar sus muros,

Filósofa ó fanática su gente

«Escrito estaba así!—dijo partiendo,

¡Alahú-akbar!—¡Dios grande, Tú lo quieres!»

Y yo, que al relatar su última historia,

En empolvados libros y papeles

Roídos por el tiempo, voy sus hechos

Al olvido robando, siento á veces

Preñárseme los párpados de lágrimas,

Viendo la abnegación de aquellos seres

Que al África partieron resignados,

Más que á su patria á su crëencia fieles;

Y cuando leo los cristianos libros

Que les tratan de bárbaros y aleves,

Digo en mi corazón: «Escrito estaba:

¡Alahú-akbar! ¡Dios grande, Tú lo quieres!»

Mas volviendo á tomar mi torpe pluma

Y tornando á elevar mi canto débil,

Torno al relato de su antigua historia

Y vuelvo de Granada á los verjeles.